Nocturno de San Jerónimo


   Voici le soir; la terre a fait un tour de plus, et les choses
   vont passer avec lenteur sous le tunnel de la nuit.

                            J. Renard, Le Vigneron dans sa Vigne


En la Plaza de San Jerónimo ni un ruido altera la dulce calma de la noche, y los arbolillos que bordean el arroyo se han dormido, arrebujándose en la tenue claridad de la luna que ahora asoma un segmento detrás de la iglesia conventual.

Ya la vieja que reza todo el día en aquel chiribitil del rincón, corrió la tranca, más pesada que la puerta que asegura, para que el diablo no vaya a meter el rabo, y mató la luz de su vela para rezar el último rosario desde la oscuridad de su camaranchón; el perro vagabundo se ha echado como una rosca, en un ángulo del muro, para dar al olvido la paliza que le atizaron los léperos de las Atarazanas.

Desde aquel balcón una maceta desborda las ramas de una madreselva y la planta exhala sus aromas que van difundiéndose en la noche silente. Un grillo se ha puesto a cantar allá arriba, en la torre, y su nota monocorde hace más grave la soledad de la hora.

Sólo en aquel alto ventanuco del convento se distingue una pálida luz rojiza, de una celda en donde a estas horas alguna monja jerónima debe de componer suaves endechas por el amor de Jesús.

La luna va rodando por el cielo y se entretiene en el viejo juego de la gallina ciega, escondiéndose entre las nubes para dejar la plaza a oscuras y apurar el canto desolado del grillo.