Otra oportunidad para el señor Balmand

 

Estaban sirviendo el postre cuando llegó el señor Balmand. Ya le habíamos señalado varias veces que, en nuestra pequeña asociación, la impuntualidad se consideraba un defecto, pero él parecía empeñarse en no hacer caso. A cada reunión llegaba tarde, esgrimiendo siempre los pretextos más descabellados: un improbable tropiezo de su caballo a mitad de la avenida Canelones, algún botón faltante en el vestuario que el reglamento imponía a nuestras juntas, una amarga discusión de último momento con su mujer o con su secretario. Como en todas las demás ocasiones, nuestro presidente, el señor Walpurgis, se limitó a señalarle su asiento con gesto firme y autoritario, y la sesión prosiguió sin mayor contratiempo, despachando con prisas lo que nos faltaba. Al terminar, el señor Walpurgis dijo, como en un descuido, que esta vez la comida no había quedado tan bien como la vez anterior.

El Gran Maestre de Cocina, señor Gargantúa, se justificó diciendo que no había podido disponer de ingredientes tan exquisitos como en otros días. A cambio de ello, declaró, el platillo principal fue preparado con mucho mayor esmero en esta ocasión, gracias a que su equipo de cocineros realizó un peligroso viaje a la región de Lüdsk para conseguir la escasa planta canniculata borunda, o hierba de ratón, la cual solía añadir un gusto exquisito a todos los guisos. Entonces el señor Walpurgis dirigió al señor Gargantúa una de esas miradas que paralizaban del terror. Limítese a pedir una disculpa, señor Gran Maestre de Cocina, ordenó. El señor Gargantúa bajó los ojos y presentó sus más sentidas excusas, que constaron en actas.

Después el joven Raskolnikov, chupando distraídamente la cucharilla de plata de los postres, preguntó si seguiríamos permitiendo al señor Balmand llegar tarde: ésta ya era la decimotercera vez que lo hacía. Al joven Raskolnikov varios le tenían miedo. En primer lugar, porque tenía un gran ascendente, ciertamente un poco misterioso, sobre el señor Walpurgis, y no habían faltado camaradas castigados por faltas de lo más leves a causa de su insistencia en acusarlos como si hubieran cometido grandes crímenes. Por culpa de estas exageraciones, había quien se encargaba de esparcir por toda la ciudad la maledicencia de que nuestra asociación, cofradía o club era una tribu de salvajes. Ciertamente, una vez adentro era imposible escapar a los compromisos contraídos, pero a cambio de ello teníamos grandes ventajas de exclusividad, y cada miembro podía asegurarse en su fuero interno (pues nuestras actividades se desarrollaban dentro de la discreción más absoluta y, de ser posible, el mayor silencio) que tenía en cada cofrade a un verdadero hermano, y en nuestro presidente a un padre benévolo y comprensivo que tarde o temprano nos ayudaría a lograr todo lo que deseáramos en la vida, incluidos aquellos caprichos que no se pueden confesar en un teatro, por ejemplo, sin verse rodeado de prejuicios arcaicos e incomprensión.

De modo que nuestro fogoso joven insistió: ¿Nos vamos a levantar así?, ¿vamos a permitir que el señor Balmand siga llegando a la hora que se le antoja, como los grandes terratenientes y los banqueros austriacos? Tenía los nervios crispados y la cabellera revuelta de agitación. Fue la primera vez que vimos al señor Balmand ponerse pálido, en lugar de mirar su sortija de zafiro y musitar en sorna "bla bla bla", en tono molesto e indiferente, como solía hacer siempre después de los arranques de Raskolnikov, provocando en algunos de nosotros ataques de risa que teníamos que ir a desechar al salón fumador por improcedentes. Esto se debió a que el señor Walpurgis, en lugar de levantar en silencio su imponente humanidad y encaminarla a la puerta, como era su costumbre, se quedó sentado. Luego declaró: está bien, señor Raskolnikov, acabemos con este asunto de una vez por todas. Haga usted formalmente la acusación. El joven Raskolnikov se levantó con solemnidad y repitió la fórmula acostumbrada: Yo, Fulano de Tal, acuso al señor X, miembro de esta asociación, de tal o cual cosa. Así se debía hacer, manteniendo el brazo en alto y mirando hacia el Purgatorio, donde estábamos seguros de que se encontraba el fundador de nuestra secta, club o grupo, el señor Indigo Brailovsky, insigne swedenborgiano. De tanto acusar, el joven Raskolnikov levantaba el brazo ya con mucho estilo.

