width= Sergio Galindo



Selección y nota
introductoria de
Nedda G. de Anhalt



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Nota introductoria

 

De hecho, leer la obra de Sergio Galindo es conocerlo. Es sentirse en contacto con un autor que afronta en su brutal desnudez a sus personajes. Significa encontrar claves que interpreten sus mensajes cifrados.

Su obra cuentística comienza en su ciudad natal, Jalapa, en 1945, continúa hasta la fecha y está recogida en varios volúmenes. Lo que llama la atención en ella —aparte de su prosa viva, pulcritud de lenguaje, sobriedad narrativa— es la diversidad de los temas trabajados.

Una ordenación caprichosa que caracterizara algunos nos daría: Los relatos arbitrariamente denominados “realistas”: “Retrato de Anabella” (1973), “Los tres compases” (1974), “Me esperan en Egipto” (1974). Los que fusionan la realidad y la fantasía: “Cena en Dorrius” (1973), “Querido Jim” (1973), “Terciopelo violeta” (1982). Los cuentos que giran sobre la niñez: “El trébol de cuatro hojas” (1945), “ ¡Sirila!” (1945), “El cielo sabe” (1945), “Pato” (1948). Los que descubren intrincadas relaciones familiares: “Ana y el Diablo” (1945), “Los muertos por venir” (1957), “Las resurrecciones” (1964), “Carta de un sobrino” (1973), “El tío Quintín” (1985). La serie que corresponde a sus críticas o disquisiciones filosóficas: “A destiempo” (1976). Los que exploran el crimen, “El mingitorio” (1950); la angustia y la soledad: “La máquina vacía (1945). “¡Oh, hermoso mundo” (1953-1973), “Juego de soledades” (1985), los que muestran un marcado gusto por sumergirse en los abismos del horror: “Este laberinto de hombres” (1973) “El esperante” (1982).

La clasificación no implica que un cuento deba permanecer fijo en un apartado y no pueda simultáneamente ocupar otros; o que entre un grupo mismo no existan marcadas diferencias.

“Cena en Dorrius” es un cuento extraño e inquietante que se convierte en parábola de la soledad humana que se confronta. El protagonista se ve no como algo actual que está sucediendo sino como una acción que se juzga y cuestiona su propia validez.

“Querido Jim” y “Juego de soledades” ponen en relieve uno de los recursos que Galindo maneja con virtuosismo: la ambigüedad moral deliberada. En el primero, una pareja reinventa un juego erótico que se solidifica en otro ritual. En el segundo, hay una triangulación o complicidad turbia en la correspondencia que sostienen una madre, el hijo y un tercero.

La vida de un solterón cambia cuando, cansado de viajar en sitio —“Me esperan en Egipto”— decide emigrar como la golondrina de Wilde. Una serie de noticias violentas, que se insertan en el texto, terminan por contaminar e invadir la tranquila existencia de este soñador.

La acción de “Este laberinto de hombres”, tiene lugar en un espacio obsesivo del autor: la cárcel. Es un mundo sórdido de matones, lacayos y prostitutas, donde proliferan maldiciones e intrigas y la violencia es gratuita. En este presidio, la pasión se coce y se infla generosa en el horno de la muerte como el propio pan de la venganza. Si la visión es despiadada, el protagonista nos muestra que en un mundo corrupto existe la convicción de que el ser humano alberga cierta lealtad. Aun si ésta implique cobrarle cariño a su propio infierno.

En otra cárcel tendrá que purgar su sufrimiento otro de sus protagonistas. En el monólogo, la angustia marca su ritmo acezante con versos de Rilke, Hernández, García Lorca; una reiterativa rima infantil y la frase sarcástica que cierra el cuento: “ ¡Oh, hermoso mundo!” Pasarían los años para que en otro monólogo el autor retomara, como metáfora, el tema del prisionero en su cárcel. “El esperante” es un ser aterrorizado que aguarda en un hospital ser sometido a un examen médico. “El esperante” es un número más en tránsito; es el símbolo de la angustia dentro de la aparente salud de nuestra sociedad; es el ser alienado que espera la cura, aunque ésta se convierta en un juego cruel, en una nueva agresión. A pesar de que tan endiablado es habitar esta cárcel, como las otras, este “esperante” desea vivir. Aun si la vida lo confronta con una nueva jugarreta. Al gran final, todos somos “esperantes”.

Este anhelo de vivir, “a pesar de...”, lo marca Galindo desde su inicio literario con epígrafe de D.H. Lawrence que antecede su primer libro de cuentos, La máquina vacía. Muchos de estos cuentos muestran la desesperanza e injusticia que domina al mundo infantil. (Los niños están a merced de los adultos). En “El cielo sabe” una niña aprende a convivir con el engaño y el desengaño. En “¡Sirila!” la prepotencia paterna se opone a la fantasía que rige en la niñez.

Dos niños, abandonados sin reserva a las ilusiones en “El trébol de cuatro hojas”, verán éstas interrumpidas por la obscena aparición de la muerte. Mientras que “Pato”, el humilde hijo de unos porteros, goza el presente y en un solo acto personifica el sentir de Baudelaire: “¡Pero qué importa la condenación eterna a quien halló en un segundo lo infinito del goce!”

“Retrato de Anabella” y “El tío Quintín” —textos que aquí se presentan— constituyen dos puntos sobresalientes en su narrativa. Ambos son impecables. Haberlos elegido significó tomar en cuenta la estrecha relación que guardan con preocupaciones y logros de Galindo.

Que este autor será juzgado por la calidad de su talento para la percepción del mundo femenino, no me cabe la menor duda. Galindo nos ha obsequiado una serie de heroínas espléndidas. Cito tres: Camerina Rabasa —la mujer vieja, gorda, virginal que se enamora de un joven—; Emma —la venenosa compañera del hombre de los hongos—; Otilia Rauda —la hembra mexicana que sucumbe doblemente ante el amor.

Anabella, una suerte de contraparte de Camerina, es también como Emma, una mujer enamorada. Enamorarse intensamente en la narrativa de Galindo es ponerse en una situación vulnerable que lo hará a uno perdedor. Anabella prefigura, en cierto aspecto, a Otilia Rauda.

“Retrato de Anabella” es un cuento lucidamente clásico en manera y pensamiento. El lector queda invitado a recorrer este hogar donde en alegre desorden vive la famosa ex-cantante de ópera. Sus múltiples retratos serán señales inequívocas que atestiguan sus triunfos. El fracaso de esta “diva” —marcada por una espléndida vocación para el deseo— provendrá de su terca osadía por liberarlo. Encasquetada en una vejez que no acepta, no hay nada sustancial que pareciera existir fuera de su cuerpo. Pero Anabella no puede ni debe ser juzgada solamente en términos de su naturaleza sexual. Ella no es sólo la hembra eterna en plena exaltación del sexo, sino un demonio que, por el toque de gracia de su autor, queda convertido en un ángel caído.

En el cuento se conjugan varios aciertos. Poder delinear en un espacio limitado un personaje magnífico; jugar con el claroscuro de su personalidad y saber exponerla en una situación dramática. “Retrato de Anabella” es melodrama puro con vista al efecto colorido. Es literatura vital llena de sensualidad.

Decía Horacio que el que ha descubierto un tema a sus facultades no dejará nunca de encontrar palabras elocuentes y una expresión lúcida para tratarlo. La vejez es uno de los temas de Galindo, así como lo es también el de las relaciones humanas: desamor entre madres e hijos; odios entre tías y sobrinos; rivalidad entre hermanas; traiciones entre las parejas.

En “El tío Quintín” la vejez reaparece, y la familia, de nueva cuenta, es el campo de batalla y el blanco de ataque en una narrativa más abierta y desenfadada. Aquí las situaciones cómicas y los diálogos suculentos resplandecen, porque Galindo nos regala una sátira exuberante y burlesca de la vejez.

En esta familia de octogenarios, prototipo de la respetabilidad, se realiza una pesquisa. ¿Existió o no el tío Quintín? La memoria de todos se verá confrontada. Recordar el pasado es empresa harto azarosa y nuestro protagonista convierte el proceso en una necedad casi personal. Los conflictos surgen y naturalmente éstos se resuelven de manera infantil. Ya lo dijo Shakespeare: “El hombre viejo es niño dos veces.” Sólo que ahora cuando dos hermanos se reten a pelear uno de los contrincantes será paralítico. ¿Por qué reprocharle a un viejo el que no reconozca a uno de sus bisnietos?

