Material de Lectura

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Selección
y nota de
Antonio Valadés



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Nota introductoria

 


La narrativa italiana contiene una rica veta en el género del humorismo, con una tradición que prolifera desde el siglo XVIII. Algunos de los grandes autores italianos, sin ser aquella su característica, incursionan en ese campo: basta aludir a Pirandello y a Moravia. Entre los contemporáneos la lista de humoristas es amplia y los hay muy notables o populares no sólo en su país, como Luis Lucatelli, Diño Sebre (conocido mejor por su seudónimo de “Pitigrilli”), Tribulsa, Lucio Ridenti, Alessandro Varaldo, Niño Guareschi, Antón Germán Rossi, Aquiles Campanile, Cario Manzoni y otros. Entre ellos, quizás el más delicioso es Massimo Bontempelli.

Nacido en Como, Lombardia (1878-1960), estudió en Turín y fue alumno predilecto del poeta Arturo Graf, militando después con los carduccistas. Tomó parte activa y violenta en famosa polémica contra Benedetto Croce y la influencia de la cultura y filosofía alemanas, por los años previos a la primera guerra mundial. En 1919 conquista gran popularidad al publicar sus novelas del ciclo la Vida intensa, iniciándose en una literatura –según nota de Nino Frank en el Dictionaire des Auteurs, de Laffont-Bompiani– que sacrifica la corriente convencional de la época, a la manera de Anatole France, convirtiéndose en una especie de apóstol de lo que se conoció como “realismo mágico” (mismo término usado con otro sentido ahora para definir cierta novelística creada en Latinoamérica, y de la cual Juan Rulfo es sobresaliente exponente), y que, como el mismo Bontempelli precisó, se opone a una versión peninsular del modernismo, común durante los arios veinte a toda una literatura europea, paralela en cierto modo a lo “fantástico social” que exploró Pierre MacOrlan.

Es la etapa que prefigura las obras de Bontempelli del periodo milanés: La vida intensa (1919), La vita operosa (1920) y Viaggi e scoperte (1921), “expresiones de un humor impasible y corrosivo”. Radicado luego en Roma, fundará en 1925 la revista 900, de extensa resonancia e influencia, que devendrá en centro de una escuela literaria, en abierta reacción contra tendencias favorecidas por el fascismo. En el decenio 1920-1930, el “realismo mágico” logra plena expansión en la obra bontempeliana: acceso a lo que tiende a determinado elemento fantástico, animado por una invención constante, así como por un rigor del estilo y del ritmo: La scacchiera davanti alio specchio (1922), Eva ultima (1923), La donna dei miei sogni (1925).

Seguirá un retorno al humanismo, con un poco de fallas en la inspiración: Il figlio dei due madri (1929), novela policiaca, y La famiglia del fabbro (1932). También autor dramático, crea en Roma el Teatro del Arte, que dirige con Pirandello. En 1945 se adhiere al Partido Comunista y es elegido para senador. La bibliografía de Bontempelli es numerosa, comprendiendo además de sus obras narrativas y teatrales, ensayos y estudios sobre los poetas líricos del 400, y Una vida de San Bernardino en Siena, además de sus lecturas comentadas de unos cantos de La divina comedia, L’avventura novecentista y Estado de gracia.

Wenceslao Fernández Flores, en su antología del humorismo en la literatura universal, en la cual incluye a Bontempelli, dice que él crea “personajes que viven aventuras extrañas con gesto absolutamente lógico y cotidiano”, y que en este contraste se “halla el quid de su gracia originalísima”. En la Antología de humoristas italianos contemporáneos, dentro de la estupenda colección Monigote de papel editada por José Janes en España, se subraya que “los personajes de los cuentos de Bontempelli (La vita attiva, La donna dei miei sogni, La sposa del nadir) y de sus novelas (Eva ultima) o de sus obras teatrales (Nostra dea, La guardia alla luna) viven siempre aventuras abracadabrantes, locas, inverosímiles, pero en la ciudadela de sus absurdos, se mueven, ríen, sufren, aman, mueren con los gestos más lógicos, cotidianos y reales”, calificándosele a él, a Bontempelli, como el “más original de los escritores italianos”.

La introducción de Bontempelli al idioma español, como cuentista, la hizo Revista de Occidente, en 1926, al publicar El buen viento, con esta noticia: “Massimo Bontempelli ya no es desconocido para nosotros. Recientemente se ha estrenado, vertida al castellano, su obra de teatro Nuestra diosa. De sus prosas, ésta es la primera que se traduce. Pertenece Bontempelli a las nuevas tendencias de la literatura italiana, inclinándose de preferencia al humorismo. Dirige la gran revista 900, recientemente aparecida, en que se congregan las primeras firmas europeas.”

Aquí, y de seguro en el resto de Latinoamérica, fue Xavier Villaurrutia el primero en advertir y apreciar la gracia bontempeliana. Atraído por ella traduce el cuento “Para la historia del teatro danés” –el primer texto de Bontempelli publicado en México– y recogido en el número 36, de 1931, por la revista Contemporáneos, y luego el titulado “África”, que aparece en la revista Número –bellísima publicación literaria animada por Guillermo Jiménez de 1933 a 1935–, y más tarde “Sobre una locomotora”. Villaurrutia, incluso, se propuso realizar una compilación de cuentos de Bontempelli –que siempre recomendaba con placer a sus amigos– y que lamentablemente no pasó de anuncio para uno de los tomitos de la colección Cvltvra, en su segunda época, de la que fue director. La suspensión de Cvltvra a los seis o siete números aparecidos impidió que se cristalizara tal compilación.

Delicioso cuentista, de finísimo y divertido humor, de Bontempelli es ésta la primera recopilación que se hace en español, de sus pocos cuentos hasta hoy traducidos, y que pueden ubicarse entre los más jocosos del humorismo universal –a pesar de que fuera de Italia no han tenido la difusión que exigen– por su alegre maestría en urdir historias en las que ocurren colisiones de lo absurdo a lo inverosímil, con una aplicación jocosa o burlona a incidentes posibles o lógicos.

La gracia, la agudeza, la invención sorpresiva e inesperada mueven, en la cuentística de Bontempelli, a curiosos personajes, quienes con socarrona inocencia cuentan en primera persona –una constante de su estilo– sucesos imprevistos, fuera del orden establecido, y que culminan en ingenioso buen humor. Es, y por ello es grato leerlo o releerlo, uno de los escritores más divertidos entre los mejores en el género humorístico.


Edmundo Valadés

 

La calle Bellovesi

 

Una vez, mientras estaba en la plataforma de un tranvía de Milán, un individuo con barba gris, sombrero verde y aspecto de calabrés, fijó sobre mí sus blancos ojos de poseído y me dijo:

—Le pido perdón, señor…

Nunca hubiera imaginado que con aquellos ojos pudiera pronunciar una frase tan cortés. Olvidé mi primera impresión, cercana al sobresalto.

—Le pido perdón, señor, ¿podría usted decirme dónde se encuentra la calle Bellovesi?

—No lo sé –le contesté, tan amablemente como pude–. Debo decirle que yo no soy milanés.

—¡Ah!

Ese ¡ah! no era uno de esos ¡ah! gorditos y bien alimentados, de obispo, que en la conversación cotidiana indican una conclusión completamente satisfactoria y que dejan a uno el espíritu sereno. Era un ¡ah! árido, lleno de sarcasmos. Los novelistas todavía no han encontrado la manera de distinguir esos ¡ah! de los otros por la ortografía. Escriben en ambos casos ¡ah!, así, por las buenas, lo mismo que en muchos otros casos intermediarios y colaterales. Es una enorme laguna de nuestro lenguaje.

Sentía un malestar oscuro y seguía a la defensiva, mientras el tranvía continuaba su carrera a lo largo de las rectas avenidas y de las curvas calles de la ciudad.

El hombre insistió, con tono amenazador:

—¿Y si usted fuera de Milán? –me preguntó.

—Si yo fuera de Milán –le contesté con lógica indudable– sería más probable, pero no cierto, que yo supiera dónde se encuentra la calle Bellovesi.

La satisfacción íntima inspirada por la brillantez de mi contestación me llenó de seguridad, y durante un momento me creí liberado del sorprendente personaje, pues casi en seguida se dirigió al más próximo de sus vecinos de tranvía, un hombre común, con sombrero hongo y alfiler en la corbata. Con los mismos ojos y la misma voz le preguntó a él también:

—Le pido perdón, señor… ¿es usted de Milán?

—Sí –contestó el señor del sombrero hongo–. De lo más milanés que hay. ¡Del Verziere!

—Entonces, si es usted milanés, ¿podrá decirme dónde está la calle Bellovesi?

El hombre común se molestó:

—¿Qué quiere usted decir?

—Señor de Milán, ¿sabe usted quién fue Bellovesi?

El otro lo miró, luego me miró a mí, después a todos los pasajeros a su alrededor, lanzó una ojeada a la calle que se deslizaba bajo nuestros ojos y, por fin, bruscamente, en un momento en que el tranvía frenó la marcha, bajó aprisa y se alejó sin mirar para atrás.

El tranvía se paró. El amable energúmeno volvió a mi lado:

—Pero usted, señor, que por lo menos no es de Milán, baje, por favor. ¡Baje conmigo!

Ignoro qué fuerza me empujó a darle satisfacción. En un rincón de la calle, un policía de tránsito echaba un sueño, la cabeza baja. El amigo lo despertó:
—Señor policía, ¿puede decirme dónde está la calle Bellovesi?

Mitad dormido, mitad despierto, el otro murmuró:

—Peliveso, Belifesi, no sé, no sé…

—Mire usted en su guía, por lo menos…

Con infinita dulzura, el exiliado napolitano sacó una libretita de la chaqueta y se puso a hojearla.

—¿Cómo dice? ¿Pelurcsu?

—No. Bellovesi, con B.

—Belleza... Bellini... Bellotti... Ya estamos... Be-naco..., no. No está Billeveso, excelencia.

Lo dejamos, pues ya no podía más. Yo seguía a mi compañero, agitado, con mucho interés, pero no sin dificultad. Vi que se precipitaba sobre un coche vacío y tranquilo que avanzaba hacia nosotros. Lo paramos, lo ocupamos. Una vez instalados, mi compañero le dijo al conductor, con aire parsimonioso:

—Llévenos a la calle Bellovesi.

Me quedé asombrado al ver que el conductor no decía nada. Ni siquiera se volvió hacia nosotros. Hizo restallar su látigo en el aire, le pegó con el pie al caballo y salimos hacia adelante. Y nosotros con él.

Y el coche corrió, atravesando innumerables calles, plazas ilustres, cruceros muy peligrosos, siempre por en medio de esa multitud agitada que hace de Milán la ciudad de la vida intensa y de la vida de trabajo. Mi compañero se había envuelto en su silencio digno. Bajó sobre la frente el borde de su verde sombrero calabrés, y contemplaba con aire místico la puntera cuadrada de sus zapatones. Yo respetaba ese silencio y esa contemplación, y me interesaba en el paisaje que recorríamos. Las calles se hacían menos frecuentadas y las plazas menos ilustres. Las boticas y las casas iban tomando un aire de barriada. Penetramos en lo desconocido. Llegábamos a lo aborigen. De vez en cuando, movido por ignoro qué ocultas razones, en lugar de continuar todo derecho, el coche daba vuelta en una calle lateral. A las cantinas sucedieron las fondas. El coche se estremecía cada vez más, como si exprimiera una nostalgia sollozante por los lejanos empedrados.

Después de tres o cuatro virajes imprevistos, la luz volvió a hacerse brillante, habían desaparecido las tiendas de vino y reaparecían los bares románticos. Volví a sentir las brisas familiares. Más tiendas y algunos grandes almacenes aparecieron ante nosotros. Poco a poco, al encontrar las calles y las plazas conocidas, recuperé mi espíritu. Algunos cruceros que atravesamos me recordaron que volvíamos a estar junto al corazón del inmenso cuerpo cuyos miembros más alejados ya habían sido explorados por nosotros.

En aquel momento, sin razón aparente, el caballo se detuvo, la cabeza baja, y el coche se inmovilizó. El conductor se volvió hacia nosotros y nos dijo:

—No entendí bien. ¿Qué calle dijo?

—Calle Bellovesi.

—Ahora veo. No existe esa calle, por lo menos en Milán.

Mi prodigioso compañero me miró y dijo:

—Yo sabía muy bien que no existe esa calle.

—Pero entonces, ¿por qué la busca?

—Pues precisamente porque no existe.

El caballo, el conductor, el coche, el personaje, y yo, todos estábamos inmóviles y mudos. Miré para otro lado.

Mi compañero me preguntó:

—¿De dónde es usted, señor?

Para estos casos siempre tengo a mi disposición una larga lista de ciudades. Tuve la brillante inspiración de contestar:

—Soy de Roma.

—¿Y sabe usted, señor, quiénes fueron Rómulo y Remo?

