Nota introductoria


Aurelia Ochoa y el general Bernardo Reyes, varias veces gobernador de Nuevo León, formaron una pareja prolífica que tuvo doce hijos, entre los cuales Alfonso llegó en noveno lugar, el 17 de mayo de 1889, en Monterrey. Hizo su primaria en colegios particulares y pasó al Liceo Francés de México. Volvió sin embargo a su ciudad natal y, tras un periodo de tres semestres, terminó la preparatoria en San Ildefonso. El año 1909 se inscribió en la Escuela de Derecho y obtuvo título de abogado.

Como muchos escritores insignes, desde niño descubrió su vocación y para 1905 dio a prensas algunos poemas. Meses después publicó un soneto en Savia moderna. Las relaciones con el grupo de colaboradores de esa revista marcaron los principios de su carrera literaria determinada por una voluntad sin tacha. Con Pedro Henríquez Ureña, Antonio Caso, José Vasconcelos, Martín Luis Guzmán, Julio Torri, Mariano Silva y Aceves y Ricardo Gómez Robelo integró el Ateneo de la Juventud caracterizado por el rigoroso plan de estudios que a sí mismos se imponían sus socios. Reyes figuró en las series de conferencias que organizaron, con un texto sobre “Los poemas rústicos de Manuel José Othón”. Dominó el terror que sentía ante la idea de enfrentarse al público y en una velada homenaje al historiador Rafael Altamira leyó un ensayo donde analizaba la estética de Góngora, que recogió luego en Cuestiones estéticas; así pues desde su juventud temprana poseía ya una formación sólida (la lista de sus lecturas con el tiempo resultó inverosímil) y un interés constante hacia el aprendizaje de lenguas extranjeras, cosa a la que contribuyó Pedro Henríquez, investigador y maestro, cuya amistad entrañable y provechosa se había iniciado en 1907, por la época en que Reyes conoció también a Manuela Mota con la que contrajo matrimonio en 1912.

Afincado en un cariño profundo hacia su padre, se mostraba ello no obstante algo crítico y a veces caía en esas fallas de entendimiento que precipitan a los jóvenes. Un ejemplo claro se puso de manifiesto el día en que el general no pudo entender de manera cabal un poema que se le mostraba con la tinta aún fresca, y el hijo confió sus reacciones a una carta: “Lo miré extrañadísimo, pero al fijarme en sus arrugas y en sus canas me di por satisfecho, como quien halla la explicación a un enigma”.1 Y a unos cuantos días de distancia volvió a escribir: “la imbecilidad ambiente me agobia. Mi papá, por la edad y el trabajo, se ve agotado y, consecuentemente, lo invaden ciertas debilidades seniles”, o, “tú nunca has pasado por esto y no atinas a comprender cuan relativamente triste es tener que desdeñar las ideas de una persona tan respetable”.2

Bernardo Reyes contaba entonces cincuenta y nueve años y no imaginaba que junto con Manuel Mondragón se levantaría en armas contra Francisco I. Madero y que apenas iniciada la revuelta lo acribillarían las balas del general Villa, a las puertas de Palacio Nacional. Alfonso Reyes no sabía tampoco que recordaría esa muerte inútil, quizá el dolor más profundo de su vida, en las páginas admirables y apasionadas de Ifigenia cruel, Enseñanza de Occidente, Villa de unión, 13 de febrero y Oración por el 9 de febrero. Intuía, eso sí, que se le avecinaban problemas. Con una lucidez notable apuntó: “Preferiría escribir y leer en paz y con desahogo. Sin embargo, me temo que mi situación familiar me orille a pasar dificultades que yo no buscaré y a pagar culpas que no son mías”.3

Afectado por los acontecimientos, el 27 de agosto de 1913 partió a Francia destinado a un puesto menor en la Legación de México. Acababa de casarse, llevaba un bebé, y mantenía el firme propósito de reivindicar el nombre de su padre, caído en circunstancias adversas para su imagen de héroe, y de acarrear una a una las piedras que demandaba su propio monumento literario. Las misivas que cruzó con sus amigos paradójicamente lo muestran y lo esconden, porque muchas veces soslayaba sus preocupaciones en aras de relatar cosas amenas y divertidas.