La risa será el sustituto de las lágrimas, el alivio a un sentimiento del absurdo, la forma oblicua de revelarse.

La angustia galindiana y el horror se han hecho risa. “El tío Quintín” es un cuento irreverente donde la pasión cómica tiene el mérito de desafiar actitudes que han formado parte de la tradición mexicana. El cuento finaliza cuando la estructura familiar se resquebraja o las piedras de las murallas caen y sus protagonistas descubren la imperfección de un ídolo. El tiempo que todo lo encubre, paradójicamente, todo descubre, gracias a la portentosa memoria de los viejos.

Se equivoca quien busque encontrar en los cuentos de Galindo una ilusión de orden, un sólido enfoque moralista o la idea de una seguridad perfecta. En todo caso, sus cuentos invitan al lector a un nuevo replanteamiento de actitudes. Permiten conocer a un escritor que tiene plena capacidad de expresar, en estos breves intervalos, percepciones basadas en un profundo y poderoso conocimiento de la naturaleza humana. Y ante todo, revelan a un creador en pleno dominio de su oficio.

 

Nedda G. de Anhalt

 


Bibliografía

 

La máquina vacía (cuentos) Fuensanta, México, 1951.

Polvos de arroz
(novela). Colección Ficción. Universidad Veracruzana, Jalapa, 1958. Segunda edición, Editorial Arca, Montevideo, Uruguay, 1967. Tercera edición 1980.

La justicia de enero
(novela). Colección Letras Mexicanas, F.C.E., México, 1959.

El bordo
(novela). Colección Popular, F.C.E., México, 1960. Segunda edición 1960. Primera Reimpresión 1971. Segunda Reimpresión 1975. Tercera Reimpresión 1980. Cuarta Reimpresión 1980.

La comparsa
(novela). Colección El Volador, Joaquín Mortiz, México 1964. Segunda edición, 1973.

Nudo
(novela). Colección El Volador, Joaquín Mortiz. México, 1970.

¡Oh, hermoso mundo!
(cuentos). Colección El Volador, Joaquín Mortiz, México, 1975.

El hombre de los hongos
(relato). Universidad Veracruzana, Joaquín Mortiz (Edición Especial. Ilustrada por Leticia Tarrago), México, 1976.

Este laberinto de hombres
(cuentos). Cuadernos del Caballo Verde. Universidad Veracruzana, Jalapa, 1979.

Cuentos. Sergio Galindo.
Colección La Honda. Casa de las Américas. Cuba, 1982.

Los dos ángeles
(novela). Letras Mexicanas, F.C.E., México, 1984.

Declive
(novela). Letras Mexicanas, F.C.E., México, 1985.

Terciopelo violeta
(cuentos). Editorial Grijalbo, 1985.

Otilia Rauda
(novela). Editorial Grijalbo, 1986.

 


El retrato de Anabella


Para Jorge Rangel Guerra

 

Dentro de veinte o treinta minutos, se repitió Anabella, con la mano aún sobre el teléfono. La penumbra empezaba a inundar la recámara, lo cual era preferible ya que en media hora estaría a oscuras y nadie podría percatarse del desorden ni del polvo ni... Media hora. ¡Madre mía! Corrió hacia el espejo, pero la penumbra no era un buen juez. Era necesario encender la lámpara. Dio unos pasos hacia el conmutador. Sus dedos temblaban, las largas uñas sobre las cuales el esmalte estaba quebrado. ¡Ahora! Al momento de encender cerró los ojos, oprimiéndolos, y después con lentitud, con terror, los abrió poco a poco. Despiadado, el espejo la mostró tal cual; el pelo alborotado, hecho nudos, la piel reseca; toda ella una absoluta desgracia. Sólo los ojos —esos ojos violetas cantados por juglares, plasmados en óleos por pintores—, sólo ellos no la abandonaban; ahora, estaba convencida de que hasta el día de su muerte serían bellos... Aunque más lo eran si ella maquillaba los párpados y delineaba con el lápiz las cejas. Y volvían a ser los mismos ojos con que había observado y deleitado al público de la Scala de Milán.

¡Esa gloriosa noche!

Pero había que restaurar el resto. A gatas inició la búsqueda de los tarros de cosméticos. Y con ese placer con que un pequeño recupera sus juguetes, iba encontrándolos; faltaba el tubo de labios y después de mucho lo halló debajo de la cama, junto a la bacinica, llena desde hacia quién sabe cuántos días... Pero nadie va a meter sus narices aquí. Mañana la quitaré. Mañana haré limpieza general...

Mañana es mi cumpleaños. Mañana será la fiesta y todo estará perfecto y yo estrenaré el vestido negro y... ¡Madona, Madona! ¿Qué voy a ponerme en este momento? Corrió al clóset y repasó el vestuario... sucios, o desgarrados, o pasados de moda... Pero no, allí estaba su traje George Sand, con una ligera mancha de vómito en la solapa de terciopelo, que con un poco de agua se quitaría. Con pasos torpes, golpeando contra los muebles y la pared llegó al baño. El lavabo estaba lleno de medias en remojo. Quitó el tapón y las hizo a un lado. Abrió el grifo, sus dedos tallaron la mancha que dejó de ser blanca para convertirse en negra y crecer. Corrió de regreso a la recámara y empezó a maquillarse.

Desde luego ninguna sobrina vale la pena, no hay por qué apurarse tanto. Pero esta Mina era la hija de Teresa, la única hermana a quien, de alma y corazón había querido. Y viajar desde Milán a México... un largo trayecto... miles de horas...

El día anterior, Mina llamó avisando que habían llegado a la ciudad y que Franco, su marido, iba a una convención de hoteleros en Acapulco, pero que pasarían tres o cuatro días en la ciudad de México. Entonces Anabella los invitó a la fiesta. Hasta allí todo iba bien, pero de pronto, Mina llamó para decir que los compañeros de Franco querían salir mañana temprano, en el coche de un amigo, para conocer Taxco. Y suplicó: ¿No te molestaría que fuéramos a verte hoy mismo? Anabella pasó varios segundos muda... No; pueden venir... aunque la casa está hecha un asco, y yo también... si no les importa... (empezó a limpiarse la crema, y luego, sin temblar, se aplicó el maquillaje). No; lo importante es darte un beso, tomar una copa contigo por el cumpleaños, y dejarte los regalos que te manda mi madre. Además, no te preocupes, Franco es bohemio, nuestras amistades de Italia son artistas, intelectuales. Él te conoce, te conoció hace muchos años, me ha descrito tus ojos mil veces. ¡Y yo no te conozco! Estaremos allá en media hora.

El maquillaje debe secarse en diez minutos; mientras, puedo vestirme. Se quitó la bata...

Cuando sonó el timbre de la puerta ella estaba contemplándose en el espejo. Quedó satisfecha. A tumbos otra vez, por el pasillo oscuro, llegó hasta la puerta y les abrió.

Soltó a reír, una risa incontenible, juvenil, llena de dicha. Mina la abrazó y besó repetidas veces. Luego vino el turno de Franco.

—Avanti per piacere.

—En español —suplicó Franco—. Mina y yo hemos vivido seis meses en Barcelona y hemos estudiado español, seis años. Nada de italiano.

Anabella cerró la puerta y quedaron en oscuridad absoluta. Esto, de momento, desconcertó a la pareja, pero la risa de Anabella los tranquilizó.

—Soy un gato, tengo ojos de gato y por lo tanto puedo ver a oscuras, pero me olvidé de que ustedes no... —mientras hablaba encendió una lámpara—. Siéntense por favor, donde prefieran...

Mina y Franco, con azoro al contemplar el increíble desorden de la estancia, eligieron el sitio que les pareció menos sucio. Ambos se sentían avergonzados, en cambio Anabella los observaba complacida, sonreía, se carcajeaba, volvía a besarlos.

Pero si eres idéntica a Teresa, y este Franco es bello. ¿Qué quieren tomar? ¿Tequila o café?

—Café.

—Tequila.

Anabella desapareció por el corredor.

—Esto es una inmundicia —murmuró Franco—, hace años que no se limpia esta sala.

Sobre la mesita los ceniceros rebosaban; la ceniza y las colillas habían caído a los lados, junto a vasos con restos de diversas bebidas, en algunos de los cuales flotaban moscas ahogadas; dentro de un florero de cristal cortado, la muerte de unos crisantemos esparcía su peste desde una agua turbia, llena de natas. Cuando ella regreso con una botella de tequila en la mano. Franco preguntó:

—¿Puedo hablarte de tú?

