El biombo


                                 A aquel árbol, que mueve la foxa,
                                 algo se le antoxa.


                                 D. Hurtado de Mendoza, Cossante


Ardía la fiesta en la casa del oidor don Francisco de Ceynos. Ya habían llegado el virrey y su consorte, el visitador y la Real Audiencia, y ya doña Leonor Carreto, la virreina, terminaba su segunda contradanza.

La hija del oidor estaba encendida con las emociones de aquella noche. Había cambiado con su galán breves palabras que nadie advirtió con el ruido de la fiesta. Apenas iniciado un momento de reposo, la señorita de Ceynos dijo en voz alta a su acompañante:

—Os digo que vayáis a aquel aposento a buscar mi abanico.

Y como el caballero no regresara al punto, agregó:

—Yo misma iré a buscarlo.

—No está aquí el abanico —dijo el caballero en cuanto vio entrar a la dama.

Y ella, más encendida todavía, repuso:

—En efecto… perdonad… está detrás de ese biombo.

Y al punto ambos se dirigieron a aquel sitio.

Era un biombo chinesco, en cuyas hojas de seda negra, hilos multicolores habían bordado escenas de la corte de España, con anacrónicos trajes del Asia.

Los músicos, preludiaban la pieza siguiente cuando la pareja abandonaba la dulce intimidad del aposento.

Sin embargo, el abanico había quedado olvidado, de nuevo, detrás del biombo.