Muérete y sabrás

 

Quién iba a imaginarlo: en mi vida anterior también estuve casado con mi mujer actual. Lo supimos los dos, Lucía y yo, así, de golpe, como se saben las cosas importantes que uno sabe: sin necesidad de demasiadas reflexiones y por pura intuición. Además, lo supimos juntos y al mismo tiempo. Un viernes habíamos cenado en el Café Tacuba y al salir tuvimos una visión (entrevisión la llamamos, no queríamos sonar pretenciosos): del Zócalo vimos avanzar hacia nosotros uno de aquellos tranvías eléctricos que hubo en la ciudad de México a principios del siglo. Chirriaba, me acuerdo muy bien que chirriaba, y sus flancos eran de un ocre desportillado; con su trole llena de chispas y un resonar intermitente de campanillas. Duró lo que un parpadeo, pero sufi ciente para que Lucía me tomara del brazo, temblorosa, y preguntara si había visto lo mismo que ella.

—Sí, lo vi.

(¿Y si en ese momento digo que no, Lucía, qué hubiera pasado después, dime?)

—Pero es que... —dijo—, íbamos a tomarlo juntos.

—Lo tomamos juntos.

(Por Dios, con qué seguridad le respondí.)

—¿Juntos?

—Juntos.

—¿Cuándo?

—Los dos. Tú y yo. Allá, entonces.

(¿A qué quería yo jugar? ¿Quería jugar?)

No es fácil hacerse a la idea de una vida anterior, y con la misma mujer. Yo, realmente, nunca he terminado de hacerme a la idea. Me hago preguntas absurdas: ¿qué nos ató así, Dios mío, qué nos ató así? ¿De veras nos amamos o nos odiamos hasta la necesidad de continuar juntos? ¿Es que no quisimos o no pudimos desprendernos? Y, lo más importante, de ser cierta la entrevisión: ¿cuánto tiempo más? ¿Y si en una tercera vida sigo atado a ella, y sólo a ella? (El sentido tan terrible que adquiere hoy que en algunos de nuestros pleitos le gritara: "¡Ya no te soporto más!".)

—Eres inmortal aunque no lo quieras. Muérete y sabrás que me voy contigo, que te alcanzo a donde quiera que vayas, me oyes —dijo Lucía aquella noche, eufórica, metiéndoseme al pecho como nunca antes, con unas manos y una sonrisa que no volví a verle.

(¿Y si mientras hacíamos el amor te digo que era mentira, yo no vi nada, cuál tranvía, pura imaginación tuya, qué necedad y necesidad de continuar después de la muerte, y juntos además? ¿Me hubieras creído? ¿Todavía había regreso, Lucía, dime?)

Casi no hablábamos del tema, pero una noche cualquiera insistió en regresar al Café Tacuba y al salir me abrazó y nos quedamos largamente en la esquina, dentro del frío y con los ojos clavados por el rumbo del Zócalo.

—Tenían asientos transversales forrados de mimbre —dijo ella sin mover casi los labios, con los ojos desorbitados de tan fijos—. Y el conductor llevaba un uniforme... a ver: de paño azul, con botones dorados.

—Sí.

—¿Lo puedes ver tú también?

—Más o menos.

—Era tarde. Quizá cerca de la medianoche. Aunque es posible que interrumpieran el servicio de tranvías mucho antes de la medianoche.

—Es posible.

—Iba casi vacío, ¿te acuerdas?

—Pues sí, creo que sí.

—Y como la plataforma no llevaba puerta, se colaba el frío y yo me apretaba mucho contra ti.

—Como ahora.

—Sí, como ahora. Con un abrigo gris que me habías regalado en nuestro aniversario de bodas.

—Mmh, el abrigo no lo veo...

—Gris, largo, no muy fino, fíjate. Quizá no teníamos mucho dinero.

—¿Desde entonces? Qué destino el nuestro en la eternidad. ¿No será que hemos habitado el infierno todo este tiempo?

Abrió unos ojos que me obligan siempre a pedirle perdón.

—Perdón —y la besé.

Y siguió como si yo no hubiera mencionado lo del infierno:

—Casi no pasaban autos. ¿Tú viste autos?

—Pocos. Un Fordcito por ahí. Un Packard. Tal vez de veras tomamos el tranvía ya muy tarde.

—¿De dónde saldríamos, eh?

—Me encantaría averiguarlo.

Pero fue ella la que empezó a averiguarlo. Había largos paréntesis, pero de pronto insistía en regresar al mismo lugar y pararnos en la misma esquina y a la misma hora. Yo —qué doloroso confesarlo— empecé a sentirme ridículo.

—Mira, poco a poco he ido reconstruyéndolo todo —dijo—. Habíamos cenado en un restaurante que se llamaba Sylvain, que estaba en la calle de San Francisco, hoy Madero. Durante años (de aquéllos de allá) guardé una cajetilla de cerillos con el nombre del restaurante. Me tomabas de la mano a través de la mesa y tus ojos brillaban con la luz de las velas. Algo escribiste en una servilleta que no logro reconstruir... ¿Te imaginas reconstruirlo? Al salir hacía frío (eso lo supimos desde el principio, ¿te acuerdas?) y te tomé del brazo y caminamos unas cuadras a esperar el tranvía ese que vimos, y antes nos detuvimos en el aparador de una juguetería.

—¿Teníamos hijos?

—No lo sé. Pero es posible puesto que nos detuvimos en el aparador de una juguetería.

—Claro.

