Nota introductoria

 

De hecho, leer la obra de Sergio Galindo es conocerlo. Es sentirse en contacto con un autor que afronta en su brutal desnudez a sus personajes. Significa encontrar claves que interpreten sus mensajes cifrados.

Su obra cuentística comienza en su ciudad natal, Jalapa, en 1945, continúa hasta la fecha y está recogida en varios volúmenes. Lo que llama la atención en ella —aparte de su prosa viva, pulcritud de lenguaje, sobriedad narrativa— es la diversidad de los temas trabajados.

Una ordenación caprichosa que caracterizara algunos nos daría: Los relatos arbitrariamente denominados “realistas”: “Retrato de Anabella” (1973), “Los tres compases” (1974), “Me esperan en Egipto” (1974). Los que fusionan la realidad y la fantasía: “Cena en Dorrius” (1973), “Querido Jim” (1973), “Terciopelo violeta” (1982). Los cuentos que giran sobre la niñez: “El trébol de cuatro hojas” (1945), “ ¡Sirila!” (1945), “El cielo sabe” (1945), “Pato” (1948). Los que descubren intrincadas relaciones familiares: “Ana y el Diablo” (1945), “Los muertos por venir” (1957), “Las resurrecciones” (1964), “Carta de un sobrino” (1973), “El tío Quintín” (1985). La serie que corresponde a sus críticas o disquisiciones filosóficas: “A destiempo” (1976). Los que exploran el crimen, “El mingitorio” (1950); la angustia y la soledad: “La máquina vacía (1945). “¡Oh, hermoso mundo” (1953-1973), “Juego de soledades” (1985), los que muestran un marcado gusto por sumergirse en los abismos del horror: “Este laberinto de hombres” (1973) “El esperante” (1982).

La clasificación no implica que un cuento deba permanecer fijo en un apartado y no pueda simultáneamente ocupar otros; o que entre un grupo mismo no existan marcadas diferencias.

“Cena en Dorrius” es un cuento extraño e inquietante que se convierte en parábola de la soledad humana que se confronta. El protagonista se ve no como algo actual que está sucediendo sino como una acción que se juzga y cuestiona su propia validez.

“Querido Jim” y “Juego de soledades” ponen en relieve uno de los recursos que Galindo maneja con virtuosismo: la ambigüedad moral deliberada. En el primero, una pareja reinventa un juego erótico que se solidifica en otro ritual. En el segundo, hay una triangulación o complicidad turbia en la correspondencia que sostienen una madre, el hijo y un tercero.

La vida de un solterón cambia cuando, cansado de viajar en sitio —“Me esperan en Egipto”— decide emigrar como la golondrina de Wilde. Una serie de noticias violentas, que se insertan en el texto, terminan por contaminar e invadir la tranquila existencia de este soñador.

La acción de “Este laberinto de hombres”, tiene lugar en un espacio obsesivo del autor: la cárcel. Es un mundo sórdido de matones, lacayos y prostitutas, donde proliferan maldiciones e intrigas y la violencia es gratuita. En este presidio, la pasión se coce y se infla generosa en el horno de la muerte como el propio pan de la venganza. Si la visión es despiadada, el protagonista nos muestra que en un mundo corrupto existe la convicción de que el ser humano alberga cierta lealtad. Aun si ésta implique cobrarle cariño a su propio infierno.

En otra cárcel tendrá que purgar su sufrimiento otro de sus protagonistas. En el monólogo, la angustia marca su ritmo acezante con versos de Rilke, Hernández, García Lorca; una reiterativa rima infantil y la frase sarcástica que cierra el cuento: “ ¡Oh, hermoso mundo!” Pasarían los años para que en otro monólogo el autor retomara, como metáfora, el tema del prisionero en su cárcel. “El esperante” es un ser aterrorizado que aguarda en un hospital ser sometido a un examen médico. “El esperante” es un número más en tránsito; es el símbolo de la angustia dentro de la aparente salud de nuestra sociedad; es el ser alienado que espera la cura, aunque ésta se convierta en un juego cruel, en una nueva agresión. A pesar de que tan endiablado es habitar esta cárcel, como las otras, este “esperante” desea vivir. Aun si la vida lo confronta con una nueva jugarreta. Al gran final, todos somos “esperantes”.

Este anhelo de vivir, “a pesar de...”, lo marca Galindo desde su inicio literario con epígrafe de D.H. Lawrence que antecede su primer libro de cuentos, La máquina vacía. Muchos de estos cuentos muestran la desesperanza e injusticia que domina al mundo infantil. (Los niños están a merced de los adultos). En “El cielo sabe” una niña aprende a convivir con el engaño y el desengaño. En “¡Sirila!” la prepotencia paterna se opone a la fantasía que rige en la niñez.

