Material de Lectura

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Traducción
y nota de
Beatriz Espejo



VERSIÓN PDF 

 


Presentación

 


Para Gabriela, Graciela y Macla,
amigas de siempre

 

Katherine Anne Porter nació el 15 de mayo de 1894. Murió el 20 de septiembre de 1980, a los ochenta y seis años de edad. Su educación formal fue muy escasa. Adquirió de manera autodidacta la mayor parte de sus conocimientos. Desde 1921 hasta 1927 vivió en Nueva York. Durante ese tiempo pasó también temporadas en Europa y en México, país que le interesó hasta el punto de prestarle atmósfera a varias narraciones e inspirarle un estudio sobre las artesanías. Por entonces, Katherine tradujo textos escritos originalmente en español y francés y trabajó como reportera en diversos periódicos. A partir de 1924, publicó cuentos magníficos en revistas literarias. Flowering Judes (1930) reúne seis de ellos. Poco después, una beca permitió a la escritora regresar a Europa “para escribir y viajar”, en una época en que los autores de la llamada Generación Perdida establecían esto como un aprendizaje indispensable. En 1934, publicó su primera novela corta, Hacienda, a la que siguieron Vino de mediodía y Pálido caballo, pálido jinete (1939). Dueña ya de un cierto prestigio, vivió durante muchos años en Santa Mónica, California. Impartió cátedra de literatura en la Universidad de Stanford y numerosas conferencias en la de Chicago. Nunca se apresuró a publicar, lo cual queda claramente expuesto en Los días anteriores (escrito en un lapso de tres décadas) donde reúne algunas de sus vivencias más trascendentes. Bahía peligrosa, Antigua condición mortal y La nave de los locos son otras de sus obras importantes que no pueden dejarse de citar.

Enemiga de los trucos publicitarios, la señora Porter nunca consiguió ser una de las novelistas más leídas de su patria. Ello no obstante, influyó en autores más jóvenes debido a un estilo objetivo, cuidadoso, capaz de atinar con las expresiones irremplazables. Esta entrevista se efectuó en el hotel Del Prado. Había permanecido inédita por razones que ahora me resulta difícil explicar. Bajita de estatura y hermosa en una vejez que no había causado demasiados destrozos, todavía recuerdo a Katherine tocada por sombrero verde de ala ancha que hacía juego con el color de sus ojos vivaces y con la enorme esmeralda de su sortija.


Katherine, ¿dónde nació usted?

—En Indian Creek, Texas. Hace mucho tiempo. En Europa me divertía al comentar con la gente mi lugar de origen. Supongo que se sorprendían porque no llevaba plumas en la cabeza... He vivido entre los indios norteamericanos.


—¿Dónde estudió?


—Hasta los ocho años tuve un maestro en mi casa. Luego pasé a escuelas privadas y a conventos en el sur de los Estados Unidos. Nunca asistí a la universidad hasta que me presenté como maestra.


Así que no tiene usted una carrera...

—Ni siquiera como escritora, aunque siempre me consideré una artista y ahora me considero una escritora profesional, una novelista. Vivo tan calladamente como puedo. Trabajo a mi modo sin querer hacerme publicidad; pero pienso que si uno continúa andando por un mismo camino, la carrera se hace por sí sola. No me interesa para nada lo que el público piense sobre mí o sobre mi obra. En cambio, empleo mi vida entera en saber quién soy, qué soy, dónde estoy y en qué me ocupo. Algunas veces casi logro encontrar las respuestas.


—¿Cuándo descubrió usted su vocación?

—A los seis años cuando escribí mi primera novela (esto me obliga a confiar en la educación que se recibe en la propia casa). Nunce supe en qué momento aprendí a tocar el piano, contar hasta diez, usar la regla; sin embargo, sé que a los seis años era lo suficientemente hábil como para redactar varias páginas de una historia que ilustré con lápices de colores y reuní en un pequeño libro titulado “nobela”. Por supuesto, se trataba de una pronunciación errónea de “novela”. Había oído la palabra sin enterarme de cómo se deletreaba. A pesar de esta muestra de mi ingenio juvenil, no se me trataba como niña prodigio. Mi familia pasaba por alto mis pequeñas tonterías y se reía de ellas. Por eso guardé para mí misma otros escritos. Cosa que me fue benéfica porque me ayudó a salvaguardar mi intimidad. Después de los quince años, descubrí que no me interesaban las demás cosas que estudiaba: danza, música y pintura. Con estos pequeños talentos pretendía divertirme. Aún pienso que el arte existe para nuestro entretenimiento y para nuestra felicidad. De no ser así no puedo ver su utilidad. Hace mal quien pretende comercializarlo.


—¿Cuándo se convirtió usted en una escritora profesional?

—Lo ignoro. Al principio intentaba aprender a escribir. Con tal propósito leí cuanto cayó en mis manos. Me apasionaban las grandes concepciones de la literatura universal, las repasaba en mi memoria y las comparaba con mis propios trabajos. Le aseguro que un ejercicio semejante vuelve a cualquier escritor muy modesto. Le ayuda a situar las dimensiones de su propio talento y de su capacidad.


—¿Fueron sus padres intelectuales?

—No. Para mi fortuna no fueron intelectuales, sino extremadamente inteligentes, cultos y amantes de la lectura. Teníamos una buena biblioteca, y escuchábamos música clásica. La sabiduría del mundo nos llegó por medio de las artes. Nos gustaba vivir bien aunque no éramos ricos. Déjeme explicarle que me molesta el empleo indiscriminado de la palabra intelectual. Algunos se adjudican el título sin tener derecho a él. Además, suele confundirse a un intelectual con un artista. El artista no necesita ser un intelectual. Yo, por ejemplo, no lo soy en absoluto. Nunca sostengo ideas fijas ni me empeño en ninguna tesis. Trabajo con mi vida, con mi sangre, y no me sobra tiempo para la crítica. Ni si quiera atiendo las críticas que se hacen sobre mis textos que no me ayudan en la búsqueda en la cual me empeño. Estoy sola con el don que me concedieron. Esto me obliga a utilizarlo de la mejor manera y a carecer de pretensiones.


—¿Dónde y cómo logró usted su primer éxito?

—Aunque escribía siempre, nunca traté de publicar. Todas mis cosas me parecían poco importantes. Me costó mucho esfuerzo complacerme. Es difícil portarse como un escritor honesto, que se empeña en capturar sus sentimientos y en expresar sus propias apreciaciones de lo circundante. Me atreví con un relato y no pude terminarlo. Lo abandoné por otro. Hice lo mismo treinta o treintaicinco veces hasta que me decidí a terminar uno que llevaba en la mente hacía varios años. Se basaba en un pequeño episodio que presencié en México el año de 1921. En diecisiete días de trabajo intenso lo terminé. Bueno, terminé la primera versión que rehice luego cinco veces. No me sentía muy contenta con los resultados y, sin embargo, me encontraba exhausta. Había subido el primer escalón para convertirme en escritora. Una buena revista publicó esa historia inmediatamente. Una revista que por desdicha ha desaparecido como muchas otras. Desde entonces no tuve problemas. Escribo muy poco por que hago muchas cosas. Trabajo para vivir y eso me roba gran parte de mi energía; pero siempre que me fue permitido elaborar una historia la elaboré y jamás me rechazaron una. De inmediato las aceptaban en las diversas editoriales donde las envié. No existe en mi poder ningún manuscrito terminado e inédito. Todo, incluso lo que escribiré en el futuro, está comprometido con mis editores. ¿Dirá usted que cómo ha sucedido esto? Lo ignoro. No busqué una agencia literaria ni propaganda alguna, excepto la que se usa normalmente para lanzar cualquier libro. Y le confieso que los lanzamientos quedaban a cargo de las editoriales y se efectuaban sin mi intervención. Soy una mujer que escribe en la intimidad de su casa para cumplir con su vocación.