Mi memoria, en cuestión de medio segundo, me llevó hasta la escuela de mi infancia, y pude recitar:

—Rómulo y Remo, señor, fueron los fundadores de Roma, capital de Italia.

—¿Y qué diría usted, señor, de un romano que no supiera quiénes fueron Rómulo y Remo?

—Diría que es sordomudo.

—¡Sordomudo! ¡Vaya, sea bendito por esa palabra! ¡Los milaneses –y alargó la mano para indicar la espalda del cochero, la cola del caballo, el empedrado, la casa de enfrente, la multitud que pasaba–, los milaneses son sordomudos! No saben quién fue Bellovesi. Bellovesi fue el Rómulo y Remo de Milán. Es el galo Bellovesus, señor, sobrino de un rey de los Biturigos, que casi seis siglos antes de Cristo franqueó los Alpes, acampó aquí y fundó Milán, capital moral de Italia. Y en Milán nadie, absolutamente nadie, lo sabe. Ni una calle en Milán, ni una plaza, o una avenida, o un bulevar, o monumento, callejuela, pórtico, arco, café, escuela o casa de citas siquiera, que consagre el nombre de Bellovesi. Bajemos, señor. ¿Quién paga el coche, usted o yo?

—Páguelo usted —propuse.

—Está bien.

Pagó y se bajó del coche. Yo también bajé. Y antes de que pudiera despedirme de él, había desaparecido.

 


 

Para la historia del teatro danés


Me hallaba en las cercanías de Copenhague, privado de todo medio de subsistencia, cuando tuve la feliz idea de pedir ayuda al rey de Dinamarca, el cual fundó inmediatamente un teatro dramático, encargándome de la dirección. El teatro era hermoso, la compañía óptima y yo trabajaba furiosamente. Representábamos dramas antiguos y modernos, de Shakespeare, de Cossa, de Fildang, míos y de los demás.

La empresa tuvo, súbitamente, un éxito enorme: todos los daneses llegaban en tropel a mi teatro. La noticia se esparció hasta los países vecinos de Dinamarca y, todas las noches, una multitud de escandinavos atravesaba los estrechos para venir a mi espectáculo. Después de dos o tres meses, el arquitecto tuvo que ampliar la sala.

Apenas había reunido, en breve tiempo, una enorme fortuna, empecé –tan inestable e inquieto es el hombre– a sentirme cansado de aquella vida. No era propiamente una nostalgia del país natal, porque en aquel tiempo (era yo muy joven) no la tenía aún, sino, simplemente, el deseo de cualquier novedad y mudanza.

Mas no sabía yo cómo desprenderme de aquella situación. El rey me había tomado afecto –como sucede a menudo a los daneses– y no podía renunciar a mí. No dejaba pasar una noche sin venir a mi teatro y a menudo lo hacía también a la hora de los ensayos. Una vez que intenté decirle unas palabras a propósito de mi partida, me declaró secamente que estaba resuelto a transportar toda Dinamarca al lugar del mundo al que yo me hubiese trasladado. Entonces pensé que valía más dejar las cosas como estaban.

Como sucede siempre en la vida del hombre, la solución se presentó de una manera absolutamente imprevista, impreparada, involuntaria y fatal.

He aquí cómo pasó la cosa:

Una por una, todas las actrices de mi compañía se habían enamorado de mí, como siempre sucede; primero la primera actriz; después la dama joven; luego la ingenua: luego la matrona y. por último, la característica, en orden jerárquico. Naturalmente, no hice caso de ninguna, y por ello todas empezaron a odiarme. Pero cada uno de los actores –según el uso del país– era marido o amante de cuando menos una de las mujeres de la compañía. Y como llegaron a tener noticia de mi virtuosa negación, se enfurecieron en contra mía por haber despreciado tan mal las gracias de sus compañeras y consortes. En poco tiempo fui odiado por la compañía entera.

Sólo me quedó en calidad de amigo un fiel danés que diariamente me contaba todas las maledicencias que los actores proferían a mi costa. Yo, naturalmente, no hacía ningún caso; continuaba realizando mi deber con mucha amargura en el alma, pero me cuidaba de no hablar al rey de nada de esto.

Un día, el fiel danés llegó a mi casa todo jadeante, con la lengua de fuera, y me contó que el primer actor y su mujer, la primera actriz, de acuerdo con toda la compañía, habían decidido asesinarme. Hasta habían fijado la fecha: el 19 de junio. Faltaban sólo veinte días. ¿Por qué esperaban veinte días? Por una refinadísima razón: porque el 19 de junio era el día de aniversario de su matrimonio. Yo debía, pues, morir la noche del 19 de junio, inmediatamente después de la función; en seguida, mi cuerpo sería dividido entre todos los actores y actrices, un pedacito para cada uno. De este modo habían resuelto que yo desapareciera.

¿Qué hacer? Huir habría sido cobarde; denunciarlos a la justicia habría sido poco simpático. No quedaba sino un camino: anticiparme. Asesinarlos a todos antes del 19 de junio, antes del final de la función de la noche del 19 de junio, matarlos a todos juntos; matarlos de modo que nadie comprendiera que el golpe partía de mí, a fin de no disgustar al rey.

Tomada esta resolución máxima, mi ánimo se aquietó y me puse a pensar, tranquilamente, en los medios de realizar mi propósito. Después de haber descartado algunas semejantes, tuve una idea. Me fui a casa y escribí un drama en cuatro actos y en verso.

No hablo de este drama por vanidad de autor sino por necesidad de narrador. Era un drama semihistórico. La escena tenía lugar en una Estambul imaginaria, hacía algunos siglos, gobernada por un rey egoísta: Fifuf. Era la lucha entre el egoísmo del soberano y el bienestar del pueblo. En la primera parte se veían las señales y pruebas de aquel real egoísmo que el pueblo soportaba con paciencia. Pero Fifuf trasciende a un delito tan odioso que estalla una revolución en la ciudad y la catástrofe en el drama.

El asunto de la obra era el siguiente: Estambul está llena de perros; no hay familia que no tenga uno cuando menos. Llega un perro del Asia y muerde a algunos canes estambulenses: se le apresa y se le reconoce hidrófobo. Los perros que mordió resultan también hidrófobos y muerden a otros perros de la ciudad. Rapidísimamente, una rabia universal se difunde por toda la perrada de Estambul.

Como todas las personas egoístas, el rey Fifuf es muy cuidadoso de su propia salud y tiene miedo a todo. Reúne inmediatamente al consejo y médicos y se hace explicar en seguida el origen, los síntomas y el remedio de la rabia.

Pudiera creerse que esto lo hace por bien del pueblo. Nada de eso. Apenas oye decir al médico en jefe que el perro hidrófobo no muerde a su propio dueño, sino que huye de él, Fifuf tiene una idea infernal. Manda en seguida a sus intendentes por toda la ciudad, de casa en casa, con órdenes de comprar por su cuenta todos los perros. De este modo resulta dueño de todos los canes de la ciudad y está seguro que ninguno de ellos lo morderá.

Aquí es cuando (acto cuarto) estalla la indignación de todos los dueños desposeídos, cada uno de los cuales se ve expuesto no solamente a los perros de los demás, sino también al que hasta hace un momento era el suyo. Todas las familias estambulenses se unen en una sola y grande revolución. Se llega a saber que la diabólica idea había sido sugerida al rey por la reina, su mujer (que lo había desposado bajo el régimen de la comunidad de bienes, por lo que gozaba de las ventajas de la inmunidad). El pueblo en tumulto se dirige a la casa real con el propósito de matar a la regia pareja inhumana. Mientras el rey y la reina, ignorantes de todo, se entregan tranquilamente en su balcón a fumar el narguile, el pueblo invade la casa real, degüella a los cortesanos y a los criados, llega al balcón y corta la cabeza al rey Fifuf y a su consorte. De este modo acaba la comedia.

Pero volvamos a mí. Excitado por el peligro de muerte que corría y en la necesidad de superarlo, puse inmediatamente en ensayo mi drama y decidí que debería subir a la escena el fatal 19 de junio. El rey y la reina eran, naturalmente, el primer actor y la primera actriz; el resto de la compañía lo ocupé en parte, de cortesanos, cortesanas, eunucos, eunucas, siervos, odaliscas, soldados: en una palabra, la casa real. La parte que correspondía al pueblo la reservé para la comparsa adventicia.

Aquí puse en práctica mi soberbia idea, eje de todo mi plan de batalla. Para ello distribuí aquella comparsa –el pueblo de Estambul– no en la escena, sino en la sala, mezclada con los espectadores, produciendo el efecto de que todo el público que se hallaba, en cierto modo, incorporado a la representación, se identificaba con el pueblo estambulense en la ficción escénica (efecto que después ha sido imitado en el kean, y más tarde por otros, pero que entonces era una novedad). Hice colocar dos escaleras que comunicaban al escenario y la sala. Mientras el pueblo estambulense se agitaba aquí y allá mezclado con el público, el conductor del pueblo pronunciaba un fogoso discurso en la primera fila de lunetas; incitaba a acudir en tropel a la casa real, pasar sobre el cuerpo de los cortesanos y asesinar a la real pareja.

Al terminar la sublime invectiva, se lanzaba el primero por una de las escaleras, y la comparsa lo seguía corriendo. Yo supe graduar y desenvolver tan hábilmente la pasión dramática, escribir para la oración final del jefe del pueblo un fragmento de tal modo violento y confundir tan sutil e imperiosamente la realidad y la ficción, produciendo en el público la sugestión de ser él mismo aquel pueblo víctima del egoísmo de su rey. que sucedió una cosa maravillosa: sucedió la cosa que yo había previsto.

A la última apasionada palabra del jefe del pueblo:

 

    …¡Ved al impío!
Seguro está de no ser ya mordido,
tomando el fresco junto a su señora,
más perro que los perros adquiridos.
    ¡Muera!...

 

y al grito repetido por la comparsa: ¡Muera!... y al correr iracundo sobre el escenario, sucedió que el público, colérico también, empezó a gritar en masa: ¡Muera, muera! y, como mil fieras, a rugir lanzándose enloquecido a arrancar los asientos, precipitándose en los palcos desde los que. como una ráfaga, se arrojó sobre el foro, invadiendo el escenario, y quiénes con cortaplumas, quiénes con cuchillos, quiénes con hojas gillette, las señoras con sus alfileres y los políticos con su revólver, cada cual con lo que encontraba a su alcance, ciegos de rabia –¡Oh, poder de la palabra artística!– hicieron escarmiento, a diestra y siniestra y en buena hora, de! primer actor, de la primera actriz, del galán y así sucesivamente de todos los miembros de la compañía que encontraban a su paso: el teatro se hallaba como desgarrado por una tempestad; del foro caía, sobre las lunetas, un torrente de sangre, y los pocos asistentes que por pereza, parálisis o estupefacción habían permanecido inmóviles, perecieron miserablemente anegados en aquella sangre.

En lo alto de una torre yo contemplaba la escena. No sé decir si fuera más grande en mí la satisfacción del autor o la del hombre que ha escapado de un peligro. Porque el lector no debe olvidar que precisamente a esa hora iba yo a ser asesinado por mis cómicos. Me había prevenido a tiempo, y nadie habría podido pensar que lo sucedido respondía a un propósito preciso, declarándome responsable.

De este modo las cosas terminaron muy sencillamente, pues en aquella confusión y trastorno sucedió que algunos suecos (que, como es sabido, arden muy fácilmente), trasmitieron su fuego a los flecos de una butaca y se desarrolló un incendio; el teatro se quemó con el público y todo lo demás: de esta manera la cosa acabó por pasar inadvertida.

 


 

La vuelta al mundo

 

Una sola vez en la vida he firmado una letra de cambio. Yo era muy joven. La letra era pequeña: cien liras. Pero en aquel entonces, y en aquella edad, me parecía enorme. Y crecía; de día en día, a medida que se acercaba la fecha del vencimiento, iba en aumento la importancia de la suma y se acrecentaba el espanto en mi alma. Cuando faltaban cuatro días para la fecha fatal, caí en tal postración que por la noche hube de mandar a buscar al médico. El médico declaró que yo padecía una grave depresión del sistema nervioso y me recetó, para reponerme, que me fuese a dar la vuelta al mundo. El tren partía a la mañana siguiente, a las seis y seis. Arreglé inmediatamente la maleta, y con el alba, llegué a la estación a las cinco y treinta y cinco.

(El objeto de la presente narración no es otro que exponer brevemente las principales cosas que he visto o hecho –observaciones y aventuras– durante mi viaje. Pero a aquellos lectores mediocres que sientan la mezquinísima curiosidad por saber cómo acabó la cuestión de mi deuda de cien liras, les diré que, desde cada uno de los países por que pasé durante mi vuelta al mundo, escribí a mi acreedor presentándole mis excusas; de esta suerte, se encontró a la postre en posesión de una colección de sellos que vendió a un filatelista por treinta y siete mil liras, y me restituyó la letra de cambio).

