La mesita del fondo

 

 

Para Hero Rodríguez



Cruzó la nube de humo y fue directamente a la mesita del fondo, junto a la cocina. Frotó una mano con otra y un hondo ahhh le salió del pecho como un apagado grito de júbilo: se estaba bien ahí, sobre todo viniendo del frío y de la barahúnda de las calles del centro en pleno diciembre. Eran como sonrisas los gritos y el restallido de las fichas de dominó en la formaica y los vasos y las copas en un constante vaivén. Se quitó la gorra de lana (que en tiempos de frío usaba encasquetada hasta la raíz de las orejas), la jugó un momento en el índice antes de dejarla caer en la silla.

Era una mesita escondida, envuelta en una esfera de luz brumosa y polvo, con una absurda, desvaída cortina de terciopelo guinda atrás, como telón de fondo, enmarcándola; su mayor ventaja, por lo demás, era que desde ella se dominaba la cantina como desde un mirador. Llamó a un mesero y le preguntó qué podían cocinarle rápido, una carne asada, alguna ensalada o unos huevos, sí, unos huevos con jamón o con salchichas, traía un hambre. Ah, y un ron con agua mineral. El mesero contestó cómo no, señor, en un instante, sonrió y se perdió al final del pasillo que formaban dos hileras de mesitas.

Al volverlo a ver, unos minutos después, le pidió en tono suplicante:

—Agrégueme unos frijolitos refritos con queso fresco espolvoreado encima, por favor, ¿sí?

El mesero se limitó a abrir de nuevo su amplia sonrisa.

No sabía qué hacer mientras esperaba. Frotó nuevamente las manos, soplándoles aire caliente. Silbó una tonada pegajosa que le perseguía desde hacía días. Buscó la pluma fuente en el bolsillo interior del saco y empezó un par de caricaturas en una servilleta, pero los trazos eran desmañados, aburridos; realmente no tenía ganas de dibujar, para qué seguir. Arrugó la servilleta en un puño y la colocó en el cenicero. Continuó silbando. Y frotaba y soplaba las manos una y otra vez. Observó a Quitos, el cantinero que, acodado en la barra, había comenzado una acalorada discusión con un hombre de pelo y nariz rojos que se balanceaba en un banco.

—Ya viene su plato, señor —le anunció el mesero de camino a la cocina, deteniéndose apenas. Él sonrió y pasó la lengua por los labios, luego por los dientes.

De una puerta junto a la barra salió un muchacho flaco que caminaba como sobre una nube y fue a sentarse al piano, se arremangó el saco y la camisa y empezó a tocar con verdadero arrebato, contrastando la música con lo etéreo de su aspecto. Traía en la ropa ese lustre por haberla lavado y planchado demasiadas veces. Sus manos bailaban de prisa sobre el teclado, de pronto iban despacio, extrayendo inflexiones muy dulces y lánguidas, de aquí hasta allá, inclinando el cuerpo. En ocasiones, volvía su rostro luminoso, feliz, para sonreír a quién sabe quién y creyó que una de esas sonrisas era para él. También sonrió y hasta lo saludó con un ligero movimiento de la mano y se sentía nervioso por la gente, carajo, que no le dejaba escuchar. Apoyó los dedos en las sienes y trató de concentrarse sólo en la música. El chico del piano estaba sudando a chorros pero parecía no notarlo, en el colmo de la concentración. Sorpresivamente se detuvo pero no levantó la cabeza, la mantuvo apuntalada ahí, como si algo lo aplastara, estancado en un agua pesada: mirando sólo los rectángulos blancos y negros y sus manos enconchadas. A pesar de los gritos y de las fichas de dominó sobre la formaica, él tuvo la impresión de que todo estaba en silencio. Así hasta que el chico sacudió la cabeza, alargó el cuello como una tortuga —seguro traía el sabor de sal hasta en los ojos— y se puso de pie para agradecer con una caravana los aplausos tímidos. Luego se fue rumbo a la puerta por donde había entrado.

Genial, pensó, pero no se atrevió a manifestar un entusiasmo menos cauto que el de los demás.

Cuando el mesero pasó junto a él, apresurado, en una mano la charola colmada de platos sucios y en la otra, entre los dedos, tres vasos, lo llamó para preguntarle qué diablos pasaba con su comida. El mesero hizo un gesto de contrariedad y dijo que no se explicaba cómo tardaba tanto, disculpe, en un segundo se la traía; siguió su camino y con el hombro empujó la puerta de la cocina. A él le pasó por la nariz, como una mosca, el sabroso olor a guisado. Lo aspiró profundamente, relamiéndose los labios. Luego se acodó en la mesa y estuvo así dándole vueltas a diferentes problemas, haciendo planes, recordando, en ocasiones casi quedándose dormido; movía nerviosamente un pie, cambiaba de posición, se recargaba en la silla, la hacía bailar apoyando el respaldo en la pared y dejándose ir hacia delante, se sentaba sobre una pierna, observaba a la gente que entraba; terminó una caricatura de los dos tipos sentados en la mesa de junto, sonrió y rompió la servilleta en minúsculos pedacitos que dejó caer en el cenicero como confeti; se rascaba la cabeza, se recostaba en la mesa con los brazos como almohada.

Dos horas después estaba de veras desesperado. Quitos salió de la barra e iba rumbo a la cocina cuando él lo detuvo con un grito que obligó a volverse a los de las mesas cercanas.