Usted que ha realizado una obra importante ¿cuál de sus relatos o novelas prefiere sobre los demás?

—Voy a decirle una vanalidad porque no me importa ser original. Ni siento miedo de hablar de cosas triviales... Al contrario, detesto la originalidad buscada. Contestando a su pregunta le diré que me pasa lo que a toda buena madre respecto a sus hijos. Los ama a todos por igual. Y de no ser así, lo oculta ... Ahora bien, hay historias que si no son mis favoritas, tocan las fibras más sensibles de mi corazón. Nacieron de episodios muy profundos de mi vida. ¡Tal vez encuentra usted mi respuesta muy egoísta, y poco profesional! Sin embargo, algunos cuentos se basan en hechos que me conciernen tan de cerca que no puedo verlos todavía objetivamente, en particular Pálido caballo, pálido jinete. Un encantador cuento de amor ocurrido durante la primera guerra mundial, quizá por ello trata el subtema de la vida y de la resurrección. Hablo de una experiencia personal, estuve tan cerca de morir que vi lo que los griegos llaman “un día feliz” y los cristianos “la visión beatífica”. Usted no sabe lo que eso significa.


(Me sorprendí, en este punto de la conversación Katherine Anne Porter cambió el tono de la voz con que hasta entonces hablaba, como si de pronto evocara un amor terminado prematuramente hacía más de cincuenta años y, que, a pesar de ello, la entristecía. Recordé que da título a la novelita el primer verso de una canción espiritualista que los negros entonaban en los algodonales de Texas: “Pálido caballo, pálido jinete se ha llevado a mi amor”. Recordé que cuando leí el texto, en mi adolescencia, supuse que se trataba de ese tipo de páginas que los escritores acuñan al costo de un sufrimiento intenso. Cohibida, dejé que Katehrine continuara sin interrupciones.)


—Otra historia que me gusta sobre todo por su valor autobiográfico es Flowering Judes. La descubrí de pronto con templando a una muchacha norteamericana que enseñaba inglés en una escuela para indígenas en las afueras de la ciudad de México. Ella era adorable, correcta en sus modales y hermosa físicamente. Trataba a los niños con cariño. Un hombre que estaba cerca la miraba insistentemente tocando la guitarra. A primera vista la escena parecía muy inocente; pero descubrí en ambos una serie de sensaciones complejas. Flowering Judes no pretende retratar México, ni se propone pintar a una sola mujer. Para construir a mi personaje femenino recurrí a cinco o seis mujeres distintas. Para mi personaje masculino a seis o siete hombres y mi cuento intentaba sostener que debemos ser fieles a nuestras convicciones, mantenerlas incluso en contra de todos. La muchacha de mi cuento no supo hacerlo y el hombre no conocía si quiera sus ideales. Quería ser patriota y revolucionario, siendo sólo un explotador y un parásito de la sociedad. La joven, a pesar de su buena voluntad, no supo entender lo bueno y lo malo que le brindaba un país ajeno al suyo... Me caló la situación, me llevó a escribir y a entender que el valor es la mejor de las cualidades en esta vida.

La historia con la cual se inició, y a la que se refería, se llama María Concepción. Fue publicada en 1922. Muchos años después, sin prisas innecesarias, con el conjunto de sus novelas ganó el Premio Pulitzer en 1966 y fue electa a la Academia Americana de Letras. En 1967, obtuvo el máximo trofeo que otorga el Instituto Nacional de Arte y Literatura en Norteamérica y, a partir de entonces, delicada de salud, se recluyó en una casa cercana a la ciudad de Washington.

El poder narrativo de Katherine Anne Porter apareció desde sus primeros textos, donde con un gran dominio del estilo y del idioma acumula detalles descriptivos para pintar una situación determinada en la que atrapa a sus lectores irremediablemente. Él constituye uno de los más singulares ejemplos al respecto. Logra capturar una compleja gama de sentimientos contradictorios (amor y rechazo) de una madre hacia su hijo enfermo. E inscribe su texto dentro de la línea narrativa que tan grandes frutos ha dado a la literatura de los Estados Unidos y que tiene sus mejores representantes en John Steinbeck y William Faulkner.

Muchos de sus cuentos primerizos aluden a México, a un mundo entre cristiano y pagano, a las reacciones de los extranjeros ante el supuesto exotismo hispánico. Hacienda, incluso, sirve de referencia para entender el criterio con el que se filmó la célebre película ¡Que viva México! Las narraciones más autobiográficas pintan conflictos matrimoniales, quizá debido a los dos casamientos desdichados de Katherine, con Eugene Pressley —oficial del servicio exterior—, y con Albert Erskine, editor de Southern Review. Y los más famosos: Pálido caballo, pálido jinete y Calabazas para la abuelita Weatherall plasman la ansiedad, el miedo y las pasiones diversas que trae consigo la cercanía de la muerte.

 

Beatriz Espejo

 


Calabazas para la abuelita Weatherall

 

Zafó su muñeca de entre los dedos regordetes y cuidadosos del doctor Harry y subió la sábana hasta su barbilla. ¡El mocoso debería andar con pantalones cortos, en vez de pasar por doctor en toda la región usando anteojos sobre la nariz!

—Váyase ahora, tome sus libros escolares y váyase. No tengo nada.

El doctor Harry puso una mano cálida, similar a un almohadón, sobre su frente, donde una vena verde se bifurcaba danzante crispándole los párpados.

—Bueno, bueno, sea obediente y podremos levantarla dentro de poco.

—Esa no es forma de hablarle a una mujer de casi ochen ta años sólo porque está enferma. ¡Prefiero que respete a sus mayores, jovencito!

—Está bien, señora, discúlpeme—. El doctor Harry le palmeó la mejilla—. Tengo que prevenirla ¿o no? Usted es maravillosa pero necesita cuidarse o no andará bien y lo lamentará.

—No me diga lo que me pasará. Ya estoy en pie, moralmente hablando. Cornelia tiene la culpa. Tuve que acostarme para librarme de ella.

Sentía los huesos sueltos, flotar dentro de su cuerpo y veía al doctor Harry como un globo flotante al pie de la cama. Flotaba y se bajaba el chaleco y los lentes le columpiaban de un cordel.

—Bueno, quédese donde está, de cualquier manera no le hará daño.

—Váyase de una vez a curar a sus enfermos—, dijo la abuelita Wheatherall—. Deje en paz a una mujer sana. Lo llamaré cuando lo necesite... ¿Dónde estaba usted hace cuarenta años cuando aguanté una flebitis y una neumonía doble? Ni siquiera había nacido. ¡No deje que Cornelia lo domine! —gritó porque el doctor Harry parecía flotar hasta el cielo y salir volando. ¡Pago mis propios gastos y no desperdicio dinero en tonterías!

