Sentimiento de culpa

 

 

Para fotografiar las lagunas, Brenda se aproximó a la orillita del precipicio, y le pidió a Germán que se acercara, quería entregarle su bolso para manejar con más comodidad la cámara, a pesar del miedo al vértigo que le producían las alturas Germán caminó muy despacio hasta donde se encontraba su esposa, pero en el momento de recibir de ella el bolso, de repente, con un ademán instintivo, con un gesto que nunca hubiera imaginado realizar, le dio un empujón con la mano abierta, suficiente para que Brenda se precipitara en el vacío.

Mónica no podía evitarlo: los ojos se le cerraban, se le cerraban, se le cerraban. Estaba muerta de sueño y aún tenía por delante ciento veinte páginas de esa novela abigarrada cuyo autor, un tal Gerardo Mendívil, repartía las comas —según escribió alguna vez Jorge Volpi— como alpiste sobre los párrafos. ¿Qué no sabe que existe el punto y seguido, carajo!


Hacía mucho tiempo que Mónica no redactaba informes de novela para la editorial Joaquín Mortiz. Desde que dedicaba la mayor parte de su tiempo a la traducción de libros científicos, desde que se urgía en la escritura de sus propios cuentos o novelas, había rechazado las frecuentes peticiones de don Joaquín Díez Canedo para leer manuscritos que habían de merecer o no su eventual publicación. No tengo tiempo, de veras, le decía al editor, y don Joaquín refunfuñaba detrás de su pipa.

A Mónica le costaba trabajo negarse porque le debía mucho a Díez Canedo. Él publicó su primera novela con la que ganó el Villaurrutia, y Ojos de cariño que fue finalista en el premio Planeta y se convirtió después en un bestseller local. A partir de entonces la consideraron escritora con mayúscula. La invitaban a mesas redondas, le solicitaban entrevistas, la llamaban a presentar libros o a participar en encuentros de escritores. No podía quejarse de su rápida carrera literaria, pero sí de las obligaciones domésticas y de los quehaceres maternales —solía decir—: lastres legendarios de las mujeres que viven solas y tienen hijos. Ella tenía uno de cinco años: Quique. Achispado, travieso, pero también enfermizo por culpa de las malditas amígdalas. Le producían calenturones de cuarenta grados y aunque Hugo González Valdepeña, su médico, insistía en la intervención quirúrgica, Mónica no se animaba. Cuando esté más grandecito, doctor, cuando cumpla nueve años.

Las amígdalas y el calenturón de Quique, la traducción de un libro de psicología de Jean Laplanche, los trámites para pagar la tenencia de su chevy y la renovación de su licencia, le impidieron abocarse al manuscrito del tal Gerardo Mendívil. Lo dejó para última hora: la noche anterior al plazo de dos semanas acordado con el editor. No le puedo quedar mal, no le puedo quedar mal.

—No me vayas a quedar mal —le dijo don Joaquín.

—El martes veintisiete.

—A más tardar.

—Sí, el martes veintisiete a más tardar, don Joaquín, se lo prometo.

Díez Canedo le explicó la urgencia:

El manuscrito de Mendívil tenía más de seis meses en su escritorio. Ciertamente no pensaba publicarlo porque ya había programado cinco libros pendientes —entre ellos su libro de cuentos, Mónica, subrayó don Joaquín—, pero necesitaba dar al autor amplias y consistentes razones literarias para avalar el rechazo.

—¿Y si la novela está bien? —preguntó Mónica.

—Bueno, claro, si la novela está muy bien podría hacerle un hueco... para el año próximo o para dentro de dos años. Pero necesita ser excelente y no creo que sea el caso, Mónica. No creo.

Don Joaquín Díez Canedo había revisado personalmente, tres años antes, una novela policiaca que le llevó Gerardo Mendívil con la recomendación al canto de Rafael Ramírez Heredia. La rechazó por larga y farragosa: ocupaba más de quinientas páginas. Mendívil le llevó otra al año siguiente que esta vez leyó Bernardo Giner de los Ríos, sobrino de Díez Canedo y coeditor de Joaquín Mortiz. Terminaron rechazándola aunque parecía mejor escrita y abordaba un asunto escandaloso: el robo del ayate de la Guadalupana. Insistió Mendívil con una tercera, ésta, titulada Sentimiento de culpa, que don Joaquín —explicó don Joaquín— había decidido rechazar también para frenar de golpe las infundadas aspiraciones de Gerardo Mendívil.

