El vaso de Talavera

 

Una mesa de caoba con taraceas de marfil y plata, una carpeta de damasco que, bordada con hilos de oro, ostentaba una orla de hojas y frutas.

Encima un vaso de Talavera de la Puebla, que en esmalte añil tenía una rosa por cuyo talluelo subía un horrible gusano peludo, y, en el centro, las armas de la noble casa de Regla.

Dice el joven capitán de guardias de corp del virrey:

—La rosa de ese vaso se perfuma, señora, cuando os acercáis a ella, y la cerámica de la Puebla empalidece de envidia junto a la obra magnífica del barro de Dios.

—Pero el gusano del mundo, capitán, va en su atrevimiento más allá que ese de esmalte que veis ahí y que permanece inmóvil y decorativo.

—¿Y qué es necesario, señora mía, para que el insecto llegue a aspirar el aroma de los pétalos?

—Que lo abrigue un capullo de cuya envoltura surja brillante la falena.

—¡Ay de mí, mísero! ¡Nunca lo encontraré!

Y ella, recatando una sonrisa fugaz en el abanico de leve país de encajes, murmuró quedamente:

—¡Qué bien os envolvería un pergamino de oidor o el pliego de una Intendencia!