Quiso hacerle un gesto de adiós, pero le costaba demasiado trabajo.

Los ojos se le cerraban solos, era como si una cortina oscura cayera alrededor de la cama. La almohada levitó, flotante sobre su cabeza. Escuchó el susurró de las hojas fuera de la ventana. No, no, alguien estaba hojeando periódicos... No, Cornelia y el doctor Harry murmuraban. Se despertó sobresaltada, pensando que conversaban en su oreja.

—¡Nunca estuvo así, así nunca!

—Bueno, ¿qué esperamos?

—Sí, ochenta años de edad...

—Bien, ¿y que si así era? Todavía tenía oídos. Cornelia acostumbraba cuchichear tras las puertas. Siempre contaba secretos a voces, tratando eternamente de actuar con tacto y gentileza. Cornelia tenía sentido del deber. Ese era su problema. Responsabilidad y bondad.

—Es tan buena y responsable —dijo la abuelita—, que quisiera pegarle. Se vio a sí misma golpeando bien fuerte a Cornelia.

—¿Qué dices, mamá?

La abuelita sintió como si el rostro se le endureciera:

—Me gustaría saber... ¿es que uno no puede pensar?

—Creí que deseabas algo.

—Sí. Quiero un montón de cosas. Antes que nada que se vayan y dejen de murmurar.

Se recostó y adormeció esperando que durante su sueño los muchachos permanecieran fuera y la dejaran tranquila un minuto. Había sido un largo día. No es que se sintiera cansada. Era que siempre resultaba agradable aprovechar un momento para sí misma. Había siempre tanto que hacer: Mañana.

Mañana quedaba muy lejos y no existía ningún problema pendiente. Las cosas terminarían de alguna manera cuando llegara su tiempo; gracias a Dios siempre había un pequeño margen de paz: entonces una persona podía trazar su plan de vida y desarrollarlo ordenadamente. Era bueno tener todo limpio y guardado, con los cepillos de pelo y las botellas de tónico colocadas derechitas sobre la carpeta de lino bordada. El día comenzaba sin problemas y los estantes de la despensa estaban repletos de pomos con mermelada, y tarros cafés y blanca porcelana china con arabescos azules y dibujos; café, té, azúcar, gengibre, canela, todas las especies; y el reloj de bronce coronado por un león bien sacudido. ¡El polvo que podía caerle a ese león en veinticuatro horas! El desván guardaba una caja con todos esos paquetes de cartas; mañana se ocuparía de ellas. Todas esas cartas..., las de George, las de John y las que ella les había enviado a los dos, andaban por allí desparramadas y los niños podían encontrarlas y eso la incomodaba. Sí, esa sería su tarea de mañana. No había razón para que nadie se enterara de lo tonta que a veces había sido.

Mientras rumiaba, encontró a la muerte en su pensamiento y le pareció turbia y estrambótica. Se había preparado durante tanto tiempo para afrontarla que no necesitaba comenzar por el principio. Dejaría tranquilo el asunto. Cuando cumplió sesenta años, se creyó muy vieja y acabada y estuvo viajando para ver a sus hijos y a sus nietos llevando un secreto en su pensamiento: ¡Este es el fin de su madre, niños! Hizo su testamento y cayó en cama con una larga fiebre. No resultó sino una idea, como cualquier otra, afortunada porque le quitó la sensación de la muerte durante mucho tiempo. Ahora no se preocupaba. Esta vez tenía más sentido común. Su padre vivió hasta los ciento dos años y en su último cumpleaños bebió un vaso de fuerte ponche caliente. A los reporteros que fueron a entrevistarlo les dijo que era su hábito cotidiano. Logró escandalizarlos y se sintió muy satisfecho. La abuelita quiso atormentar un poco a Cornelia:

—¡Cornelia, Cornelia!—, no escuchó pasos pero una mano suave se posó sobre su mejilla—. Bendita seas ¿dónde estabas?

—Aquí, mamá.

—Bien Cornelia, dame un vaso de ponche caliente.

—¿Tienes frío, querida?

—Un poco, Cornelia. Permanecer en cama perjudica la circulación. Te lo he explicado más de cien veces.

Podía escuchar a Cornelia diciéndole al marido que su madre se portaba algo infantil y que le seguiría la corriente. Le asombraba mucho que Cornelia la creyera sorda, ciega y muda. Con miraditas rápidas y gestos tímidos la señalaba como diciendo: No la hagan enojar, síganle la corriente, tiene ochenta años, y ella estaba allí como sentada dentro de un capelo. Algunas veces la abuelita se proponía empacar todas sus cosas y mudarse a su casa, donde nadie le recorda ra a cada instante que estaba vieja. ¡Espera, espera, Cornelia, a que tus propios hijos se aconsejen a tus espaldas!

En épocas mejores habían llevado una buena casa y trabajaba mucho. Entonces no era tan vieja puesto que Lidia atravesaba doscientos kilómetros sólo para pedirle consejo porque uno de los chicos se había descarriado, y Jimmy venía aún y comentaba asuntos con ella: —Ahora, mamy, tú que tienes tan buena cabeza para los negocios ¿que piensas de esto?... ¡Vieja! Cornelia no podía ni cambiar los muebles sin consultarla. ¡Minucias, minucias! Eran tan dulces los chicos. La abuelita deseaba que regresaran los viejos tiempos cuando los niños eran pequeños y todo estaba por empezar. Fue una lucha dura, y nunca se venció. Pensaba en toda la comida que cocinó, en toda la ropa que cortó y cosió, en todos los jardines que había cultivado... los muchachos servían de muestra. Ahí estaban, hechura suya, y no podían negarlo. Algunas veces deseaba ver a John nuevamente y señalárselos a todos con el dedo y decirle ¿no lo hice tan mal, verdad? Pero eso esperaría. Mañana. Acostumbraba pensar en John como en un hombre, pero ahora los muchachos eran mayores que su padre; y él sería un niño junto a ella si volvieran a estar juntos. Parecería una situación extraña y aberrante. John ni siquiera la reconocería. Ella había levantado una cerca alrededor de cuarenta hectáreas, cavando hoyos para los postes y afianzando los alambres con la única ayuda de un muchacho negro. Eso cambia a una mujer. Lo mismo que transitar caminos del campo, en invierno, cuando va a parir, velar noches enteras a caballos enfermos, negros enfermos, hijos enfermos y no perder casi ninguno; también eso transforma a una mujer. ¡John no perdí casi ninguno! Él entendería al instante, lo entendería ¡no necesitaría explicaciones!

Sintió ganas de subirse las mangas para poner otra vez todo en orden. No importaba que Cornelia determinara estar en todas partes, había gran cantidad de cosas inconclusas. Ella empezaría mañana y las terminaría. Hay que estar fuerte para aguantarlo todo, incluso cuando lo hecho se desvanezca, cambie o se resbale de las manos, tanto que al momento de terminarlo casi se olvide la razón por la cual trabajamos. Una neblina cubrió el valle, la vio avanzar al través del arroyo, devorando árboles, la vio levantarse hasta la colina como un ejército de duendes. Pronto llegaría al límite del huerto y, entonces, sería el momento de encender las lámparas. Vengan niños, no deben permanecer a la interperie de la noche.