—No puedo pasarme la vida rechazando todas las obras de un mismo autor —dijo don Joaquín—. Me siento mal.

Se encontraba en el piso alto de Tabasco 106, en la singular oficina abierta a todos los de la editorial. Mónica sentada ante la doblemesa cuadrada, enorme, repleta de manuscritos engargolados, de libros y papeles y cachivaches sin cuento. Don Joaquín frente a ella batallando con su pipa. Y el cuadro de Vicente Rojo detrás, al centro del librero desordenado.

Según lo describió el editor, Gerardo Mendívil era un muchacho —no tan muchacho— como de treinta y cinco años, encantador, muy hablantín y muy simpático pero despistado en cuestiones literarias. Elegía buenos temas, ponía títulos muy atinados a sus obras y hasta las desarrollaba con ingenio, pero era incapaz de encontrar una voz propia.

—Tal vez es una cuestión de estilo —insistió don Joaquín—. Se atraganta con las palabras, se le complica la puntuación. Una monserga. Por eso necesito que usted analice con mucho cuidado la novela y le explique dónde falla. A lo mejor un buen informe le ayude a escribir algún día una novela aceptable. Quizá nunca pueda.

—¿Usted le va a enseñar mi informe?

—Eso quiero. Sin decirle que es de usted, desde luego, como siempre.

Quedaron pues en el martes veintisiete. A más tardar, a más tardar, repitió don Joaquín porque ya no soportaba los continuos telefonazos de Mendívil.

Hoy era la noche del lunes veintiséis, las primeras horas del martes veintisiete, y a Mónica se le cerraban los ojos como si sus párpados se hubieran llenado del lodo con el que estuvo jugando Quique en el patio de su abuela, el domingo. En la noche del domingo fue cuando se le presentó el calenturón y Mónica ya no pudo dedicarse a la lectura de Sentimiento de culpa. Y el lunes menos. Hasta ya muy noche, como a las once y media, pero interrumpida a ratos por los lamentos de Quique: el calenturón no cedía. De las ciento ochenta páginas del manuscrito leyó completas las primeras sesenta y ahí se le presentó el sueño insoportable.

Mónica recordó entonces aquel cuento de Chéjov. Veía a la niñera Varka —el nombre de la chiquilla de trece años era lo único que recordaba con exactitud— arrullando en brazos a un bebé que llora y llora y llora mientras ella se muere literalmente de sueño. Tan invencible es el sueño de Varka, tan intolerable el llorido del bebé, que Varka empieza a oprimir el cuerpecito indefenso, a oprimirlo cada vez con más fuerza hasta que el llanto del bebé amaina, desaparece. El bebé está muerto y Varka duerme al fin, aliviada.

Ciertamente era atrabancada la escritura de Gerardo Mendívil, desacertada su puntuación y olvidadiza su ortografía —no sabe dónde poner los acentos, ¡me lleva!—; sin embargo el arranque de corte policiaco era bueno. Arranque es un decir —escribió después Mónica—, porque Mendívil dilataba sesenta páginas para llegar al momento crucial con el que debió iniciar su historia en aras de atrapar al lector desde la primera página: el mentado teaser de los guionistas de cine o el concentrado incípit donde según Jorge Ruffinelli se condensa toda la trama de una novela: Vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.