Al romper el alba me encontraba, pues, en la estación, la estación de Caldiero, que es un pueblecito enclavado entre Verona y Vicenza. Entré. Nos hallábamos al final del otoño, un otoño friolento y lamentable; el aire era gris, húmedo. Entré en la sala de espera. Observemos. Había una mesa, un banco, una silla y una estufa: la silla a un lado de la estufa, el banco al otro. Deposité la maleta sobre la mesa e instintivamente fui a sentarme en la silla, es decir, al lado de la estufa, pero la estufa estaba apagada. Tenía sueño, pero me esforcé en vencerlo: el pensamiento de la vuelta al mundo me inspiraba un gran respeto. Proponíame sacar de mi viaje enorme provecho en aventuras y observaciones. Por esto miré nuevamente en torno mío, con gran atención, en busca de algo observable. En la pared, frente a mí, estaba pegado un cartel en francés, todo él azul y luminoso, que representaba la playa de Ostende. Me pregunté por qué diantres los hoteleros de Ostende tuvieron la ocurrencia de enviar un reclamo a los ciudadanos de Caldiero. Luego continué observando.

A veinte centímetros a la derecha del cartel, pero un poco más alto, casi junto al ángulo formado por las dos paredes, y precisamente sobre una cenefa de color que daba la vuelta a la estancia de muros enjalbegados, divisé un notable bulto negro colgante, al cual instantáneamente identifiqué, no sin experimentar algunos temblores, como el cuerpo de una araña, pésimo augurio en aquella hora. Probé a convencerme de que (dadas mis costumbres de aquellos tiempos) aquella hora era aún de la noche y no de la mañana: alguna vez (pero no en Caldiero), al volver a casa a las cinco, había dicho “buenas tardes” al portero de la fonda. En tal caso, el augurio hubiera sido bueno. Pero no acepté el sofisma. Propúseme mirar a otros lados a fin de no ver a la bestia. Me esforcé en creer que no la había visto. Quise continuar observando. Pero a mi alrededor ya no quedaba nada, nada, y mi mirada venía a posarse una y otra vez sobre la maldita araña. Entonces resolví desafiar el peligro y mirarla sin miedo.

Desafiándola de esta suerte, me percaté de que no se movía.

Deseé ardientemente que se moviera, pero la araña permanecía inmóvil.

La cosa me pareció un problema enorme, y me disponía a acometerlo con el análisis, cuando oí un ruido inesperado procedente de la puerta.

¿Por qué se oía un ruido procedente de la puerta de la sala de espera de la estación de Caldiero?

Porque la puerta se abría.

La abría un hombre que entró. Observándolo, advertí que llevaba dos maletas, una en cada mano. Probablemente debió de abrir la puerta con el pie. Entró, muy envarado, y vino a depositar las maletas encima de la mesa. Después fue a cerrar la puerta, con las manos esta vez. Luego volvió junto a la mesa.

Observé que el señor envarado había colocado las dos maletas un poco separadas de la mía, y muy arrimadas entre sí. Formaban un grupo compacto a la mía, sola como Horacio Cóclite. El señor envarado las tocó una vez más con leve mano, disponiéndolas de manera que quedaran paralelas al borde de la mesa. Luego volvió a apartarse un poco y echó una mirada –lo observé claramente– de desprecio a mi maleta.

De momento pensé que la miraba de aquel modo porque estaba hecha de tela, mientras que las suyas eran de cartón cuero. No me hubiera desagradado hacerle observar que desde el punto de vista moral es mucho mejor estar hecho de tela verdadera que de cuero imitado. Pero después, al observar con más atención la inclinación de sus cejas durante el desprecio, comprendí que éste no se derivaba de la materia y forma de mi maleta, sino de su colocación en el espacio. Es decir, la mía había quedado simplemente echada, y la línea de sus esquinas no quedaba paralela a la del borde de la mesa, de suerte que ambas líneas se hubieran encontrado mucho antes de llegar al infinito. Por mis adentros sonreí ante este descubrimiento. Otras sorpresas –presentí– me reservaba el encuentro con aquel señor enverado, el cual, entre tanto, había proseguido su marcha en dirección al banco y lo había limpiado con algunas sacudidas del pañuelo. Luego se volvió, permaneció de pie todavía un momento, mirándome, y por último se sentó.

Esto, quién sabe por qué razón, me hizo volver a pensar en mi araña.

No quise comprobar en seguida si aún seguía allí. Me propuse alcanzarla con la mirada, no siguiendo el camino más breve (esto es, aquellos veinte centímetros a la derecha), sino el opuesto, a lo largo de la cenefa de color que daba la vuelta a las cuatro paredes.

(Cuantos hayan viajado mucho y esperado muchos trenes en pequeñas estaciones al alba, comprenden estas cosas. Quien no haya viajado, hará mejor no leyéndome nunca).

Mi mirada había recorrido apenas una cuarta parte del camino –y yo estaba, en consecuencia, con el cuello torcido a la izquierda y ligeramente levantado, como una marioneta mal colgada– cuando el señor envarado me habló.

En aquel momento yo no le veía, pero al oír su voz comprendí seguidamente que era él. No porque no hubiese nadie más en la estancia; esto no tiene importancia alguna. Hubiera comprendido que aquélla era su voz incluso en medio de una muchedumbre. Era una voz envarada, una voz de cartón cuero. Había dicho:

—¡Señor!

Para él, el señor era yo. En consecuencia, me volví al instante y contesté:

—Diga.

—¿Por qué es usted el que ocupa el único asiento contiguo a la estufa?

—Porque espero el tren de las seis y seis.

—No veo qué tiene que ver una cosa con otra. En todo caso, yo también espero el tren de las seis y seis.

—Yo he llegado el primero.

—Razón de más para cederme el puesto. El derecho es alterno.

—Perfectamente –repuse–; yo estoy dispuesto a cederle la silla, tanto más cuanto que no me interesa conservarla por una razón que me guardaré de confiarle. Pero en el terreno puramente teórico, y para norma mía en previsión de posibles futuros incidentes, dígame usted cómo se hubiese resuelto la cuestión si hubiéramos llegado juntos.

Durante un momento se quedó pensativo con las cejas arqueadas. Me recordaba el retrato del ex senescal Raymundo Lulio, que yo había visto quién sabe dónde. Por último habló:

—Ya lo tengo. En el caso que usted dice, el derecho es del que se dispone a ir más lejos.

Sonreí alegremente para mis adentros ante la idea de ser yo invencible en este punto. El declaró:

—Yo voy a Vicenza.

—¡Yo doy la vuelta al mundo! El derecho me corresponde.

—Un momento –dijo–. Estamos en Caldiero. Usted da la vuelta al mundo. Por consiguiente, su punto de llegada es Caldiero. Mi punto de llegada es Vicenza. Me parece, querido señor, que Caldiero está más cerca que Vicenza.

Yo me quedé fascinado.

—¡Oh, espíritu fraternal! –exclamé, abriendo los brazos–. ¡La silla es de usted! Oh, un momento…

Me interrumpí de esta suerte porque, de improviso, había pensado de nuevo en la araña. A fin de asegurarme de su posición exacta, me parecía más acertado mirarla desde la misma posición de antes. Y mientras el hombre, puesto ya de pie, aguardaba, yo continuaba sentado, mirando.

La araña estaba allí todavía, y seguía estando inmóvil.

En mi rostro debió de pintarse una palidez de angustia, porque el viajero murmuró:

—¿Qué tiene?

—Nada. Acaso está muerta.

—¿Quién?

Ya no le escuchaba. Me convencí de que la araña estaba muerta. Y me preguntaba si una araña muerta, vista por la madrugada, trae la misma desgracia que una araña viva. Un hombre muerto ya no es un hombre, pero el hombre fue hecho a semejanza de Dios, mientras que la araña no.

Resolví preguntarlo a aquel hombre envarado y razonador. Le anuncié:

—Cambiemos de sitio. Luego quiero hacerle una pregunta.

Anduvimos, él hacia la silla, y yo hacia el banco, rozándonos al pasar. Yo alcancé mi meta antes que él la suya, y tomé asiento. Le vi llegar a la silla y tomar igualmente asiento.

Luego puso cautamente la mano sobre la estufa.

—¡Maldición! —bramó—. Está fría.

—Ya lo sé.

—¿Y por qué no me lo ha dicho? –dijo, resoplando rabiosamente, como disponiéndose a estallar.

—No hablemos de esto -repuse.

Entre tanto, yo le veía palidecer espantosamente.

—¡Malvado! –remugó con voz estrangulada–. Y de pronto se acurrucó en la silla, y balbuceó dolorosamente: —Malvado—, se retorció de cabeza a pies y cayó muerto.

Le miré de cerca: estaba muerto, como la araña. En aquel momento, el tren de las seis y seis entraba con gran estrépito en la estación de Caldiero. Cogí la maleta y salí, abandonando ambos cadáveres a su destino. Tomé el tren y, una vez en Venecia, tomé un vapor. Por el Adriático, el Mediterráneo, el mar Rojo, las Indias, el Japón y el Pacífico –deteniéndome aquí y allá– llegué a San Francisco, desde donde, por tierra, recorrí los Estados Unidos hasta Nueva York; después, por el Atlántico y Gibraltar (donde por una libra esterlina compré un magnífico pijama de seda gris), y por la costa de España y el Tirreno, fui a parar a Genova; de allí, en menos de una hora, un tren me llevó a Verona; luego un tranvía de vapor me condujo hasta Caldiero. (El cadáver de la araña seguía allí). No me sucedió nada memorable, durante mi vuelta al mundo, salvo las cosas que he contado.

 


 

Joven alma crédula


Rene Clamart me confía a Minnie para que le haga compañía durante media hora en el quai del Louvre.

Yendo por el quai del Louvre, Minnie, de repente, se aparta de mi lado y escapa; allí está: ha corrido a plantarse extasiada ante una cisterna cuadrada de cristal que se exhibe en el exterior de una tienda de artículos de pesca. Entre los artículos de pesca se encuentran peces, ranas y otros animales acuáticos, vivos.

La cisterna que ha atraído la candida atención de Minnie está llena de agua límpida y de peces rojos: una tribu de peces flamantes que nadan hacia arriba, hacia abajo, horizontalmente, con tranquila viveza, por completo ignorantes de la existencia de más amplios mares.

—¡Qué maravilla de peces! –exclama Minnie, juntando las manos.

Yo ya estoy junto a ella; confirmo, con bastante seriedad:

—Sí, están muy bien hechos.

Minnie me replica:

—¡Qué manera de hablar! “Bien hechos” se dice de los objetos que se hacen con las manos, como usted y sus amigos cuando hablan de cuadros, de poesías; o también los vestidos de las modistas…

Yo rebato con precisa dialéctica:

—En primer lugar, le hago observar que yo, y sobre todo René Clamart y, sin duda, también otros –y, al hablar, la envuelvo de pies a cabeza en una mirada de benévolo conocedor–, le hemos dicho no sé cuántas veces que está usted bien hecha; sin embargo, no ha sido hecha nunca con las manos.

Minnie sonríe, agradecida, y responde, sin lógica alguna:

—Pero yo no soy un pez.

—Por lo demás -prosigo, inflexible-, he dicho que esos peces están bien hechos precisamente porque son peces falsos.

Ella, con los ojos desmesuradamente abiertos, me miró; luego miró a los peces; luego, a mí de nuevo. Y volvió a juntar las manos, con infinito estupor:

—¿De verdad?

Como todas las personas simples, Minnie se maravillaba con facilidad; su alma era incapaz de albergar incredulidad.

—Pero, ¿cómo se mueven?

—Por medio de electricidad.

Otra vez miró los peces, ávidamente, inclinándose sobre la cisterna, vibrando, oprimiéndose el corazón con ambas manos.

Pero, ¿cómo podrán hacerlos tan bien? Mire aquél cómo abre la boca. El pequeñito va hacia el fondo, oh, se aparta como para no chocar con aquel otro que sube. Allí hay dos que juegan a perseguirse. Quizá sean hermanos. Oh, oh, uno grande que hay al fondo del todo echa muchas burbujitas, como las focas que vimos con René en el Casino.

—Sí, mademoiselle, son una maravilla. No, por Dios, no toque el agua: debe de estar completamente electrizada.

Minnie, asustadísima, apartó el dedo de la superficie del agua:

—Y aquellos dos, ¿no parece como si me miraran?

—Aquí llega René.

—Oh, Rene –gritó–, mira qué peces.

—Minnie –le dije yo a René– creía que eran de verdad.

René Clamart me conocía bien, conocía aún mejor a Minnie y en seguida se prestó a la broma.

Durante todo el día. Minnie fue incapaz de pensar en otra cosa.

Unas horas más tarde nos sentábamos los tres a una mesa de Rumpelmayer para tomar el té. Yo preguntaba:

—¿Por qué estas elegantes señoras son todas tan viejas y por qué van pintadas de color ladrillo?