Era hermoso encender las lámparas. Los muchachos se amontonaban y respiraban como terneritos encerrados en el establo. Sus ojos seguían el cerillo y miraban la flama crecer y detenerse en una curva azul; luego se alejaban. La lámpara estaba encendida y ellos no tenían motivo para sentir miedo y colgarse a las enaguas de su madre. Nunca, nunca, nunca más. Dios te agradezco mi vida entera. Sin ti, mi Dios, no lo hubiera logrado. Santa María, llena de gracia.

Quiero que recojan toda la fruta este año y que no desperdicien nada. Alguien puede siempre aprovecharlo. No dejen podrir cosas buenas sin usarlas. Se desperdicia la vida cuando se tira la buena comida. Nunca permitan que las cosas se pierdan. Es amargo perderlas. Ahora, impídanme seguir pensando, estoy cansada tomando una siestecita antes de cenar...

La almohada levitó contra sus hombros y presionó su cabeza y exprimió sus recuerdos. ¡Ay, quítenme esta almohada! Me asfixia. Resultaba tan fresca la brisa y tan verde la mañana sin presagios. Pero él no había llegado como siempre. ¿Qué hace una señorita cuando se ha puesto el velo blanco y preparado el pastel de bodas para un hombre que no llega? Intentó recordar. No, juré que no me lastimaría otra vez. Él nunca me hirió sino entonces... ¿qué había hecho? Era el día, el día, pero un remolino negro se levantó y lo cubrió, se deslizó hasta el campo brillante donde los árboles estaban plantados cuidadosamente en hileras ordenadas. Era el infierno, reconoció el infierno apenas lo vio. Durante sesenta años había rezado para no recordarlo y para que su alma no cayera en el pozo profundo del infierno y ahora las cosas se combinaban en una y las memorias de él se convertían en una nube de humo infernal que invade su mente cuando apenas procuraba librarse del doctor Harry para descansar un minuto. Es tu vanidad herida, Ellen, precisó una vocecita en la cima de su mente. No permitas que te domine el orgullo. A muchas muchachas les dan calabazas. ¿Te plantaron, verdad? Pues supéralo. Sus párpados se entreabrieron y se filtraron unos rayos de luz azulada similar a un papel de china sobre los ojos. Debería levantarse y bajar las cortinas o nunca podría dormir. Estaba encamada y no bajaron las cortinas. ¿Cómo sucedió? Mejor era voltearse, taparse la luz porque dormir con luz le daba pesadillas.

—Madre ¿cómo te sientes? —y un picante sudor frío sobre la frente. ¡Pero no me gusta que me laven la cara con agua fría!

¿Hapsy? ¿George? ¿Lidia? ¿Jimmy? No, Cornelia y sus facciones que se dilataban y se cubrían de manchas.

—Ya vienen, querida, pronto estarán todos aquí—. Vete a lavar la cara, niña, pareces payaso.

En lugar de obedecer, Cornelia se arrodilló y puso su cabeza contra la almohada. Simulaba hablar pero no se oía ningún sonido.

—Bueno, ¿te comieron la lengua? ¿De quién es el cumpleaños? ¿Darás una fiesta?

La boca de Cornelia se movió aprisa con extraños gestos. —No hagas eso, me impacientas, hija.

—No, mamá, no...

Tonterías. Los niños son tercos. Le discuten a uno cada palabra.

—¿No qué, Cornelia?

—Aquí está el doctor Harry.

—No quiero ver otra vez a ese joven. Se acaba de ir hace cinco minutos.

—Eso fue esta mañana, madre. Ahora es de noche. También está aquí la enfermera.

—Soy el doctor Harry, señora Weatherall. ¡Nunca la vi tan joven ni tan feliz!

—Ay, nunca más seré joven; sin embargo, me sentiré contenta si me dejan descansar.

Pensó que hablaba fuerte pero nadie respondió. Sintió un peso cálido en su frente, una pulsera caliente en su muñeca y una brisa que continuaba susurrante, intentando decirle algo. Un murmullo de hojas en las manos eternas de Dios. Él las sopló y las hojas danzantes musitaron.

—Madre, no te asustes, van a inyectarte.

—Fíjate aquí, hija ¿por qué hay hormigas en mi cama? Ayer hallé hormigas en el azúcar. ¿Trajeron a Hapsy también?

A Hapsy era a quien quería ver. Recorrió muchos cuartos hasta encontrarla parada con un bebé en los brazos. Le parecía que ella misma era Hapsy, y que el bebé acunado era Hapsy y él mismo y ella, todo a la vez, y no había sorpresa en el encuentro. Entonces la imagen de Hapsy se desvaneció y se puso transparente como una gasa gris y el bebé fue una sombra etérea... y Hapsy se acercó y dijo:

—Pensé que nunca llegarías. Y al mirarla de cerca agregó:

—¡No has cambiado ni un poquito! Se inclinaron para besarse cuando Cornelia empezó a murmurar desde lejos.

—¿Quieres decirme algo? ¿Puedo hacer algo por ti?

Sí, cambió de pensar después de sesenta años y le gustaría ver a George. Quiero que encuentres a George. Encuéntralo y dile que lo perdono, cuéntale que de todos modos tuve marido y mis hijos y mi casa como cualquier otra mujer. Una buena casa y un buen marido que amé, y lindos niños suyos. Mucho mejor de lo que imaginé. Dile que me fue devuelto todo lo que él me quitó y mucho más. Oh, no, no, Dios, había algo más aparte de la casa, el marido y los hijos. Seguramente eso no era todo. ¿Qué era? Una cosa intangible que no volvió... Su respiración se hizo dificultosa bajo sus costillas y se convirtió en un monstruo aterrador, con uñas filosas. Le taladraban el cerebro y la agonía se volvió atroz:

—Sí, John llama al doctor, no hablemos más, mi hora ha llegado.

El nacimiento de éste debió ser el último. El último. Debió haber sido el primero porque era el que de verdad ella quería. Todo vino a buen tiempo. Nada se olvidó ni estuvo relegado. Se portó fuerte, en tres días estaba tan bien como siempre. Mejor. Una mujer necesita tener leche para llenarse de salud.

—Madre ¿me oyes?

—Te he dicho...

—Mamá, el padre Connolly está aquí.

—Tomé la sagrada comunión la semana pasada. Dile que no soy tan pecadora.

—El padre sólo desea hablar contigo.

Que hable tanto como guste. Acostumbra llegar preguntando por el alma de uno como si inquiriera por un bebé, y luego quedarse a tomar una taza de té, jugar cartas o chismosear. Siempre sacaba a relucir un cuento pícaro, generalmente sobre un irlandés que se equivocaba a menudo y lo confesaba, y lo chistoso era alguna tontería que soltaba en la confesión mostrando su duda entre una piedad innata y su pecado original. La abuelita no temía por su alma. ¿Cornelia, dónde quedaron tus modales? Ofrécele una silla al padre Connolly. Se entendía con unos cuantos santos favoritos que le abrirían el camino hasta Dios. Estaba firmado y sellado como los papeles relativos a las cuarenta hectáreas. Para siempre... heredados y trasladados de dominio para siempre. Desde aquel día en que no se cortó el pastel de bodas sino que se tiró y desperdició. La razón de su existencia había desaparecido y ella quedó allí ciega y sudorosa, sin nada bajo los pies y con las paredes cayéndosele encima. La mano de él la sostuvo por debajo del busto, o hubiera caído; allí estaba el piso recién encerado con el tapete verde encima, exactamente como antes. Él lanzó una maldición similar a la de un perico de marinero, y exclamó: —Lo mataré por ti... No lo toques, hazlo por mí. Déjale su castigo a Dios... —No, Ellen, debes creer lo que te digo...

