Los delirios de Victoriano

 

Después de permanecer algunos días en la prisión militar de Fort Bliss y pagar una fianza, a Victoriano Huerta, ex presidente de México, se le permitió reunirse con Emilia, su esposa, en una casita de la calle Stanton, en El Paso, Texas, bajo arresto domiciliario. Había sido aprehendido apenas al llegar a Estados Unidos por las autoridades norteamericanas, que así procedían a petición de Carranza. Huerta sufría una grave depresión y se dio a la bebida más que nunca. Bebía, recordaba, lloraba y padeció varios ataques de delirium tremens.

Ocasionalmente iba a visitarlo el padre Francis Joyce, capellán de Fort Bliss, quien hablaba bastante bien el español. Llegaba de improviso, a veces por la mañana, a veces por la tarde.

Siempre era lo mismo cuando su esposa tenía que despertarlo, lo que casi nunca sucedía porque él apenas si dormía. Pero aquella tarde sí estaba dormido, y bien dormido, sin siquiera quitarse la ropa o taparse con una cobija, y su esposa sabía a lo que se arriesgaba. Lo movió suavemente por la espalda como si lo arrullara, esperando lo peor.

—Victoriano, Victoriano.

Huerta despertó con un gemido ronco, una sacudida convulsiva de las piernas y las manos, un rechazo de todo el cuerpo y toda la voz de algo horrible que arrastraba desde el fondo del sueño como un enorme trozo de materia pegajosa. Ella trató de calmarlo.

—Tranquilo, tranquilo, soy yo, Emilia.

Una aguja hincaba su cerebro, un martillo golpeaba sus sienes.

—¿Qué sucede? —con palabras aplastadas por la fatiga.

—Vino a visitarte el padre Joyce, por eso me atreví a despertarte.

—¿Qué hora es? —preguntó él, parpadeante, con unas pupilas sin luz, pasando una mano por el pelo revuelto, la mandíbula un poco levantada, mientras la frente corría hacia atrás como resbalando aún en la almohada.

—Las cinco de la tarde. Aprovecha que vas a hablar con él para comer algo.

—No tengo hambre. Me siento muy mal —se quejó, enderezándose en la cama, como si se rompiera los huesos al hacerlo. Se puso sus lentes, de espejuelos ahumados, como un disfraz cotidiano, indispensable.

A ella le parecía que en los ojos de él, con lentes o sin lentes, había la misma obstinada imagen (¿de quién?); antes o después de beber, de despertarse o de dormir era el mismo temblor frío y ácido de algo presentido, quizás el mismo cansancio sucio, el mismo resto de un llanto interminable (en un hombre que nunca antes había llorado), tan en otro mundo que era exactamente este mismo mundo donde ahora se instalaba minuto a minuto con sus fantasmas alcohólicos, martes 5 de enero de 1916.

La casa sólo tenía dos habitaciones, una más amplia que hacía las veces de sala y comedor, y la recámara. Había maderas opacas, alfombras raídas, una cretona tenebrosa, cortinas deshilachándose, floreros vacíos, una pequeña cocina con las paredes manchadas de humo. En la recámara, una vetusta cómoda de caoba, la única luz la difundían dos pequeñas veladoras en las mesitas de noche, y en el comedor una lámpara de pie, con pantalla de pergamino, que daba una luz como una pura mancha amarilla dentro de la sombra. Una casita despersonalizada y triste, perfecta para el arresto domiciliario en El Paso, Texas, de un ex presidente de México, denostado por su pueblo, deprimido y gravemente enfermo.

Cuando llegó el padre Joyce, doña Emilia le contó del ataque que había sufrido "el pobre de su marido" unos días antes, suplicándole que no le dijera que se lo había contado.

Victoriano había bebido todo el día, como bebía a últimas fechas, y al atardecer, sentado en el sofá de la sala, empezó a pegar de gritos y a señalar una ventana que daba a la calle.

—¡Tú! ¡Tú! —la sílaba era más bien un quejido ahogado.

Tenía unos ojos que se adivinaban de pupilas dilatadas detrás de los lentes ahumados. Emilia pudo observar que su creciente palidez adquiría un aspecto casi cadavérico. Un copioso sudor le escurría de las sienes empapándole el cuello y la camisa. Sus brazos rígidos se crispaban. Todo el cuerpo con escalofríos, preso en el embrujo. ¿De qué?

—Victoriano, ¿qué te sucede? —dijo ella, corriendo a su lado, intentando abrazarlo por el hombro, pasándole una mano por la frente sudorosa.