René Clamart me explicaba:

—Las parisinas elegantes nacen así: viejas y pintadas de color ladrillo. Quitarse ese color sería en ellas un modo de maquillarse. De cuando en cuando lo hace alguna, pero con tal práctica rejuvenece rápida y precozmente, y entonces se avergüenza y se queda en casa, o por lo menos deja de venir por estos sitios.

Y yo, mirando a nuestra compañera, que se atareaba en torno a un babá con tanto interés como yo en torno a una historia de aventuras, le preguntaba a Rene:

—¿Y la señorita Minnie?

—Minnie no es de París; es de Normandía, o de Provenza, o de más abajo. Aquí es una excepción, y en efecto fíjate cómo la mira todo el mundo como a un bicho raro.

Minnie había dado fin del babá. Ahora estaba abriendo la boca, para hablar; Minnie, cuando se disponía a hablar, abría siempre la boca un poco antes, lo que producía un gracioso efecto.

Me imaginé que tal vez quisiera darme las gracias por mi observación, o bien precisar su lugar de origen o quizá expresar sus ideas respecto de las habituales de Rumpelmayer. En cambio, preguntó:

—Al tacto, ¿son duros o blandos?

—Por los clavos de Cristo, ¿el qué?

—Pues los pececitos rojos artificiales.

—Son blandos, como los de verdad.

—Y, si se les saca del agua, ¿qué pasa?

—También como los de verdad; están hechos a la perfección: se ponen a dar boqueadas, dan dos o tres coletazos y luego se ponen rígidos y ya no se vuelven a mover. Igual que si se murieran.

—¿Y luego?

—Luego… pues se tiran, y al cabo de unos días hacen como si se pudrieran.

Minnie reflexionaba profundamente y abría la boca, y decía:

—¿Y si se le da uno a un gato?

—Se lo come, como si fuese auténtico.

(A la tarde siguiente, en el saloncito de Minnie, mientras esperamos a René Clamart, que ha salido a comprar unos puros).

—Minnie, ya que este asunto le interesa tanto, le diré un secreto. Tras haber inventado esos pececitos artificiales tan perfeccionados, han empezado a hacer también otros animales; pájaros, por ejemplo, que cantan de maravilla.

—Si los he visto yo, en la Chaussée d'Antin: son de Nuremberg.

—Justamente.

—Pero a esos, para que canten, hay que darles cuerda; y mueven sólo la cabeza y el pico y no vuelan: esos son falsos de verdad, y al tocarlos se les nota duros, como de metal.

—Sí, sí. Esos, a lo primero, parecían enteramente reales, como los peces del Quai du Louvre, pero luego los han medio embalsamado, para que la cosa no se divulgara demasiado.

—¿Y por qué no se había de divulgar?

—Porque… entonces se convertiría en una cosa corriente. Y además, aquí está el secreto; se lo estaba diciendo pero usted no me deja hablar. Han construido algún otro animal… y luego..., pero júreme, júreme que no se lo dirá usted a nadie.

—Sí, sí: se lo juro.

—Pues… luego… han fabricado hombres.

—¡Madre mía!

—Han hecho doce: seis hombres y seis mujeres.

—¡Santo Dios! ¿Y cómo eran?

—Exactos, como los peces. Exactos: como usted y como yo.

—¿Y dónde están?

—No se sabe. Y ésa es la razón del secreto. Pocos días después de haberlos fabricado, se escaparon del laboratorio. Los han buscado por todas partes. Inútil. Andan por ahí, quién sabe por dónde.

—Pero, ¿estaban vestidos?

—Claro.

—¿Cuándo ha sido?

—Hace más de un año.

—¿En dónde?

—Aquí, aquí, en París. Eran perfectos. Resultaba imposible distinguirlos de los hombres y mujeres de verdad. Dése cuenta, Minnie; quizá alguna vez hayamos visto a alguno de ellos, sin saberlo. Quizá en el restaurante, o por la calle, o en el teatro, o en el Metro… le ha mirado alguien, o incluso le ha hablado; tal vez fuera uno de ellos.

—No, basta, tengo miedo. No volveré a salir de casa. Tienen… tienen que encontrarlos. ¿Por qué no los encuentran? Ellos lo dirán, tienen que decirlo, ellos, que son artificiales.

—¿Ellos? Ellos no lo saben, por supuesto. Están convencidos de que son de verdad.

Minnie se volvía loca. No sirvió de nada que yo y René Clamart intentásemos sacarla de aquella idea y le jurásemos que todo había sido una broma.

—Ahora decís eso para tranquilizarme. Pero sé muy bien que es verdad. ¿Tal vez aquel que está allí...? Basta, basta, volvamos a casa.

En cada persona que veía le parecía identificar a alguno de los hombres artificiales. Sollozaba y se debatía. Quería refugiarse en su casa; luego, en el cuarto más recóndito; luego, en el rincón más oscuro. La obsesión no la abandonaba ni un momento. Por las noches gritaba en sueños, y yo y Rene la velábamos. Triste vida, aquélla. De cuando en cuando volvíamos a reiterar nuestro juramento, pero ya ni respondía, y nos miraba largo rato con ojos de desesperada melancolía que se enturbiaban de llanto. Rene, por probar, le dijo una vez: “Pero, en fin, ¿qué más te da?”, y fue peor.

—¿Cómo que qué más me da? ¿Y el no poder estar segura de que la persona que me ve, que habla conmigo, sea una persona de carne y hueso? Antes prefiero la muerte.

A veces, con la mirada perdida, decía:

—Y ellos no lo saben.

No hubo medio de que dejase París (“¿de qué vale?: pueden estar en cualquier parte”); no quería ver a nadie y hasta despidió a la doncella. Ya no se levantaba de la cama; Rene y yo nos turnábamos para ir a comprarle algo de comer. Triste vida, aquélla, preñada de remordimiento. Cuando dormía, con un sueño depauperado salpicado de sollozos, nos consultábamos febrilmente; en secreto, pedimos consejo a médicos, que nos recomendaban que la divirtiéramos. Pero, ¿cómo divertirla? La obsesión la reconcomía cada día más profundamente, hasta la médula de los huesos. Como un péndulo, repetía ella cíclicamente su pensamiento: “Quizá alguien a quien he visto, con quien he hablado...”

Deteriorada vida aquélla, de cómplice y de reo, respectivamente: Rene y yo transcurríamos las horas en silencio y sin mirarnos.

De repente un día, el mismo día, y en el mismo momento, nos invadió, a mí y a Rene, el mismo terror: de un momento a otro Minnie podía llegar a pensar que el propio Rene, o yo mismo, uno de los dos, o los dos, fuéramos de aquellos hombres mecánicos que habíamos tenido la infernal, estúpida, feroz idea de inventar para ella.

No fue eso lo que sucedió.

Sucedió algo peor.

Sucedió algo aún más espantoso en lo que no habíamos pensado: lo más espantoso de todo.

Espantoso por encima de toda posible imaginación. Fue por la noche, noche de una primavera que había estallado con indiferencia sobre París, llenando de verde sus días y de templanzas sus atardeceres. Minnie dormía, y su sueño parecía más tranquilo que de costumbre.

René y yo asomados a la ventana, contemplábamos cómo se mezclaban ásperamente luz y tinieblas, en las calles y sobre los tejados, bajo un cielo rojizo. Rumiábamos nuestra vida, desgarrada por aquella imbécil aventura. Súbitamente, sonó a nuestras espaldas un opaco grito infrahumano. Nos volvimos, espantados.

Minnie se había incorporado en la cama y extendí los brazos, temblando.

Corrimos hacia ella. Nos apartó a un lado y saltó de la cama, en su camisón de gasa. Se precipitó al espejo.

Se miraba temblando, retorciéndose los brazos, con el rostro contra el cristal, intentando penetrar con sus ojos hasta el fondo de los ojos de su propia imagen.

—Bien, es cierto: sí, ahora lo veo, lo veo claro; soy yo, yo. No soy de verdad, yo; no, no; soy una de esas mujeres, fabricadas. ¡Y no lo sabía!

Nosotros gritamos:

—¡Minnie!

—No. Ahora comprendo. Estoy segura: lo sé. Vosotros no lo podéis saber. ¿Qué hacer ahora?, ¿qué hago? Oh, René, perdóname. No era culpa mía. René.

Intentamos sujetarla por los brazos. De improviso, se pone rígida, parece fijar la atención en algo, y luego recogerse prolongadamente en un atroz pensamiento, que la aplastara; bajo ese peso, su rostro estaba casi inmóvil, ahora. Levantaba entonces una mano, luego, de golpe, como una gran actriz, gritó:

—Pero, ¿qué es lo que hay allí? Señalaba ampliamente hacia la entrada.

—No hay nada, nadie. Cálmate, Minnie.

—¡Sí!, allí, allí, ¿quién hay?; id a ver en seguida.

Una luz maliciosa recorrió su rostro como un relámpago el cielo, y se apagó. Su ronca garganta repitió: “allí, rápido, allí”, y no comprendimos el engaño; para tranquilizarla corrimos adonde nos decía, pero no habíamos llegado a la puerta cuando de repente nos volvimos como avisados por un rayo. Y apenas alcanzamos a ver a Minnie como una larva blanca volando hacia la ventana; con un grito nos precipitamos a ella, pero ya se había tirado: en las manos enflaquecidas de Rene queda un despojo del camisón de gasa. El cuerpo de Minnie caía, durante un tiempo que nos pareció inacabable: luego oímos el golpe abajo, sobre el empedrado.

 


 

Las llaves

 

1
Cómo hay que amar


Nunca veraneo. Tendría que ir forzosamente a la montaña o al mar. Aborrezco la montaña. En cambio, siento por el mar un gran amor. No creo forjarme ilusiones juzgándome correspondido. Pero es precisamente por esto por lo que no admito que el mar pueda ser, en mi adoración, el sentimiento frívolo y vulgar de millares de indiferentes. No soporto la idea de que pueda confundirme con ellos, ni mi amor con su capricho; no podría tolerar que el mar sospechase que no era otra cosa para mí que un lugar de veraneo.

Un oceanógrafo podría ahora objetar que el mar no siente nada, no cree nada.

Admitamos incluso que esto es cierto, para no perdernos en discusiones inútiles. Admitamos hasta que mi persona sea indiferente al alma y a los sentidos del mar, y que el mar no tenga ni alma ni sentidos. ¿Qué importa eso? Es por mí mismo. Yo tengo conmigo mismo el deber de no dar a una manifestación de mi amor las formas y las modalidades que una larga costumbre burguesa ha impuesto a preocupaciones frívolas o a cuidados de higiene, muy alejados del amor. Yendo al mar en julio o en agosto, me arriesgaría a tener un momento de debilidad y sentirme veraneante y no adorador.

Esta abstención no es rara; sólo su aplicación al caso particular del veraneo resulta extraña. En sí misma, es un sentimiento corriente, un sentimiento trivial: es incluso la razón por la cual, de ordinario, un hombre no se casa con la mujer que quiere. Ofrezco a las mujeres que pudieran necesitarla esta interpretación sentimental; ofrezco a los hombres que no supieran encontrarla por sí mismos esta justificación extremadamente humana.



2
La situación


Lo dicho en el capítulo anterior explica de manera suficiente por qué 6128 de agosto de este año encontrábame en Milán. Creo ahora que no será necesaria ninguna teoría para justificar mi presencia en la calle del Príncipe Humberto. El reloj de la Puerta Nueva marcaba las once; ésta debía ser la hora, poco más o menos. De súbito, apareció Florestán, con aspecto presuroso, me cogió del brazo, sin detenerse siquiera, y me dijo:

—Tú, que no tienes nada que hacer, acompáñame a la estación. Llega Bartoletti.

Entonces le respondí:

 


3
Primera parte de mi respuesta 


—En primer lugar, puede muy bien ocurrir (es hasta un hecho real) que yo no tenga nada que hacer en este instante. Pero no acepto que tú lo supongas como una cosa natural. Hay algo peor. Con el tono que has empleado para decirme eso, era imposible sobreentender “en este momento” como hubiera debido ser. Me has llamado “Tú que no tienes nada que hacer” como otro me hubiera llamado “Máximo”, como otra tercera persona me hubiera llamado “Excelencia” si yo hubiese sido ministro. En resumen, ese “Tú que no tienes nada que hacer” era una manera de especificar mi persona, y no el estado en el que yo me encontraba transitoriamente. Esto es injusto y ofensivo para mí; dos cosas que me impiden acompañarte a la estación; este acto implica, en efecto, cierta comprensión afectuosa y recíproca. Esta comprensión la has destruido bruscamente o, por lo menos, cortado con tu frase.