Así que no hubo nada, nada por qué preocuparse, excepto ciertas veces en las noches cuando algún niño lloraba por una pesadilla y ambos se atropellaban bajando de la cama y temblaban buscando los fósforos mientras gritaban: —Espera un minuto, aquí estamos. —John, busca al doctor. Hapsy se muere. Pero allí estaba Hapsy parada junto a la cama con una gorra blanca.

—Cornelia, dile a Hapsy que se quite esa gorra. No puedo verla bien.

Abrió mucho los ojos y el cuarto le pareció igual a un cuadro que había visto en otra parte. Colores oscuros en las sombras que se levantaban como torres hasta el cielo haciendo largos ángulos. La alta cómoda negra relucía sin nada encima salvo una fotografía de John, ampliada de otra pequeña, con los ojos muy negros cuando debieron ser azules. Usted no lo conoció ¿entonces cómo sabía cómo eran? Sin embargo, el hombre insistía en lo perfecto de la copia, rica en detalles y bonita. Para ser una fotografía está bien, pero este no es mi esposo. La mesa junto a la cama tenía una carpeta de lino, un candelero y un crucifijo. La luz azulada venía de las pantallas de seda que puso Cornelia. ¡No era luz sino un perifollo! Se tiene que vivir cuarenta años con lámparas de petróleo para apreciar una buena luz eléctrica. Se sintió muy fuerte y vio al doctor Harry con un halo rosa.

—Parece un santo, doctor Harry, juro que nunca estará usted tan cerca de la santidad.

—Está diciendo algo.

—Ya te oí, Cornelia. ¿Qué es toda esta revoltura?

—El padre Connolly dice...

La voz de Cornelia se entrecortaba y golpeaba como una carreta en un mal camino. Bamboleaba en las esquinas, regresaba y no llegaba a ningún lado. Vivaz, la abuelita se subió al carro y tomó las riendas, pero guiaba el carro un hombre sentado junto a ella y lo reconoció por las manos. No lo miró a la cara; lo supo sin verlo, en cambio miró hacia abajo del camino donde los árboles se inclinaban y saludaban entre sí y miles de pájaros cantaban una misa. Quiso cantar también, pero puso su mano en el escote de su vestido y sacó un rosario, y el padre Connolly rezaba en latín con voz solemne y le hacía cosquillas en los pies ¿Dios mío, quiere dejar esas tonterías? Soy una mujer casada. ¿Qué importa si él se fue y me dejó enfrentar sola al sacerdote? Encontré un mundo mejor. No cambiaría a mi marido por nadie, salvo por San Miguel y pueden decirle eso de mi parte y darle las gracias en la barata.

La luz destelló sobre sus parpados cerrados, y un bramido profundo la sacudió. ¿Es un relámpago, Cornelia? Oí un trueno. Habrá tormenta. Cierra todas las ventanas. Mete a los niños...

—Mamá, aquí estamos todos...

—¿Eres tú Hapsy?

—Oh, no, soy Lydia. Manejamos tan rápido como pudimos.

Sus rostros se agacharon sobre ella. El rosario cayó de sus manos y Lydia se lo colocó otra vez. Jimmy intentó ayudar, las manos se encontraron a tientas, y la abuelita apretó los dedos alrededor del pulgar de Jimmy. No bastaban las cuentas del rosario, necesitaba algo vivo. Estaba tan asombrada que sus pensamientos corrían en torno. Entonces, mi amado Señor, esta es mi muerte y yo ni siquiera lo pensaba. Mis hijos vinieron para verme morir. Pero no puedo, no es la hora. Oh, siempre odié las sorpresas. Quise darle a Cornelia el juego de amatistas... Cornelia tendrás el juego de amatistas, pero Hapsy lo usará cuando quiera, y, doctor Harry, cállese. Nadie lo llamó. Ay, mi amado Señor, espera un minuto. Necesito hacer algo con mis cuarenta hectáreas, Jimmy no las necesita y Lydia las necesitará con ese torpe marido que tiene. Debo terminar el mantel del altar y enviarle seis botellas de vino a la hermana Borgia para su digestión. Quiero mandarle seis botellas de vino a la hermana Borgia, padre Connolly recuérdamelo...

La voz de Cornelia se transformaba en sílabas y se que braba.

—Ay, mamá, ay, mamá, ay, mamá...

—No me voy Cornelia. Me tomaron por sorpresa. No puedo irme.

—Verás a Hapsy nuevamente, ¿qué pasó con ella?

—Pensé que no llegarías nunca—. La abuelita hizo un largo viaje buscando a Hapsy. ¿Qué pasa si no la encuentro? ¿Qué hago? Su corazón se hundió más y más, no había fondo para la muerte, no podía llegar al final. La luz azul de la lámpara de Cornelia se volvió un punto diminuto en el centro de su cerebro, parpadeó y aleteó como un ojo y suavemente fue disminuyendo. La abuelita yacía como ovillo, asombrada y alerta con la mirada fija en el punto de luz que era ella misma; ahora su cuerpo era un hondo montón de sombras en la oscuridad eterna y esa oscuridad se trenzaría a la luz, tragándosela. ¡Dios, haz una señal!

No hubo señal. Por segunda vez no vino el novio aunque el cura estaba en casa. Ella no lograba recordar ningún otro sufrimiento porque aquel dolor había barrido los demás. No, nada hay más cruel que esto. Nunca se lo perdonaré. Se distendió con un suspiro profundo y apagó la luz.

 


 

Él

 

La vida de los Whipples era dura. Resultaba difícil alimentar tantas bocas hambrientas; difícil vestir a los niños con ropas abrigadas durante el invierno, aunque éste durara poco. “Dios sabe lo que hubiéramos sido de habernos quedado en el norte”, pensaban frecuentemente. En verdad, era complicado matener a los muchachos decentes y limpios.

—Parece que la suerte nunca nos favorece— decía el señor Whipple, pero la señora Whipple recordaba la estoica idea de aceptar como bueno lo que se les presentara, al menos cuando los vecinos escuchaban.

—No permitamos que nadie nos oiga quejarnos —pedía a su marido, detestando pensar que alguien le tuviera lástima—. No, ni aunque tuviéramos que vivir en un vagón recogiendo algodón por todo el país, nadie tendría oportunidad de mirarnos feo.

La señora Whipple amaba a su segundo hijo, el retardado, mucho más que a los otros dos hijos juntos. Lo comentaba siempre, y al hablar con sus vecinos comparaba el amor por su hijo con el que sentía por su marido y por su madre.

—No necesitas decírselo a todo el mundo —repetía el señor Whipple—. Parece que sólo tú lo quieres.

