Andrés

 

Sé que estuvo mal pensarlo, pero el acto de caer muerto a media reunión me pareció, por parte de Andrés, de mal gusto. Y no es que quiera perjudicar su memoria con esto, pero la verdad quién lo imaginaría, tan elegante, tan apuesto, incapaz de cometer cualquier descortesía aun en la parranda más desenfrenada. Debo añadir que no fui la única: pude advertir algo semejante en los gestos, las miradas, los carraspeos de Belinda, Antonio y Lulú.

Cuando se desplomó, sin ningún aspaviento ni estertor —lo que por otro lado fue de agradecerle— transcurrió un instante, un instante corto, cortísimo, en el que pude notar cómo Belinda, embelesada con los camarones al ajillo, dudó en soltar el tenedor y luchó por contenerse de dar el siguiente bocado; Antonio aspiró, degustó el humo del tabaco tan agradable después de una buena cena, y Lulú atisbó todavía con ilusión la portada del disco que estaba a punto de poner, adelantando el gozo de escuchar de nuevo una canción que inundaba su vida en estos días últimos y le decía tanto. Y he de admitir que yo evoqué las crêpe suzette con amargura, contrariada porque todo el pesado trámite de la cena para llegar al postre había sido en balde. Lo que transcurrió en aquel instante para mí duró un sinfín de horas, como si estos pequeños gestos y estas miradas sucedieran en cámara lenta, y en ese momento diminuto prolongáramos lo más posible el tiempo anterior a la desgracia.

Pero las reacciones se sucedieron: Belinda se inclinó sobre Andrés y lo zarandeó, preguntándole inútilmente "Andrés, Andrés, ¿qué te pasa?". Antonio dijo que no lo moviéramos y voló al teléfono a pedir una ambulancia. Lulú tuvo un ataque de histeria y yo la auxilié con un par de bofetones que sólo ayudaron a que se desmayara. Antonio regresó del teléfono para darle un poco de brandy a Andrés. Con la copa en la mano le escuchó el corazón y le tomó el pulso. Después le pidió a Belinda un espejito para ver si respiraba. Entonces se tomó él el brandy y las lágrimas empezaron a escurrirle, solas, sin llanto ni moqueo. Ya sabía que estaba muerto desde que fue a llamar a la ambulancia, y todo lo que hizo para confirmarlo fue mecánico, como si algo le hubiera dicho que tanta naturalidad para aceptar la muerte de un amigo no estaba bien. Vi a Lulú abrir un ojo desde su desmayo y volverlo a cerrar. Y Belinda, la amante viuda, dejó escapar un suspiro que sonaba más a "por fin" que a desdicha. Sé que todo esto, así, es demasiado crudo, y me da vergüenza confesar que mientras mis amigos se traicionaban a sí mismos yo no hacía otra cosa que observarlos, sin pensar en el pobre de Andrés que, a fin de cuentas, no podía decir nada.

Lo cierto es que los cinco, esto incluye a Andrés, habíamos sido educados en el ateísmo más absoluto, de manera que Andrés, para nosotros, se había ido, su alma se había esfumado. Y si Andrés tenía algo era un alma de oro, un alma exquisita. De los cinco, era el único a quien el egoísmo no invadía jamás. Conocía a la perfección nuestros gustos, nuestras virtudes, nuestras pequeñas debilidades, y sabía alimentarlas siendo amigo sincero y generoso. Jamás cayó en la trampa de los ataques de histeria de Lulú, precisamente porque la quería bien y procuraba ayudarla. Nunca permitió que Belinda se dejara vencer por aquellas depresiones que la llevaban a abandonarlo todo y a querer recomenzar su vida por completo cada dos años. Ni por asomo dejó que Antonio lo sedujera, atormentado éste por un deseo con el que ocultaba la imposibilidad de relacionarse con un hombre fuera de la cama. Y yo no conocí el día en que no me llamara, conminándome a salir de mi aislamiento y de mis libros para pertenecer a un mundo. Cualquiera que tenía una duda, un problema, consultaba a Andrés, y era un orgullo tener un amigo así de solícito y de franco, casi diáfano en su bondad, sensible e inteligente a morir.

De esto estuvimos hablando durante dos horas en que la ambulancia no llegó, ofrendando a Andrés nuestra amistad. La propia Lulú despertó de su desmayo y habló de nuestro amigo con un juicio que parecía serle inspirado por él mismo, a ella que era tan excéntrica en sus razonamientos. Y todos abrazamos a Belinda, por turnos, haciéndole ver la suerte que había tenido de amar y ser amada por un hombre tan de una pieza. Incluso terminamos la cena, brindando hacia donde estaba Andrés —lo habíamos dejado ahí, caído junto a la silla que ocupara durante la cena—, como si su cadáver fuera una representación de él mismo, un retrato o una calaverita de día de muertos que portara su nombre. Borrachos, exaltados, pletóricos de amor los unos por los otros, estábamos histéricos, y no era de extrañarse, porque pasaba el tiempo y la ambulancia no llegaba por más que, con ansiedad cada vez mayor, Antonio llamara y volviera a llamar a la Cruz Roja.