 

 

4
Segunda parte de mi respuesta

 


En segundo lugar voy a decirte que, no solamente me niego a acompañarte a la estación, sino que además te aconsejo del modo más absoluto que no vayas tú tampoco. Un poetilla celta declaró una vez que “partir es morir un poco”, frase extraordinariamente estúpida, tan estúpida que ha hecho furor en miles de álbumes, de tarjetas postales ilustradas y de cartas de amor. Tú eres exactamente el hombre apto para creerla. Presta, pues, toda tu atención a mi sólida y nerviosa dialéctica. Si partir es morir un poco, como lo contrario de partir es llegar, llegar es nacer un poco. Ir a ver una llegada equivale, pues, a ir a presenciar un nacimiento, o, con más exactitud, “un poco de nacimiento”. Esto concierne a la obstetricia. La imagen es tan poco agradable que bastaría para suscitar en cualquiera una repugnancia invencible hacia todo acto susceptible de evocar tal imagen. A este propósito, podría además citarte otras imágenes del mismo género, extremadamente corrientes, que son pruebas irrefutables de mal gusto popular; por ejemplo, “quitarse el pan de la boca” o “sacar a alguien los gusanos de la nariz”. La primera expresión designa un acto de caritativa abnegación; la segunda, el triunfo de una excepcional astucia. La sola idea de estas ingratas imágenes basta para quitar a todo hombre de gusto delicado el deseo de ser jamás bienhechor ni astuto.

  

5
Comienzo de la tercera parte de mi respuesta

 


—Esto es aplicable al caso particular de las personas que van a la estación para ver llegar a su prójimo. Pero, en tu caso, hay algo peor. Tú vas a la estación para esperar a Baricoletti…



6
Una interrupción

 


En este momento, Florestán me interrumpió para rectificar:

—Bartoletti...



7
Continuación y fin de la tercera y última parte de mi respuesta

 


—Es lo mismo. Tú vas a la estación a esperar a Bartoletti, quien es, evidentemente, uno de tus conocidos o uno de tus amigos. Te imaginas guardarle una atención, en el primer caso, o darleuna prueba de afecto, en el segundo. En vez de eso, le haces el más flaco servicio que es imposible figurarse.

Ir a buscar a alguien a la estación es violentar su libertad, violencia cuyo horror no es comparable más que al que te causa el comensal que te espera para ponerse a comer cuando la mesa está servida y te has retrasado; su espera no es sino un reproche mal disimulado, tan rencoroso como insultante. Al ir a esperar a alguien que regresa de un viaje en ferrocarril, le impones la humillación de dejarse ver sucio, polvoriento, despeinado, malhumorado, rendido, embrutecido, lo menos presentable que es dado imaginar y en las peores condiciones posibles físicas y morales.

El minuto que va a perder en saludarte puede muy bien ser el único que hubiera podido aprovechar para tomar al vuelo el mozo fugitivo o el coche inaccesible. Gracias a ti, tendrá que volver a su casa a pie y cargado con su maleta.

En el momento mismo en que el hombre se siente menos dispuesto a una comprensiva e indulgente bondad hacia sus semejantes, tú le obligas a ser bien educado con un hombre –tú mismo–, mostrándose reconocido a un acto de cortesía puramente aparente y mal entendida. Al cumplir este deber, por las razones que te he expuesto, le mandará ulteriormente al diablo. Serás, pues, para él la causa ocasional de una hipocresía. Ahora bien, la hipocresía repugna siempre al hombre cuando no le produce nada.

Pero hay algo más grave. Vas a esperar a Bartoletti porque crees ser uno de sus íntimos. Sin embargo, no es así. Eras íntimo del Bartoletti que se marchó. No lo eres del que vuelve. Viajar, señor poeta, es otra cosa que morir un poco; viajar es renovarse, es sumergirse en un verdadero baño de costumbres nuevas y de cosas imprevistas, cuya reacción en las profundidades de tu espíritu ignoras cuál podrá ser. Viajar, es exponerse a la posibilidad de un cambio tan rápido, tan inesperado, que puede muy bien ocurrir que seas tan indiferente al nuevo Bartoletti como simpático le eras y que tú experimentes hacia él idéntica impresión.

Ahora bien, como eres un ser bastante obtuso, puede que te niegues a admitir esta eventualidad tan razonada y real cuanto improbable. Piensa entonces en una probabilidad de orden corrientísimo y que no puede ser más vulgar, y supón que Bartoletti, en el tren, haya encontrado lo que se llama “una aventura de viaje”. Esa “aventura en el tren” es tan frecuente que no existe un solo hombre, al decir de las personas expertas (exceptuándome a mí, debo confesarlo con rubor) que no haya tenido al menos una en su vida. Bartoletti desciende, pues, en la estación con la bella desconocida; ambos tratan de desaparecer entre la multitud anónima. Y tú, gran majadero, vienes a plantarte delante de ellos, a violar su misterio, a romper el éxtasis de esa soledad en medio de la muchedumbre. Puede muy bien suceder que la bella desconocida, recelosa y tímida como todas las mujeres que se dejan arrastrar por una pasión súbita, no quiera ya saber nada de Bartoletti y os deje allí a los dos: él, abrumándote de reproches inútiles; tú, confundiéndote en no menos inútiles expresiones de pesar.

Y éstas sólo son algunas de las principales razones entre todas las que poseo, numerosas y variadas, para aconsejarte resueltamente que no vayas a la estación ni para esperar a Bartoletti ni para ver llegar a otras personas, de un modo general. Sea lo que fuere, si te obstinas en ir a ella, te declaro que me niego de la manera más categórica a acompañarte.

Al decir yo esto, llegamos a la estación.

 



8
Descriptivo, pero importante

 


Desbordando las salidas, avanzaba una primera oleada amenazadora de recién llegados: masa oscura, de una densidad variable, matizada muy irregularmente de los colores más vivos, pero enteramente uniforme, de la que se veían emerger seres de un aspecto casi humano.

Me incliné hacia adelante para mirar. La amalgama movible ascendía espumeante de las profundidades de la escalera hacia un remolino cerca de las barreras, filtrábase al través y se condensaba más allá para acometer las puertas de salida; luego, una vez fuera, comenzaba a extenderse: pasta humana sobre la que algunas lámparas esparcían, aquí y allá, una poquita de luz sin llegar a sacarla de la oscuridad completa, destacándose entre la sombría aglomeración las largas espátulas negras de los reverberos de gas. A medida que rebasaba las puertas, esta pobre humanidad, zigzagueada de tranvías de caprichosos meandros, surcada de automóviles broncos y rápidos, se dividía para no dejar ver más que un hormigueo cada vez más fuliginoso, caminando hacia el jardín románticamente entenebrecido, la aspiración tortuosa de las avenidas o la luz brutal de las dos hileras de hoteles que constituían los bastidores de esta escena grandiosa.

Aquella masa humaniforme no tenía voz, se expresaba por medio de un murmullo henchido de ayes histéricos, de ¡uf!, de crisis de asma, de accesos de tos, de gemidos suspirados, de gritos y de vociferaciones desgarradoras, de silbidos, tal un gran pelotón de serpientes… Era el himno a la vida dinámica, lanzado por los hombres al cielo de agosto.

La primera palabra articulada que oí en aquel bullicio fue la voz de Florestán preguntando con angustia a un ser humano:

—¿Era el tren de Bolonia?

—No. Era el de Genova. El de Bolonia llega en este momento.

—Respiro —dijo Florestán.

 

 


9
Como un Dios

 


Después de haber respirado, Florestán se volvió hacia mí y habló en estos términos:

—Yo me quedo aquí, en la puerta de la izquierda. Tú, vete allí, a la puerta de la derecha. Es forzoso que pase por una o por otra. El primero de los dos que vea a Bartoletti llamará al otro. Trata de no distraerte; mira bien.

Me insinué en la nueva oleada que salía por la puerta de la derecha. Estimulado por la confianza y por la recomendación de Florestán, me apliqué a mirar con un escrúpulo infinito. Me apoyé sólidamente en mis dos piernas para no dejarme arrebatar por la ola. Mi cuerpo era un verdadero rompiente donde el alud humano venía a chocar; y se abría, se bifurcaba por un momento en dos corrientes, que rozábanme ásperamente a derecha e izquierda, para unirse en seguida a mi espalda, yendo a su destino.

Pero yo no miraba tras de mí y poco importábame su destino. Yo fijaba los ojos delante, con una atención enorme, y escrutaba todos los semblantes, bajo sus sombreros, boinas, quepis o gorras.

Aquella aglutinación de hombres, cuya unidad casi amorfa había al principio admirado, estaba sometida por mí a un continuo trabajo de individualización: individuos-hombres, individuos-mujeres, individuos-niños. Experimentaba la impresión de que era yo, con mi mirada plástica, quien creaba allí todas esas diferencias específicas. Tenía la sensación de ser un Dios. Sin duda porque imagino a Dios trabajando sobre una mesa informe que se aglomera en las barreras del mundo. No la toca, pero la mira, y esa sola mirada modela, establece, extrae seres así. Es seguro que Dios los ha hecho sin maletas, sin abrigos, sin cestos, sin paraguas, sin sombrereras; estas cosas son ellos los que las han hecho, con la inteligencia que han recibido de Dios, al salir de la Estación Central. A mí, al contrario, parecíame que los centros vitales, inteligentes, de esta materia, eran precisamente las maletas y los cestos que llegaban empujándose, arrastrando tras ellos un puño crispado y un brazo tendido, de un hombre o de una mujer.

Pero yo desdeñaba las sombrereras, los cestos, las maletas, su materia y su forma, para contemplar bien a los viajeros, por si alguno de ellos era Bartoletti. Ni uno solo de los seres que salieron por la puerta de la derecha, encomendada a mi vigilancia, ni uno solo, ¡lo juro!, escapó a mi mirada creadora e investigadora. Después de la creación y la investigación, mi mirada los abandonaba a su suerte, uno a uno. Se dice que Dios también lo hace así. Compactos y gesticulantes, se arrastraban en dirección de las vías destinadas a conducirlos, después de las pruebas fatídicas, a los infiernos, a los purgatorios y al paraíso de Milán, ciudad de Vida.

Continuaban desfilando –hombres, mujeres, niños, sombrereras de todos los sexos– sin que yo viese a Bartoletti. Algunos choques hacían brotar chispas, pero breves; apenas sobrevienen incidentes más que entre las personas que tienen tiempo a su disposición. Mil siluetas apresuradas y dos mil miradas anhelosas proyectábanse hacia adelante, expresando la esperanza acariciadora y prosaica de hallar un coche libre o la mezquina ambición de encontrar un mozo… Yo seguía sin ver a Bartoletti. Vislumbré aún una nodriza con su niño en los brazos, un perro, una anciana que se exploraba la nariz… Y después, ya no vi a nadie. Entonces, Florestán se aproximó a mí.

—¿No le has visto?

—No.

—¿Estás seguro de haber mirado bien?

—¿Por quién me tomas?

 

 


10
El retorno

 


Tristes y con paso cansino, emprendimos el camino de vuelta.

—Estoy muy contrariado –decía Florestán–. No sé qué hacer. Al marcharse, Bartoletti me entregó las llaves de su casa… Míralas.

Extrajo de su bolsillo dos llaves, unidas por un anillo. Una era pequeña y plana, a la moda inglesa; la otra, grande y aparatosa, a la americana. Una estaba brillante, la otra oxidada.

—Estas son las llaves de Bartoletti -dijo.

—¡Diablo!

—Esta mañana ha salido de Riccione. Me ha telegrafiado desde la estación de Bolonia… Lee: “Llegaré a las once y treinta… Ve estación con llaves sin falta. Bartoletti”. ¿Ves? El telegrama de Bartoletti.

—Perfectamente.

—Es un hombre puntual, exacto, minucioso con exceso. Si hubiese perdido el tren en Bolonia, habría mandado inmediatamente otro telegrama urgente. Pero es moralmente imposible que Bartoletti pierda el tren.

Una larga pausa subrayó nuestro abatimiento, hasta que hubimos pasado el túnel.

—Sin embargo –repuso Florestán–, algo me dice que Bartoletti ha llegado.

Entonces, bruscamente, oí yo también una voz secreta que me gritaba que Bartoletti había llegado. En aquel instante, sentí en mí plenamente la ciudad de Milán completa, y en este Milán que yo sentía todo entero en mis venas, estaba Bartoletti.

¿Por qué aquella sensación me era indeciblemente agradable? Pero Florestán, que es prosaico en extremo, insistía:

—No obstante, yo he mirado bien a todos los que han pasado, uno a uno. Y tú, di, ¿estás seguro de haber mirado bien a todo el mundo?

—¡Claro que sí! ¡Uno a uno! Te garantizo que... ¡Ah! Ese “¡Ah!”, era un grito. Lanzando aquel grito, me sentí palidecer. Me llevé al rostro mis manos trémulas. Vacilé y, ante la estupefacción de Florestán, me apoyé, para no caer, en la esquina del hotel del Parque. Reflexioné. Fue entonces cuando comprendí que, a despecho de la más escrupulosa voluntad humana, eternamente la fatalidad dominará aquí abajo y que, a pesar de la atención más obstinada y vigilante, el impenetrable Destino gobernará siempre enteramente a los hombres. Pero al mismo tiempo comprendí con una inexplicable amargura que jamás la fatalidad ni el impenetrable Destino podrían disculparme ante Florestán, hombre vulgar.