—¡Naturalmente! Somos de la familia.

—Entonces, nos vas a permitir que te ayudemos a limpiar.

—Sí, ¡está todo hecho un asco!, van dos días que paso en cama con un resfriado espantoso y no he tenido tiempo.

Lo decía tranquila, sin sentirse ofendida.

Franco y Mina iniciaron la limpieza. El caos en la cocina era aún peor. No había dónde colocar la basura a menos que se decidieran a dejarla caer sobre el piso, pero también allí... ¡había ya tanta!... Una hora después, la cocina y la sala tenían un aspecto menos deprimente. Regresaron a sus asientos. Desde algún rincón Anabella gritó:

—Estoy buscando unos vasos limpios. —Los que trajo no lo estaban. En uno de ellos flotaban extraños residuos que despertaron la repugnancia de Franco, pero, por fortuna para él, Anabella le sirvió en el menos sucio y dejó para sí misma el otro. Sirvió generosamente, como si fuera agua.

—Los regalos... —dijo Mina—, entregándole tres cajas tan limpias y decoradas que resultaban fuera de lugar...

—¡Mi cumpleaños, mi cumpleaños! —gritaba como una pequeña.

Una seda de dibujos grises y lilas ondeó por varios segundos en sus manos. ¡Bellísima, bellísima! La arrojó sobre el sofá, encima de las otras dos cajas y aclaró:

—Esas no las abriré hasta mañana. Así hacía desde niña. Nunca abrí todos mis regalos el mismo día. De esa manera prolongaba mi cumpleaños, y así la fiesta no terminaba, ¡había secretos, maravillosos secretos, dentro de esas cajas que yo no abría! ¡Salud!

De un trago bebió más de la mitad de su vaso, y a continuación se puso a tararear Madame Butterfly, como lo hace una persona que está a solas.

Absorta, con la mirada perdida, dejó de estar allí y se encontró en su hogar, en Milán. El cuarto de juguetes donde de niños, Lucio, ella, Martina y Teresa, jugaban y reñían. Un espacio estrecho, sí, pero que podía albergar todas las dimensiones del mundo... Allí nacieron los más bellos sueños, allí empezó a cantar.

Franco y Mina aprovecharon la oportunidad para observar la estancia: los muebles, los cuadros, los adornos, eran hermosos a pesar del polvo y la mugre que los cubría. Franco se acercó a una consola repleta de objetos y retratos. Una fotografía de Anabella, jovencita, en el papel de Susuki; una figurilla olmeca y una carita sonriente como las que habían visto por la mañana en el Museo de Antropología; luego una figura fálica, junto a un abanico —francés sin lugar a dudas—, con paisajes bucólicos, muy destruido por el tiempo; venían más fotos con distintas Anabellas y distintos acompañantes; había también cajitas laqueadas, muñecos de biscuit, una botella de refresco, y una fuente de cobre llena de huevos de ónix. Sobre las paredes colgaban extrañas cruces de diversos tamaños.

—Huicholes —dijo Anabella al ver que él las observaba—. Un arte increíble... una vez tuve un amante huichol. Me lo encontré en la Alameda. Vendía cruces y collares, ¡guapo como él solo!, y con el pretexto de comprarle todo, me lo traje a casa, pues le dije que no me alcanzaba el dinero. Y aquí mismo, allí donde estás tú sentada, me le eché encima y lo obligué a amarme. —Se atacó de risa y de tos—. ¡No saben cuántas travesuras he hecho! De muchas no me acuerdo. Al huichol le gustaba que yo le cantara. Era muy tierno, muy joven, vivió conmigo como seis o siete meses, hasta que vino su esposa y se lo llevó. No me acuerdo quién, siguió después de él. Pero hay que tener muchos esposos y amantes mexicanos para entender este país. De otra manera se queda uno en la superficie, sin ahondar en los misterios, en las creencias. Yo no entendería el día de muertos si no hubiera amado a un tarasco. Escucha Mina, escucha tú también Franco: Están recién casados y...

—Estáis —corrigió Franco.

—Este muchachito pendejo, en México no se usa el vosotros... No me hagas correcciones porque corres el riesgo de que nunca termine de contar lo que quiero contar. Adoro hablar, pero las palabras me pierden, es como meterse dentro de un laberinto en el que no se encontrará la salida hasta después de mil intentos. Yo no sé que les iba a decir, y es que la voz para mí es esencialmente un instrumento musical. Dios me dio ese don... Los dones se pierden, como todo en la vida, pero a diario estudio, practico... En esta semana no he podido hacerlo por la tos, estoy muy ronca, y yo soy mezzo-soprano.

—Tía, quiero aclararte que no somos recién casados.

—¿No? Pues no sé por qué se me ocurrió... Tal vez porque tienen cara de ser felices... Como si fueran amantes.

—Es que nos queremos, a pesar de los años  

—respondió Mina.

—¿Cuántos?

—Casi siete.

—¿Siete? Toda una eternidad, yo con ninguno he podido durar tanto. Claro, es mi temperamento, los artistas necesitamos renovarnos, cambiar, o de otro modo traicionamos nuestra vocación. Pero tú... Es natural... A tu madre fue a quién más quise de todos mis hermanos. Tal vez porque ella era más pequeña que yo y reñíamos poco, en cambio con Lucio y con Martina siempre estuvimos en guerra. Nos peleamos hasta por correspondencia. Por eso dejé de escribirles desde hace años. ¡Salud! Para qué, ¿no creen? Además, no los amo, y, yo soy una mujer que sabe amar, de eso hay miles de testimonios. A Teresa, por lo contrario, le guardo mucho cariño. También a ella le gustaba oírme cantar, y aquel que ama mi canto es correspondido por mí.

—Yo nunca te he escuchado —interrumpió Mina—, pero Franco sí.

—En New York, en la Butterfly. ¡Nunca lo olvidaré —dijo Franco—. Seguía de pie a un lado de la consola, tomó el retrato de Anabella-Susuki, se acercó con él a Mina y después de limpiarlo con el pañuelo se lo entregó.

—Sí —dijo Anabella—, en el Metropolitan, en 1963... Una breve temporada. Mi esposo era entonces un empresario... —Soltó una carcajada estruendosa—. Ya no me acuerdo de su nombre... Ernest, o Erwing... o... Al rato se los digo. —Contempló a Franco y sonrió—: De manera que tú me escuchaste, te gusté y me recuerdas...

—Sí, pero fue en 1953; yo tenía entonces diez años

—aclaró Franco.
 
 
 

Pero Anabella no lo escuchó, o no quiso escucharlo. Mina examinaba el retrato.

—Aquí estabas preciosa, tía, con razón Franco no te olvidó.

Anabella contempló el retrato, dijo:

—Pero ése no es de Nueva York, es de Milán...

Iba a decir: en 1938, pero prefirió omitir la fecha. Comentó: poco antes del desastre. Unos meses después dejé Europa... Y desde entonces no regreso.

—Deberías volver, a mi madre le daría un gran gusto, y hasta Martina y Lucio llorarían de emoción. ¿Sabes que para nosotros eres una especie de leyenda? La tía que canta y que viaja por todo el mundo llena de aplausos y de éxitos. Yo y mis hermanos, y mis primos, te teníamos de ídolo y te envidiábamos. A veces teníamos la esperanza de que llamaras a alguno de nosotros para acompañarte.

Anabella resplandecía. Se sirvió más tequila.