En lugar de eso, Mendívil se distraía y distraía al lector planteando con morosidad el conflicto de sus personajes: un matrimonio compuesto por Brenda y Germán, quienes luego de diez años de vida en común empiezan a planear una separación definitiva. Como último recurso para salvar el matrimonio, unido más por una relación simbiótica que por un verdadero lazo amoroso, Brenda propone realizar en pareja un viaje a la selva chiapaneca para averiguar si los aires limpios de aquella región, el paisaje exuberante y siete días paseando juntos son capaces de producir un reencuentro. Parecen lograrlo en los dos primeros días gracias a un coito exitoso que les recuerda su luna de miel. De San Cristóbal las Casas viajan luego a Comitán y a las lagunas de Montebello donde ocurre el suceso climático. Frente a las lagunas cuyos colores tornasolean (¡sic!) Brenda decide sacar fotografías. Está muy cerca de un precipicio, al borde de una barranca de cuarenta metros de profundidad (!), y llama a su marido para entregarle su incómodo bolso. Germán se aproxima obediente pero un impulso instintivo que a él mismo sorprende, lo hace empellar a su mujer. Brenda se precipita en el vacío mientras Germán cree advertir, o imagina luego, el gesto angustiado y doloroso con que Brenda le inquiere un ¿por qué? sin respuesta. Ese gesto de pasmo acompañará durante toda la novela a Germán, convertido por el autor en una especie de Raskólnikov chilango.

Mónica dedicó página y media de su informe a recrear en estos términos, sin pulir demasiado la redacción, el tema planteado por Mendívil. Esas primeras sesenta páginas estaban divididas en dos capítulos y fueron las únicas que Mónica leyó completas. Después se lanzó a trancos sobre el resto para no ser vencida por el insoportable sueño que la amenazaba con terminar como la pobrecita Varka: asfixiando el manuscrito de Sentimiento de culpa.

Gracias a la famosa lectura dinámica aprendida en un curso de Pedro de Llaca, deteniéndose de cuando en cuando en algún párrafo y leyendo incluso dos o tres páginas completas, la escritora logró hacerse una idea de por dónde avanzaba el argumento. Le interesaba únicamente el qué de la novela, no el cómo de la prosa de Mendívil descalificada desde el principio.

Supo así que una vez exonerado de toda sospecha de crimen —las autoridades chiapanecas dictaminaron el hecho de terrible accidente— Germán emprende un atormentado camino por su conciencia en busca de alivio. Pasa de varios intentos de confesión a parientes, amigos y una novia ocasional, todos frenados a tiempo, hasta llegar a un acto penitencial —así lo definía Mendívil— ante un sacerdote del templo de San Felipe de Jesús en la ciudad de México. La descripción de ese acto penitencial resultaba sumamente confusa, quizás en parte por la lectura apresurada de Mónica. Era muy larga: se extendía quince o veinte páginas sin puntos y aparte emulando con torpeza el recurso faulkneriano de la corriente de la conciencia y haciendo intervenir razonamientos filosóficos o teológicos, o sepa Dios qué, atribuidos al confesor. Exhibían más bien las chabacanas preocupaciones seudorreligiosas del novelista.

El final en que se hablaba de condenación y vida eterna y demás zarandajas era muy ambiguo; oscuro hasta morir, lo juzgó Mónica harta ya de Sentimiento de culpa.

Cerró la carpeta engargolada y se dio a la tarea de redactar a toda prisa las cuatro cuartillas del informe. Dos tazas de café sin azúcar la habían despabilado aunque se sentía rendida. No se detuvo a consignar los incidentes argumentales de la historia —en realidad los desconocía—; se aplicó más bien a juzgar las cuestiones de estilo, y de no ser un par de elogios al tema, en especial al dilatado arranque, concluyó encadenando un catálogo de consejos al desconocido autor:

Debe cuidar la redacción, la sintaxis, ¡la puntuación! Debe empeñarse en la conformación de los diálogos; la gente no habla como los hace hablar el autor, y sin un oído despierto al habla coloquial nadie puede ser un buen novelista. Debe trazar con más hondura sus personajes; en particular al protagonista que a veces parece un jovenzuelo y en otras un conservador a ultranza. Un hombre que asesina a su mujer, así sea "instintivamente", no puede actuar como un muchacho atribulado por una moral católica estrechísima que en nuestros tiempos resulta inverosímil. Debe el autor frecuentar lecturas de novelistas importantes, sobre todo los que economizan descripciones y diálogos: desde el segundo Azorín hasta el Hemingway de los cuentos. Si le interesa tanto la novelística policiaca como lo hace sentir, el autor debe leer a escritores como Dassiel Hammet o Patricia Highsmith. Ésta última es un gran ejemplo de cómo consigue un novelista meter al lector en el alma del criminal. A la manera de un ejercicio de formación, debe intentar escribir cuentos cortos antes de saltar a la novela. Etcétera.