Torturado por estos pensamientos, caí en una depresión profunda. Contemplé a Florestán, invadido por un loco terror ante mi aspecto; le miré con la angustiosa resignación con que se contempla lo irremediable, sin posibilidad de arrepentimiento ni de remordimiento. ¡Comenzaba a darme cuenta, me daba claramente cuenta de que yo jamás había visto ni conocido a Bartoletti!

 


 

África


Nunca he tenido una verdadera inclinación por el homicidio. Hasta ahora no he asesinado más que a mi amigo Amílcar, aunque, tras de mucho pensarlo, me parece que no fue una mala idea. Esto sucedió hace muchos años en la ciudad de Casablanca.

Había ido a Casablanca a causa de una desilusión amorosa que me infirió una americana a la que había acompañado de Europa a Asia y que me había dejado plantado. Odiando en consecuencia Europa, Asia y América, y dada la distancia de Oceanía, decidí pasar algún tiempo en África. Por eso me hallé en Casablanca que, como muchos saben, está situada precisamente en África, sobre el Atlántico. En Casablanca vivían muchos trabajadores italianos que trabajaban de día, muchas cocottes provenzales que trabajaban de noche, y muchos franceses.

A fin de apaciguar mi espíritu exacerbado, pasaba todo el día recluido en mi alcoba, dedicado a escribir la vida de Ruggero Bonghi, según los documentos que había recogido en mis viajes. Por la noche me dirigía a tomar un púdico mazagrán en alguno de los doscientos casinos que florecían en aquella noble colonia. En uno de esos trabé conocimiento y luego estrecha amistad, con un hombre modesto y apasionado que se llamaba Amílcar. Era un portugués nacido en el Brasil, que durante el día se dedicaba a vender una gran existencia de tapices que había traído de quién sabe dónde, y que, por la noche, llegaba al casino a jugar a la ruleta y perdía todo cuanto lograba reunir durante el día. Yo no jugaba porque ya conocía mi poca suerte. Lo esperaba arrellanado en una poltrona.

Por fortuna Amílcar no empleaba más de una hora en perder cuanto tenía. Por consiguiente, a la medianoche, venía a sacarme de mi silla, diciéndome:

—Esta tarde me ha ido mal.

Y salíamos a vagar juntos, bajo las pesadas estrellas del trópico.

Un día, a media noche, me dijo como de costumbre:

—Esta tarde me ha ido mal.

Nos fuimos. Pero apenas habíamos dado unos pasos y aún estábamos en la puerta de la sala, cuando, al meter la mano en los bolsillos a fin de sacar un cigarrillo, Amílcar exclamó:

—¡Oh!

Había encontrado una moneda, un franco.

—No he perdido todo. Voy a apostarlo y vengo en seguida.

Dio tres pasos hacia la mesa de juego, pero volvió a mi lado.

—¿Dónde lo pongo? –me preguntó.

—Donde quieras, pero que sea pronto.

—No, no, –obstinábase— dime en qué número debo ponerla.

Yo le dije:

—En el 45.

—No es posible –me gritó desolado– no son más que 36 los números.

—Eso es –respondí– ponlo en el 36.

Corrió en dirección a la mesa. Un minuto después oí la heráldica voz del croupier anunciar:

—36 rojo.

Alargué el cuello. Vi la barba tremebunda y las manos de Amílcar tenderse hacia las monedas que se acumulaban junto a su franco; pero, al mismo tiempo, Amílcar alargó el cuello hacia mí, diciéndome con sofocada voz:

—Di pronto, pronto, ¿dónde pongo estos 36 francos? Yo estaba fastidiado. Para acabar, le dije:

—Deja todo en el 36.

—¿De veras…? –balbuceó. Imperioso y despiadado añadí:

—¡Déjalos!

Como un perro fiel hizo lo que le ordené. Me dirigió una mirada humilde y lanzó otra pavorosa a la máquina que giraba. Después, la máquina empezó a girar más lentamente, se detuvo, y repitió;

—36 rojo.

Un grito de sorpresa huyó de dos o tres bocas. El croupier entregaba fríamente a Amílcar la suma.

—¿Y ahora? –preguntó Amílcar con una voz de espectro.

—Ahora –dije yo con una voz de emperador– ¡vámonos!

Amílcar estaba de tal modo herido de admiración por mí que no osó decir palabra. Se repartió en todos los bolsillos los 1 296 francos y, como un perro fiel, como una mujer enamorada, se acercó a mí.

Ya en la calle, no dijo una sola palabra.

El día siguiente no pensé más en aquello y me ocupé, con toda devoción, en la vida y hechos de Ruggero Bonghi. Por la noche, Amílcar vino por mí a casa. No dijo nada. Solamente propuso, con mucha indiferencia:

—Vamos al Flamboyant (tal era el nombre de aquel garito africano).

Estando allí, arrellanado yo en mi poltrona, él, con gran moderación me dijo:

—¿Por qué no vienes un momento a mi lado? ¿No me dices los números?

—Apuesta al 5. Salió el 5.

—¿Y ahora?

—Apuesta al 18. Salió el 18.

—¿Y ahora?

Él no se hallaba sorprendido. Los demás jugadores sí, y me miraban con ojos llenos de miedo. Me sentí horriblemente turbado. Dije impaciente:

—No sé, haz lo que te parezca.

Le volví la espalda y fui a refugiarme en mi poltrona, que era grande y de cuero.

Pero él estaba ya delante de mí, inmóvil:

—¿Quieres decir que debo suspender, por un rato, el juego?

Allí estaba, de pie, así, mirándome, como se espera que hable el médico cuando está observando el termómetro, o el usurero a quien se ha pedido un préstamo: como se espera, en una palabra, el verbo de una criatura superior.

Fumé dos cigarrillos tratando de evitar su mirada. Miraba un rato hacia la derecha, a un ángulo de la sala, donde no había nadie; después de un momento, miraba de reojo hacia la izquierda, girando hacia un ángulo donde no había nadie. Al fin del segundo cigarrillo, lo acometí de pronto:

—En resumen, ¿qué haces aquí?

—Nada, nada.

Era tan sumiso que me puse a reír y, tras de la risa, no sé cómo, más bien dicho no sé por qué, sin intención, como un estornudo, algo me dijo:

—17.

Amílcar corrió en seguida. Sentí un remordimiento. No pude dejar de aguzar la oreja. Oí un silencio, un zumbido, luego la voz del anunciador:

—17 negro.

La tarde del día siguiente me puse yo también a jugar con él. Perdimos. Probé jugar algunos golpes solo y perdí. Volvió a jugar Amílcar, y yo le sugería los números: ganaba siempre. Poco después, se detuvo y le dije:

—“Vámonos”—. Y nos fuimos.

A los lectores les gustaría que yo contase con más detalles los episodios e incidentes del juego, porque ya sé que se divierten con estas tonterías. Pero yo no escribo para deleitar, escribo para instruir.

Al salir de allí la tercera noche, Amílcar, que era un hombre honrado, me dijo:

—Hagamos un pacto. Vendremos todas las tardes. Yo juego con mi dinero. Tú no juegas, tú me dices los números; al salir partimos la ganancia—. Y así lo hicimos durante dos meses. Todas las noches no sé qué demonios me sugería los números, y siempre éramos los afortunados. Apretaba un instante los ojos, tendía, casi, la oreja, y una especie de voz íntima, un consejero inesperado, me decía claramente el número. Después de siete u ocho números, la voz no me decía nada más. Nos íbamos. Ganábamos cerca de 15 000 liras por noche.

Pero el dinero perturba la paz del hombre. De mano en mano aquel oro mágicamente ganado la noche anterior, se acumulaba en mis cofres, mis jornadas se volvían pálidas e inquietas. La vida de Ruggero Bonghi empezaba a extinguirse, y yo había fundado en aquel libro muchas esperanzas de gloria. Y ahora el libro, y con él mi gloria, vacilaba, languidecía cada vez más miserablemente en mis manos, página a página, debido a mis ocupaciones nocturnas, funesto efecto de la fácil riqueza.

Entre el Ruggero Bonghi y el Flamboyant mi desesperación amorosa se había aplacado, la figura de la traidora se había desvanecido en mi memoria y ya no había razón alguna para no regresar a la Europa natal.

Había una razón, sí: Amílcar. ¿Podía abandonarlo de ese modo? Yo no tenía valor para hacerlo. La existencia de tapices se había terminado. Amílcar vivía y se enriquecía gracias a la virtud de mi inspiración prodigiosa. A él la riqueza no le pesaba ni le producía fastidio. Era un alma simple, jamás se hubiera puesto a escribir la vida de Ruggero Bonghi. Yo me decía: —Cuando un día esta vena se acabe, habrá de encontrar otro modo de seguir viviendo.

Pero ¿cómo persuadirlo? Confieso que ahora ya lo quería bastante. Con este pensamiento días y semanas y creciendo en mí la impaciencia de irme, me nació oscuramente (¿acaso también por obra del diablo?) la idea de un ardid para volver suavemente a Amílcar a una vida más digna sin que me guardara rencor, a mí, que sólo le deseaba el bien.

Maduré mi plan, gasté algún tiempo en ponerlo en práctica. Un día, en que no había logrado escribir siquiera una línea y Ruggero Bonghi andaba desvaneciéndose y borrándose en mi interior del mismo modo que la hermosa traidora, por la noche, fríamente, decidí actuar.


Henos aquí en la mesa de siempre: Amílcar sentado; yo de pie, a su derecha, como siempre. El como siempre, espera que los demás apuesten, para que nadie imite su juego; después, vuelve a mí la mirada. Yo cierro los ojos, apresto la oreja y el corazón, y del corazón late la voz misteriosa, murmurando: 24.

Entonces digo a Amílcar: 34.

Los pocos segundos que la bolita empleó en su curso, me parecieron siglos.

Me oprimía la angustia de haberlo engañado de ese modo. Arrepentido, me prometí hacerlo ganar el golpe siguiente. Sudaba frío. La bolita se detuvo.

Había salido el 34.

Todo remordimiento desapareció. Creo que lo miré con una mirada terrible.

Escuché al demonio: el demonio me dijo: — Cinco. Y yo le dicté a Amílcar: —Ocho—. Salió el ocho. Oía la voz interior decirme: —21—. Dije a Amílcar: —30—. Salió el 30. Dije números al acaso, y todos salían. No lograba engañarlo. Se produjo un tumulto entre los jugadores. La banca suspendió el juego, extendió un velo negro sobre la mesa. Amílcar estaba radiante. Yo me sentí inundado por una onda de bilis negra y violenta. No había logrado engañarlo. No había logrado librarme. No podía acabar la vida de Ruggero Bonghi. No podía regresar a Europa. Los jugadores hacían comentarios detrás de nosotros. —¡Vamonos!— dije a Amílcar, empujándolo, hurtándolo, echándolo por delante como a un becerro. Se adelantó, y mientras atravesábamos un corredor casi completamente oscuro, lo cogí por la solapa y lo arrojé por la ventana. Oí cómo se estrellaba sobre las baldosas del patio. Entonces, bajando por otra escalera, me volví súbitamente a Europa sin ir siquiera a mi casa a mudarme. Y la paz volvió a mi ánimo. Sólo estando ya en Ñapóles, me acordé que había dejado allí, en un cajón, en África, el manuscrito de la vida de Ruggero Bonghi y los documentos.

Un día u otro habré de volver a recogerlos.

 


 

Sobre una locomotora


Ignoro cómo me vino la idea de subir en una máquina de vapor a la carrera, al lado del maquinista.

No me es posible describir esa máquina ni nuestra carrera. Todos los “elementos –metal y calor, vapor, polvo y viento– se han mezclado en mi memoria, confusos y deshechos.

Era un castillo de fierro y fuego.

Durante algún tiempo, mientras corría, fui presa de una exaltación que, girando en mi punto más íntimo, no lograba agitar mis miembros sino que, aferrada al centro de mi corazón, me mantenía inmóvil y casi estupefacto. Luego, el maquinista me hizo echar carbón dentro de las fauces inflamadas de esa especie de bestia. Este ejercicio me reanimó: ahora me movía, me ensuciaba, me quemaba las manos, sentía en la garganta el olor rabioso del humo y se fundía mi inmovilidad interior. Descentrado, conseguía identificarme con la máquina. La máquina volaba y entonces me sentía próximo a caer en aquella agitación exterior, de la que ansiaba huir por miedo a la locura.

Me salvé gracias a una invención retórica. Mirando hacia el horno inquieto que alimentaba, dije:

—He aquí las fauces de un dragón.

La estupidez de la imagen me hizo reír, y en un instante estuve a salvo.

Pero el maquinista no decía nada.

 

No tenía la más remota idea sobre la naturaleza de aquel hombre.

Ese silencio suyo volvió a inquietarme. Miré al derredor. Hasta ese momento no se me había ocurrido atender al paisaje que atravesábamos.

Era una llanura; mejor dicho: una landa, y sin término, tan igual que, aun volando, permanecíamos siempre en su centro. Era amarillenta bajo el aire pálido del día.