Pero él se limitaba a mirar hacia la ventana y gritar:

—¡Él! ¡Él! —con palabras como al borde de todo lenguaje.

Luego dio un largo trago a la botella de coñac y se tranquilizó un poco, con frases confusas que un llanto pueril y convulso reducía a hilachas, dentro de un hipo seco y breve.

Hasta antes de ese delirio, todo había sido moderadamente amargo y difícil, pero a partir de entonces ella sintió que no podía más, que necesitaba ayuda. Quería llamar a un médico del Fort Bliss, pero Huerta se lo impidió con el argumento de que podían aprovechar la oportunidad para encarcelarlo, en una celda diminuta, maloliente, como la vez anterior, lejos de su esposa.

—Lo que ha de preocuparle es que ahí no tendría coñac —dijo el padre Joyce, con un dejo de ironía en la voz. Era un hombre alto, rubio, perfectamente rasurado y un alzacuello que parecía parte consustancial de su persona.

Huerta y el padre Joyce se sentaron a la mesa del comedor a conversar. Una cafetera bufaba entre nubes de vapor en la cocina, donde permanecía Emilia. Huerta bostezaba y pasaba las manos frente a la cara como si apartara telarañas. El padre Joyce empezó por sugerirle que disminuyera considerablemente la cantidad de coñac que bebía diario, pero Huerta regresó a los temas que trataba siempre, los únicos que parecían obsesionarlo, hablara con quien hablara.

—Ya ve usted que todos nuestros planes para rescatar al país abortaron —dijo con una voz carrasposa, que parecía regresársele a la garganta—. Mataron a mansalva a Pascual Orozco, que fue por quien vine a Estados Unidos, Creel no logró poner de acuerdo a los rebeldes que andan por aquí, los alemanes no nos cumplieron con lo ofrecido, a mí me vigilan día y noche los norteamericanos. En México, no tardarán en pelearse entre ellos mismos los que hoy pelean contra mí. ¿Sabe usted lo que acaba de escribir el traidor de Jorge Vera Estañol, quien fue mi ministro de Instrucción Pública? Que no puede calificárseme de humano por mi capacidad infinita para la crueldad. Nomás imagínese. Hijo de puta. Después de que no hice sino intentar pacificar a mi país...

—¿Por los métodos que fuera, general?

La pregunta era un dardo certero al corazón, y el padre Joyce lo sabía. Porque, de nuevo, a últimas fechas, los recuerdos y las reflexiones de Huerta eran como mariposas revoloteando hacia llamas en donde arderían sus alas. Ya no lograba del todo justificarse ante sí mismo con la cantaleta de "no hice sino intentar pacificar a mi país...", porque ciertas escenas lo acosaban a todas horas y hasta se le colaban a los sueños. Volvía a verlas una y otra vez, por más que el coñac las alejara por momentos, sólo para regresárselas con mayor intensidad. Esa misma mañana le pareció revivir su campaña para "pacificar" Morelos durante el interinato de De la Barra, en 1911. ¿Recuerda usted, general Huerta?, se preguntaba a sí mismo cuando, poco después de despertar, se tomaba su primer vaso de coñac.

Derrumbaban las puertas de las casuchas a culatazos, echaban abajo tablas, estacas, muebles, muros de adobe, mientras los habitantes se mal defendían como podían con palos, escobas, azadones, hoces, machetes, las mujeres hasta con las uñas y baldes de agua hirviendo, o se atrincheraban detrás de mesas, baúles, mostradores, colchones, cajones o sacos de tierra, para desde ahí lanzar los objetos que encontraban a la mano con un odio que llegaba más lejos, a cambio de los proyectiles certeros que por fin los pacifi caban ("pacificar el sur, general, a toda costa"), los silenciaban poco a poco, apagaban los gemidos y los últimos llantos de los niños dentro del desorden de remolinos de polvo, paredes con boquetes, puertas derrumbadas, objetos pulverizados; lo silenciaban todo las lenguas de fuego que empezaban a levantarse en tantas casuchas de la zona: entrevero confuso de esos ataques plenos de crueldad, que dejaron un saldo de miles de morelenses muertos y que sólo alguien como el general Victoriano Huerta podría haber perpetrado. ¿O no, general?