Mientras tanto, los demás nos ocupábamos en mirar el reloj, pensando en todas las actividades que posponíamos involuntariamente a causa de los caprichos de este enjundioso muchacho. Estoy seguro de que nadie de nosotros deseaba mal alguno al señor Balmand. A cambio de su impuntualidad —cuyas causas cada vez más fantásticas le daban variedad a nuestras vidas, hay que reconocerlo—, él solía allegarnos cuantiosos recursos de la barra de aristócratas en retiro, y se encargaba de que el servicio de los meseros estuviera siempre lleno de detalles exquisitos: flores, uniformes sorprendentes, susurros que al servir la sopa le añadían sabores insospechados. En suma: el señor Balmand era un hedonista, ciertamente, pero a fin de cuentas su arte nos beneficiaba a todos. Esto fue lo que esgrimió el señor Luna, Gran Abogado, cuando tocó el turno de hacer la defensa del señor Balmand, recibiendo el apoyo entusiasta de nuestro vicepresidente.

Sin embargo, el joven Raskolnikov insistió en su acusación: peor aún, dijo, si el señor Balmand se jactaba de ser un miembro benéfico de nuestra secta o comunidad, el hecho de que se tomara tan cínicamente la libertad de llegar tarde hacía pensar que consideraba a la asociación inferior a sus colaboraciones, y por lo tanto, se estaba burlando de nosotros. El señor Balmand se cree el dueño de esta cofradía, se siente un hombre mejor y más poderoso que nuestro queridísimo presidente, remató, dando un sonoro puñetazo en la mesa que a varios nos crispó los nervios y mirando con arrobo delirante al señor Walpurgis, que ciertamente, si algún defecto tenía, era el de la vanidad.

La calma clásica del señor Walpurgis se vio turbada por este último comentario. Un destello de ira brilló en su pupila violeta. Como ya había terminado la exposición de los motivos acusatorios, y la de los argumentos de la defensa, los concurrentes callamos a la espera de la usualmente sabia decisión de nuestro superior dirigente. El silencio fue tenso, y sólo lo rompieron los regurgitamientos, producto de la opípara comida, y el meneo nervioso de algunos traseros sobre algunas sillas. Finalmente, el señor Walpurgis anunció: Es una pena prescindir de usted, señor Balmand. Una verdadera lástima. Luego miró hacia el purgatorio, con gesto desolado. Todo ello constó en actas.

¡Había sido tan tolerante con otros miembros! Por ejemplo, el caso de aquel que llamábamos señor Gitano o Gaulois, por lo mucho que fumaba. Su condena se debió a su mal humor incesante, a sus protestas, quejas, farfulleros y eructos en todas nuestras comidas. Todo le parecía mal. Nunca se terminaba el postre. Decía en voz alta que pagaría por poder salirse de nuestra asociación, e incluso gritó en alguna ocasión que estaba harto de esta manada de monstruos. Bueno, en ese caso, y después de haber tolerado esa actitud durante varios años —pues era primo del señor Raskolnikov, hay que decirlo—, el castigo nos pareció apenas justo. Pero el señor Balmand era un pan de dios. En realidad, cualquiera de nosotros lo hubiera elegido como líder al culminar el mandato del señor Walpurgis. De todos se apoderó la melancolía, excepto del joven Raskolnikov, que nos miraba con una expresión de éxtasis victorioso iluminada en el rostro.