—Es algo natural en una madre —recordaba la señora Whipple—. Sabes que este tipo de cariño es más propio de la madre. La gente no espera tanto de los padres.

Ello no evitaba que entre sí los vecinos no hablaran claramente. Sería una bendición del Señor si él muriera —comentaban—. Es culpa de los padres —agregaban—. Puede apostarse que por ahí hay algún pecado y alguna tara. Por supuesto, todo a espaldas de los Whipples. De frente les decían: —No está tan mal. Se mejorará ¡Miren que bien se desarrolla!

La señora Whipple odiaba tocar el asunto; intentaba pensar en otra cosa, pero cada vez que alguien ponía un pie en la casa lo sacaba a relucir y hablaba de Él antes que de nada. Parecía alivarse.

—Ni por todo el oro del mundo permitiría que nada le pasara; pero no logro mantenerlo quieto. Él es tan fuerte y activo. Siempre está en todo y fue así desde que empezó a caminar. Algunas veces me parece graciosa la manera como actúa. Me divierte verlo hacer sus travesuras. Emily se accidenta más; a cada rato le vendo sus raspones, y Adna se rompe un hueso cada vez que se cae. Pero Él hace de todo sin sufrir ni un rasguño. En una ocasión en que estuvo aquí, el sacerdote dijo algo tan agradable que lo recordaré hasta el día de mi muerte. Dijo: “Los inocentes caminan con Dios, por eso Él no se lastima.” Cuando la señora Whipple repetía esas palabras, sentía que algo tibio le inundaba el pecho, las lágrimas llenaban sus ojos, y sólo entonces lograba pasar a otro tema de conversación.

Creció y jamás se lastimó. Un tablón del gallinero cayó golpeándole la cabeza y Él pareció no advertirlo. Había aprendido algunas palabras y después del golpe las olvidó. Nunca lloriqueaba pidiendo comida como lo hacen otros chicos, sino que esperaba hasta que se la dieran; comía acuclillado en un rincón del cuarto saboreando y mascullando. Como si fuera un abrigo tenía lonjas de grasa en la espalda, y podía acarrear dos veces más leña y agua que Adna. Emily estaba la mayor parte del tiempo resfriada: “lo hereda de mí”, comentaba la señora Whipple. Por eso cuando hacía mal tiempo le pasaba un cobertor extra que le quitaba al catre de Él, quien jamás parecía sentir frío.

Sin embargo, la señora Whipple se atormentaba la vida temiendo que a Él algo le pasara. Se trepaba a los duraznos mejor que Adna e imitaba a un mono de rama en rama; sí, realmente, parecía un mono.

—Señora Whipple, usted no debería permitírselo. Puede perder el equilibrio. No comprende bien lo que hace. La señora Whipple casi corrió a su vecino.

—¡Él sabe lo que está haciendo! Es tan capaz como cualquier otro niño. ¡Bájate de allí, tú!

Cuando al fin llegó al suelo, ella casi no controlaba las manos, quería pegarle por portarse así delante de la gente.

Él sonreía con una sonrisa amplia mientras que la preocupaba constantemente.

—La culpa la tienen los vecinos —exclamó la señora Whipple dirigiéndose a su marido—. ¡Cómo me gustaría que se ocuparan de sus asuntos en vez de los nuestros! No le permito casi que se mueva, por miedo a que se metan en lo que no les importa. Mira las abejas. Adna no las toca porque lo pican y ahora temo pedirle a Él que lo haga. Aunque no le importa si lo pican.

—Debido a que no tiene suficiente sentido común para asustarse por nada— dijo el señor Whipple.

—Deberías avergonzarte de ti mismo— respondió la seño ra Whipple—. Hablar así de tu propio hijo. ¿Me gustaría saber quién cuidaría de Él si nosotros no lo hiciéramos? Observa cuanto sucede. Escucha todo y obedece lo que le ordeno. No permitas que nadie te oiga decir tales palabras. Pensarán que prefieres a los otros chicos.

—Pues no es cierto ¿pero qué ganamos con volver al mismo tema? Siempre ves el peor lado de las cosas. Déjalo tranquilo, saldrá adelante de cualquier forma. Tiene que comer y ropa que ponerse ¿no? —de pronto el señor Whipple se sintió cansado y añadió: —De todas maneras ya no podemos hacer nada.

También la señora Whipple se sintió cansada y completó con voz de tedio:

—Lo que está hecho no puede ser deshecho, lo sé mejor que nadie. Sin embargo Él es mi hijo y no permitiré que nadie diga una sola palabra en contra suya. Me enferma que la gente venga a chismear a cada rato.

Hacia los primeros días de otoño la señora Whipple recibió una carta de su hermano diciéndole que el domingo siguiente la visitaría con su mujer y sus dos hijos. “Coloca la olla grande en lugar de la pequeña”, acotaba al terminar. La señora Whipple leyó dos veces esta parte en voz alta, porque la complacía. Su hermano poseía el don especial de decir cosas chistosas.

—Le mostraremos que no se trata de una broma —comentó—; mataremos uno de nuestros lechoncitos.

—Es un derroche, y no puedo brindarme ese lujo tal como están nuestras finanzas —estipuló el señor Whipple—. Ese lechón valdrá bastante dinero para Navidad.

—Me parece penoso no ofrecer una comida decente a mi propia familia cuando viene a visitarnos —dijo la señora Whipple—. Me daría mucha rabia que mi cuñada regresara a su casa diciendo que aquí no hay nada de comer. ¡Dios mío! es mejor aprovechar lo que se tiene en vez de dirigirse a la ciudad para comprar un buen pedazo de carne. ¡Allí sí que se gasta el dinero!

—Muy bien, hazlo entonces —respondió el señor Whipple— ¡Por Cristo todopoderoso! ¡Con razón no logramos salir adelante!

Las complicaciones se presentaron ante la perspectiva de separar al cerdito de su recia mamá dueña de un carácter peor que el de una vaca Jersey. Adna no quiso intentarlo.

—Bueno don miedoso— exclamó la señora Whipple—. Él no tiene miedo. Fíjate cómo lo hace.

Se rió como si fuera una broma, al tiempo que le daba un empujoncito hacia la pocilga. Él caminó furtivamente, agarró de golpe al lechoncito que mamaba, y volvió al galope con la puerca enfurecida casi pisándole los talones. El animalito negro se retorcía, chillaba como un bebé en crisis nerviosa, ponía rígido el lomo y abría la boca de oreja a oreja. La señora Whipple lo tomó con ademán enérgico y le abrió la garganta de un solo tajo. Cuando Él vio la sangre lanzó un relincho y escapó.

—Pero se olvidará y comerá a mandíbula batiente —pensó la señora Whipple, quien al ensimismarse movía los la bios murmurando.

—Se lo comería todo si yo no lo impidiera. Si lo dejáramos, se comería cada bocado de los otros dos.

Sintió tristeza pensándolo. Él tenía diez años y era tan grande como Adna que cumpliría catorce. Es una vergüenza, una vergüenza —repetía para sus adentros— ¡Y Adna es tanto más inteligente!

Continuó sintiéndose mal por muchas otras causas. En primer lugar correspondía al hombre matar a los animales, la vista del lechón despellejado, rosa y desnudo, la hizo descomponerse. Resultaba muy gordo, suave, con un aspecto que movía a compasión. Simplemente era vergonzosa la forma como suceden las cosas. Cuando terminó su obra, casi deseó que su hermano permaneciera en casa.