Mónica se levantó de su computadora y se metió en la cama bajo las cobijas pero en ese mismo instante, justo cuando cerró los ojos, el sueño se le espantó como por obra y magia de aquella maldición demoniaca que perseguía al protagonista de Sentimiento de culpa. Vuelta y vuelta en la cama trató de no pensar, de mandar al carajo a Germán y a Gerardo Mendívil, de entretenerse inventando un cuento policiaco a partir de una reportera de Proceso a quien algún informante anónimo envía documentos oficiales, secretísimos, sobre una conspiración contra el presidente de la República. Terminó levantándose para tomar un válium y el sueño la venció hasta que se despertó Quique, como a las ocho de la mañana. El condenado chamaco se veía ahora sí completamente aliviado y le armó un tremendo berrinche porque se empeñaba en ir a la escuela.

—Hasta mañana ¡y te callas! —le gritó su madre.

Inquieta por el berrinche de su hijo y atolondrada por la preparación del desayuno, Mónica no revisó ya su escrito en la pantalla de la computadora. Lo imprimió directamente. Poco después se presentó su amiga Lourdes, generosa como siempre, que llegaba para cuidar a Quique hasta la hora de la comida.

Como a las diez y media Mónica estacionó su chevy en un lugar de milagro justo enfrente de Tabasco 106. Don Joaquín Díez Canedo había tenido que salir, le informó Bernardo Giner, y como no regresaría hasta pasadas las dos de la tarde la escritora entregó a Bernardo el informe de la novela metido en un fólder azul. Desde luego el sobrino de don Joaquín, con una sonrisa de sarcasmo, le preguntó sobre el manuscrito de Mendívil. Ella fue lacónica, no simpatizaba mucho con Bernardo.

—Todo lo que pienso está escrito ahí —respondió Mónica a sabiendas de que el primero en leer ese informe sería él.

Con un airecito seductor impertinente, Bernardo trató de prolongar la plática. Ella lo evadió. Murmuró un tengo prisa, perdóname, y en su chevy se fue directo a la Gandhi a comparar la última novela de Vargas Llosa.

 

***

 

En la noche del miércoles veintiocho Mónica se apersonó en la Casa Lamm para presentar, junto con Margo Glantz, Aline Pettersson y Gerardo de la Torre, la más reciente novela de Mónica Lavín: Planeta azul, planeta gris. Iba estrenando el pantalón negro y la blusa de seda blanca que le regaló su madre de cumpleaños y se había puesto los aretes de circonias que parecían auténticos diamantes. Se veía guapísima.

Mónica era una gran amiga de su tocaya Lavín. Conoció la novela desde su primer borrador —le encantaba— y no necesitó preparar escrito alguno para hablar de las excelencias de un libro que reafirmaba la calidad auténtica de esta novelista cuya malicia, su dominio de la forma, su conocimiento de los pliegues del ser humano —dijo— le habían merecido recientemente el premio de literatura Gilberto Owen. Nuestra Mónica era de fácil palabra al hablar en público, graciosa, chispeante. Sabía relatar anécdotas elogiosas de su tocaya y encomiar a profundidad las virtudes literarias y la originalidad del libro presentado. El suyo fue el mejor de los tres discursos escritos que la siguieron. Al menos el más emotivo y sin duda el más aplaudido. Mónica Lavín se lo agradeció muchísimo.

Al término de la presentación, luego de los abrazos y los saludos, Mónica pensó en salir pitando para ir a recoger a Quique a casa de su madre. Se entretuvo sin embargo en los jardines de la Casa Lamm con una copa de vino blanco en la mano. Primero repartió saludos y firmó un autógrafo en la primera página de Ojos de cariño. Después felicitó a Isabel Leñero por su reciente exposición en la Zona Rosa. Al fin fue interrumpida por un desconocido de liváis y cabello alborotado que la jaló aparte para hablar con ella de algo importante —le anunció el desconocido.

