La ciudad prohibida

 

Para Vicente Quirarte



Nunca (por lo menos que yo recuerde) he salido de mi colonia. Apenas unos pasos más allá de la vía del tren y en medio de gran angustia. Los sábados mamá va a la ciudad a hacer la compra de la semana y aunque conoce mi respuesta siempre me invita. Como soltando un anzuelo, saca a colación algún almacén enorme con escaleras eléctricas por todas partes y unos aparadores de sueño.

Pero yo niego con la cabeza, sin mirarla, y ella se resigna, finge una sonrisa y termina: bueno, quizá la próxima vez, y se marcha con una pañoleta negra anudada en la cabeza, cargando una bolsa de plástico. Así es siempre y no puedo acostumbrarme. Las palabras de mamá (quizá la próxima vez) remueven algo dentro de mí. Quizá..., me digo, pero enseguida aflora la desolación: no, para qué, después de tantos años sería inútil empezar a conocer las cosas, tomarles gusto.

También me deprimo cuando llega gente de la ciudad a visitarnos y me cuenta, entre efusivos aspavientos (es un complot, lo sé: mamá les pide que me convenzan), de un circo con tres pistas y de un cine con una pantalla que lo envuelve a uno. Yo (no puedo evitarlo), paso la lengua por los labios, paladeando la idea de asistir. Cierro los ojos y ya estoy ahí, en el circo, por ejemplo: la carpa como un castillo de colores, y hasta oigo la música, esa música tan característica de los circos. A veces lloro y me golpeo los puños hasta hacerme daño de pensar cómo serán las cosas en la realidad. Trato de reconstruirlas lo más exactamente posible, con detalles (siempre estoy preguntando detalles); armándolas en mi cabeza como si las levantara ladrillo tras ladrillo. Pero es doloroso. Queda la convicción de que algo falta, de que se escapa lo más importante.

Tengo una Guía Roji y la recorro con la punta del dedo, como si de veras fuera por ahí, a pie o en auto. Mamá me compró una colección de tarjetas postales de la ciudad y las colgué con tachuelas junto a la ventana de mi recámara. Todas las mañanas, al abrir los ojos, es lo primero que veo.

El día que inauguraron la montaña rusa, hace años, no pude comer. Por culpa de mamá —siempre se las ingenia para sembrarme la tentación— vi la noticia en el periódico. Fui corriendo a la cocina a comentárselo, casi llorando y, claro, terminé por preocuparla. Me senté a la mesa con el estómago revuelto y no pude tragar bocado. Aquella noche soñé que iba en uno de los carritos a una velocidad vertiginosa, subiendo y bajando, como si una ola me llevara en su cresta a través de un mar oscuro. Pero antes, por la tarde, me subió la temperatura y luego me bajó repentina, peligrosamente, produciéndome un escalofrío que quemaba aún más que la fiebre y me obligaba a castañetear los dientes. Mamá se desesperó.

—¿Algo te impide asistir? —preguntó desde la ventana, mientras blandía el termómetro. Yo no podía evitar un llanto convulsivo. Estaba en la cama, cubierto por gruesas cobijas y con una colcha eléctrica encima. Mamá tiene razón, ya no estoy para que me pasen estas cosas.

Mi mayor diversión son los títeres: vienen todos los domingos. Voy al parque desde temprano para encontrar buen lugar. Los maneja un hombre gordo, con las mejillas y la nariz del color de un betabel.

Después de la función siempre platicamos un rato. Le encanta mi curiosidad. Se queja de que actualmente a nadie le interesan los títeres. El pobre apenas saca para vivir dando funciones por los parques de la ciudad. Me ha enseñado a manejarlos: en una ocasión hasta me permitió cubrir parte del programa. Al final, la gente soltó una lluvia de aplausos y tuve que salir a agradecerlos con una respetuosa caravana. El titiritero me ha propuesto que montemos un teatro de muñecos y no sería mala idea. En la colonia hacen falta lugares de diversión. Además de los títeres, me gusta el cine (voy los jueves, el día que cambian el programa en el único cine de la colonia), coleccionar álbumes de estampas y leer libros de viajes.