El domingo temprano por la mañana la señora Whipple dejó a un lado todo para lavarlo bien. Una hora después Él estaba sucio nuevamente; se había arrastrado debajo de las cercas correteando a una lagartija y se encaramó sobre las vigas del granero en busca de huevos en el pajar.

—¡Dios mío! ¡Mira cómo te has puesto a pesar de que te arreglé tan bien! En cambio, Adna y Emily están muy quietos. Me canso todo el día tratando de mantenerte decente. Quítate esa camisa y ponte otra. La gente dirá que no te he vestido—, y lo jaló fuertemente de las orejas. Él parpadeó y se restregó la cabeza, y la cara que puso hirió los sentimientos de la señora Whipple. Las rodillas comenzaron a temblarle y tuvo que sentarse mientras se abotonaba la blusa.

—Estoy agotada antes de empezar.

El hermano llegó con su saludable y regordeta mujer y dos muchachotes gritones y hambrientos. Tuvieron una gran cena con el cerdo asado, bien tostadito, repleto de aderezos y encurtidos en la boca, y gran cantidad de salsa para las papas. Todo en el centro de la mesa.

—Esto demuestra prosperidad —comentó el hermano—. Cuando termine, tendrán que rodarme hasta mi casa como si fuera un tonel.

Todos rieron en voz alta; resultaba agradable oírles reír a coro alrededor de la mesa. La señora Whipple se sintió confortada y exclamó:

—Tenemos seis más como éste; pienso que es lo menos que podemos hacer, pues ustedes vienen tan poco a visitar nos.

Él no quiso entrar al comedor y la señora Whipple lo excusó hábilmente.

—Es más tímido que los otros dos —dijo—. Necesita acostumbrarse a ustedes. No se confía con facilidad; ya saben cómo son los niños, incluso entre primos.

Nadie dijo nada fuera de tono.

—Igual que mi Alfy —agregó la cuñada—. Algunas veces tengo que pegarle para que dé la mano a su abuelita.

Quedó terminado el asunto y la señora Whipple preparó un plato bien repleto para Él, antes que para los otros.

—Siempre digo que no debe ser desatendido, aunque alguien se quede sin comer —comentó y llevó el plato ella misma.

—Él es tan fuerte que podría colgarse del marco de la puerta y levantarse por encima gracias a sus músculos —dijo Emily como excusando la abundancia de comida.

—Está bien, está bien —comentó el hermano.

Partieron después de comer. La señora Whipple juntó los platos y dijo a los chicos que se acostaran. Sentada, se desató los zapatos.

—¿Ves? —comentó con el señor Whipple—. Así es mi familia, encantadora y considerada en cualquier momento. Sin observaciones fuera de lugar... Son refinados. Abomino los comentarios de la gente. ¿Verdad que estaba exquisito el cerdo?

El señor Whipple contestó.

—Sí, hemos perdido como ciento cincuenta kilos de carne, eso es todo. Cuando uno viene a comer, por lo regular se porta amable. ¿Quién sabe lo que piensan realmente?

—Sí, igual que tú —completó la señora Whipple—. No espero nada de ti. Me dirás luego que mi propio hermano andará comentando que lo hicimos comer en la cocina ¡Dios mío!— Se cogió la cabeza con las manos porque sintió que un dolor comenzaba a molestarle a la altura de la frente.— Ahora todo se arruinó ¡y había sido tan agradable y tan fácil! Muy bien, a ti no te simpatizan y nunca te simpatizaron, muy bien, no vendrán de nuevo ¡no te preocupes! Pero no podrán decir que Él no estaba tan bien arreglado como Adna. De veras ¡algunas veces quisiera morirme!

—Y yo quisiera que dejaras las cosas tranquilas. Ya es bastante malo como están.

Fue un invierno duro. A la señora Whipple le pareció que sólo tuvieron problemas y ahora debían capotear un invierno como aquel. La cosecha fue la mitad de lo esperado; el algodón no alcanzó sino para pagar la cuenta del almacén. Cambiaron uno de los caballos del arado y resultaron estafados; el nuevo murió de vómitos. La señora Whipple pensaba todo el tiempo en lo terrible que era tener a un hombre del que sólo dependía para ser engañada. Ahorraron muchísimo, pero la señora Whipple creía que algunas cosas debían comprarse aunque costaran dinero. Se requirió ropa de lana para Adna y Emily, quienes caminaban diez kilómetros para llegar a la escuela durante los tres meses de invierno.

—La mayor parte del tiempo, Él se sienta junto al fuego; no necesitará mucha ropa— opinó el señor Whipple.

—Por supuesto —repuso la señora Whipple— y cuando salga a trabajar se pondrá tu abrigo impermeable. No podemos hacer más por Él, ni modo.

Cayó enfermo en febrero y permaneció enroscado bajo su cobija con el rostro muy azul y respirando como si se ahogara. El señor y la señora Whipple hicieron cuanto pudieron por Él durante dos días, y cuando se asustaron demasiado llamaron al doctor. El médico dijo que debían mantenerlo caliente y darle muchos huevos y leche.

—Me temo que no es tan fuerte como parece —dijo—. Necesitan vigilarlo para ver cómo sigue. Y además añadirle cobijas en la cama.

—Acabo de quitarle su colcha gruesa para lavarla —profirió la señora Whipple avergonzada.— No soporta la suciedad.

—Entonces, póngasela de nuevo en cuanto esté seca —agregó el doctor—, de otra manera le dará neumonía.

Los señores Whipple sacaron una frazada de su propia cama y le arrimaron el catre cerca del fuego.

—Nadie dirá que no hacemos por Él cuanto está en nues tras manos —dijo la señora Whipple—. Hasta dormimos con frío.

Al terminar el invierno, pareció reponerse pero caminaba como si los pies le dolieran. Durante la estación veraniega, había sido capaz de correr junto a un bracero de algodón.

—Hice un trato con Jim Ferguson para alimentar a la vaca, la próxima vez —remarcó el señor Whipple—. Haré pastorear al toro este verano y le daré a Jim algún forraje en el otoño. Es mejor así que estar pagando con nuestro propio dinero, sobre todo cuando no lo tenemos.

—Espero que no hayas dicho tal cosa delante de Jim Ferguson —respondió la señora—. No debes enterarlo de que andamos mal.

—¡Dios todopoderoso! eso no es decir que andamos mal. Un hombre debe cuidar su futuro. Él puede conducir el toro hoy; necesito que Adna se quede.

Al principio la señora Whipple estuvo conforme de enviarlo por el toro. Adna era demasiado inquieto y no podía confiársele. Hay que ser tranquilo para permanecer cerca de los animales. Después de que Él se fue, comenzó a intranquilizarse y al rato no soportaba la situación. Se paró en el sendero para esperarlo. Había que recorrer casi ocho kilómetros y hacía mucho calor, pero Él no tardaría tanto. La señora se colocó la mano sobre los ojos y miró fijamente has ta que unas manchas de color flotaron en sus pupilas. Suce día lo mismo en todas las cosas de su vida; se preocupaba continuamente y desconocía un momento de paz. Al cabo, lo vio dando vuelta por el sendero, renqueando. Venía muy despacio, guiaba la tremenda montaña animal por el anillo del hocico, movía una varita en la mano, sin mirar hacia atrás o hacia los lados, pero se acercaba como un sonámbulo, con los ojos semicerrados.