—Qué hermosos... —Volvió a carcajearse—. Debo confesarte que en la vida he tenido más amores que aplausos. Los hombres me enloquecen. No me dejes a solas con tu marido porque empezaré a hacer de las mías. Pero también he tenido éxito. El año próximo, en la temporada de Ópera Internacional, cantaré aquí, en Bellas Artes... ¡Me han insistido tanto! pero por una u otra razón; mejor dicho, ¡por uno u otro pantalón!, nunca he cantado en México. Me refiero a cantar en grande, en serio, porque sí he dado algunos recitales, soy bastante conocida, y apreciada. Es una virtud de esta ciudad, sabe dar al gran artista el lugar que se merece. Yo puse como condición que sólo cantaría en la Carmen de Bizet, y desde luego exijo que venga a dirigirme Zefirelli. Todo está aceptado desde hace dos años; pero no han podido traerlo; y yo con otro director, no acepto. Aquí me quieren mucho, tengo miles de amigos, siempre me están invitando a pasear. Salud. También doy conferencias, charlas sobre música y sobre otros temas. —De nuevo la risa y la tos la sofocaron; esta vez el ataque fue más largo, cuando se recuperó continuó—: La semana pasada fui a un internado de muchachitas ricas. Me invitó la directora, la muy pendeja no me conocía bien, y después de presentarme me dijo que me dejaba a solas con ellas para hablarles de arte. Y con voz aflautada agregó: “Pero de arte con mayúsculas, como sólo usted, Anabella, sabe hacerlo. Escúchenla bien niñas.” ¡Y nos dejó solas! Y yo empecé... —otra vez el ataque de risa y tos— a hablarles de amor, ¡con mayúsculas!, les conté mis mejores momentos; al principio parecían no entenderme. Me miraban con ojos brillantes y no sabían si reírse o no, pero acabaron por reír como locas. Y yo seguía con mis anécdotas, una tras otra; les conté lo del huichol, y de un cubano estupendo, y de un albañil que vino un día a arreglarme una pared y terminó arreglándome otra cosa. La directora regresó sin que nos diéramos cuenta, y de repente se puso a dar gritos para callarme. ¡Vieja delicada! ¡Melindrosa! ¡Pinche! Por poco y me saca a patadas... Y yo muerta de la risa. Gritándolas: Ciao, niñas, ciao... Yo me divierto: no dejo que la tristeza se apodere de mí, y tengo tragedias. ¿Quién no las tiene? Pero me defiendo, no me doblego, yo vine al mundo a ser feliz y a hacer feliz a quien esté conmigo. ¿No dices salud, Franco?

Franco tomó su vaso y lo chocó con ella. Dijo:

—Por tu éxito de Susuki, y por tu futuro gran éxito en Carmen.

Mina se levantó a colocar el retrato en su lugar, y se puso a ver las otras fotografías. Tomó una de ellas. Anabella abrazada por un marinero. El fondo era un paisaje bellísimo.

—¿Dónde es esto?

—Acércamela, querida, no distingo desde aquí... ¡Ah! es Acapulco; y de éste sí me acuerdo, se llama Max, holandés, de Rotterdam...

—Mira Franco: Acapulco.

—Precioso —exclamó Franco.

—Sí, como muñeco, tenía veintitrés años.

—Pasado mañana estaremos allí.

—Me va a parecer un sueño.

—¡Era un sueño! Sus ojos, sus músculos. No sabes qué maravilla. Me estremezco de pensar en él, tengo una memoria epidérmica, ¡tan fiel!; y tú, Mina ¿no heredaste nada de tu tía?

—¡No! Por desgracia, mi voz es insignificante, canciones populares, no más.

—Yo digo de lo otro.

—¿Cómo?

—Los hombres, ¿nada más éste? —y señaló a Franco.
Mina soltó a reír:

—Me basta—. No creo que pueda amar a otro. Bueno sí, a otros dos: mis hijos.

—¡Dos hijos! ¿Pero, están locos?

—Tenemos cuatro —dijo Franco.

—¡Qué espantoso! Los italianos siguen siendo subdesarrollados.

Los tres rieron. Mina colocó al joven de Rotterdam junto a la botella de refresco. Otra foto, a color, llamó su atención: la tomó. Por el aspecto de Anabella era mucho más reciente; se veían en su rostro los pasos del tiempo, pero los ojos, eran casi los de una niña, bellos e inocentes, ¿cómo podían conservarse así? Daba la impresión de que el alma de Anabella era incontaminable, indestructible, una fuerza que podría salvarla del mayor dolor, quizá, hasta de la soledad... Junto a ella un hombre recargaba la mejilla en la peluca de la tía. Era un hombre atractivo; tal vez Mina no podía decir “bello”, pero había algo notable en él, algo agazapado dentro de los ojos negros, unos ojos que parecían poseer el mismo secreto que los de Anabella. La nariz y la boca eran de buen trazo; tenía una frente amplia, hermosa, y el pelo abundante y largo, también lo era. Mina sintió una emoción extraña, ajena a ella, porque eso, sólo lo había sentido por Franco... hacía años. Con la foto en la mano caminó hacia su tía.

—¿Quién es él? —preguntó.

Anabella tomó la fotografía. Suspiró profundamente, pareció triste.

—Es Pedro, mi esposo.

—¿Qué es él? —inquirió Mina al tomar otra vez la foto.

—Músico, un gran pianista; si es que aún existen genios en el mundo, él es uno...

—¿Desde cuándo están casados? —inquirió Mina.

—Pregúntame mejor: ¿desde cuándo te abandonó?

—¿Desde cuándo?

—Desde el día de la boda, ese día salió para Varsovia. Un gran pianista... le dieron una beca, de seis años.
Franco se acercó y contempló la foto. Mina se sentó al lado de Anabella.

—Lo amas, ¿verdad?

Anabella asintió.

—Y entonces, ¿por qué no lo sigues? Tienes dinero —dijo Franco—, puedes hacerlo. Yo no comprendo los amores imposibles, con dinero uno tiene lo que quiere.
Anabella soltó a reír, tomó más tequila.

—¡Por mi maridito santo! —brindó—. No se pongan tristes por mí; eso pasó hace dos años y siete meses. Ahora ya no quiero pensar en él... o cuando lo hago me remonto al tiempo anterior a la boda. Casi dos años de amor, amor en grande, como si fuera el primero... ¡Qué tipo! ¡Qué modo de amarme!

—¿Más que los otros? —inquirió Franco.

—Más, mucho más; no puedo afirmar que él haya sido el amante perfecto; tuve mejores —¡hasta en su tiempo! Porque lo engañé varias veces—, y tal vez encontraré todavía alguno que supere a todos. Pero con Pedro cometí la máxima estupidez. Me enamoré. ¿Y qué se puede hacer contra eso? Es como una droga a la que, si te acostumbras, no le puedes hallar sucedáneo. Las cosas del espíritu son laberínticas, ciegas.

—Pero... —preguntó Mina sin dejar de contemplar la foto—. Si habían pasado dos años tan felices, ¿por qué la boda? ¿Y por qué su partida el mismo día?

Anabella suspiró, le quitó la foto a Mina y le dio un largo beso a Pedro.

—Ya te lo dije, travesuras del espíritu, del alma. Por primera vez me sentí necesitada de atarme, de que nuestra unión no fuera lo mismo que las anteriores. Yo fijé la fecha de la boda, y él aceptó con gusto; era incapaz de negarse a lo que yo pedía. Cuando me dijo, después de la ceremonia, que se iba en dos horas, lo consideré un miserable, pero él me afirmó que no sabía lo de la beca, que se había enterado unos días antes, y que ya a esas alturas no quiso decírmelo ni cambiar los planes. Yo sabía que desde mucho tiempo atrás él había hecho la solicitud y que desde luego tenía posibilidades de, algún día, irse a Polonia. Fue una de esas bromas del destino. Por otro lado, para Pedro la boda no significaba más que un trámite legal que carecía de valor o de sentido. Pero, yo lo pedía, y él siempre me complació.

—¿Y no te pidió que lo acompañaras? —preguntó Mina—. ¿No te escribe?

—Sí... —Anabella estaba ahora triste—. Unos tres o cuatro meses después, me pidió que lo alcanzara. No recuerdo sus frases, pero cuando terminé de leer la carta, comprendí que a él no le importaba... Sostenemos correspondencia; de cuando en cuando él me escribe, y a veces yo le contesto. ¡Qué tipo! —la risa, sus carcajadas juveniles llenas de picardía y dicha retornaron, al igual que la tos—. ¡Qué tipo! ¿Quieren conocerlo más?

—¿Cómo? —inquirió Mina.

—En mi cuarto tengo un póster de él, desnudo. Vengan, vale la pena verlo.

Mina se quedó inmóvil, su corazón latía en forma extraña, y sus manos estaban húmedas.

—No, yo no. Vayan ustedes.

Anabella tomó de la mano a Franco y lo condujo, muerta de risa, hacia su recámara. Mina se puso de pie y regresó el retrato de Pedro a su lugar. Había una foto de Anabella sola; en vestido de noche, con joyas. Una Anabella decorada, lista para actuar. Ellos regresaron.

—Soberbio, ésa es la palabra para calificarlo —dijo Anabella.

—¿Por qué no fuiste a verlo? —le preguntó Franco.

—Bueno, creo que es más interesante esto; por ejemplo, esta foto. —Se la pasó a Franco—. Me encanta cómo estás aquí, tía. ¿Podrías regalármela?