De repente, el señor Gargantúa —tan animoso de costumbre con los castigos, y que sin embargo no se había movido de su sitio esta vez, los brazos caídos, el gesto desolado— levantó la vista hacia el señor Walpurgis y habló. Fue conmovedora su valentía. A sabiendas de que apelar a una condena ya establecida era de lo más riesgoso, dijo:

—Como cocinero, si en algo aprecia esta cofradía mi opinión, me atrevo a pedir otra oportunidad para el señor Balmand.

Nos quedamos helados, esperando ver la espada de Damocles partir la mesa alrededor de la cual tantas cosas habíamos comido y decidido en los últimos años. Pero fue más sorprendente aún lo que siguió: el señor Walpurgis decidió concederle al señor Balmand aquella oportunidad, a condición de que él mismo, sin la ayuda del señor Gargantúa, preparara el banquete del jueves próximo. Si la comida sabía mal, que era lo más probable, el señor Balmand desaparecería de nuestra agrupación y, de paso, de la faz del universo.

Varios de nosotros palmeamos la espalda del señor Balmand al pasar hacia la puerta. Sabíamos que podía acompañar una comida de detalles exquisitos; en cuanto a prepararla con sus manos, dependía por completo desde pequeño de su cocinero egresado de la Escuela Real de Alta Cocina de Vladivostok. Era un artista de la vajilla y el servicio de mesa, por decirlo así, y un completo fracaso en el asado de liebres, perdices y corderos. Pedirle que cocinara era condenarlo ya de antemano. Así que atrás dejamos al señor Balmand, acompañado del compasivo señor Gargantúa, y del joven Raskolnikov, que seguía petrificado en su asiento, calibrando al parecer los alcances de aquella oportunidad que no había esperado. El resto de nosotros, conducidos por el paso firme y decidido del señor Walpurgis al portal, la calle y finalmente el mundo humano, nos separamos como de costumbre, cual perfectos extraños.

Aquella noche escuché gritos, y mi esposa Amélie soñó con un perro que le enseñaba los dientes. Mala señal.

Al jueves siguiente nadie se quería presentar a la comida. Según pude corroborar después, no fui el único que permaneció un buen rato, antes del desayuno, cavilando sobre la almohada dos o tres excusas plausibles para faltar, sin que la imaginación me traicionara. Sin embargo, todos terminamos acudiendo, un poco por compartir el pesar del señor Balmand, otro poco por curiosidad y también por miedo a acabar como él. Al llegar, nadie quería verse a los ojos y mucho menos hablar. Hicimos los gestos ceremoniales de costumbre; el señor Walpurgis pronunció el pequeño discurso sobre la grandeza oculta de todas las almas, y acto seguido, al tomar su asiento en la mesa y mirar a su alrededor, preguntó por el joven Raskolnikov. Nadie sabía de él. El señor Walpurgis ordenó: Esperaremos media hora. Según los estatutos, si un miembro de la congregación faltaba a la sesión, y no daba una explicación plausible, se le dejaba congelarse en el patio bajo la nieve, enteramente desnudo, durante una semana, al cabo de la cual tenía derecho a pedir perdón y sentarse a la mesa con el resto, si es que continuaba vivo. Fue media hora tensa, y poco pudimos decir en ella del perjuicio que representaba para nuestra comodidad la baja de las acciones de algodón en que casi todos habíamos invertido nuestros caudales. El joven Raskolnikov no apareció.

Como en todas las ocasiones, sonó una campanilla y alguien tañó un arpa detrás de las cortinas, tras de lo cual se presentó el señor Balmand con un turbante, a la cabeza de ocho meseros uniformados de azul. Con todo respeto, formados en una fila, manifestaron antes de la comida el disgusto y el temor que les provocaba el posible castigo del señor Balmand, que tanto bien había hecho por ellos, pidiendo al señor Walpurgis indulgencia frente a lo que iríamos a probar. Acto seguido, anunciaron que tomaríamos un entremés marino y un postre de la invención del señor Balmand, en homenaje a la proverbial bondad del señor Walpurgis. El señor Walpurgis sonrió satisfecho, y hasta con delectación. Todos nos relajamos un poco. Después de desfilar al compás de la marcha de honor que se entonaba siempre en estas ocasiones, y tras la recitación inusitada de algunos poemas, los meseros sirvieron el banquete.