La señora Whipple sentía un miedo enfermizo a los toros; había escuchado historias terribles que se contaban de que caminaban muy tranquilos y de pronto pateaban bramando, y pisaban y corneaban el cuerpo de quien los guiaba, hasta convertirlo en pedazos. Instantáneamente el monstruo negro podía atacarlo ¿mi Dios! Él nunca tendrá suficiente sentido común para correr.

No debía hacer ruidos ni moverse; no debía asustar al toro. Éste levantó la cabeza y corneó en el aire a una mosca. La voz de ella estalló y le gritó que corriera, por lo más sagrado. Él pareció no escuchar los gritos, y continuó meneando su vara y renqueando. El toro se movía pesadamente de trás de Él, dulce como un ternerito. La señora Whipple silenciosa, corrió hacia la casa rezando en su interior: “Dios no permitas que nada le pase. Dios, la gente diría que no sabemos cuidarlo. ¡Tráelo a casa sano y salvo y lo cuidaré mejor! Amén.”

Miró al través de la ventana mientras Él guiaba la bestia y la ataba al granero. Era inútil desentenderse. La señora Whipple no soportaba más. Se sentó y comenzó a llorar con el delantal sobre su cabeza.

Año con año los Whipple eran más y más pobres. Pese a lo mucho que trabajaban, la casa estaba a punto de caerse.

—Perdemos nuestro sostén —dijo la señora—. ¿Por qué no aprovechamos las oportunidades como otras gentes? Pronto nos considerarán como unas “pobres gentuzas”.

—Me iré al cumplir dieciséis años —externó Adna—. Trabajaré en el almacén de Powell. Allí hay dinero. Ya tuve bastante del campo.

—Yo seré maestra —dijo Emily—, pero necesito terminar el octavo grado. Entonces podré vivir en la ciudad. Aquí no veo oportunidad de progresar.

—Emily salió a la familia —apuntó la señora Whipple—. Tan ambiciosa como ellos, que nunca se conforman con un segundo puesto en ningún lado.

A la llegada del otoño, Emily aprovechó la ocasión de emplearse como camarera en el restaurante de los ferrocarriles en el pueblo cercano; hubiera sido una lástima no aceptar un salario bueno y comida segura. La señora Whipple se lo permitió, sin preocuparse por la escuela hasta el próximo año.

—Tendrás tiempo de sobra —aseguró—. Eres joven y rápida como un látigo.

Cuando Adna también se fue, el señor Whipple quiso realizar el trabajo de la granja ayudado por Él. Hacía su trabajo y parte del trabajo de Adna sin notarlo siquiera. Todo marchó bien hasta Navidad. Saliendo del granero se resbaló en el hielo una mañana. En lugar de levantarse, se revolcaba y el señor Whipple lo encontró con una especie de ataque.

Desde entonces se quedó en cama. Las piernas se le hincharon al doble de su tamaño normal y los ataques se repitieron. A los cuatro meses el doctor opinó:

—Es inútil. Creo que deben llevarlo al hospital del Estado para un tratamiento inmediato. Haré los trámites indispensables. Allí lo atenderán bien y Él estará lejos.

—Nunca lo privamos de cuidados, no lo dejaré ir —repuso la señora Whipple—. Dirán que dejé entre extraños a mi hijo enfermo.

—Sé lo que siente —comentó el doctor—. No tiene que explicármelo señora Whipple. Tengo un hijo. Pero será me jor que me escuchen. Yo no puedo ayudarlo.

Cuando se acostaron el señor y la señora Whipple hablaron sobre el particular largo tiempo.

—No es otra cosa que una institución de caridad —apuntó ella—. ¡A lo que hemos llegado, a la caridad! No pensé que nos sucedería.

—Pagamos nuestros impuestos igual que todo el mundo —dijo el señor Whipple—, y no lo considero caridad... Creo que lo más conveniente es mandarlo a un lugar donde le den lo mejor de todo... y además no me encuentro en situación de pagar honorarios médicos.

—Tal vez por eso el doctor quiere mandarlo; teme que no le paguemos —agregó la señora Whipple.

—No pienses así —respondió el señor Whipple sintiéndose bastante cansado—, porque no seremos capaces de enviarlo.

—Pero no lo dejaremos allá mucho tiempo —completó la señora Whipple—. Tan pronto mejore, lo traeremos de inmediato.

—El doctor explicó y volvió a explicar que él no mejorará y lo mejor es que te calles —dijo el señor Whipple.

—Los doctores no son sabios —objetó la señora Whipple casi con felicidad—. En el verano, Emily vendrá a casa para pasar las vacaciones y Adna nos visitará los domingos. Trabajaremos juntos y nos enderezaremos otra vez y los chicos sabrán que cuentan con un lugar donde vivir.

Se imaginó de pronto en el verano con el jardín lleno de flores, persianas nuevas en toda la casa y Adna y Emily de vuelta y todos contentos al encontrarse. ¡Sería posible! ¡Tal vez en el futuro las cosas se presentarían más dichosas!

No hablaron mucho delante de Él, pero nunca supieron realmente cuánto había entendido. Al fin el doctor fijó la fecha y un vecino, dueño de un carricoche de doble asiento, se ofreció a conducirlos. El hospital hubiera enviado una ambulancia, pero la señora Whipple no soportaba verlo irse como un enfermo grave. Lo envolvieron en cobijas y el vecino y el señor Whipple lo cargaron hasta el asiento trasero, junto a la señora Whipple que se había vestido con su blusa negra fina. No le gustaba aparentar pobreza.

—Estarás bien... creo que permaneceré en casa —dijo el señor Whipple—. No creo conveniente irnos todos y dejar esto vacío.

—Además, no se quedará para siempre —explicó la señora Whipple a su vecino—. Sólo una temporada.

Salieron. La señora Whipple sostenía los bordes de la cobija evitando que se resbalara hacia un costado. Él permanecía derecho, parpadeando y parpadeando. Sacó los dedos fuera y comenzó a restregarse la nariz con los nudillos y luego con la manta. La señora Whipple no lograba creer lo que veía: Él estaba secándose unos lagrimones que rodaban por sus mejillas. Gimoteaba y hacía ruidos entrecortados. La señora Whipple le preguntaba:

—¿No te sientes mal, verdad, querido? —porque Él parecía acusarla de algo. Quizá recordaba aquella vez que le jaló las orejas, quizá se había asustado con el toro, quizá sentía frío por las noches y no podía decírselo, quizá sabía que lo mandaban lejos de casa para siempre y todo porque eran demasiado pobres para mantenerlo. Fuera lo que fuera, la señora Whipple no lo resistió. Comenzó a llorar desesperada y lo apretó en sus brazos y apoyó la cabeza contra el hombro de Él. Lo había querido cuanto puede quererse. Había que pensar también en Adna y Emily; no podía hacer nada más. ¡Cuán doloroso que Él hubiera nacido!

Llegaron al hospital; el vecino condujo muy rápido, sin atreverse a voltear.