Primeros cuentos

 

 

De la vida maravillosa de Salva-Obstáculos

El fin de México

 

 


De la vida maravillosa de Salva-Obstáculos

 

Aparte de que las fábulas hacen concebir como posibles muchos acontecimientos que no lo son, etcétera.

Descartes, Discurso del método. Parte I.

 


Salva-Obstáculos fue un hombre extraordinario; por confesión que hizo en artículo de muerte, nunca conoció lo que el mundo llama una dificultad, un impedimento, un imposible. Cuanto se propuso, ejecutó; todos los trabajos que empezó, todos, sin faltar uno, llevó a buen término. Si Salva-Obstáculos discurre anonadar lo pasado y cambiar lo que fue en lo que debió haber sido, a la hora presente careceríamos de imposible metafísico, yo os lo aseguro.

A decir verdad, no sé cómo era Salva-Obstáculos. Le vi dos veces y tantas he hecho en conversaciones su pintura —añadiendo siempre algún nuevo detalle— que he acabado por no saber si era alto o bajo de cuerpo, corcovado o derecho como un huso.

La infancia de Salva-Obstáculos fue la de un hombre de genio. No la hallaréis, sin embargo, en los libros para niños, al lado de la infancia del inventor de la máquina de vapor, del inventor de la máquina de coser, etc. Jamás partió Salva-Obstáculos con perros o gatos su pan ni su leche, ni compró con sus ahorros libros de texto para niños pobres. En compensación y desquite de esta dureza de condición, a los cuatro años fabricaba objetos de barro y de madera con una perfección que nunca sospecharon el viejo Franklin ni el inventor del telégrafo. Y a los cinco, tan ahincadamente se dio a componer, enderezar, remendar, completar y renovar, cuanto veía, que cuando cumplió seis años no había en su casa, en su pueblo, ni en veinte leguas a la redonda, relojes descompuestos, sillas rotas, puertas que cerraran mal del torcimiento de sus maderas, cerraduras sin llave y viceversa, etcétera.

Un día, jugando con una hermana menor, descubrió que las niñas no sabían razonar correctamente, y en su interior resolvió componer cuantas cabezas de niñas había en el mundo. A los pocos meses todas las niñas razonaban con notable perfección y uniformidad —sí porque sí, no porque no, sí, pero no— como relojes que señalan la misma hora. Hasta producían un ruido particular al pensar, un ruido semejante al de una pistola que se amartilla.

A los quince años, Salva-Obstáculos reformó la conversación de las gentes. Las pláticas fueron desde entonces rítmicas, justas, perfectas. Nunca volvió a oírse una paradoja. Algunas que ya habían pasado a la categoría de lugares comunes, de valores definitivos aun para las gentes del campo y los maestros de escuela, fueron desenterradas de los bajos estratos de la sociedad y destruidas en las plazas públicas. La familia, el orden, la buena fe, el espíritu de pesadez recobraron a la muerte de la paradoja todos los fueros y privilegios que habían tenido el primer día del mundo.

En su inclinación por la simetría y por la uniformidad, un día se puso a igualar la densidad de la población en todas las regiones del planeta. Desde entonces no se dio punto de reposo en medir tierras y distribuir en ellas a las gentes; y a los pocos meses todos los hombres estaban repartidos en el globo a razón de once por kilómetro cuadrado. Los libros de Geografía fueron corregidos. Los amantes de la exactitud no cabían de gozo, y sin embargo, los míseros mortales, señaladamente las gentes del campo, lloraban, reconocían que la simetría no constituye la felicidad, y saludaban tristemente a sus amigos del kilómetro vecino, sin osar traspasar los límites del propio, en su temor a quebrantar aquel orden que Salva-Obstáculos había establecido sobre la tierra.

Otro día, el héroe de este sencillo relato, se enamoró de la hija de un molinero holandés. ¡Qué excelente ocasión para terminar aquí esta historia, haciendo que Salva-Obstáculos, el acabador de las más difíciles hazañas, sea vencido, humillado y confundido por el Amor! Moralidad es ésta muy conforme con el espíritu general de las fábulas a que estamos acostumbrados. Y la presente relación podría ser asunto de una estampa en que hubiera un amorcillo que pone un pie sobre un hombre caído, y una leyenda alrededor que dijera: Omnia vincit amor, o cualquier otra cosa de este jaez. Desgraciadamente para el autor de esta narración, para las estampas, y para el espíritu general de las fábulas, Salva-Obstáculos se casó con la hija del molinero holandés y tuvo muchos hijos de ella.

Cuando Salva-Obstáculos murió, por sólo efecto de su voluntad siguió andando y pensando mucho tiempo, después de que su corazón había dejado de latir.

Entre sus papeles se ha encontrado un proyecto para simplificar los tratados de Astronomía —suprimiendo atracciones y repulsiones estelares— por manera que la Cosmografía vendría a ser accesible aun para los poetas y las señoras casadas. Un niño que no supiera sumar y restar, podría anunciar eclipses y cometas con tanta seguridad por lo menos como cualquier director de observatorio norteamericano.

Es opinión general que Salva-Obstáculos murió a poco de haber escrito este proyecto. Lloremos la muerte de Salva-Obstáculos y guardémonos de descubrir memorias y monografías sobre Astronomía.