—Oiga Quitos, pregúntele a sus meseros qué pasó con mi comida y mi bebida —alargó un brazo para descubrir el reloj de pulsera—. Mire nada más, Quitos, son casi las cuatro de la tarde y estoy aquí desde las dos —le mostraba la otra mano abierta para acentuar lo dramático de la situación—. Caray, qué clase de servicio es éste, tengo un hueco en el estómago como no se imagina. Ni siquiera he desayunado. A todos —y repitió "a todos", subiendo el tono de la voz— los que han llegado después de mí ya les sirvieron. Total, si tienen mucho trabajo en la cocina que me traigan cualquier cosa, alguna botana, unos cacahuates, unos pistaches, unas aceitunas, lo que sea. Pero sobre todo la bebida. Creo que van a empezar a temblarme las manos si veo beber a todos a mi alrededor y yo no tomo nada —y suavizó la perorata con un simulacro de sonrisa.

Quitos lo prometió amablemente, también sonrió, juntó los talones y siguió su camino.

Del bolsillo del pañuelo él tomó la pipa y en una ceremonia larga y tediosa la cargó de tabaco. Luego la llevó a los labios y la dejó colgar flojamente, apenas sostenida con el mínimo esfuerzo, la madera rozándole la barbilla. Encendió un cerillo y lo mantuvo un momento frente a los ojos, mirando a la gente a través de la llama, o pensando que la gente lo podría estar mirando a él a través de la llama como a través de un muro de fuego, detrás del cual su sonrisa —ahora sí muy abierta— descubría el brillo de los dientes. Luego, despacio, llevó el cerillo a la boca de la pipa y empezó a aspirar el aire caliente, el olor a maple. Estuvo así un rato, echando el humo en cuanto lo recibía.

Los tipos de junto se habían marchado, sobre la mesa quedaban los platos sucios, un tarro y una copa vacíos y unas monedas de propina. Un mesero recogió todo con cuidado y guardó las monedas en un bolsillo. Pasó junto a él, le hizo una seña con el índice y el pulgar apenas separados, guiñándole un ojo, y desapareció tras darle un puntapié a la puerta de la cocina.

Junto a la mesa recién abandonada había otra donde cuatro tipos jugaban un eufórico dominó. Más allá estaban los reservados. Sólo podía ver el respaldo negro y alto del primero, oír las voces entreveradas con el ruido de las fichas. El humo subía en espirales y en lo alto formaba una gruesa capa que se distendía como neblina apresando la luz opaca de las bombillas.

Era la hora en que la gente salía de las ofi cinas y el bullicio aletargaba hasta al más concentrado. Él sostenía la barbilla entre las manos con unos ojos ausentes. Vio pasar al mesero y ya no le preguntó nada, sólo chasqueó la lengua en un gesto de ira enmascarado de indiferencia. Por la puerta entornada se colaba un rectángulo de luz (el último de la tarde) que acuchillaba a las siluetas de la barra y diluía a las restantes; así, la única guía era el ruido, el tintinear de las copas, el raspar de los cubiertos, el barullo que la gente hacía al comer, los gritos y las carcajadas. Las figuras que distinguía con claridad eran las que se ponían de pie o las que recién entraban; las que permanecían sentadas terminaban por volverse la cresta de una ola oscura. Agachó la cabeza y una lágrima rodó por su mejilla yendo a morir al dorso de la mano.

Masculló una pregunta que le produjo escalofrío:

—¿Por qué a mí?

Le temblaban las manos.

—Estoy aquí.

Levantó los ojos:

—Y ellos están allá. Me muero de hambre. Me muero de hambre.

Otra lágrima.

A las diez de la noche la cantidad de gente que entraba y salía disminuyó. Quitos, que había andado de un lugar para otro dando órdenes a los muchachos durante el ajetreo, permanecía ahora cerca de la barra, limpiando un vaso con el delantal. Más tarde, se volvió y se puso a acomodar las botellas, colocándolas en ristra.

Un par de horas antes el chico del piano había interpretado otra candente melodía, recurriendo al final al mismo golpe dramático de permanecer un momento inmóvil, clavado sobre las teclas, con las manos crispadas.

De cuando en cuando, cada vez con menos frecuencia, se escuchaba el restallido de una ficha de dominó.

Guardó la pipa en el bolsillo del pañuelo y cerró los ojos para restregar los párpados con los índices. Estuvo así un momento, confinado a sí mismo. Entonces pensó que no tenía remedio. Abrió los ojos repentinamente, como esperando una sorpresa, buscando algo sobre la mesa (un sándwich, una copa con su ron, unos cacahuates, los frijoles refritos con el queso fresco espolvoreado encima, una sopa de camarón, unas papas fritas, cualquier cosa), pero no: sólo el cenicero con el tabaco quemado y los restos de las servilletas como confeti.

Mientras más tarde, era peor la cosa. La gente hablaba despacio, midiendo las frases, como si las palabras pesaran más a medianoche. Algunos salían dando traspiés, quejándose incoherentemente con voz pastosa, y se perdían en la noche.

Hoy me hubiera encantado emborracharme, se dijo al final.

A la una, Quitos limpió por última vez la superficie de la barra, dio una orden y los meseros empezaron a levantar las sillas y a colocarlas encima de las mesas. Se desprendió el delantal y se metió en un saco azul marino que tomó del perchero.

Las luces se fueron apagando una por una, como después de la función.

Él veía a los meseros atender las últimas tareas. Se puso de pie y rápido, sin volverse, manteniendo la mirada en la punta de los zapatos, salió empujando bruscamente la puerta. Afuera lo deslumbró la luz plateada de un farol. Hacía frío, mucho frío. Encasquetó la gorra de lana hasta las cejas y levantó la solapa del saco. La calle estaba llena de basura y había apenas algunas ventanas encendidas. Oyó el maullido de un gato invisible. Comenzó a subir la calle, caminaba con los hombros encogidos, un doloroso vacío en el estómago que le amargaba la saliva, y los puños apretados en los bolsillos.