Al principio tuvimos miedo y repugnancia de lo que se nos fuera a presentar en el plato, pero conforme fuimos probando los hors d'œuvres, el consomé, la sopa, los espárragos, los ánimos subieron, hasta llegar a una tremenda exaltación. Era una comida altamente digestiva, ligera, aderezada con mucha creatividad y delicadeza. Se puede decir que era el mejor banquete que nuestra cofradía hubiera probado en muchos años. Sabíamos además que alguien tan fino como el señor Balmand no hubiera hecho ninguna trampa. Eran sus manos educadas en Cambridge las que habían dispuesto los corazones de alcachofa, mezclado las salsas, limpiado de impurezas los hígados y corazones de ave. Eran sus manos blancas y regordetas las que se habían quemado en el fogón inmenso preparando el asado; un asado tan bueno, que hasta olvidamos la naturaleza del animal que comíamos: en realidad, podía ser un faisán, podía ser un lechón, podía ser una enorme perdiz, o una ternera joven. Sentíamos tal satisfacción al masticar y saborear el jugo de esta carne magnífica, salada y dulce a la vez, que olvidamos incluso la baja de las acciones del algodón, la huelga en nuestras fábricas textiles, y rememoramos tiempos felices, cuando le cumplimos al señor Spencer su enorme deseo de encontrarse totalmente solo en una habitación con seis sílfides narcotizadas, o el escándalo que provocó en las mentes estrechas de la ciudad el viaje en globo del señor Uriarte, completamente desnudo y con un enorme penacho en la cabeza. Cuando llegaron los postres, había lágrimas de felicidad, y el vino de las copas había entrado en nuestras cabezas. Qué postres: pasteles con crema, salchichas dulces, salsas de almendras y nueces, fruta... Incluso nuestro presidente, el señor Walpurgis, se animó a contar unos cuantos chistes. Despachamos la agenda de la semana con gran informalidad. Todos los asuntos pendientes fueron rápidamente aprobados. El señor Balmand asomó su cabeza enturbantada desde la puerta de la cocina, y lanzó una afectuosa mirada al señor Gargantúa, que no podía dejar de llorar de la alegría. Era la primera vez que alguno de nosotros se salvaba.

Aunque muchos habíamos olvidado de hecho la causa de semejante banquete, y parecíamos alegres camaradas de escuela, lo recordamos cuando al final el señor Walpurgis, al levantarse de su asiento y acomodarse la capa, exhaló un suspiro y exclamó:

—Sólo lamento la ausencia del joven Raskolnikov.

Los que estábamos hartos de tal joven nos limitamos a hacer un silencio hipócrita, pero el señor Gargantúa, cuyas pupilas irradiaban entusiasmo, no se pudo contener de hablar.

—Lo bueno —respondió nuestro Gran Maestre de Cocina— es que el joven Raskolnikov está en nuestros corazones tan dichosos el día de hoy.

Al escucharlo, los demás experimentamos un enorme júbilo y nos dimos unos codazos discretos, sí que era verdad. El señor Walpurgis acarició el brocado que tapizaba el comedor con una mirada soñadora y melancólica, apta para una mujer.

—Una pena —añadió—. En realidad, aunque sé que algunos de ustedes lo han considerado siempre caprichoso e impulsivo, se trata de un joven delicioso.

Delicioso, delicioso, repetimos todos muy felices, poniéndonos los abrigos y calándonos los sombreros, mientras nuestro querido presidente nos guiaba, con su infinita sabiduría, hacia el portal, donde nos despediríamos como siempre: como unos perfectos extraños.