Quiero salir de aquí, de esta mugre colonia a la orilla de la ciudad, conocer otros sitios, pienso a veces, cada vez con más frecuencia y siento una fuerza, un sabor como a menta que me sube hasta los labios. Pero, ¿para qué? Siempre gana la desolación, la alta sombra que proyecta el mismo deseo de salir, y todo se derrumba como un castillo de naipes; algo que estuvo construido en el aire, sin plena convicción. Por lo demás, a pesar de los fracasos, yo sé que tarde o temprano voy a lograrlo. Así se lo dije hace poco a mamá: es sólo cuestión de tiempo, de que la decisión gane terreno. Verás que un día me voy aunque sea para no regresar.

He de advertir que esto lo escribo al día siguiente de un agudo fracaso. El anterior a éste sucedió hará quince días. Salí corriendo de casa con las manos en alto y pegando de gritos, para sorpresa de los vecinos. Fui a la vía del tren, me dejé caer sobre ella y arañé la tierra hasta sangrarme las manos. Nunca había llorado tanto. Estuve a punto de decidirme, pero no tenía caso. Echarlo todo a rodar —¿qué?— por un pasajero ataque de histeria, decía esa voz que me detiene, me ata a esta colonia donde nací. Regresé cabizbajo, secándome las lágrimas con el puño de la camisa y decidido a no pensar más en el asunto. Mamá estaba furiosa: las vecinas se habían enterado. Le pedí una disculpa y me metí en mi cuarto. Las sienes me palpitaban y seguro tenía fiebre de nuevo. Me acosté y mamá me llevó un vaso de leche y un bizcocho. Yo estaba sentado en la cama, recargado en el cojín y sintiendo que las sienes me iban a estallar; la fiebre me hacía ver las cosas envueltas en una mermelada de durazno, temblorosas. Pensé que era como arder en una hoguera; los que eran quemados vivos no debían haber sentido muy diferente. Claro, sabía que al día siguiente estaría recuperado; habría pasado el mal sueño y volvería a mi vida normal. Sin embargo, algo quedaba siempre de esas crisis nerviosas: el miedo a que se repitieran y el deseo enorme de aprovechar alguna para decidirme. Quizá por eso quedó como sembrada una semilla y todos estos días estuve dándole vueltas a la misma idea: bueno, ¿y por qué no? ¿Y si decido ir? La fui alimentando hasta que maduró: punto, voy a ir. Antier se lo anuncié a mamá y no pudimos evitar una lágrima dulce.

Me desperté a las siete de la mañana y empecé a prepararme: doscientos pesos en el bolsillo, la Guía Roji (aunque de seguro no tendría que utilizarla: puedo enumerar en orden, sin equivocarme una sola vez, todas las calles del centro y de las principales colonias, además de casi todas las estaciones del metro), teléfonos de parientes para el caso de perderme y una bolsita con dos tortas de jamón y una manzana. Mamá estaba feliz: quiso que estrenara el traje oscuro que me regaló cuando cumplí los treinta años, y ella misma me anudó una enorme y ridícula corbata que perteneció a papá. ¿De veras no quieres que te acompañe? No, mamá, quiero ir solo. Cada diez minutos salíamos a la azotehuela para ver cómo andaba el tiempo (un aguacero lo habría echado todo a perder). Pero el cielo destellaba y el sol crecía incólume. Sólo a lo lejos cabalgaban un par de nubes transparentes, inofensivas.

Nunca imaginé que la decisión me sentara tan bien. La angustia no aparecía por ninguna parte y me dediqué a desprender todas las tarjetas postales de mi recámara. Las tiré a la basura: ya no las necesitaba. A las once partí. Se corrió la voz y las vecinas estaban asomadas en la ventana de sus casas, murmurando y mostrando unos ojos fosforescentes a través de los cristales. Mamá salió al balcón para despedirme, agitando una mano nerviosa.

¿Qué sucedió después? ¿Cómo explicarlo? Conforme me acercaba a la vía del tren, la decisión fue perdiendo fuerza, gastándose; sentí cómo se alejaba de mi cuerpo, escurriéndose como arena entre los dedos y cuando llegué estaba nuevamente vacío, con ganas tan sólo de regresar a casa y olvidar decisión, ciudad, todo. Me dediqué a caminar por los límites de la colonia (los conozco perfectamente) como por la orilla de un río prohibido.