A Mónica se le derramó un poco de vino blanco en su blusa por el jalón.

—Yo vine aquí solamente porque tú venías. Vi tu nombre en el periódico y me lancé como el Borras. Soy tu fan. He leído todos tus libros. Ojos de cariño me pareció genial.

—Muchas gracias —murmuró Mónica.

—Yo también soy escritor, para que veas. Gerardo Mendívil.

El respingo de Mónica fue inevitable pero el muchacho no lo advirtió. Para disimular, ella dio un trago a su vino blanco mientras el muchacho seguía hablando.

—Estoy feliz porque me van a publicar mi primera novela. Hoy mismo en la mañana Joaquín Díez Canedo me dijo que le había encantado. Va a aparecer en septiembre, tal vez a principios de octubre. Se llama Sentimiento de culpa, estoy feliz.

Mónica no sabía qué pensar, qué decir, qué hacer. Era inconcebible. ¡Vaya mala suerte! Qué había pasado. Qué ocurrió. Capaz que don Joaquín, después de leer el terrible informe, se compadeció del muchacho y generoso como era decidió publicarle la fallida novela. Rarísimo. No puede ser. Se sentía desconcertada, con deseos de alejarse lo más pronto posible de Mendívil. Volvió ligeramente el cuerpo mientras decía, convencional:

—Felicidades.

—Espérate espérate —la tomó Mendívil de un brazo.

—Tengo mucha prisa, perdóname.

—Es que quería pedirte un favor enorme, Mónica. Me gustaría que leyeras mi novela.

—Si ya se va a publicar prefiero leerla cuando salga.

—Me gustaría que fuera antes —titubeó el muchacho. Sus ojos eran hermosos: verdes, brillantes, expresivos—. Tengo algunos problemas de sintaxis y de puntuación, ¿sabes?, y me gustaría que me señalaras mis errores. Para corregirla antes de que se vaya a la imprenta.

Mónica se encogió de hombros como para decir qué absurdo. No lo era tanto. Más de una vez había recibido peticiones semejantes de escritores en ciernes —de escritoras sobre todo— que se acercaban a ella para hacerla leer o revisar originales. Justamente en su escritorio aguardaban dos: de una estudiante de la Ibero y de una oaxaqueña de veinte años que no escribía nada mal. Sin embargo, en el caso de Mendívil, la petición le resultaba provocadora; una maldita jugarreta del destino, una casualidad horrible.

Dejó la copa de vino en un capitel chaparro de los que salpicaban el jardín, al tiempo que dijo, cortante:

—No puedo. Tengo mucho trabajo.

Mendívil acompañó a Mónica hasta la puerta de la Casa Lamm donde un empleado del valet parking le recibió el boleto de su auto. Mendívil siguió hablando en lo que aparecía el chevy de Mónica.

—Tú vives en la Condesa, ¿verdad? Qué te parece si te invito un café mañana a las doce en El péndulo, y te llevo mi novela. Te va a encantar.

—No puedo —repitió Mónica.

Lo último que escuchó después de Gerardo Mendívil, cuando ya había abordado su chevy fue:

—Te espero mañana en El péndulo.

 

***

 

A las diez de la mañana del jueves veintinueve, luego de dejar a Quique en la escuela y de regresar a su departamento, Mónica telefoneó a don Joaquín Díez Canedo. Se sentía ansiosa, intrigada.

No era cierto. Ni por asomo.

Don Joaquín le contó el incidente en pocas palabras. Que le pareció perfecto el informe, tal y como don Joaquín esperaba. Que le sacó una copia y así, sin el crédito de Mónica —ella se había cuidado de no firmarlo—, lo entregó a Gerardo Mendívil. Gerardo Mendívil leyó el escrito delante de don Joaquín hasta la última línea. Era contundente el remate: No recomiendo su publicación. Desde luego, el alma del muchacho se le fue a los pies —dijo don Joaquín—. Se puso lívido. Se le empañaron los ojos. Y para no hacer el numerito de echarse a llorar delante de él, se levantó de su asiento para retirarse. Don Joaquín no le dijo: haga un nuevo intento, escriba otra novela y tráigamela. Nada. Lo despidió con un "lo siento" y el muchacho se fue.