Tuve de pronto la impresión de que era el silencio de mi compañero lo que producía la infinita llanura, manteniéndola eternamente extendida por delante y a nuestro alrededor.

Por más que esforzaba mis pupilas no podía suscitar un césped, una brizna de hierba en los fugitivos horizontes de la planicie infinita. Miré al hombre que, callado, mantenía la cabeza reclinada sobre un manubrio. Me convencí de que a una palabra suya se rompería aquel infinito; quizá se replegaría hacia nosotros un girón cualquiera de aquel horizonte: despuntaría un arbusto al lado del camino, una colina aquí o allá. Buscaba desesperadamente algo que decir, y mientras más me esforzaba, más superponía al otro este nuevo infinito tenso de mi silencio. La máquina volaba.

Entonces, comprendiendo por segunda vez que iba a enloquecer, y no pudiendo hablar, busqué un acto en que absorberme que me sacudiera de nuevo. Abrí la puerta a la boca de la bestia, esquivé las lenguas de fuego que volaban hacia mí, volví a echar adentro brillantes cubos de carbón con la pala, y el maquinista dijo:

—¡Bravo!

Su voz me desencantó. No me acordé de ver si en torno mío se había resentido también el paisaje. Mientras me levantaba de las llamas, satisfecho y vanidoso, me preguntó:

—¿No tiene miedo?

—¿Miedo de qué? Miedo de morir.

—No, respondí muy sinceramente. —Cuando tenía veinte años me parecía posible morir de un día a otro, y tenía miedo. Ahora creo estar muy lejos de la muerte.

Como él no me respondía, para no cortar la conversación agregué una consideración trivial:

—Por lo contrario, es evidente que estaba más lejos de la muerte entonces que hoy, puesto que han pasado tantos años.

—Falso –replicó–. En cualquier momento, desde la hora en que se nace hasta la última, el hombre está siempre igualmente cerca de la muerte.

Ante esta salida, permanecí primero desconcertado; luego, rápida y muy bastamente observé:

—Es verdad, un accidente…

—¡Qué accidente! -me interrumpió-. En la vida no hay accidentes.

Yo esperaba; él continuó.

—Creéis todos que la vida es como una calle: “el camino de la vida”, que en cierto momento o después de algún tiempo termina. ¿No es cierto? Creyendo esto, pensáis naturalmente que, en general, un hombre está más cerca de la muerte cuando tiene cincuenta años que cuando tiene veinte. ¿No? Se lo diré más claro. Usted, como todos, cree que se trata únicamente de saber o no saber cuándo se morirá. Nada de eso. No hay un camino de la vida ni, una vez pasado el tiempo para recorrerlo, la muerte a su fin. La relación entre vida y muerte no es una relación de tiempo.

Me contenté con preguntar:

—¿Entonces?

Se inclinó sobre el lado derecho, apoyándose sobre el borde de la máquina como para ver mejor el camino al frente; después se volvió hacia mí con una sonrisa que me pareció maligna. La ocultó rápidamente y dijo:

—He aquí: Usted, como todos, recorre un camino, el camino de su vida. Bueno. Pero también allí está la muerte; no la muerte en general; no una muerte, sino su muerte en particular, la suya que, nacida del mismo parto con usted, desde ese día sigue a su lado, prevenida, muy cerca, pongamos: a cien pasos, un camino perfectamente paralelo al que usted recorre viviendo. Por eso, en cualquier momento de su vida, usted ha estado igualmente cerca de su muerte: a cien pasos.


—Lo que usted me dice –observé– es muy consolador. Yo estudié en la escuela que dos paralelas no se juntan nunca; por lo tanto, no encontraré jamás mi muerte. Evidentemente, soy inmortal, por fuerza.

Me miró con el relámpago de aquella risa del principio. Después continuó:

—Un momento, usted es inmortal si quiere, no por fuerza. Es usted quien hace su vida, es usted quien debe andar derecho; usted, su fuerza; es decir: su voluntad. Si sabe mantenerse siempre en el camino recto, el camino de su vida permanecerá siempre paralelo al de su muerte, y sólo morirá usted en el infinito. Pero si se cansa o se distrae un momento, entonces hace usted un ángulo, un pequeño ángulo. Seguro no lo nota en ese momento. Y aunque vuelva a tomar fuerza y a poner atención y ya no se incline más, el mal está hecho: después de un tiempo más o menos largo (según el ángulo) va usted a desembocar al camino de su muerte, que estaba a pocos pasos y al que ahora se junta. Se entiende que si se da cuenta a tiempo y salta al otro lado, puede evitarse.


—He aquí por qué a los veinte años estaba tan desconfiado y como cansado.

—Cierto. Estaba usted entonces muy cerca, había Ud. hecho ángulo. Se ve que antes del momento fatal dio usted el salto a la izquierda.

—¿Por qué a la izquierda? ¿El camino de la muerte está, pues, a la derecha, a la derecha de todos?

—Tengo esta impresión –respondió el maquinista después de una pausa–; pero seguramente no sé decirle por qué. Puede que desvaríe. Además, no tiene importancia. Lo interesante es que esté usted convencido de mi teoría; mejor dicho, de mi descubrimiento.

—¿Descubrimiento? No estoy convencido, absolutamente. Creí que fuesen pláticas para distraer lo largo del camino.

—A este camino no se le distrae, señor.

Me arrepentí de mis palabras. Pero, de pronto, pareció sumergirse en no sé qué otros pensamientos. Por fin, súbitamente, dio dos o tres golpes violentos contra una palanca, por lo que la locomotora vibró como si se dispusiera a dar un salto. Me asusté:

—¿Qué hace?

—Nada. Me da ira pensar en la estupidez de los hombres. Han querido convertir la relación entre la vida y la muerte en una función del tiempo. Bonita necedad. ¿Sabe cómo han hecho? Han inventado la “Carrera”. En la carrera sí tienen razón.


—¿En qué tienen razón?

—Es evidente que un jefe de división está más cerca de la muerte que un jefe de sección.

—Exacto.

—De este modo, por medio de la carrera, han inventado la juventud y la vejez como expresiones de tiempo y no como caracteres individuales; de allí nació el error. Ha sido después de esta invención (obra del diablo, naturalmente) cuando cada hombre ha tenido una edad y, en consecuencia, empezó a envejecer regularmente.

Vea usted si no ha sido una barbaridad.

—Enorme –dije yo–, que ya había resuelto darle de ahí en adelante la razón en todos los puntos. Miré alrededor para encontrar una distracción de aquellos pensamientos abrumadores. Y el hombre, que parecía no verme, dijo con una especie de impaciencia:

—¿Por qué mira el manómetro? Funciona con toda regularidad.

—No miraba el manómetro. Me preguntaba cómo podría hacerse para saltar a la izquierda cuando le coge a uno una pulmonía u otra enfermedad.

—Usted me hace objeciones demasiado bastas. Ya le he explicado que no hay accidentes...

—Explicado, precisamente, no.

—Del mismo modo, no hay enfermedades. Digo: enfermedades físicas. Las llamadas enfermedades son el efecto de momentáneas distracciones o cansancios de nuestra inteligencia; esto es, de la voluntad de vivir, que es la misma cosa. ¿Ha observado, usted que hablaba de accidentes, que aun en la misma guerra mueren sólo los que tienen mucho miedo o los que tienen demasiado valor? A unos y otros, por razones opuestas, les falla la mano o les tiembla la vista y hacen el ángulo ese pequeño ángulo fatal que desvía hacia la derecha.

—¿Insiste usted, entonces, en que la muerte está a la derecha?

—Le confieso que tengo esa impresión ineludible.

Aquí mi maquinista cesó de hablar. Y me parecía que había terminado, que había dicho todo. Ahora el silencio me pesaba masque al principio, me mordía. Parecía que se hiciese sólido y estrecho en torno de mí, como si la muda atmósfera se solidificara en hielo y me cogiera dentro. Hasta el fuego que traslucía por las comisuras de la portezuela negra se había hecho denso; lo mismo el vapor que escapaba a veces de las válvulas. Entonces, más desesperadamente que al principio, tendí mis oídos hacia la landa, hacia los horizontes, hacia el infinito circular, para agarrar en el viento el germen de un sonido.

 

En esto, hacia el lado derecho oía despuntar y como exprimirse fuera del silencio un rumor; sospeché que existía desde hacía ya tiempo, pero que no lo había advertido: sonido impreciso, pero continuo, que seguro no se dejaría atrapar; débil, implacable, casi un susurro o un murmullo, como un correr paralelo, correr de ruedas, que probablemente crecía. De repente, encontré de nuevo voz y movimiento, y agarrando un brazo al maquinista, clamé:

—A la izquierda, por caridad; un poco a la izquierda…

Súbitamente sentí helarme, porque un nuevo pensamiento me hirió en la frente y, sudando y casi desmayado, casi sin voz, me sentí que decía:

—Oh, los rieles. No se puede: aquí se va por rieles.

En esto, el maquinista, teniendo las manos en las palancas, torció hacia mí todo el busto y me mostró una cara iluminada y sonriente.

—Asómese –dijo–; mire el camino delante de la máquina.

Con qué desconfianza me levanté, y, asomándome lo más que se podía fuera del pretil de hierro, miré la llanura sobre la cual corríamos a toda velocidad.

Con violento y nuevo espanto vi que no había rieles.

Terror fue, porque olvidando en un momento el otro miedo y las teorías imaginarias y el temido camino del rumor paralelo, me embargó y me turbó un solo sentimiento que era éste temor más fuerte: el sentimiento del absurdo de una locomotora que corre por un terreno sin rieles. Por lo cual, casi loco me arrojé sobre el brazo del maquinista y seguro gritando me pegaba a él y apretaba la cara contra su espalda, para obligarlo a detener o para no ver, no ver ya nada esperando no sé qué desastre. La angustia me impidió medir el tiempo transcurrido así; pudo ser un minuto o muchos años. Hasta que, volviendo de esa suspensión de los sentidos y recobrando alguna calma, me levanté dándome cuenta de que la carrera había disminuido mucho y que había en torno un accidentado paisaje crepuscular con casas, muchas casas, jirón de ciudad; una calle de la que veía a izquierda y derecha interiores de habitaciones humanas con luces encendidas sobre mesas tranquilas y rostros de mujeres asomándose a cerrar las puertas. Después entró el tren bajo un techo clamoroso y nos detuvimos.

 

El maquinista brincó fuera. Debido a que bajo el gran techo las luces eran confusas y se mezclaban con zonas de tinieblas, no comprendí donde estábamos; además, me sentía anonadado. Él me invitó:

—Baje. Hemos llegado. Bajé y le pregunté:

—¿A dónde?

—A cualquier parte –respondió.

Estaba atónito de la violencia de la carrera; pero pregunté aún:

—Perdone; de cualquier modo, ¿su tren qué cosa es?

Sacudió los hombros respondiendo:

—¿Qué quiere que sea? Sólo un tren como todos los trenes.

 


 

La iniquidad


Hasta los dieciséis años y su primer suicidio, Santos no había tenido una idea y menos aún un sentimiento, así fuera confuso, de la desigualdad social.

No conoció a sus padres. Nació casualmente, en el arroyo. Había cargado maletas, pedido limosna, juntado colillas de cigarro y recogido desperdicios. Sabía que con dos centavos se obtiene un pedazo de pan duro y un poco de tocino, y que puede uno dejar de comer dos días sin sufrir mucho. Sabía que hay que huir de ciertos hombres que usan casco y sable. Sabía que en ciertos bancos de las calzadas y en los rincones de algunos atrios se puede pasar la noche durmiendo sin ser molestado, y también en las iglesias, con tal de esconderse en un confesionario antes de que el sacristán cierre las puertas; y sabía que andando entre las casas, derecho, derecho, se llega a donde no hay casas ni peligro alguno de hombres que os peguen. Pero ni en los bancos ni en los atrios ni en las iglesias se halla de comer. Por eso cuando, sin darse cuenta, llegaba a las afueras de la ciudad, no iba más allá.

Esto sabía Santos de la vida y nada más. Ignoraba de qué servían a los otros aquellos atrios y aquellas iglesias. Claro está que no pensaba que fueran para él, pero mucho menos que fueran para los demás y para otras cosas. No pensaba en nada. No creía que las personas que lo rodeaban, los señores a quienes llevaba las maletas y los que arrojaban las colillas fuesen de su misma especie; pero tampoco pensaba que fueran de especie diferente.


No creía nada, y cuando a falta de otra cosa tenía que comer los mendrugos y los huesos a medio roer que sacaba de los montones de basura, no pensaba ni creía que aquéllos fueran o no desechos de otros. Santos no sabía, no pensaba nada y no creía nada.

