Segundo

 

Extraño a Segundo, me aburro tras el vidrio. Sé que no será fácil que me toque a mí: correoso, me han dicho, descarnado. Cada vez me tienen que arreglar más, me enseñan danzas complicadas. Incluso ahora canto una canción muy alegre, dicen, aunque no la entiendo; me obliga a forzar la voz y me sangra la garganta.

Segundo y yo no hablábamos mucho, casi no nos dejaban. Nos entendíamos con gestos. Segundo veía de reojo al hombre gordo y eso le bastaba para hacerme reír. ¡Cuánto tiempo estuvimos así, en medio de los otros, hablándonos con los ojos, con las manos! También recuerdo a la rubia; muy blanca, de gesto afable, conmovedor, las mejillas como dos manzanas. En seguida la escogían los de afuera, la pedían con hambre. Pero en cuanto la veían bailar encima de la mesa, descubrían las manchas. Tenía unas manchas muy feas detrás de la rodilla. El dueño les aseguraba que se podían quitar, era cosa de prepararla bien, pero todos desconfiaban, especialmente las mujeres, siempre temerosas de que los niños se intoxicaran. Yo también desconfiaría: ¿y si las manchas se extendieran a todo lo demás, si se contagiaran? Finalmente hubo uno que la quiso para él solo. El señor no lo podía creer. Ya casi la iba a vestir del todo, como a algunos de nosotros, tapados con pectoral y calzón de brillantes, muy adornados. Nos pinta el cuerpo, lo maquilla de rosado. A veces nos da frío y el dueño nos pone unas capas, pues la carne de gallina desalienta a los clientes, les hace pensar en pollos, en aves. Los clientes quieren la carne muy roja y casi cruda.

Segundo y yo intercambiábamos señas, codazos, cuando veíamos que escogían a uno: nos tomábamos de la punta de los dedos mientras lo hacían desfilar cantando. Después, cuando se había subido a la mesa y los comensales lo acariciaban, nos acariciábamos nosotros también: con el humo del incienso nadie nos veía, los ojos de todos fijos en el elegido, poseídos de hambre, deseo y locura. A veces, justo en ese momento, el elegido empezaba a temblar y el mismo dueño, ataviado con un turbante, le ofrecía en un cuenco una bebida, o algo de fumar, para que se tranquilizara. En ocasiones se desplomaban; eso no le gusta a nadie, ni al dueño, ni a los clientes. Pasó con aquel tan musculoso, negro y brillante, y ya no lo quisieron. El dueño tuvo que esperar a que otros lo escogieran. No fue difícil, estaba hecho para esto.

El dueño prefiere llevárselos en seguida a la cocina, apenas se quedan con los ojos entornados después del primer trago o la primera fumada de sus hierbas. A Segundo lo hacía reír esa parte. Como no veo bien de lejos, me contaba después lo que había pasado, ya en la noche. Y cuando nos dejaban dormir y estaba todo oscuro me lamía, aprovechando que no nos veían ni los otros, ni el dueño. Y yo lo montaba después. El dueño es muy quisquilloso, todas las noches se da una vuelta por la enorme habitación donde descansamos; nos vigila, nos exige dormir, no le gusta que pasemos la noche en vela, tocándonos o mirando a los peces que nos miran desde su pecera, porque si no, dice, nos ponemos muy pálidos.

Antes de sentarse a esperar, los clientes nos estudian bien: desfilan junto a la vitrina con ojos golosos. Sus mujeres, sus niños, nos señalan. Si los niños escogen a uno muy grande, los padres les recuerdan que no lo podrán acabar. El ambiente es engañoso; el dueño arregló muy bonitas las luces de colores que nos bañan de reflejos tras el cristal. Tenemos que sonreír, enseñar los dientes —todos traemos joyas incrustadas: mis tres dientes son de jade y plata—. En cuanto nos capturan, lo primero que nos enseñan es a hacer poses para atraer. Nos pellizcamos un poco para vernos rebosantes. Al final escoge el hombre, me han dicho. Es un lugar familiar, pero en las noches vienen hombres solos o parejas. Es cuando los dejan acariciarnos antes. Con las luces no distinguimos bien la parte de afuera. Me gustaría ver las caras de los clientes, pero soy muy miope.

Antes no me interesaba tanto, porque estaba con él. Mientras bailábamos en la vitrina, Segundo me hacía cosquillas sin que nadie lo notara. Yo debía disimular, seguir bailando. Era su manera de estar siempre conmigo. En la noche quedábamos trabados como dos siameses. Le puse Segundo porque un día escuché que era el segundo; lo habían encontrado en un baldío. Cuando me atraparon, llevaba mucho tiempo perdido en las ruinas y no sé si tuve un nombre alguna vez.

No entendimos bien cuando lo escogieron, los dos correosos, pasados ya; en el fondo, confiábamos en que quizá nunca lo harían y terminaríamos ayudando al dueño, como hemos visto que hacen dos ancianos con piedras incrustadas en las rodillas y se ven al borde de la muerte: cortan, tasajean, preparan sin deseo, ni apetito. Pero escogieron a Segundo. Una pareja se lo quedó mirando con fascinación. Quizá vieron lo que yo veía en él: sus pómulos alegres, los ojos que sonreían un poco enrojecidos, de animal salvaje. Al principio no entendimos, hasta que los demás nos avisaron mientras bailábamos. Por un instante pensamos que las sonrisas de aquella gente eran para mí, pero después el señor llamó a Segundo, le hizo la seña que conocemos. Y lo vi bajar de la vitrina todavía alegre, sin dejar de mirarme. Se alejaba hacia aquella mesa y aunque me esforcé mucho no pude distinguir cómo se movía, qué impresión les causaba. No sé qué me hizo suponer que más tarde él me lo contaría todo.

Después me dijeron los otros que le temblaron las piernas y volteó hacia la vitrina, llorando. El dueño le dio de fumar y se desplomó, pero aun así lo quisieron. Se acabaron casi todo esa misma noche, eran muchos y voraces, celebraban un cumpleaños. En realidad, no me di cuenta de muchas cosas, pero cuando lo supe, no lloré. Me deslicé con mucho sigilo a la cocina en la noche, agarrándome de las paredes húmedas, resbalosas, para no caer. Desnudo, para no estropear mis ropajes. Y en la mesa del viejo cocinero vi, tendido, lo que habían dejado de Segundo. Era como si yo estuviera ahí también. Lamí sus huesos, como seguramente él hubiera hecho conmigo, y regresé a mi lugar. Así me despedí.

Extraño a Segundo. Me aburro tras el vidrio. Cada vez me parece más difícil que me toque a mí, correoso me han dicho, flaco, manchado, cada vez me tienen que arreglar más. Ya casi no como, me muevo poco y triste, el dueño dice que terminaré limpiando, porque nada me sirve ya, ni siquiera los ojos. Y yo que lo quería ayudar, como esos dos ancianos que no se mueren nunca.