Mónica se atrevió a preguntar por la línea telefónica:

—No le dijo que yo había hecho el informe, ¿verdad? Él no tiene idea, supongo.

—Por supuesto que no —replico don Joaquín con un gruñido.

Mónica colgó la bocina.

¿Por qué había mentido entonces Mendívil? ¿Por qué su afán de presumirle?

Encendió la computadora, tomó asiento y abrió el libro de Laplanche en donde tenía como señal una foto de Quique, dispuesta a proseguir la complicada traducción. No tuvo problemas con el primer párrafo pero se atoró en una palabra del segundo y se puso a buscarla en el Garner Francés-Español. No, no podía concentrarse. Inútil. Algo como un sentimiento de culpa empezaba a punzarle a la mitad del pecho.

Como a las doce y media pasaditas Mónica llegó a El péndulo de la avenida Nuevo León. Desde las escaleritas que conducían al café de la librería localizó a Gerardo Mendívil. Ocupaba una mesa solitaria frente a una limonada y un libro abierto en las primeras páginas. Era la novela de su tocaya Lavín: Planeta azul, planeta gris.

Mendívil se levantó de golpe al girar la cabeza. Le lanzó una sonrisa maravillosa: brillaban sus hermosos ojos verdes.

—Gracias por venir —dijo Mendívil.

Ella tomó asiento y pidió un exprés doble a la mesera.

—Te mentí —dijo de inmediato Mendívil—. No es cierto que me van a publicar mi novela. Me la rechazó don Joaquín. Así en seco: me la rechazó. Mandó hacer el informe a un estúpido que me pone del asco. Dice que no sé escribir, que estoy en pañales, que no tengo la menor idea de cómo se cuenta una historia. Hasta se atreve a darme pinches consejitos de escuela primaria el muy imbécil. Es horrible lo que me dice ese pendejo. Horrible horrible, no tienes idea.

—¿Por qué me dijiste entonces que te la iban a publicar?

—Para que me hicieras caso.

—Pero si ni siquiera me conoces.

—Te conozco como novelista y no tienes una idea de lo mucho que te admiro. De veras. Escribes de maravilla.

—Escribo como puedo. Como aprendí a escribir cuando entendí la importancia de las críticas.

—Yo también las acepto, pero no ese tipo de críticas como las que me hace ese cabrón. Por eso quiero que una verdadera novelista como tú, con tu sensibilidad, con tu maestría... porque eso es lo que tienes, Mónica, maestría de a de veras... lea mi novela y me diga si vale la pena o no. Haciendo a un lado los errores, claro, tengo muchos. Me cuesta un soberano güevo la puntuación, pero eso es fácil de corregir, pienso. No sé.

Hablaba y hablaba Mendívil frente a una Mónica azorada a quien le punzaba el pecho a la altura del esternón. Oyéndolo ella se sentía como aquellos espías de las películas a quienes el enemigo habla como si hablara frente a un cómplice, no ante un traidor. Y ella se sentía precisamente eso: una traidora ocultando sus cartas, una falsaria fingiendo su verdadera identidad.

En algún momento de la interminable perorata de Mendívil, Mónica experimentó la tentación de pa rar lo en seco y decirle a bocajarro: Yo escribí ese informe. Yo soy ese lector pendejo e imbécil del que tú hablas. En seguida, sin permitirle la menor interrupción le daría las razones de sus críticas y el porqué de sus pinches consejitos de escuela primaria.

¿Podría hacerlo de veras? ¿Podría justificar sus argumentos sin haber leído la novela con la paciencia, la concentración y el respeto que amerita cualquier escrito sometido a examen, por torpe que sea?

Gerardo Mendívil tomó de la silla vecina el ejemplar engargolado con pastas rojas y lo depositó sobre la mesa.

—Aquí está, ¿quieres leerlo?

Mónica reconoció la carpeta. La abrió con lentitud, y disimulando hizo correr el borde de las hojas con el pulgar. No sabía qué responder.