Era como una bestia y como una planta. Con las raíces, la planta chupa de la tierra cuanto puede; con las hojas, absorbe del aire cuanto puede. No sabe si la tierra y el aire tienen otros usos. Mira otras plantas a su alrededor, pero no sabe si chupan y absorben más o menos que ella. Lo mismo una bestia. Un perro callejero (porque los perros que tienen amo no son bestias) sabe dónde hallar los huesos, y conoce los perros más grandes y que muerden más, y a los muchachos que lanzan piedras con más fuerza; pero no sabe más, no envidia al lebrel del cazador o al faldero de la señora. No los olfatea siquiera. Así era Santos: como una bestia, como una planta. Pero el bruto y la planta, cuando no encuentran con qué nutrirse, languidecen y luego mueren; mueren naturalmente, sin saberlo y sin quererlo. Por el contrario, una vez que por más de dos días no encontró qué comer, Santos estuvo a punto de morir, pero sabiéndolo y queriéndolo.

Tenía entonces dieciséis años y hacía unos cuantos días se había operado en su vida un cambio, una ascensión. Tenía un trabajo fijo.

Era el fin del verano. Un hombre lo vio de pie en una esquina, al sol, y lo llamó. Le hizo algunas preguntas. Por fin lo condujo a una bodega. Allí lo hizo subir a un templete que se alzaba al costado de una gran máquina, y lo enseñó a tomar, una por una, grandes hojas blancas y a colocarlas, una por una, encima de la gran máquina, bien planas, bien extendidas. Algo giraba en la gran máquina y la hoja blanca desaparecía para de pronto surgir, del otro lado, toda cubierta con signos negros. Mientras tanto, Santos había colocado otra hoja y continuado la operación del mismo modo. Aprendió pronto. Al mediodía le dieron de comer. Continuó así varios días. Por la tarde le dieron unos centavos, pero esto no sucedió siempre. Tenía tres compañeros de trabajo, sólo que ellos tenían que hacer cosas más complicadas. Por ellos supo que debía llamarse Santos y tener dieciséis años. Pero no sabía desde cuándo tenía ese nombre y esa edad. Al mediodía uno de aquellos hombres se iba. Los otros se quedaban a comer y hablaban de aquel tercero. Lo llamaban “patrón” y decían de él cosas malas. Hablaban entre ellos. A veces se dirigían a Santos. Le decían:

—Los señores son carroña, habría que matarlos a todos.


Luego se burlaban de él porque no asentía ni comprendía. Maldecían la desigualdad social y la injusticia; y, como Santos permanecía indiferente, lo golpeaban. Pero Santos no llegaba a comprender lo que es justo y lo que es injusto, porque era como una planta y como una bestia. Para sentir menos los golpes se inclinaba, sonreía. Cuando los otros contaban los sucesos más importantes acaecidos en la ciudad, Santos comprendía mejor y retenía alguno en la memoria. Le gustaban. Cuando oía hablar de heridas y muertes, sentía en todo el cuerpo un calor frío turbador y agradable.

Por la noche dormía bajo un portal oscuro y abandonado, no lejos de la imprenta. Por la mañana volvía al trabajo. Se lavaba la cara y las manos en el agua que salía de una llavecilla, y empezaba a colocar las hojas; entretanto, recordaba algunos de los sucesos que le habían contado el día anterior.

La séptima semana que fue a la imprenta había más gente por las calles. Al llegar a la bodega la encontró cerrada. Llamó en vano. Pensó entonces que la imprenta ya no existía.

Vagó un poco por las calles rumorosas. Oyó luego campanas y recordó los discursos que sus compañeros le dirigían todos los días. Por la noche sintió un poco de hambre. Al día siguiente se encontró en el límite de las casas. Pasó el día entero vagando por un prado, cerca de la muralla del río. Sentía mucha hambre. Pero ya no recordaba de qué modo hallaba algo que comer, antes de aquel día en que empezó a colocar hojas blancas sobre la gran máquina. Oyendo sonar las campanas recordó las conversaciones de sus compañeros y también que, una vez, habían contado de uno que no encontrando qué comer se había echado al río. Recordó también que aquel día habían gritado más que de costumbre, hablando de iniquidad, y que lo habían maltratado mucho. Pero no tenía que comer y, por la noche, no pudo dormir. Llegó la mañana y el hambre había crecido. Pero Santos recordaba que cuando no se tiene qué comer se echa uno al río. Entonces saltó el parapeto y se echó al río.

Unos hombres que estaban en la orilla saltaron a una barca y lo alcanzaron y sacaron cuando ya había tragado mucha agua; lo llevaron al hospital. Estuvo algunos días en cama. Cuando empezó a comprender, oyó decir que lo habían podido salvar porque, cuando se arrojó al agua, tenía el estómago vacío. Entonces recordó que había querido matarse y comprendió que no lo había conseguido porque antes de intentarlo no había tenido manera de comer. Pero no recordaba que por eso mismo había querido matarse y sólo pensaba que cuando se tiene que comer puede uno matarse. Cuando se repuso completamente, le dieron algunos centavos y lo despidieron.

Gracias a aquellos centavos comió dos o tres días. Gastó el último con una vieja frutera que le hizo muchas preguntas a las que Santos no supo qué responder. Luego, la mujer le enseñó a sacudir la sartén donde asaba las castañas. En pocos días aprendió a atizar las brasas, a saber el punto exacto de la cocción y a remover en un paño las castañas ya listas. La frutera traía las cestas, limpiaba las lechugas, hacía manojos de verduras diversas; vendía las verduras, las frutas y las castañas preparadas por Santos. Éste, entretanto, veía la vida con ojos nuevos.

Y la vida le gustaba. Pero no sabía si era más bella para los otros que para él. La bodega estaba situada en la esquina de una gran plaza arbolada. Los últimos soles de otoño encendían las coloradas hojas de los plátanos, que se desprendían y bajaban a tierra cada vez más. Y a Santos le gustaba verlas bajar y oírlas crujir al paso de las nodrizas que iban y venían con los niños de pecho en los brazos. Tenían flancos fuertes y senos colmados, y Santos sentía al verlas pasar de ese modo, su pecho y sus músculos henchirse de vigor. A veces tenía una como nube roja ante los ojos. Ahora toda su vida pasada era vaga y lejana, y el salto al río le parecía cosa de otro hombre.

Algunas veces ciertos obreros que le compraban castañas le dirigían la palabra. Un día un hombre que usaba una corbata flotante le preguntó si sabía leer. Por la noche volvió a buscarle y lo condujo a una casa, a una sala donde otros hombres enseñaban a leer a algunos jóvenes. También Santos empezó a aprender. También ellos le hablaron, luego, de los señores y de la injusticia; pero aquellas palabras eran en extremo difíciles. En vez de escuchar, Santos miraba la lámpara de petróleo pegada al muro, que siempre humeaba un poco, y unas grandes sombras que se movían sobre el techo oscuro. Empezaba a dormirse y entonces lo mandaban a su casa.

Su ama dejaba que Santos durmiese sobre las gradas de un pequeño corredor cercano a la bodega. Diariamente, al mediodía, la mujer leía en voz alta un periódico. Al principio, mientras ella leía, Santos, sentado en un banquito bajo, miraba del otro lado de la página las palabras más negras y grandes, reconocía ciertas letras, hasta lograba juntar unas sílabas. Pero luego aquello que oía leer lo absorbía por completo. Casi siempre eran historias de muerte. Pero aún no tenía una idea clara de que la muerte fuera una cosa contraria a la vida; ni que cuando se está muerto ya no se come ni se oye leerlas notas de policía, ni crujir las hojas al paso de las nodrizas y las criadas. Al oír cosas de heridas y homicidios, la sangre le corría más rápidamente en las venas. Las historias de amor le abrían al pensamiento vagas regiones misteriosas.

Cierta vez oyó leer que un hombre, rechazado por una mujer, la había destrozado y después se había matado tragando algunas pastillas venenosas que había comprado en una farmacia. El periódico se extendía en la pintura del cadáver de la mujer, ennegrecido y contrahecho, y luego en la descripción de las pastillas color de rosa. Por varios días, Santos tuvo ante los ojos este rosa pálido y aquel negro lívido de la mujer que había rechazado a un hombre.

Como octubre estaba por acabar, las hojas secas se juntaban, cada vez más numerosas, sobre la calzada, y crujían con más fuerza bajo los pies. En cierta ocasión, Santos se quedó solo en la bodega: había aprendido a vender las legumbres y la fruta, y la patrona se ausentaba por una media hora. Una criada entró a comprar legumbres. A Santos se le nublaron los ojos, sintió un relámpago en la cabeza y se lanzó sobre la mujer a fin de abrazarla. La mujer le dio un empellón que lo hizo caer sobre una cesta de lechuga. Cuando Santos pudo levantarse, la mujer había desaparecido.

Dudó un momento aún; el relámpago se había convertido en una especie de eco lejano, luego pasó, y Santos se sintió lúcido. Se echó a la bolsa todo el dinero que había recibido en ausencia de la patrona y salió de la bodega.

No pudo encontrar en las calles vecinas a la mujer que lo había rechazado. Renunció a la idea de destrozarla. No le quedaba sino comprar las pastillas y tragarlas. Entró a una farmacia y, mostrando los centavos que llevaba, pidió pastillas color de rosa, venenosas. Se burlaron de él. Salió pensando que se habían burlado porque los centavos que había enseñado eran pocos. Vagó un rato pensando qué hacer. Vio una tienda más pequeña que las demás y en el escaparate montoncitos de pastillas de varios colores, algunas de las cuales eran color de rosa. Pidió ocho centavos de éstas. Le dieron varias. Las metió en su bolsa y luego empezó a comerlas, una por una, de regreso a la bodega. Cuando llegó, la patrona le recibió a gritos. Pero mientras ella gritaba, Santos sintió, de pronto, un horrible dolor en las vísceras, una onda de sudor helado en el rostro; osciló y cayó a tierra, sin sentido.

La frutera y las vecinas lo atendieron en seguida, lo hicieron vomitar y lo metieron en cama. Después de veinticuatro horas Santos estaba tan bien como antes del suceso. Había encontrado en su bolsa algunos de aquellos cubos de color de rosa, que eran colores de ínfima calidad. Esta vez Santos recordaba todo y pensaba que, si hubiese podido comprar pastillas mejores, habría podido matarse.

Después de algún tiempo dejó a la frutera y tuvo varias ocupaciones. Aprendió a leer bastante bien, y sólo leía en los diarios las notas de policía. Aprendía muchas cosas nuevas del mundo; pero no se había hecho a la idea de que la vida no fuera igual para todos, y mucho menos que la vida existiese.

Así vivió por un año cambiando de oficios. Y después de un año tuvo una amante que era criada y se llamaba Mariana. La criada fue despedida por sus amos y pasó a vivir con él. Habitaban en un desván. La mujer iba a servir con varias familias, una hora aquí y otra allá. Santos tenía ya cerca de dieciocho años. También ganaba algo y lo entregaba a Mariana que hacía el gasto y arreglaba muy sabiamente la vida en común. Después de algún tiempo les nació un hijo, y Santos estaba muy contento y pasaba muchas horas viéndole dormir y esperando que se despertara. Pero el niño se enfermó. Para atenderlo bien, Santos vendió todo lo que tenía. Mas, después de una semana, el niño murió y lo enterraron. Mientras Mariana lloraba silenciosamente, Santos fue presa de una rabiosa desesperación. Un amigo los acompañó en el desván. Trataba de consolar a Santos y para lograrlo le decía:

—Esto puede suceder a todos, pobres y ricos; esta es la única justicia del mundo.

Pero Santos no comprendía. No obstante, pareció calmarse. Cuando el amigo se fue y mientras Mariana se cubría la cara con las manos, Santos salió por la ventanilla del desván, dio algunos pasos sobre el tejado y, cuando llegó a la gotera, se arrojó a la calle.

Pero Santos tenía una chaqueta toda desgarrada, y un poco más abajo de la gotera se enganchó a un fierro que salía del muro. Permaneció un instante suspendido. El paño empezó a desgarrarse poco a poco al peso de Santos. En la caída Santos se desvió y fue a dar a una terra-cita del tercer piso. El golpe no fue muy fuerte. Acudió gente gritando. Santos fue conducido al hospital todo contuso, pero sin heridas de gravedad. Había allí un médico joven que le dijo alegremente: “puedes dar gracias a tu miseria; si hubieras tenido una hermosa chaqueta nueva, habrías ido directamente a hacerte tortilla en la acera”.

Dos días después Santos salió del hospital. Y recordando e interpretando sus singulares experiencias, se esbozó en su muerte madura el primer silogismo de su vida.

—Para matarse es preciso haber comido; comprar pastillas de buena clase; tener la chaqueta en buen estado. El pobre no puede comprar las pastillas ni tener la chaqueta en buen estado, por consiguiente, el pobre no puede matarse cuando quiere.

Y nació en él una inmutable y furiosa envidia contra los afortunados que pueden suicidarse, es decir, contra los ricos. Volvió entonces a aquella casa donde le habían enseñando a leer, se hizo inscribir entre los anarquistas y juró que, llegada la ocasión, mataría a algunos de los afortunados de la tierra.