Comenzamos a angustiarnos y decidimos llevar el cadáver a la habitación, entre risas nerviosas. Era cierto que aquel cuerpo nos había estrechado la mano, que hacía un par de horas lo habíamos abrazado y contemplado con amor, con gusto y con embeleso; ahora era una cosa, una especie de muñeco que, además, amenazaba con descomponerse. Cuando lo cargamos acostado entre los cinco, no pude soportar este pensamiento y lo solté. Belinda me siguió, y Lulú también. Las tres pegamos un grito, grito de mujer cuando ve un ratón, grito de aprensión, de susto y de juego. Antonio se enfadó primero —porque pesaba mucho, porque dejábamos caer a nuestro amigo— y después se rió de nosotras. "Ya, no sean cobardes, si es Andrés." Lo volvimos a levantar y con dificultades lo pusimos en su cama. Salimos del cuarto con la sensación de los padres que por fin dejan durmiendo al niño y respiran aliviados de las fatigas del día, hablando en voz baja, no se vaya a despertar. Y así como Antonio, Lulú y yo sentíamos un deseo profundo de irnos a nuestras casas y dejar a Belinda con Andrés, Belinda parecía tener unas ganas enormes de partir con nosotros o de que nos lo lleváramos, como a quien le regalan una mascota que le inspira terror.

De vuelta en la sala, con el cadáver fuera de la vista, nos pusimos a pensar en qué podía haberle pasado a Andrés. Lulú mencionó los camarones. Por un momento temblamos, porque todos los habíamos comido, y yo maldije la amabilidad de tragarme toda una cena que no quería en aras del postre. Pero Antonio fue realista: nadie se moría de una intoxicación de camarones, sin pasar antes por unos sufrimientos espantosos. Y ya relajados, llamamos a la Cruz Verde y a todas las funerarias de la Sección Amarilla, esperando confiar el cadáver a quien viniera primero a buscarlo. Belinda hizo café, dormitamos y hubo ambiente de velorio. Cada tanto, alguien se aventuraba a la habitación y cuando salía lo mirábamos como si emergiera de un quirófano. Quien hubiera entrado, meneaba la cabeza tristemente: no se movía, bien muerto estaba.

Amaneció, y con la luz del día sonó el timbre: la señora de la limpieza. No la dejamos entrar. Con señas y codazos nos comunicamos la urgente necesidad de que la señora no se enterara de la presencia del cadáver en la casa. Fue una reacción absurda, y cuando la pensamos nos pusimos peor. Si declaraba que la habíamos corrido apresuradamente, sospecharían de nosotros. Pero ¿quién nos pediría declaración? Era de suponerse que una funeraria no enterraba a nadie sin asegurarse de que había muerto legalmente, y ¿cómo nos iban a creer que habíamos estado con el muerto la noche entera sin que llegara la ambulancia? Lulú tiró una horrible moneda al aire, "a menos que realmente uno de nosotros lo haya asesinado". Y admito que rebusqué en mi memoria a ver quién se había empeñado primero, más que nadie, en sacar a la señora.

Recordé la desagradable sensación que me inundaba cuando Andrés me llevaba a un coctel prácticamente a rastras, y decía para animarme: "si te ves muy bien", sabiendo que no era cierto; o la desesperación de Belinda por pelearse con alguien, porque Andrés en su bondad jamás le había hecho ningún mal; o la frustración de Antonio, teniendo que controlar su deseo mientras Andrés lo tomaba de la mano o lo palmeaba amistosamente, y la desilusión de Lulú cada que lloraba estrepitosamente sin que Andrés le diera un mínimo y poco saludable abrazo. Mientras pensaba en ello, no dejaba de observar a mis amigos, cada uno encerrado en su silencio y con toda seguridad poseído por una idea semejante. Y el suspiro de Belinda, el primer suspiro de Belinda, ese "por fin" que había escapado aéreo de sus labios, volvió a resonar en mi recuerdo, ahora como si yo misma y todos a la vez lo hubiéramos exhalado.

Yo no sé a quién se le ocurrió, quién rompió aquel silencio que nos estuvo asfixiando un buen rato más. El hecho es que Antonio fue al segundo piso a despertar a un médico, un cardiólogo de cierto renombre que cruzó la sala mirando de reojo con un poco de asco los restos de la cena y de la noche en vela. Cuando salió de la habitación, nos confirmó que Andrés estaba muerto. Lulú tuvo otro ataque de histeria: la volví a abofetear. Belinda fue a zarandear el cadáver de nuevo. Y entonces, por fin, llegaron los de las funerarias y las ambulancias.

El cardiólogo ayudó a Belinda con todos los trámites. Levantaron el acta de defunción y organizaron el entierro. Cuando le pregunté a Belinda de qué había muerto Andrés según el cardiólogo, me respondió todavía extrañada que de una enfermedad incurable. Sospechamos del médico, de la funeraria y hasta de Belinda, pero nadie pensó seriamente en lo del asesinato. En realidad, cuando evoco la dulce tristeza que nos arrulló durante el sepelio, los rostros relajados en una paz irónica y justa, pienso que quizá lo que pasó fue que todos pedimos un deseo y se nos cumplió.

Ya hace mucho que no los veo: a Belinda, a Antonio y a Lulú. Ahora sólo un hilo más que tenue podría volver a unir nuestras vidas, tan imperfectas, tan deliciosamente imperfectas.