—Tómate el tiempo que quieras, no tengo prisa. Al fin y al cabo ya me quedé sin editor. Una semana, un mes, lo que necesites. Ya sé que estás muy ocupada, pero hazle ese favor a un admirador tuyo rendido a tus pies —guaseó finalmente Mendívil y se volvió a dibujar en su rostro una sonrisa maravillosa.

 

***

 

Puesto nuevamente encima del escritorio, junto a la computadora donde se había mantenido durante dos semanas antes del informe, el Sentimiento de culpa de Gerardo Mendívil prolongó su presencia poco más de quince días como si el solo intento de abrirlo amenazara a Mónica con el estallido de una bomba o con el contagio del ántrax.

Una noche de jueves, pasadas las ocho, cuando Quique se quedó por fin dormido, Mónica tomó la carpeta, se dirigió con ella hasta el sillón de la salaestudio y empezó a leer la novela sin saltarse una línea.

Terminó antes de que el reloj de pared marcara la una y cuarto de la mañana siguiente. Se levantó. Fue a la computadora y releyó su informe.

No se había equivocado. La mayoría de sus opiniones y sus pinches consejitos de escuela primaria estaban en lo cierto. Aquella noche en que el sueño la vencía como a la niñera Varka no necesitó leer completo el escrito para descubrir las fallas consignadas en el informe. Su intuición, ese buen ojo de lectora que le permitió siempre captar las claves del fenómeno literario para aplicarlas luego a sus propios trabajos, había dado en el clavo al juzgar, a simple golpe de vista, la novela de Mendívil. Sin lugar a dudas era errática. Sin embargo, sin embargo...

Mónica se levantó del escritorio para servirse un vaso de agua. Se sirvió un whisky. Fue al refrigerador de la cocina por hielos y vació unos cuantos dentro del vaso. Bebió un sorbito.

Sin embargo Sentimiento de culpa tenía... ¿tenía qué?, tenía algo inexpresable. Algo como un estrujamiento interior, una gnosis psicológica —diría Laplanche— imposible de medir con parámetros semánticos. La envoltura de una especie de misterio religioso era lo que acosaba a su protagonista y lo dejaba, de manera angustiosa, sin solución final.

Desde luego Mónica no era una mujer religiosa. Dejó de creer desde los catorce, quince años. Un sábado en la tarde acompañó a su madre a una misa de bodas y al regresar a casa, luego de un desorbitado banquete en la Hacienda de los Morales, experimentó una deslumbrante certeza: No creo. Así nada más: no creo y punto. Se acabó. A partir de entonces fue acumulando con la voracidad de un coleccionista toda suerte de juicios y prejuicios contra la fe de su madre y del cabrón de su marido. Quienes se decían creyentes eran de suyo desconfiables, sospechosos: seres humanos de segunda. En el ambiente de su oficio no soportaba a escritores como Javier Sicilia o Francisco Prieto que a toda costa insistían en convertir la fe de los cristianos en el asunto protagónico de sus novelas. De eso los acusó alguna vez durante una entrevista para La jornada, y algo de eso tenía desde su título, pero como inasible, como morboso y fascinante, el Sentimiento de culpa de Gerardo Mendívil.

Sentada otra vez en el sillón, con la carpeta sobre sus piernas, Mónica siguió bebiendo a sorbitos el whisky hasta terminarlo. Se echó a la boca un hielo náufrago que se deshacía en el vaso y lo mordió como si fuera un caramelo.

Tal vez alguno de esos editores literarios que ahora trabajan en Alfaguara o en Planeta o en Tusquets —el mismo Bernardo Giner si se aplicara a la tarea— podría rescribir como talacha artesanal el libro de Mendívil, y de ser un mamotreto rechazable como lo era hasta el momento convertirlo en una historia de terror religioso. Podría hacerlo ella, ¿por qué no? Proponérselo a Mendívil con la mayor delicadeza posible. Convencerlo de que había una manera, ésa, de salvar la historia del acorralado Germán. De salvar también, sobre todo, el sentimiento de culpa de una escritora que no supo descubrir a tiempo las posibilidades literarias de un texto alucinante. Esa era la palabra: alucinante.