El tema le dolía porque en esta vida —en nuestro actual matrimonio— no hemos logrado tener hijos por más intentos y exámenes mutuos que nos hemos hecho.

—¿Cómo has averiguado tanto?

—De repente se me viene la visión, así. ¿Me entiendes? Se me viene la visión y ya. O en sueños. Aunque más bien en eso que llaman duermevela. Lo veo y sé que así fue.

¿Así fue de veras? Aunque tampoco me importaba demasiado ante la inminencia de nuestro presente, que se vaciaba de sentido con cada nuevo detalle entrevisto y que no dejaba lugar para nada más; si acaso, el insomnio que empezó a atormentar a Lucía, y la ocupación convulsiva de tragarse las lágrimas durante el día.

En sus ojos, abiertos o cerrados, adivinaba yo la misma obstinación: algo como el roce de un recuerdo que hacía que sus facciones se crisparan.

Ahí estaba aquello de nuevo.

A veces me despertaba para contarme:

—Se llamaba La Europea la tienda de juguetes donde nos detuvimos. Estaba en Cinco de Mayo.

O:

—Mira esta fotografía antigua. ¿A poco no podríamos ser tú y yo los que van tomados del brazo?

O:

—Algo de un pacto de amor escribiste en la servilleta del Sylvain, pero cuál.

O:

—Usabas el pelo engominado, totalmente peinado hacia atrás. Te veías mejor, sí.

Lo decía con una voz pastosa que parecía surgirle del fondo del sueño a pesar de sus ojos abiertos. Yo la escuchaba con dificultad: a mí los sueños verdaderos me jalan hacia abajo, hacia adentro, hacia algo menos turbio que aquellos amaneceres insomnes, en donde los primeros autos empezaban a traquetear por la calle y las preguntas de ella me iban sonando ya muy lejanas.

—¿Cómo puedes dormir con algo tan importante por resolver?

Se veía ridícula sentada en la cama con su camisón bamboleante y sus labios lívidos de cólera o de miedo.

—¿Por resolver qué?

—¿Éramos tú y yo? ¿Estás seguro de que éramos tú y yo?

—¿Cómo puedo estarlo?

—Lo dijiste aquella noche, que éramos tú y yo. La primera entrevisión la tuvimos juntos. Acuérdate.

Yo la escuchaba con los ojos entrecerrados y la sensación de que una ráfaga de sueño iba a derrumbarme en cualquier momento.

—Lo dije, pero bueno, quizá por la emoción del momento.

—¿No has vuelto a tener entrevisiones?

—No, para nada. Vamos a dormir otro rato, ven.

Por momentos, ya dormida —si es que lograba dormirse— la volvía a sentir a mi lado a pesar del llanto estúpido que le empapaba la cara. Porque, además, si para algo sirvieron nuestras entrevisiones fue para afectar un deseo sexual que antes era casi pleno. Algunas noches intenté regresar al pasado (pero al de aquí, no al otro) con una mano que buscaba despertarla de veras, sacarla de ella misma (esto es: de nosotros mismos, alejarla de aquellos otros) y me topaba con la frialdad de sus músculos yertos, vencidos por una fatiga que ningún sueño podía curar porque eran precisamente los sueños que soñaba ahora los que la tenían así.

Decía de mi dormir pesado y sólo con pesadillas ocasionales. La mayor parte de las noches yo dormía de un tirón o sólo entre sueños oía a Lucía moverse en la cama, quejarse, respirar agitadamente, pararse al baño o bajar a la cocina por un vaso de agua. De pronto, dejó de despertarme para contarme sus dudas o sus visiones de la duermevela. Y así, entre sueños, alguna noche la oí marcharse largo tiempo de la recámara —supongo que iba a la sala— y regresar horas después.

—Prefiero al otro, a aquél —creo que me dijo una madrugada, y creo que le sonreí por toda respuesta.

Por las mañanas siempre la descubría con los mismos labios lívidos y la sensación de derrumbe que parecía pesarle en los hombros y que la mantenía como sonámbula durante el día. Por eso cuando comprobé que algunas noches salía en el auto no me sorprendí. La oía encender el motor casi con furia y salir del garaje a una velocidad que debía estar prohibida a esa hora. Ningún caso hubiera tenido preguntarle. ¿Qué podía haberme contestado? Yo sabía a dónde iba. A dónde iba y a buscar qué. Y también por eso tomé con cierta resignación —con la resignación que es posible en tales casos— el hecho de que no regresara más. Hice mis actividades normales durante el día y cuando volví a casa por la noche y no la vi supe que era cierto: no iba a regresar. No fue fácil la siguiente noche sin ella —aunque en realidad hubo tantas desde antes en que ya no estuvo a mi lado—, con el hueco que dejó su cuerpo la última vez que estuvo ahí, porque no hice la cama y no había nadie que hiciera la cama.

Nos está buscando a los dos, me dije mientras miraba los últimos jirones del amanecer en la ventana, porque hasta eso me dejó: yo que antes dormía tan bien. Además de la obsesión nocturna de tampoco soportar la cama y empezar a buscarla en una calle en la que (lo sabía de antemano) ya no podía encontrarse más, no podía encontrarse más porque estaba en otro sitio, en ese otro sitio que yo aún no logro ver (entrever) pero que, estoy seguro, alcanzaré tarde o temprano si todas las noches voy a pararme a una esquina del centro de la ciudad a esperar pacientemente un tranvía que vendrá (tiene que venir) por el rumbo del Zócalo, con su trole llena de chispas y su resonar intermitente de campanillas.