 

 

 
 
México, 19 de enero de 1912.


El Mundo Ilustrado, 18 de febrero de 1912.

 

 


El fin de México
(Del Times de Londres)

A Carlos González Peña
 
 


Escribo este relato de la destrucción de mi ciudad para el Times de Londres. Pertenecí a la Sociedad de Geografía y Estadística de México, y no tengo otro título para implorar un poco de credulidad hacia esta narración.

Desde niños nos es familiar la literatura de terremotos, naufragios y demás calamidades, y así, omitiré todo pormenor que sea propio del género. No diré, además, sino lo que vi, que fue bien poco, pues mi salida de la ciudad ocurrió cuando las lavas llegaban a las primeras casas, por el rumbo de San Antonio Abad.

Declaro, finalmente, que abandoné a México sin ejecutar ningún acto heroico; y me daría, en consecuencia, mucho pesar verme mañana en libros de primeras lecturas con algún heroísmo grotesco a cuestas.

Ante todo, ha causado profunda extrañeza el comportamiento del viejo Popocatépetl, que tras muchos siglos de hipocresía bajo los crepúsculos tuvo la chochez de una erupción. En las leyendas del Valle de México desempeñó siempre el papel de abuelo bonachón y cachozudo que sonríe a las estrellas, indiferente a las preocupaciones humanas. —Si hubiera sido el Ajusco —decían los mexicanos— nada habría de extraordinario. Ni de temible, dada la preferencia que este enfant terrible de los volcanes americanos muestra por la vertiente del Pacífico.

La completa ruina de México se consumó a las siete de la noche del día veintitrés. La prensa diaria, en ediciones especiales, la había predicho para las cinco de la tarde. El Transigente la anunció para la una. Lo cierto es que aunque se sabía que las lavas del Popocatépetl se adelantaban lenta e inevitablemente por la carretera de Tlalpan, no se tuvo la certidumbre de la catástrofe hasta las dos de la tarde.

A esta hora crucé la gran Plaza Mayor de México, que ofrecía un espectáculo insólito y grandioso. El viejo palacio de los virreyes, más sombrío que nunca, estaba ornado espléndidamente por el fuego del volcán. Las torres de la catedral se alzaban siniestras y rojas en aquel ambiente de catástrofe.

A medio día se interrumpió el tráfico de tranvías eléctricos y se cerraron las puertas de algunas tiendas. Pronto fueron éstas asaltadas y saqueadas por el pueblo, en tanto que los limpiabotas y niños del arroyo hacían funcionar libremente los ascensores de los edificios, cabalgaban en las estatuas públicas y coronaban de harapos las azoteas y balcones de los palacios.

La policía cumplió con su deber hasta los últimos instantes. Millares de gentes fueron conducidas a prisión, y de seguro el Gobernador del Distrito habrá tenido un trabajo excesivo al día siguiente, en el reino de los muertos.

La destrucción de Pompeya ilustra poco al lector, pues en circunstancias muy diversas ocurrió la catástrofe mexicana. Los habitantes de aquella ciudad, a causa de la corrupción de costumbres en que vivían, no pensaron, a la hora de la lluvia de cenizas, sino en salvarse. Los mexicanos por el contrario, malacostumbrados de toda su vida, por largos siglos de espiritualismo nazareno, al aplazamiento indefinido de sus más punzantes deseos, se entregaron a todos los excesos del instinto. Ante esta frenética posesión de las cosas largo tiempo codiciadas, cuya fuerza trágica hacía mayor el espectáculo de la erupción, Horacio hubiera de seguro lamentado lo escueto y áspero de la vida moderna que sólo curiosidades inútiles y agudos deseos incuba.

En tanto que el pueblo simple y heroico robaba a todo su sabor, los muelles aristócratas evitaban con el cloroformo y la morfina una muerte cruel.

En algunos barrios, como Santa María la Ribera, las gentes de la clase media morían cristianamente. Los curas confesaban a millares y la religión triunfó en toda la línea.

—La destrucción de México —oí decir a un sacerdote— será una gran lección para la descarriada Francia.

En el resto de la ciudad, desaparecieron ante la inminencia del peligro todas las imperfecciones sociales que ha creado la rutina de los hombres. Los mexicanos vivieron, de este modo, sus últimas horas en el estado de naturaleza. Contra él nada puede argumentarse por este breve ensayo, pues sólo un considerable aumento de población prometía.

Nota de la Redacción del Times. —Aquí termina la relación del superviviente de la catástrofe. Como informes complementarios, añadiremos que se ha encendido cruda guerra entre los liberales mexicanos, que quieren hacer de Guadalajara la capital de la República, y los conservadores, que están por Puebla. México era una bella ciudad: contaba con una población de quinientos mil habitantes, y estaba situada a 2,265 metros sobre el nivel del mar. Los mexicanos visten ordinariamente el traje de charro. Por el cinematógrafo sabemos que este vestido consiste en una sandalia de madera, llamada huarache, un taparrabo de terciopelo, y un vistoso adorno de plumas en la cabeza. Los aristócratas sustituyen con el sombrero de copa, el adorno de plumas.

 

Marzo, 1914.

México, 15 de abril de 1914.