Dos niños, abandonados sin reserva a las ilusiones en “El trébol de cuatro hojas”, verán éstas interrumpidas por la obscena aparición de la muerte. Mientras que “Pato”, el humilde hijo de unos porteros, goza el presente y en un solo acto personifica el sentir de Baudelaire: “¡Pero qué importa la condenación eterna a quien halló en un segundo lo infinito del goce!”

“Retrato de Anabella” y “El tío Quintín” —textos que aquí se presentan— constituyen dos puntos sobresalientes en su narrativa. Ambos son impecables. Haberlos elegido significó tomar en cuenta la estrecha relación que guardan con preocupaciones y logros de Galindo.

Que este autor será juzgado por la calidad de su talento para la percepción del mundo femenino, no me cabe la menor duda. Galindo nos ha obsequiado una serie de heroínas espléndidas. Cito tres: Camerina Rabasa —la mujer vieja, gorda, virginal que se enamora de un joven—; Emma —la venenosa compañera del hombre de los hongos—; Otilia Rauda —la hembra mexicana que sucumbe doblemente ante el amor.

Anabella, una suerte de contraparte de Camerina, es también como Emma, una mujer enamorada. Enamorarse intensamente en la narrativa de Galindo es ponerse en una situación vulnerable que lo hará a uno perdedor. Anabella prefigura, en cierto aspecto, a Otilia Rauda.

“Retrato de Anabella” es un cuento lucidamente clásico en manera y pensamiento. El lector queda invitado a recorrer este hogar donde en alegre desorden vive la famosa ex-cantante de ópera. Sus múltiples retratos serán señales inequívocas que atestiguan sus triunfos. El fracaso de esta “diva” —marcada por una espléndida vocación para el deseo— provendrá de su terca osadía por liberarlo. Encasquetada en una vejez que no acepta, no hay nada sustancial que pareciera existir fuera de su cuerpo. Pero Anabella no puede ni debe ser juzgada solamente en términos de su naturaleza sexual. Ella no es sólo la hembra eterna en plena exaltación del sexo, sino un demonio que, por el toque de gracia de su autor, queda convertido en un ángel caído.

En el cuento se conjugan varios aciertos. Poder delinear en un espacio limitado un personaje magnífico; jugar con el claroscuro de su personalidad y saber exponerla en una situación dramática. “Retrato de Anabella” es melodrama puro con vista al efecto colorido. Es literatura vital llena de sensualidad.

Decía Horacio que el que ha descubierto un tema a sus facultades no dejará nunca de encontrar palabras elocuentes y una expresión lúcida para tratarlo. La vejez es uno de los temas de Galindo, así como lo es también el de las relaciones humanas: desamor entre madres e hijos; odios entre tías y sobrinos; rivalidad entre hermanas; traiciones entre las parejas.

En “El tío Quintín” la vejez reaparece, y la familia, de nueva cuenta, es el campo de batalla y el blanco de ataque en una narrativa más abierta y desenfadada. Aquí las situaciones cómicas y los diálogos suculentos resplandecen, porque Galindo nos regala una sátira exuberante y burlesca de la vejez.

En esta familia de octogenarios, prototipo de la respetabilidad, se realiza una pesquisa. ¿Existió o no el tío Quintín? La memoria de todos se verá confrontada. Recordar el pasado es empresa harto azarosa y nuestro protagonista convierte el proceso en una necedad casi personal. Los conflictos surgen y naturalmente éstos se resuelven de manera infantil. Ya lo dijo Shakespeare: “El hombre viejo es niño dos veces.” Sólo que ahora cuando dos hermanos se reten a pelear uno de los contrincantes será paralítico. ¿Por qué reprocharle a un viejo el que no reconozca a uno de sus bisnietos?

La risa será el sustituto de las lágrimas, el alivio a un sentimiento del absurdo, la forma oblicua de revelarse.

La angustia galindiana y el horror se han hecho risa. “El tío Quintín” es un cuento irreverente donde la pasión cómica tiene el mérito de desafiar actitudes que han formado parte de la tradición mexicana. El cuento finaliza cuando la estructura familiar se resquebraja o las piedras de las murallas caen y sus protagonistas descubren la imperfección de un ídolo. El tiempo que todo lo encubre, paradójicamente, todo descubre, gracias a la portentosa memoria de los viejos.

Se equivoca quien busque encontrar en los cuentos de Galindo una ilusión de orden, un sólido enfoque moralista o la idea de una seguridad perfecta. En todo caso, sus cuentos invitan al lector a un nuevo replanteamiento de actitudes. Permiten conocer a un escritor que tiene plena capacidad de expresar, en estos breves intervalos, percepciones basadas en un profundo y poderoso conocimiento de la naturaleza humana. Y ante todo, revelan a un creador en pleno dominio de su oficio.

 

Nedda G. de Anhalt