Anabella se acercó a ver de qué foto se trataba.

—Claro que puedo regalártela. Pero ésta no es mi favorita... Tengo una en que me veo tal y como soy, mejor que aquí, es preferible que te regale ésa, para que se las enseñes a Lucio, a Martina, a todos esos sobrinos que no conozco. Que vean cómo es Anabella, tal como tú me estás viendo ahora...

Caminó al extremo de la estancia, y de otra consola, también repleta de chucherías, tomó un retrato, tamaño postal, con marco de plata.

—¡Ésta! Mira; es en el bosque de Chapultepec; me la tomó Pedro hace unos cuatro años.

Anabella espiritual: los ojos más bellos y dulces que nunca, la boca entreabierta, a punto de hablar. Irradiaba ternura como sólo una mujer enamorada puede hacerlo. No había arrugas en ella, no existía la edad, era la representación del amor.

—¿Bella, verdad? Martina se morirá de envidia... Puedes también enseñársela a los vecinos, y si quieres, puedes publicarla en un diario de Milán. Hace tanto tiempo que no me ven... Vengan, hace falta una copa.

De nuevo se llenó el vaso, y a pesar de las negativas de Franco también le sirvió a él.

—Ah, queridos míos, hay que vivir, hay que amar, es la única receta para aproximarse a lo eterno... Por eso les conté mis aventuras a las niñas del colegio; no por mala intención, yo no soy una pervertidora de menores, pero quiero que todo mundo sepa, sobre todo esas niñas lindas, tontas, ignorantes, que tal vez nunca se enteren de lo que es el placer. Y sólo miles de placeres, ¡miles!, pueden conducirla a uno, algún día, al amor. Pero las cosas deben hacerse con pasión, sin límite, sin sombra de moral; de otra manera sólo alcanza uno un remedo, una limosna. ¡Qué caras ponían! ¡Qué locura! ¡Qué maravilla saber que el juego del amor es inextinguible!

Terminó su vaso y volvió a llenárselo. Su rostro cada vez se alteraba más.

—¿Del amor? no quieres más bien decir del ¿placer? —preguntó Franco—. Y aún lo segundo, se acaba.

—No siempre, es cuestión de espíritu, de temperamento. Yo estoy decidida a morir haciendo el amor. ¡Ningún sufrimiento habitará en mí, mientras sea capaz de amar!

Se quitó los zapatos y subió los pies en el sofá. Empezó a tararear otra vez Madame Butterfly, y sus ojos se clavaron en Franco. Una sonrisa diferente apareció en sus labios —una sonrisa nueva para ellos que al principio no se percataron de la transformación.

—Mina... vete —pidió Anabella.

—¿Cómo dijiste?

Anabella empezó a desabrocharse su saco George Sand.

—Ve a la cocina, prepara más café...

En lugar de obedecer, Mina se sentó en un sillón, y asombrada vio que Anabella se desvestía: se puso de pie, y, sin ningún pudor se desabrochó el pantalón y lo dejó caer sobre la alfombra. Quedó desnuda. A pesar de la edad su cuerpo era hermoso. Franco, frente a ella, la miró turbado. Anabella empezó a reír.

—¿Soy bella, verdad? Tu rostro es bello también, tu cuerpo debe serlo, quítate la ropa, necesito sentir tu calor.

Franco volteó a ver a Mina, como si ella pudiera decirle qué debía hacer. Pero lo inesperado del acto los tenía a ambos desconcertados. Anabella caminó hacia él murmurando:

—Por favor... por favor...

Franco se levantó. Con voz ronca, le dijo:

—Anabella, estás fuera de razón, no sabes lo que haces.

—Sí sé; siempre he sabido qué quiero hacer, y en este momento te quiero a ti. Vas a gozar mi cuerpo. Tengo una abstinencia de más de diez días, casi soy virgen... Es como si te hubiera estado esperando. Sí; te esperaba a ti... acércate...

Trató de abrazarlo y Franco se retiró.

—Anabella... El alcohol te hizo mal. —Se volvió a su esposa—. Mina... por favor...

Mina con la boca entreabierta, contemplaba estupefacta la escena.

—Aprisa, mi amor, te necesito.

Empezó a acariciarle el rostro. Sus manos temblorosas acariciaron también los hombros y pecho. Murmuraba cosas ininteligibles, sonreía, su mano derecha descendió y trató de abrirle el pantalón. El luchó para impedirlo, se volvió desesperado hacia Mina.

—Mina, ¡haz algo! ¿O no te importa?

Mina caminó hacia ellos.

—¡No te acerques, bruja cabrona! Es mío.

Se entabló una lucha entre los tres. Anabella reía. Mina lloraba.

—Tía... —imploró—, tía. ¡Debes calmarte! ¡Te lo ruego!... ¡Te lo exijo! ¡Suéltalo! ¡Estás loca!: ¡Mírame! Tía Anabella, soy yo, Mina, la hija de Teresa.

Siguieron varios segundos de lucha sorda, hasta que lograron dominarla y por la fuerza la sentaron en el sofá. Anabella se puso a dar gritos, y luego soltó a llorar como una niña. Mina tomó la seda y la cubrió con ella.

Esforzándose por ser suave suplicó:

—Tía, debes acostarte. Nosotros ya nos vamos.

Anabella volvió a tararear. Mina la besó en la frente. Tomó de la mano a Franco y echaron a caminar hacia la puerta con miedo de que la tía tratara de impedir la fuga. Entonces ella, con tristeza, dijo:

—Mina, olvidas mi retrato. —Lo tomó y caminó hacia ellos con pasos lentos. La seda cayó en la alfombra—. Enséñaselo a todos, así me verán tal como tú me viste. Fueron muy buenos en visitarme... Gracias.

Se quedó en el umbral, desnuda, temblando, murmurando: Pedro... Pedro... y poco a poco, su rostro se suavizó hasta convertirse en el mismo del retrato.

 


El tío Quintín

Para Nedda y Enrique Anhalt
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


I

Al tío Quintín lo veo con frecuencia; casi a diario porque está en una rinconera del vestíbulo de arriba y cruzo por allí a cada rato. A veces —mentalmente o de viva voz— lo saludo: los buenos días, las buenas noches, o le digo una frase amable, sin interrumpir el paso.

Creo que es el único retrato suyo que perdura y por lo tanto justifico, hasta cierto punto, que ninguno de mis hermanos se acuerde bien de él. ¡Y cómo no, si el menor de nosotros hace muchísimo que cumplió el medio siglo!

Pero... olvidarlo al grado de llegar a dudar de su existencia, eso sí que no, una cosa es la avanzada edad y otra el reblandecimiento cerebral. ¡Nadie se acuerda de él! ¡Es el colmo! Mi esposa Eunice me dice que no debo irritarme, y entonces me irrito más. Admití las dudas, incluso las bromas, pero la negación absoluta, ¡jamás! Precisamente para precaverme de esto último no le pregunté a Horacio, mi hermano mayor, ya que está casi amnésico y es capaz de responder iracundo:

—¿Cuál tío Quintín? ¡Nunca tuvimos un tío Quintín!

Lo que habría provocado un serio disgusto entre nosotros; él tiene serios disgustos con todos, nunca le gustaron las medias tintas y los años lo han vuelto carrascaloso.

Supongo que por un oculto y atávico condicionamiento de: Primero las damas, acudí inicialmente a mis hermanas. No lo deploro... pero... He aquí los resultados:

Beatriz escuchó mi pregunta con sorpresa, un destello de inquietud apareció en sus ojos y en seguida pasó a su habitual indiferencia. Beatriz fue muy hermosa (parece increíble, pero lo es hasta la fecha), de rasgos finos y bien trazados, de esos que no se alteran ni con las inclemencias del tiempo ni con las del alma. No despierta envidias porque sus deficiencias, de otro orden, son tan grandes como océanos y eso mitiga los celos. ¡Cómo nos reíamos de ella cuando chica! Se creía cuanta mentira urdíamos. Es tan cándida que si en carne propia no hubiera tenido tres hijos seguiría pensando que los trae la cigüeña. El mundo para ella nunca fue más lejos que su vista —su pensamiento no osó tanto— y en los últimos años se ha vuelto cegatona. Sin quitarme la vista de encima su rostro tomó esa expresión displicente que adquiere cuando no entiende si se trata de un insulto, una broma, ¿o qué? En suma: no respondió. El abismo de sus ojos —tan próximos a mí— me espantó un poco, como si esa nada pudiera tragarme. Preferí no insistir, me dio miedo el vacío.