 

***

 

Mónica y Gerardo Mendívil se encontraron nuevamente en El péndulo de la avenida Nuevo León dos semanas más tarde. Un exprés doble para ella, una limonada para él. Hacía un poco de frío y empezaba a lloviznar.

—¿Qué te pareció? —la asaltó Mendívil señalando la carpeta que Mónica había depositado sobre la mesa.

A Mónica se le antojó un cigarrillo después de dos años de haber dejado el vicio. Pensó en levantarse para pedirlo a dos jovencitas de una mesa vecina que fumaban gozosas. No lo hizo. Miró de frente los ojos verdes de Mendívil, hermosos como las lagunas de Montebello.

—Antes tengo que decirte algo —dijo.

—No me lo digas, ya lo sé.

—No lo sabes —cortó Mónica—. Yo fui la que escribió el informe de tu novela.

—Lo sabía.

—¿Cómo que lo sabías!

—Lo sabía.

—Lo sabías, ¿cuándo? —se exaltó Mónica.

—Desde que salí de hablar con don Joaquín. Por eso fui a buscarte esa misma tarde a la Casa Lamm. Lo supe y te busqué.

Mónica se frotó las manos como si las trajera húmedas:

—Te lo dijo don Joaquín.

—Me lo dijo Bernardo Giner. Cuando salí de la editorial, luego del cortón, me lo encontré en la puerta. Lo conocía de antes, de las borracheras con Ramírez Heredia y sus talleristas. Somos de alguna manera amigos, es un decir. Me encontré a Bernardo cuando llegaba a la editorial y lo invité a tomarnos unas chelas en una cantina que está a dos cuadras, en Jalapa. A punta de tragos le saqué la sopa. Él me dijo que tú habías hecho el informe.

—Entonces los insultos esos: el pendejo, el cabrón, el hijo de su tal por cual/

—Eran contra ti, desde luego. Quería vengarme, Mónica; ver cómo reaccionabas.

—Me pusiste una trampa.

—Me vengué nada más.

—¿Y por qué me diste entonces a leer tu novela?

En lugar de responder, Gerardo Mendívil alzó los hombros. Miró hacia la calle de Nuevo León donde se había producido un atorón de tránsito. Ya estaba lloviendo en serio y la gente corría, como en la canción de Manzanero. Luego sonrió con su gesto maravilloso.

—Ya se me pasó el coraje —dijo—. Me desahogué contigo esa vez y ya no es tan importante. Perdóname. La verdad es que yo no he leído nunca un libro tuyo y sólo se de ti por las entrevistas o por eso que dijiste de la novela de Mónica Lavín en la Casa Lamm. ¿Cómo fue? Los pliegues del ser humano, dijiste. Buenísimo. Ahí me di cuenta de que eras una escritora de a de veras, y ahora que ya se me enfrió el coraje reconozco que todo lo que dices en tu informe es cierto. Lo dices con una petulancia horrible pero es cierto. Tienes razón. Mi novela vale madres, no merece publicarse.

—Espérate —trataba de hablar Mónica—. Tengo que decirte/

—No me digas nada.

—Volví a leer tu Sentimiento de culpa.

—No quiero saber nada, por favor. Voy a corregirla, ya verás, cálmate. La voy a rescribir y a rescribir y a rescribir hasta el cansancio aunque me lleve diez o veinte años de mi vida. A lo mejor, no sé, a lo mejor en una de ésas resulta.

—Quería proponerte/

—No me digas nada, te digo. Me siento muy mal por haber sido un cabrón contigo y porque bueno, ya sabes, no sé, me siento culpable. Pero al fin de cuentas no tiene importancia. Total, no se pierde nada.

Mendívil se había puesto de pie para extraer del bolsillo trasero de sus liváis un billete de cincuenta pesos. Lo soltó suavemente sobre la mesa, recogió su carpeta y giró como para marcharse. Sus ojos verdes, los mechones de su pelo y su sonrisa maravillosa se volvían inalcanzables.

—Me dio mucho gusto conocerte y otra vez perdón —fue lo último que dijo.

Mónica permaneció sentada a la mesa un rato largo luego de que Gerardo Mendívil desapareció definitivamente.