Material de Lectura

Secuencias*

 

Interior. Restorán Dennys de Insurgentes y Miguel Ángel de Quevedo, ciudad de México. Catorce horas del cinco de mayo de 1977. (Flash ahead.)

Julio Scherer García entra en el restorán acompañado por dos individuos de mediana edad: uno de ellos de un metro sesentaicinco centímetros de estatura, moreno, cabeza ligeramente trapezoidal encajada en los hombros, vientre en proceso de expansión, traje de casimir de dos botones, camisa, corbata; el otro delgado, de un metro setentaiséis centímetros de estatura, cabello oscuro despeinado, abundantes patillas encanecidas, nariz apenas desviada hacia la izquierda, cejas oblicuas, traje de casimir y camisa abierta, sin corbata. Los tres ocupan el asiento semicircular de una mesa situada en el extremo norte del restorán. Los tres piden café.

Julio Scherer conduce la conversación y en un principio es el único que habla, con un dejo de melancolía. Sus primeras frases parecen reanudar una conversación iniciada antes de entrar en el establecimiento y por ello desconciertan al oído intruso. Al fin se comprende que Julio Scherer relata a sus acompañantes episodios de su vida familiar transcurridos, según se deduce, entre 1965 y 1968, tal vez antes, no después. El bajo volumen en que a veces declina su fraseo impide captar completos los parlamentos. Algo dice Julio Scherer de sus dos hermanos, Hugo y Paz; de su padre Pablo Scherer, hombre de acomodada posición económica, merced a un trabajo en relación con la bolsa de valores que le permitió vivir con su familia en una gran casona colonial ubicada en Plaza San Jacinto número once, San Ángel, precisamente donde ahora se encuentra el Bazar Sábado, hasta el momento en que un abuso de confianza —explica Julio Scherer sin detallar— hundió a su padre en la ruina.

—Lo perdimos todo todo todo todo —se oye exclamar al de la voz—. Todo, jefe —remata dirigiéndose al hombre moreno.

Vuelve a declinar el volumen parlante de Julio Scherer, pero gracias a una media docena de frases aisladas resulta posible reconstruir la anécdota y comprender lo que significa la expresión “lo perdimos todo”. “Todo” es la gran casona vendida con urgencia a un precio irrisorio (no se captó la cifra; es probable que Julio Scherer haya dicho quinientos mil pesos o una cifra mayor, en todo caso se hace necesario, para el cálculo correspondiente, precisar la fecha de la quiebra familiar que bien podría remontarse a principios de los sesentas o incluso a años anteriores). “Todo” significa también las pertenencias de la familia Scherer García: desde objetos artísticos que formaban parte de la construcción residencial, como lo era una gran escultura de la Virgen de Guadalupe fatalmente incluida en el precio total de la casa, hasta muebles, cuadros, libros —ediciones príncipe de Lucas Alamán—, antigüedades, y la valiosa colección de pañuelos que don Pablo traía de Europa a su mujer y que ahora ella se vio obligada a vender uno tras otro, todos, mientras luchaba por contener las lágrimas porque ya no tenía su valiosa colección de pañuelos para secarlas. “Todo” significa además, todavía, la deuda grande que no se alcanzaba a saldar con la venta de todo. Nunca se recuperó el padre de Julio Scherer García del golpe. En 1968, infartado, moribundo, habló con su hijo.

La mesera del Dennys sirve más café en las tazas de los tres amigos cuando la voz de Julio Scherer es nuevamente inaudible para el oído intruso, irregistrable para la grabadora clandestina. Tal vez su relato ha retrocedido a los años de infancia: a la severa disciplina en el Colegio Alemán, a sus malas calificaciones en matemáticas y en geografía y en todo tal vez, menos en deportes.

—Para la natación sí era bueno.

Ahora se escucha con absoluta claridad la voz de Julio Scherer. Ahora Julio Scherer nada diariamente cuarenta minutos en la alberca del Deportivo Chapultepec: para castigar la tensión, hermano, y no empezar el día tan acelerado como dices, y aun así ya ves. Ríe. Se registra la risa. No hay interferencias de ruidos cuando Julio Scherer comenta que siempre se creyó poseedor de un buen estilo nadador, al grado de presumir de él ante un instructor del Deportivo Chapultepec sin imaginar jamás que el instructor le diría perdóneme pero no es cierto: usted separa los dedos y eso resta efectividad a sus brazadas, el agua se le filtra, sus manos no alcanzan a convertirse en las paletas de un remo, usted nada mal, le dijo el instructor del Deportivo Chapultepec y el orgullo de Julio Scherer se hundió hasta el fondo de la alberca. Fue horrible, hermano. Igual que aquella vez, de adolescente, en el boliche: cuando fumó el primero y el último cigarro de su vida, ni siquiera lo terminó, su estómago precipitó el vómito frente a sus compañeros, y la vergüenza, el asco, la vergüenza, lo llevaron a odiar durante toda la vida al cigarro. Ni por curiosidad enciende ahora uno. Ni para aliviar la tensión. Mejor cruza veinte veces la alberca del Deportivo Chapultepec todos los días, todos.

Nítida se escucha en la grabación la voz de Julio Scherer cuando refiere a sus dos acompañantes la breve plática con su padre infartado, moribundo, en 1968:

—Tú vas a ser director de Excélsior —me dijo de pronto mi padre.

—¿Te da gusto? —le pregunté.

—No —me dijo—. Vas a sufrir mucho.

Hasta aquí el registro de la plática.