Unos días después de mi frustrada (y casi espeluznante) tentativa vino Elena a visitarnos y en la primera oportunidad que nos dejó abrir la boca se lo pregunté. Me miró con burleta, movió coquetamente la cabeza de izquierda a derecha y viceversa, sonrió, y dijo:

—¿Qué... otra de tus invenciones?

Tal majadería implicaba una respuesta de la misma índole, pero todavía no empezaba yo a tartamudear cuando ella saltó a hablar de sus nietos. Es obvio que le interesan más las invenciones de sus hijos. Aunque no lo demostré, quedé bastante molesto. No esperaba yo eso de ella. Confiaba en su buena memoria ya que es la más joven de nosotros —si mal no andan mis cuentas, cerca de los sesenta, ¿o los setenta?— y es la que se conserva mejor de todos. Se ve tan joven que donde no la conozcan bien ha de presumir de que es nuestra sobrina. Sin embargo a mí no me dan gato por liebre, puso tanta vehemencia en cautivarnos con su charla que supongo era un disfrazado empeño de no nombrar al tío Quintín. ¡A saber qué mar de fondo hay en eso!

Para colmo —otro más— tampoco mi memoria se encuentra en condiciones óptimas, muchas veces se me escapan los recuerdos que quiero apresar. Por ejemplo: trato de recordar alguna escena en la que Elena y el tío Quintín aparezcan juntos y no lo consigo. Y las hay por docenas, por cientos, seguro que las hay. ¿Me estaré olvidando de él yo también?... Me temo que sí, y por ello me urge encontrar los recuerdos ajenos; así recuperaré los propios.

¡Ay, tío Quintín, haz acto de presencia en la cabeza de alguien más! Y conviene que te apures o corres el riesgo de no haber existido ni para mí. ¡Qué incertidumbre! Con suerte y una mañana me pregunto al pasar por el vestíbulo de arriba: ¿Y éste, quién será? Ya una vez me sucedió con un dizque bisnieto y se armó una de aquéllas. Luego, aunque no quise ser descortés no supe a quién dar disculpas —se parecen tanto unos a otros—; la gente se ha vuelto muy difícil de identificar y no tengo la menor idea de quién será el o la ofendida. No es que chochee, sino que la explosión demográfica familiar ha sido francamente severa, y no puedo quejarme porque bastante mal ejemplo di yo mismo; pero mi capacidad de retención tiene un límite. Mil veces me he preguntado quién habrá sido ese mocoso. Pero por mucho que me intrigue no lo indagaré, lo juro. Ese día no di mi brazo a torcer. Me hice como si no fuera yo quien preguntó por su origen y me puse a chiflar, tan campante como si nada. Al fin y al cabo que ni me importa saberlo. Y si me lo dicen se me va a olvidar. De todos modos creo que deberían tener la amabilidad de enterarme en lugar de ofenderse.

Ay, tío Quintín, soy capaz de llegar a la conclusión de que no existes y que sólo eres una antigüedad más que compré un domingo en La Lagunilla. ¡Con todo el cariño que me diste! Me traías unos alfajores muy buenos, eso no lo puedo haber inventado.

Ya hablé de Beatriz y de Elena, falta Sara.

Mi hermana Sara, desde hace como veinte años, poco después de quedar viuda... (A esta pobre se le ha muerto todo mundo: los cinco o siete hijos que tuvo con Atenor, toditos los nietos... ¡Ni los perros le duran!... Está siempre sola; lo que no deja de tener sus ventajas, me imagino.) Esta Sara —repito para que no se me escape— come los martes en casa de la prima Lucrecia, así que un martes me hice el aparecido, incluso fingí sorpresa de encontrármela, y en un momento que estábamos solos también le pregunté a ella —como si no tuviera importancia la cosa y como si me hubiera olvidado de que estamos peleados, aunque tengo la impresión de que ella ya se olvidó del pleito—, le dije, muy afectuoso y en tono festivo:

—¿Te acuerdas del tío Quintín?

Me miró muy compungida, con cara de mártir:

—¡Ay hermano! —respondió y echó largo suspiro—. A mí se me ha olvidado todo. A veces no sé en qué día estoy ni cómo me llamo.

—Pero te acuerdas de él —afirmé yo, lleno de esperanza.

—¿Qué enfermedades tuvo? —me preguntó como si este dato fuera fundamental para ubicarlo.

—¡Ay, Sara! ¿Cómo quieres que me acuerde?

—Tú deberías saberlo, ¡me llevas diez años! —Razón de más para recordar menos —me respondió con una lógica que me sonó a prestada.

—Acuérdate… —le rogué, y la ayudé un poco con información—. Tenía una frente muy amplia y brillante... un aspecto distinguido... de manos muy grandes y fuertes...

—¿Fue el de la leucemia, o el de la apoplejía?

—No seas extravagante, Sara, nadie se moría de leucemia en ese tiempo.

—¿No fue la de fiebre puerperal?

—¡Era hombre, no mujer!

—¿No tuvimos también una tía Quintina?

—¡No, Sara, no!

—Sí; una bigotuda, picada de viruela, que le gustaba el pulque; Pero no era tía sino prima, en segundo o tercer grado, de mamá.

—El tío Quintín era pariente de papá, no de mamá.

—¿No te habrás confundido, Efrén?

—¡No soy Efrén, Sara, soy Marco Tulio!

—¡Ay, sí! ¡Qué ida estoy! ¿Cómo está Gloria?

—Muerta desde hace veinticuatro años; mi esposa actual se llama Eunice —lo digo a gritos y agrego para mí: con razón me peleo con esta estúpida cada vez que nos vemos.

—Sí, ¡claro! Gloria fue de cáncer... —no se refiere a su signo, desde luego—. ¡Y Eunice está mal de los riñones! Cuídala mucho porque de la nefritis a la nefrosis no hay más que un paso, ¡y es enfermedad mortal!... Un yerno de Beatriz murió de eso.

Intento huir. Pero ya es demasiado tarde. He caído en la trampa: ni la prima Lucrecia ni yo logramos que deje de hablar de enfermedades. Tuve que quedarme a comer, Lucre me quería enseñar no sé qué y no me dejó ir. Nos dio una sopa de fideo seco con mucho perejil y un parmesano que de tan bueno parecía auténtico, unas tortitas de papa con ensalada de coliflor cruda y entre bocado y bocado estuve en espera de que el tío Quintín hubiera padecido alguna enfermedad exótica capaz de despertar la memoria de Sara. Inútil. Supongo que el tío Quintín fue sano como roble (ya sé que el roble no es ejemplo de salud sino de fortaleza, pero no recuerdo ahora el ejemplo de salud), ¿de qué habrá padecido?, ¿de qué habrá muerto?

Y Sara habla sin tregua —¡fue siempre tan lenguaraz! — y con una claridad de pensamiento científico y una riqueza de vocabulario digna de un perito, vamos, cual eminente catedrático en su mejor momento (a mí esa lucidez me huele a demencia); y se sabe unas palabras tan largas y difíciles que parecen trabalenguas (hice que me las repitiera por fastidiarla). De hoy en adelante no vuelvo a admitir las monsergas sobre su mala memoria: ¿cómo no se le olvida ningún síntoma? ¿ni los terminajos? Nos habló del síndrome de Guillain-Barré. Al llegar aquí pretendí hacerme el culto y la interrumpí.

—¿No será William? —con mi mejor pronunciación.

Y ella, fulminándome con una mirada, recalcó:

—Guillain-Barré, unido con guión, es apellido... ¡francés!

Y se explayó en el tema de la intrincada afección del sistema nervioso que se expresa por parálisis progresiva. De allí saltó a arteritis nodosa y a tromboangeítis obliterante; éstas últimas según colegí, son afecciones de las arterias. ¡Qué ociosidad de aprenderse tanta paparrucha! Y con tales especulaciones sobre tan ingratos temas me echó a perder los riñones al jerez que comíamos.