Pero en sus informes Huerta justifi caba esas acciones al subrayar las respuestas brutales, vengativas, de los morelenses. En algún momento hablaba de una patrulla de cinco soldados que fue enviada a un recorrido puramente de observación y, poco después, en un pequeño poblado, fueron encontrados agonizantes, con hombres y mujeres que aún los golpeaban sin misericordia. "Les quitaban los uniformes a jalones para, muertos o moribundos, afrentarlos en su hombría." Había que darle una lección a esa gente malvada y Huerta los mandó quemar vivos, rociándolos con gasolina y luego prendiéndoles fuego. ¿Recuerda, general, recreándose usted al mirar los cuerpos encendidos, chasqueantes, retorciéndose como culebras en el suelo, con las cabelleras como grandes penachos rojizos dentro de una repentina llamarada?

Sólo cumplía su misión, ¿o no?

O como cuando el gobierno del presidente Díaz le encargó la tarea de "pacificar" el lejano territorio de Quintana Roo, es decir, la exterminación de los últimos mayas de la guerra de castas. Al frente de las operaciones estaba un general apellidado De la Vega, partidario de utilizar tácticas convencionales, ineficaces en una guerra de guerrillas. Huerta escribió a Bernardo Reyes, ministro de guerra, acusando a De la Vega de incompetencia; en respuesta, fue puesto al frente de las fuerzas, infundiéndole a su gente un ánimo —el hijo de puta de Vera Estañol diría: "una crueldad"— que antes no tenía.

Recuerda.

Los ojos fascinados del general que ven dentro de una súbita llamarada —ah, el papel que jugó el fuego siempre en su carrera militar— las casuchas convertidas en chisporroteo de maderas, adobes, latas, esteras, objetos indiferenciables que estallan, se desintegran, desaparecen. El cañoneo aumenta y el poblado yucateco queda sepultado en una nube de humo que escala la falda de los cerros y que se abre, aquí y allá, en cráteres por los que salen despedidos pedazos de techos y paredes alcanzados por nuevas explosiones. Un grupo de sus mejores soldados entra a la pequeña ciudad, entre nubecillas de humo que deben ser disparos. Desaparecen, tragados por un laberinto de techos de teja, de paja, de estacas, en el que a ratos surgen llamas. "Están acabando con todos los que se salvaron de los cañonazos", piensa Huerta. E imagina el furor con que sus eficientes soldados estarán vengando a los cadáveres de sus compañeros colgados en una ristra de árboles cercanos a la capital, desquitándose de las emboscadas que costaron a los federales tantas vidas. Bien hecho.

En octubre de ese 1902, Huerta pudo informar a Bernardo Reyes que la península estaba en paz, por lo cual fue ascendido a general de brigada.

Ahí, frente al padre Joyce y con su mujer haciendo un ruido insufrible en la cocina —a últimas fechas cada ruido, por leve que fuera, le retumba en la cabeza—, Huerta piensa que un ser embriagado —sobre todo eso: embriagado— por el poder, como lo fue él, no prevé la muerte; ésta no existe, y la niega con cada gesto y con cada decisión que toma. Si la recibe, será probablemente sin saberlo; para él no pasaría de un choque accidental o de un espasmo.

Por eso, la peor tortura que pudieron infligirle no fue matarlo en alguna de las tantas batallas en que participó, qué va, sino esta muerte, tan lenta e insufrible, que padece en su casita de El Paso, Texas, al lado de su mujer, con todos los amigos ya ausentes, los planes de recuperación del país abortados, y los ojos encendidos de un sacerdote —gringo, además— que no hace sino juzgarlo y aconsejarle que deje de beber. Por Dios. En esos ojos azules, como en una pantalla, vuelve a ver a cada una de las personas que mató por su propia mano —incluso a uno de sus soldados, que de pronto se sentó rendido a la orilla del camino y al que él le dio un tiro en la cabeza enseguida porque, dijo, "mis soldados no se cansan"—, sino también a los que mandó matar, que fueron tantos.

Su íntimo amigo Jesús Cepeda, gobernador del Distrito Federal, al que, después de una acalorada discusión, primero mandó preso a San Juan de Ulúa, donde alguien le pegó un tiro y luego fue lanzado al mar como carnaza de los tiburones; Abraham González, echado bajo las ruedas de un tren; Serapio Rendón, a quien se le pegó un tiro en la nuca cuando escribía una carta de despedida a su esposa; el senador Belisario Domínguez, que murió trágica y aparatosamente —le arrancaron la lengua— por haber llamado a Huerta dictador, traidor y asesino... Las muertes de Madero y Pino Suárez, que fueron como si las hubiera realizado por su propia mano, por lo que implicaban de traición y de inutilidad: pudo haberlos mandado exiliar sin ningún problema —¿no fue él mismo jefe de la escolta que acompañó a Porfirio Díaz a Veracruz, a abordar el Ipiranga, que lo llevaría exiliado a Europa?—, ¿pero qué le sucedió a él, a Huerta, con esa actitud tan incondicional y hasta la llamaría amorosa de Madero hacia su persona? Como si le adivinara un aspecto de fidelidad y de humanidad que el propio Huerta no se atrevía a reconocerse en sí mismo. ¿O la tendría? Pero la verdad es que nada odiaba tanto en Madero como su bondad, y por eso había que acabar con él cuanto antes.