 

 

 

Corte a:

Interior. Oficina del director general de Excélsior. Reforma dieciocho. Día.

Julio Scherer se desplaza del escritorio donde acostumbra desparpajar los periódicos del día hacia la zona de conversación integrada por un sofá y dos sillones tapizados en cuero color crema. Cuando por tres segundos frena de golpe el recorrido, su cuerpo obstruye la visión completa del retrato al óleo de Rodrigo de Llano que cuelga en la pared recubierta de madera. Transcurridos los tres segundos completa el trayecto y toma asiento en el centro del sofá, pero en el borde, sin apoyar la espalda. Su mirada apunta al techo mientras con ligeros frotamientos obliga a embonar las cuencas de sus manos en las rodillas.

Durante el lapso descrito, Julio Scherer habla sin pausas. Con un ejemplo en apariencia desconectado del asunto trata de explicar el significativo distanciamiento que en los últimos meses (los primeros de 1976) se ha producido entre los funcionarios de Luis Echeverría y el director general de Excélsior.

El ejemplo de Scherer es más o menos el siguiente:

Si cuando oyes sonar el teléfono saltas y te pones nervioso y te emocionas, es señal de que estás enamorado. La mejor prueba. Si el teléfono suena y tú saltas: estás enamorado. Lo sabes con sólo oír el timbre, antes de descubrir quién llama. ¿O no es cierto?

De donde se deduce, según Julio Scherer, la vivencia contraria: los teléfonos silenciosos. Dejan de timbrar y dejas en consecuencia de emocionarte: el amor está muerto, rota la relación, marchito el trato. Eres director de Excélsior. Los teléfonos llaman a todas horas. Te buscan los funcionarios, los políticos, los ejecutivos; para lo que sea pero te buscan: para halagarte, para reclamarte, para tratar de comprarte; para lo que sea pero te llaman: señal de que estás vivo, existes, tu periódico marcha. Telefoneas tú al funcionario Fulano y te responde: señal de que estás vivo. Telefoneas y no está, pero él te llama más tarde, al día siguiente: señal de que estás vivo. No te llama, se niega una y otra vez a responder el teléfono; se niega también el otro y el otro y el otro; no te llaman después, se hace el vacío: mala señal, señal de que estás en la mira.

Son los primeros signos. Después se acumulan otros. Los reporteros llegan a tu oficina y se quejan: no los reciben, los tratan mal, los jefes de prensa rehuyen la plática, los políticos critican a Excélsior, con insólita frecuencia: que los artículos editoriales muy agresivos, que las cabezas muy sensacionalistas, que la información valorada con muy mala voluntad, que a dónde pretende llegar Excélsior tan desatado en los últimos tiempos, ¿qué les pasa?... Ya. Signos tras signos se construye la evidencia. No hay vuelta de hoja. ¿Qué se puede hacer? Nada. Tranquilizar a los reporteros si acaso. Adelante y seguimos igual. No retrocedes porque si ahora bajas la guardia quedarás indefenso para siempre. Ni una palabra a los articulistas. Adelante.

Julio Scherer abandona el borde del sofá color crema y conduce a su visitante (hasta este momento visible para la cámara) al pequeño balcón apuntado hacia el Paseo de la Reforma. En el momento en que el director general de Excélsior lucha con la puerta del balcón tratando de plegarla para dar cabida a él y a su acompañante en el espacio protegido por el barandal, suena el timbre del teléfono. Scherer cubre en poco tiempo la distancia entre el balcón y el escritorio al que necesita rodear para situarse frente a la zona de teléfonos. Descuelga la bocina y oprime con el pulgar el botón de la derecha.

—Gracias Elenita.

Oprime el botón de la izquierda.

(Horas después, los periodistas más allegados a Julio Scherer entran en conocimiento de la conversación telefónica sostenida entre el director general de Excélsior y el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez.)

Como amigo, no como jefe de prensa del comité ejecutivo nacional del pri —cargo por el que renunció a la rectoría de la Universidad Autónoma Metropolitana entre críticas severas de los comentaristas de. Excélsior—, como viejo amigo de Julio Scherer García el arquitecto Ramírez Vázquez telefonea para decir al director, de manera extraoficial por supuesto, como amigo preocupado por la situación y con base a ciertas informaciones de primera mano, que la crisis entre el gobierno y Excélsior podría aliviarse, tal vez resolverse, si dejas de escribir tu segundo apellido.

—¿Si dejo de escribir qué?

—Si dejas de escribir tu segundo apellido —repite Ramírez Vázquez.

—No entiendo —dice Julio Scherer. No entiendo, se repite a sí mismo mientras cavila, Scherer García, García, mi segundo apellido, desconcertado ante la charada, con la bocina en la oreja y moviéndose frente al escritorio todo lo que permite el cordón del teléfono—. No entiendo.

—Es todo lo que te puedo decir —dice Ramírez Vázquez.

Cuelga Julio Scherer, pero todavía tiene la mano sobre la bocina cuando brinca, como los personajes de las historietas.

Qué estúpido soy. Claro. Mi segundo apellido, García. Quieren que García Cantú deje de escribir en Excélsior. Eso es. Qué estúpido soy.

Avanza hacia el balcón.

—Pero qué manera de decir las cosas, carajo.

—¿Vas a cortar a Gastón? —pregunta el visitante una vez enterado.

—Ni muerto —exclama Julio Scherer.

 
 


* Fragmento de Los periodistas, segunda parte: “El golpe”.