(Mis hermanas son una calamidad. Esta Sara, la Elena y las dos que ya murieron —Fermina y Rocío— se convirtieron en auténticas enciclopedias médicas —la pobre de Beatriz no pasó del catarro y el mal de ojo, y para todo recomienda un té o una aspirina—. Pero en cambio las otras son médicas empíricas, diagnostican y recetan impunemente —también mi esposa Eunice se estaba contagiando pero le puse el alto a tiempo—, y se les ha pegado esa autosuficiencia de ciertos galenos que tratan a todos como si fueran niños o tarados. Pero estas Hipócrates de bolsillo no se concretan a la sabiduría, ¡también padecen todo lo que saben! Además de que se repartieron las enfermedades con la cuchara grande a nosotros los hermanos nos dejaron nada más la cirrosis, la gota y las enfermedades venéreas... ¡A estas alturas... cuando ya casi ni bebemos... ni nada! Me gustaría morirme de algo rarísimo que ellas no conozcan ni de nombre para ver sus jetas verdes de envidia, aunque, ¿cómo las voy a ver? Bueno me las imaginaré desde ahora y me consolaré.)

Acabé a la greña con la Sara, ¡no soporté tanta pedantería!, y en venganza me puse a ridiculizar al pobre de Atenor, a quien esta cacatúa mientras más años de muerto tiene, más clama que lo idolatró; ya se le olvidaron los agarrones que se daban y las majaderías que le decía. Perdóname, Atenor, no quise ofenderte, siempre fuiste un buen cuñado y te aprecié en todo lo que valías. Lo único que te reprocho es que nunca le hayas dado una paliza a esta infeliz.

Volví a la casa con agruras e hipertensión, rojo todavía del berrinche, y sin nada nuevo sobre ti, tío Quintín. Te has de haber muerto de viejo y por eso no te recuerda Sara. Si hubieras tenido cuando menos tuberculosis, o gangrena en ambas piernas, no te habría olvidado y nos habría descrito cómo olía tu cuarto, qué dolores tenías, qué demacrado y enloquecido te viste en los últimos instantes, con el grito de desesperación en la boca, el rictus de la muerte...


II

Nosotros somos hijos de don Horacio de la Peña y de doña Elenita Salamanca. Nuestras raíces más remotas proceden de la antigua aristocracia pulquera, rubro cuya mención desagrada a las mujeres de la familia, a los varones no nos da pena admitirlo, aunque ahora ni quien sepa lo que fue eso. Éramos nueve, ya perecieron las más viejas: Fermina y Rocío. Me sé bien las fechas de nacimiento de la primera y de la última de mis hermanas, porque mi madre decía con frecuencia: “Mis partos fueron: del 893 al 913”; lo que quiere decir: de Fermina a Elena. Ahora el único que queda del siglo XIX es Horacio: nació en el noventa y siete o noventa y ocho, siempre me confundo con sus años; en cambio con Sara no puede haber confusiones, es del novecientos, y papá acostumbraba decir: “Ésa va con el siglo”. A ella la sigue Lorenzo, luego viene Efrén, y tras éste, Beatriz, después, yo; tampoco conmigo hay pierde porque nací con la Revolución, pero, fuera de la familia, no tengo nada de bélico. La última es Elena.

Mi madre se casó muy jovencita, en cambio mi padre ya no se cocía al primer hervor. Siempre lo vi muy viejo; los viejos de antes lo eran más que los de ahora. El tío Quintín nunca se vio tan anciano como mi padre, pero sí se le notaba que correspondía a otra época a aquel tiempo en que la vejez tenía una elegancia que se ha perdido por completo. Además, él era muy elegante. Hablando de su elegancia viene a mi mente un recuerdo fresco:

Entro corriendo en la sala y de pronto tropiezo con unas piernas de hombre, mis manos chocan con un paño gris muy suave, sedoso como los gatos. El tacto me hace adivinar al tío Quintín. La ratificación viene al ver su leontina de oro que va de un bolsillo a otro de un chaleco de brocado negro. Recuerdo la corbata granate que usaba ese día, y me sorprende —como algo extraño en él— que esté fuera de lugar y con el fistol a punto de caer al suelo. (La leontina la contemplé muchas veces, incluso jugué con ella, tenía pequeñas piezas y en cada tercer eslabón llevaba incrustado un brillante o un diamante. ¿Qué sería de ella?, ¿quién la heredó?...) Después me encuentro su rostro sofocado y sonriente. Yo intento seguir a donde iba pero él se pone a jugar conmigo y da pasos laterales a derecha o a izquierda para impedir que avance. Me dice: “Soy la Gran Muralla de China”. Empiezo a protestar y a rebelarme porque no me deja seguir cuando aparece mi madre y me calmo. Quintín me levanta y me acerca a ella para que la bese. Qué hermosa se veía: el rostro arrebolado por el calor, los ojos soñadores y ardientes.

“La Gran Muralla...” ...¡Oigo con toda claridad sus palabras! ¡Sí existes, tío! ¡Claro que sí! Ay, cuando uno empieza a dudar se cunde de sombras y engaños.

Esta parentela de chiflados es capaz de afirmar un día que jamás tuvieron un hermano de nombre Marco Tulio. Pero no, no será fácil borrarme, dejo demasiados testimonios: hijos, nietos, bisnietos... ¡Hasta para dar y prestar!

Me casé tres veces, he enviudado dos y deseo que mi esposa Eunice no sea imprudente y le dé por emprender el viaje a la eternidad antes de que me llegue a mí el fin; ya es demasiado tarde para otro matrimonio; para evitar ese riesgo la escogí bastante menor que yo. Me habitué a decir para todo: mi-esposa-Eunice, porque al principio al referirme a ella pensaba en Rosa o en Gloria y si estaba distraído esos nombres le decía, y no le hacían ninguna gracia. Con Rosa contraje nupcias en el 35 y me dio tres hijos. Era muy snob, y llevó esa manía al máximo: hasta morir de apendicitis, ¡era la enfermedad de moda!, en el 40; en la actualidad ni quien se muera de eso. Dos años más tarde me casé con ese encanto de fiereza que fue Gloria, me la mató el cáncer en el 61; con ella tuve ocho críos, cuatro hombres y cuatro mujercitas. La viudez me duró un año y a los cincuenta y dos me aceptó mi esposa Eunice, ella iba a cumplir treinta. ¡Qué mujer!, ¡tres veces gemelos! Ante esa amenaza al tercer parto la ligaron. La estadística no es mi fuerte, las cifras y las multitudes me exasperan, en castigo, como reza el refrán: lo que no quieras ver en tu casa lo has de tener. Para dar una somera idea de la gravedad de reproducción de mis descendientes diré que de los tres hijos de Rosa salieron veintisiete nietos. Sólo me cabe agregar que los otros fueron peores... Tengo bisnietos de veinte años para abajo y nietos mayores que mis gemelos menores. ¡Y todavía se ofenden porque no los reconozco!

Me deprimen estas cuentas, más vale que retome la alegría del descubrimiento, redescubrimiento, del tío Quintín.

Con franco optimismo emprendí la encuesta entre mis hermanos.

Aquí están los casos:

Descartado Horacio por las razones que ya expuse, acudí a Lorenzo. Este hermano es afable, le encantan las bromas y el trago, ¡se echa unas carcajadas que hacen retumbar las paredes! Fue bien parecido, muy alto, le encantan los cuentos colorados, y siento que uno de sus mejores rasgos es tener una pizca de ingenuidad —a Beatriz le tocó una montaña. Y yo opino como Confucio: el peor vicio de la humanidad es la estupidez.

—¿Te acuerdas del tío Quintín? —pregunté.

Lorenzo tiene ojos grandes (él y Beatriz se parecen mucho) y los agrandó más todavía cual si anduviera escudriñando en su interior para responderme. Sonreí. Era un buen principio: no había rechazo sino interés y búsqueda. Le ayudé con los datos que daba a todos, agregando, y haciendo hincapié en ello, lo de su elegancia, los paños tan finos que usaba, y un detalle más: su barba perfectamente cuidada, como la de Sir Walter Raleigh (es decir, la de los cigarros). Mis datos —aunque parezca imposible— le hacían crecer más y más los ojos y pensé que se le iban a salir de las cuencas.

—Sí... —musitó— unas manos enormes, y no delicadas sino fuertes.

—¡Exacto!

—Un día me dio unas nalgadas.

—¿De veras? —exclamé en el colmo de la dicha y envidiándolo.

—Estaba furioso porque le hice correr mucho. ¿Te acuerdas qué difícil era alcanzarme?

Mi alivio y agradecimiento no tenían límites, le respondí pletórico de generosidad.

—¡Eras una flecha!

—Pero a papá no le corría porque me iba peor. Sólo una vez lo hice, y no me quedaron ganas. En cambio a mamá la hacía rabiar a cada rato, y —pero eso fue otro día— una vez, que le dice al tío que me alcanzara.