De pronto, así de golpe, Huerta no soportó los ojos como cuchillos del padre Joyce. Se había puesto pálido y la taza de café empezó a temblar en su mano. Se incorporó de un salto de la silla, como escapando de una pesadilla. En realidad, en ese momento, el padre Joyce miraba hacia el suelo para no intimidarlo aunque, pensó Huerta, el muy maldito, con disimulo, lo espiaba por entre las pestañas. ¿Se estaría volviendo paranoico, como le diagnosticó uno de los doctores del Fort Bliss, pinche gringo? Se retiró del comedor rumbo a su recámara, sin despedirse, haciendo equilibrios entre los muebles y las vitrinas.

Esa noche tuvo sus últimas alucinaciones y escalofríos —Emilia le aplicó unas fricciones de trementina y de mostaza que medio lo hicieron entrar en calor— antes de que ella se decidiera, por fin, a llamar al doctor M.P. Schuster de Fort Bliss. El doctor, sospechando que la inflamada vesícula impedía que la bilis llegara al intestino, se inclinó porque se le practicara cuanto antes una intervención quirúrgica. La operación se realizó en un hospital de El Paso, el 8 de enero de 1916. El doctor Schuster removió varias piedras de la vesícula, pero informó a la prensa que la operación había revelado complicaciones más serias. Mientras Huerta estaba en la mesa de operaciones, el doctor detectó una grave enfermedad degenerativa del hígado, muy probablemente cirrosis tóxica, común en alcohólicos crónicos. Dos días después, Huerta fue sometido nuevamente a cirugía, un procedimiento aparentemente simple de incisión para extraer líquido excedente del conducto intestinal, pero nada se hizo en cuanto a la cirrosis. Por cerca de tres días pareció que el enfermo mejoraba y se le llevó a su casa, pero luego empezó a decaer y a tener nuevas alucinaciones, según contaba su esposa. Decía que recibía la visita de Francisco I. Madero, que venía por él, que lo veía con toda claridad, tal cual lo vio antes, durante su delirium tremens, a través de una ventana que daba a la calle, con el jacquet y el pantalón claro a rayas, la camisa de cuello duro, el sombrero de hongo; que le pasaba las manos por la frente, le sonreía y lo tranquilizaba. Aquel Francisco I. Madero que tanto confió en él, hasta el absurdo y —¿por qué no reconocerlo, general?— la tontería.

El 12 de enero los médicos llamaron junto a su lecho al padre Joyce, con quien, ahora sí, habló largamente. Se preparó una breve adición testamentaria por medio de la cual dejaba sus —ya muy reducidos— bienes a su esposa, a excepción de una caja de documentos que confiaba al padre Joyce, en el sobreentendido de que el clérigo trataría de sacarlos de México para entregarlos a su familia, que haría los arreglos convenientes para su publicación. Huerta estaba ya muy débil para firmar el testamento pero logró poner una x en el lugar apropiado.

Con la estola en los hombros, cayéndole a ambos lados del cuerpo, el padre Joyce se inclinó sobre el agonizante, quien pareció sonreírle. El sacramento de la extremaunción cobró una solemnidad particular. Era el olor del aceite, sin ninguna duda. El aceite en los párpados, en los labios, en las manos, en las plantas de los pies. Al marcharse el sacerdote dejó un olor que se conservaba en el aire. Un olor a cera y a naftalina.

Al saberse de su muerte en México, uno de los historiadores más solventes de aquel entonces, Alfonso Taracena, escribió en su diario:

"Murió ayer a las ocho con treinta minutos de la mañana del 13 de enero de este 1916, el general Victoriano Huerta en su casa de El Paso, Texas. Se dice que llamó a un sacerdote al verse al borde de la tumba. Con éste tal vez no haya guardado su secreto en lo relativo al asesinato de Madero y Pino Suárez".