Regresé al anochecer. Sintomáticamente se había ido la luz y sólo estaban encendidos los faroles del parque. Las ventanas se veían iluminadas por la luz amarilla de las velas, envolviendo las cosas en una atmósfera como de sueño. Mamá estaba en el comedor, esperándome, con una vela en la mesa y otra en el trinchador, frente a un espejo para que la luz rebotara e iluminara más. Sonrió. Con una mano extendida hacia mí, preguntó:

—¿Qué tal, eh?

—No fui.

—¿No fuiste? —la mano regresó a su regazo.

—No. Sólo anduve dando vueltas alrededor de la colonia... No pude, mamá, de veras. No pude.

—¿Estás loco? —preguntó con un grito, enfurecida— ¿Es que piensas pasarte aquí encerrado el resto de tus días? —yo no contesté, me senté en una silla, a su lado, y permanecí con la cabeza hundida entre las manos. Mamá aventó una servilleta al suelo y me agitó una mano frente a la cara— ¿No tienes ambiciones, a tu edad?

La perorata fue subiendo de intensidad. Ni idea tengo cuánto duró; diez minutos o dos horas, quién sabe. Al final gritó que estaba harta, iba a llevarme a un médico aunque no quisiera. Punto. Qué había hecho para merecer un hijo así. Ella tenía la culpa por consentirme tanto, por nunca obligarme a trabajar, por permitirme vivir del dinero que nos dejaron mis abuelos. Lloró. Habló con una voz gutural, atragantándose de palabras, hasta que se le cansó la lengua. Terminó sofocada y se desabrochó el primer botón de la blusa. Yo me puse a mirar por la ventana hacia el parque —el viento levantaba el polvo en remolinos que la luz neón de los faroles convertía en fantasmas— y también empecé a hablar y hablar. ¿Por qué? Como si sólo estuviera esperando a que mamá terminara para soltarme yo. ¿De dónde me salían tantas palabras, qué tanto le dije, o me dije, porque por momentos me olvidaba de ella, hablando más para mí mismo? Entre lo que recuerdo, le dije que ella lo había visto: yo quería ir a la ciudad, estaba decidido pero algo me detenía en el último momento, como si perdiera fuerza en las piernas, no sé, algo extrañísimo, como si pisar el suelo de la ciudad significara hundirme, aunque yo sabía que no, al contrario: era liberarme, pisar tierra firme, empezar a caminar, pero por qué no podía. Me acuerdo de haber golpeado la mesa y soltarme llorando. Por qué, mamita, a qué le tengo miedo, qué me ata a esta colonia tan sombría. Ya no quería vivir así, quería salir, salir a como diera lugar, por supuesto que quería salir, nada anhelaba tanto en el mundo, aunque no me creyera, aunque fracasara todos los días, quería salir y viajar, viajar por todas partes, darle la vuelta al mundo, conocerlo todo, ¿te imaginas el gusto con el que voy a descubrir cada detalle de fuera después de estar tanto tiempo encerrado? Y volviéndome a verla —creo que sólo un par de veces me dirigí a ella directamente— le dije: voy a ir, te lo juro; tarde o temprano voy a salir de aquí, quizá mañana o pasado o dentro de un mes o un año o muchos años; estoy seguro de que voy a lograrlo. Quizá cuando llegue alguien, alguien a quien espero todos los días, y me diga: acompáñame a la ciudad, y yo lo acompañe sin más. Sin pensarlo. Estoy seguro de que va a llegar alguien así. Y aunque no llegara. De todas maneras yo iría. No me cabe la menor duda. Apreté un puño, como guardando ahí la fuerza para utilizarla en el momento preciso. Quizá mañana mismo. ¿Por qué no? Mamá se limitó a bajar la mirada. Algo más dije, no me acuerdo, pero de lo que sí me acuerdo es que después permanecimos en silencio, con la luz de las velas bailoteando a nuestro alrededor, mamá acodada en la mesa, apoyando la barbilla en las manos, mirando por la ventana hacia el parque en donde el viento levantaba el polvo en remolinos que la luz neón de los faroles convertía en fantasmas.