El recuerdo


           Heureux qui comme Ulysse a fait un beau voyage,
           Ou comme celui-là qui conquit la toison,
           Et puis est retourné plein d'usage et raison,
           Vivre entre ses parents le reste de son age!


                                                         Joachim du Bellay


Bernal Díaz del Castillo, viejo, pobre y macilento, se refugia aquella tarde en un rincón de la mísera estancia que brindóle el destino en la ciudad de Santiago de Guatemala.

Cae la tarde y ni un leve rumor llega a la calleja en donde habitan las pobres gentes que ahora arreglan el lecho destartalado y las viejas que rezan el rosario cotidiano.

—¿Has tomado ya tu tisana, Bernal? Murmura una voz cansada de mujer—. Mañana reanudarás tu trabajo.

—¡Mañana! (Y una tos dura y persistente interrumpe la frase.) Hoy mismo, hoy mismo oiréis algo de lo mejor que sacaré en la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, y os juro que no conciliaría el sueño si llegara a olvidar esto que ahora se representa a mi memoria, con la misma realidad que cuando nuestro esforzado capitán se entraba por aquellas tierras de maravilla… Escribid esto que voy a dictaros —agregó con visible satisfacción y alzando un poco la voz decrépita— …escribid:

Luego otro día, de mañana, partimos de Ixtapalapa, muy acompañados de aquellos grandes caciques que atrás he dicho. Íbamos por nuestra calzada adelante, la cual es ancha de ocho pasos y va tan derecha a la ciudad de México, que me parece que no se torcía poco ni mucho; e puesto que es bien ancha, toda iba llena de aquellas gentes, que no cabían, unos que entraban en México y otros que salían, y los que nos venían a ver, que no nos podíamos rodear de tantos como vinieron, porque estaban llenas las torres e cúes, y las canoas y de todas partes de la laguna, y no era cosa de maravillar, porque jamás habían visto caballos ni hombres como nosotros, y de que vimos cosas tan admirables no sabíamos qué nos decir, o si era verdad lo que por delante parecía, que por una parte en tierra había grandes ciudades y en la laguna otras muchas, e veíamoslo todo lleno de canoas, y en la calzada muchos puentes de trecho a trecho, y por delante estaba la gran Ciudad de México…

Aquí hizo una pausa. Embutido en su sillón de cuero, con las manos cruzadas bajo la barba, Bernal Díaz del Castillo tenía los ojos enrojecidos. Recordaba claramente, como si hojease en aquel momento un libro de estampas, todos los episodios de la Conquista, y volvía a ver a sus compañeros de armas que le sonreían desde la gloria y contemplaba el brillante desfile de las huestes bravías del pávido emperador Moctecuzoma.

Y mientras que aquella tarde triste desvanecía sus luces en el muro de enfrente, que el musgo hacía más desolado, Bernal Díaz del Castillo sentía que un guantelete de hierro apretaba su corazón, como una esponja sangrienta.