“Lo primero para mí es instalarme”, —dijo— “Para un hombre que viaja solo y con una sola maleta, y no muy grande (de la que uno puede traer en el camarote y bajo el asiento del ferrocarril) nada hay más fácil que llegar a París”.4 Y aprovechó las facilidades que se le presentaban y aguzó su sensibilidad y percibió y apuntó las visiones de un mundo apreciado hasta ese momento únicamente por referencias de variada índole. Sus cartas y sus escritos acumularon constancias de las impresiones que le causaban los conserjes que sacaban su silla a la puerta, los niños que jugaban al aro y los cocheros que entraban a beber en una posada dejando a sus caballos con sacos de avena atados al hocico. A los veinticinco años sabía sentirse viejo. Se dedicó a registrar cuanto veía o inquietaba su fantasía, tanto que acabó por afirmar: “A mí todo me sucede en condiciones contrarias, todo me resulta al revés. Ser crítico es no ser hombre, ser creador de la vida es estar fuera de ella. (No se puede repicar y andar en la procesión)”;5 pero sonriente y sarcástico, en verdaderos actos de magia descubría sorpresas debajo de su capa, dentro de su sombrero. Del puño de su manga sacaba temas novedosos y oraciones que se encadenaban como acordes sonoros. Ejercitaba sus facultades de malabarista que, en lugar de naranjas o pelotas, tiraba las palabras por los aires y las pescaba al vuelo. Había encontrado el tono de sus crónicas y de infinidad de prosas breves, narraciones y ocurrencias que publicó en diarios y luego organizó en distintos libros, Cartones de Madrid, El suicida, A lápiz, Árbol de pólvora. Al igual que Henríquez Ureña reeditó sus textos repetidas veces y desde un principio quiso trascender fronteras, por lo cual estableció contactos en diversas capitales. Las cartas entre ambos constituyen unas lecciones invaluables de política literaria de apego al trabajo.

Retomaba asuntos, desandaba caminos, aludía a sus propios logros y los aprovechaba. Sostenía la mirada puesta en México y estaba al tanto de lo que pasaba gracias a la lectura sistemática de periódicos como El Imparcial, que comentaba con frecuencia. Trataba a Diego Rivera a quien siempre admiró, incluso lo juzgaba un espléndido ser humano, aunque el cubismo no fuera una tendencia pictórica que entendiera. También entró en contacto con Raymond Foulché Delbosc y colaboró con él en la Revue Hispanique (París, 1894-1933). Entregó artículos al Mundial Magazine (París, 1911-1914), cuyo director literario era Rubén Darío, a las publicaciones de García Calderón y a cuantas otras se le mostraban propicias. Alentaba fines muy claros, lograba vivir de sus escritos y padecía privaciones que aceptaba como algo natural: “En ninguna parte de la tierra se paga el escribir, por el sencillo motivo que es una necesidad semejante a la de respirar. (¿A quién le habían de pagar porque resuelle?)”.6

Hacia los finales de 1923 reunió el material de Calendario y lo subdividió en seis apartados. Para esas fechas había atestiguado muchos sucederes, incluso las anomalías que acarreó consigo la Primera Guerra Mundial, “Rancho de prisiones”, “En el frente” y varias estampas más lo constatan. Rescatan situaciones que presenció en su trayecto forzoso de Francia a España, donde había de reunirse con su hermano Rodolfo. Y curiosamente ningún crítico ha reparado en las similitudes que se establecen entre estos atisbos de Reyes y los que, por el mismo tiempo y con los mismos incentivos, apuntó Katherine Mansfield al pasar por Verdún.

La temática del libro es muy rica; irónico y filosófico, Reyes conjugó en “El cocinero” dos de sus grandes obsesiones, la pasión por la comida que lo llevó a guardar una memoria gorda en lo que a cocina y bodega se refería y su inamovible pasión por el idioma y sus cambios semánticos. “Romance viejo” lo dejó concretar en unos renglones su autobiografía y sus enfrentamientos iniciales con la madurez. “Diógenes” le guiñó el ojo a los amados clásicos griegos y el resultado fue un modelo de eficacia. “La melancolía del viajero” le permitió otra versión de “A Circe” —la famosa prosa de Torri cuya progenie no cesa en la literatura mexicana— al imaginar el aburrimiento de Ulises ante la monótona compañía de una Penélope envejecida. Con “El perfecto gobernante” concibió una fábula moderna muy cínica y chispeante sosteniendo la conveniencia de la corrupción para que los pueblos prosperen felices y despreocupados. Con “El buen impresor” exorcizó la contrariedad de las erratas que siempre lo persiguieron, a él tan esmerado estilista.

Durante más de medio siglo que duró su tarea como hombre de letras, en diversos volúmenes y hasta su muerte ocurrida en la ciudad de México el año 1959, Alfonso Reyes realizó prosas juguetonas, nostálgicas, vengativas, poéticas. La lista completa resultaría inacabable, como ejemplos enriquecedores basten “El invisible”, “¿La mujer más bella?”, “La serpiente” o “Campeona”, uno de esos chistes que acostumbraba contarse después de la cena cuando los hombres se retiraban a la biblioteca para fumar un cigarro o tomar un cognac. Reyes le otorgó una categoría estética gracias al soberbio manejo de las frases y la preparación cuidadosa del final. Juicios similares merecería “Del hilo al ovillo” donde el lector que había resuelto un misterio encuentra otro apenas sugerido.

Nadie negaría que Reyes es un maestro, un escritor para escritores. Es además un hacedor de maravillas que en su hora final seguramente no se reprochó haber perdido el tiempo.


Beatriz Espejo

 



1 Monterrey, enero 21 de 1908.
2 Monterrey, enero 29 de 1908.
3 México, mayo 6 de 1911.
4 París, agosto 27 de 1913.
5 París, noviembre 6 de 1913.
6 París, octubre 26 de 1913.