—¿Al tío Quintín?

—¡Claro! Fue en el año en que vino a vivir con nosotros, cuando le dieron la recámara del abuelo.

—Yo de eso no me acuerdo —comento con tristeza. Y agrego con voz temblorosa—. ¿Te acuerdas de su leontina?

—¿La de los brillantes —y sacude la mano derecha con gozo infantil—. ¡Claro que me acuerdo! ¡Una vez la rompí!

En ese momento una señora, joven, le lleva un niño de brazo. Mi hermano, sorprendido, se vuelve a verme e inquiere:

—¿Y éste, quién es?

—¡Lorenzo! Si no reconozco a los míos cómo pretendes que sepa quiénes son los tuyos.

—¿También a ti te pasa?

—Diariamente.

—¿Quién eres, engendro? —le pregunta al crío apretándole cariñosamente la barbilla.

—Es Gustavito, don Lorenzo.

—¿Es tuyo?

—Sí.

—¿Y tú quién eres?

—Muriel, la esposa de Gustavo.

—¿Quién es Gustavo?

—Su bisnieto, nieto de Lorenzo Arturo, hijo de su hijo Lorenzo Felipe.

—¡Claro! ¡Claro! —pero es evidente que no tiene la menor idea de quién se trata. Se vuelve hacia a mí para salvarse—. Perdón que te interrumpí, ¿qué me decías?

—Eras tú el que me contaba que un día rompiste la leontina del tío.

—Sí, sí —vuelve a sacudir la mano—. ¿Te acuerdas del reloj del comedor?

—Desde luego.

—Pues una vez también lo rompí.

—Eso me lo has contado muchas veces —digo tratando de disimular mi impaciencia, y para que no se me vaya a escapar por el vericueto de un asunto que no me interesa abordo el tema de los alfajores.

—De eso no me acuerdo —responde enfático. Pero añade con placer—. Los pirulíes y las pepitorias que vendía doña Marcolfa me encantaban.

Y como infante glotón empieza a enumerar todos los caramelos habidos y por haber sin tomar en cuenta mis interrupciones (¡en mala hora hablé de alfajores!) ni mi cara de tragedia a pesar de que trata tópicos dulces como: ...las zarzamoras en almíbar (que por esta época comíamos).

—Yo les ponía encima cucharadas y cucharadas de nata —me dice relamiéndose los labios.

—¡Sí, Lorenzo, sí, eran deliciosas! Cuéntame lo que ibas a contar: que mamá le pidió al tío Quintín te alcanzara un día que la hiciste ponerse furiosa.

Los ojos de Lorenzo empiezan a sufrir de nuevo esa dilatación de que ya hablé, cuando llega Gema —la mayor de sus hijas— empujando la silla de ruedas donde dormita su madre, mi cuñada Julia. Aprecio a ambas y me levanto a saludarlas con gusto. Mi hermano observa intrigado el vehículo y exclama:

—¡Esa es mi silla, no la de ella!

—Papá... —protesta Gema suavemente—. Tomé la que me quedaba más cerca.

—Después me la dejan toda sucia —dice furioso.

Gema hace caso omiso de la impertinencia paterna y me pregunta:

—¿De qué hablan tan animados?

—Del tío Quintín —digo yo.

—Del tío Everardo —dice él.

Lo contemplo atónito.

—¡No, Lorenzo! Te estás confundiendo: hablamos de Quintín.

—¡Qué Quintín ni que ojo de hacha! No me acuerdo de ningún tío Quintín.

—¡Sí te acuerdas! —ataco vehemente. No permitiré que se desdiga—. El de la leontina de eslabones que un día rompiste.

—¡Esa leontina era de papá!

—¡Era del tío Quintín!

—¿Quién puede saber mejor...? Yo tengo más años que tú —me grita. Lo interrumpo aleve:

—Razón de más para recordar menos —mi brillante respuesta medio me reconcilia con Sara.

Me mira iracundo y es infinita ventaja que esté paralítico; de no estar así me habría correteado para darme “mi merecido”, como me hacía de chico. Mi superioridad me envanece. Lo ignoro.

—Mis hermanos —le digo a Gema serenamente— están chocheando. Pobres. Sin duda alguna tú oíste hablar miles de veces sobre el tío Quintín.

—Claro, tío —responde con suavidad.

—¿Por qué le das por su lado? —brama su padre—. Quien chochea es él, ¡acuérdate que ya nos habían advertido!

¿Quién les advirtió qué? —bramo también yo.

La ofuscación me ciega. ¡Un complot! Quisiera averiguarlo allí mismo pero entre Gema y no sé quién más me toman de los brazos y me conducen a la sala. Suplico a Gema me dé información sobre esa frase pero ella me dice que no me la dará. No tiene importancia. Además (recomienda) debo calmarme y recordar mi alta tensión arterial. Un whisky me va bien.

—¿Legítimo?

—Escocés puro. Aquí no servimos de otro —me responde, afectuoso, no sé qué sobrino.

—Lo pregunto porque en casa de no sé cuál de tus tíos me dieron una falsificación.

—Japonesa —afirma el sobrino, compadeciéndome.

—¡Peor aún! ¡Francesa!

Después —tal y como sucede en mi casa— se llenó el salón de gente desconocida y muy ruidosa; por suerte a poco rato me avisaron que ya había llegado mi chofer. Naturalmente no me despedí de Lorenzo.


III

Esta tarde viene Efrén a visitarme, siempre que me enfermo lo hace. Desde niños, si yo estaba en cama y él recibía invitación para un cumpleaños o un paseo, no lo aceptaba; prefería quedarse a cuidarme, es decir, a leerme cuentos o contarme historias. Es el hermano que más me ha querido y, consecuentemente, a quien más quiero. Mis tres esposas invariablemente se llevaron bien con las suyas; incluso mi esposa Eunice conserva relación hasta la fecha con dos de sus divorciadas: Sabina y Carla. Admito a la primera con gusto porque es muy bonita, la segunda me choca por quejumbrosa.

Estoy enfermo por culpa de Lorenzo, es decir: del complot; es decir: de todos ellos. Menos Efrén, de eso estoy seguro. Él no tendrá la desfachatez de negar —o dudar con perversa mala memoria— la existencia del tío Quintín. Esto es una confabulación familiar con el propósito de burlarse de mí. Así me hicieron varias veces cuando éramos chicos, y si se acabó el relajito fue porque yo resulté más ingenioso que ellos. Sí, deben estar coludidos, porque la amnesia colectiva no existe, y la unidad de criterio, entre ellos, ¡menos aún!

Efrén ya pasó de los ochenta pero, salvo el hecho de no recordar nunca con quién está casado —olvido justificadísimo— no da muestras de decrepitud, tiene agilidad mental y buen juicio.

Es necesario que norme mi conducta: si Efrén no se acuerda del tío Quintín, no debo violentarme. Es imprescindible tener presente que yo mismo he dudado. No tocaré el tema primero porque mi esposa Eunice dice que se me está volviendo obsesión. Por tanto, coloqué el retrato del tío en la mesita que está enfrente de mí. Estoy en la sala de televisión y Efrén subirá a verme aquí. Tendrá que ver el retrato más temprano que tarde, y si él nombra al tío Quintín, no voy a cometer la grosería de no contestarle.

Llega y lo primero que digo es:

—¿Cómo está tu esposa?

—Si me aclaras a quién te refieres...

—A Tere.

—¿A Teresa? ... Hace mucho que no sé de ella.

—¿Está fuera de la ciudad?

—Estás confundido, Marco Tulio, mi esposa actual —y desde hace diez años—, es Eugenia Mariscal... ¿Ya te acordaste?

—¡Buen principio! ¡Qué imbécil soy! —me reprocho colérico—. Vas a creer, como todos, que estoy desquiciado. Es la tensión Efrén, me llegó a doscientos ochenta.

—Lo sé. Por eso estoy aquí. ¿Cómo te sientes?

—No tan grave como se sentirían, en caso idéntico, Sara o Elena, pero mal, ¡bastante mal! A veces, como si flotara. Dime, ¿cómo está Eugenia?

—Perfectamente.

El laconismo y la solemnidad de su voz me cohíbe; tengo la certeza de que nuestra entrevista no se va a desarrollar en buenos términos y no estoy preparado para otro ataque más.

—¿Te pasa algo? —inquiero.

—A mí, nada. Sin embargo parece que a ti sí.

—¿Qué quieres decir? —y no puedo evitar que mi tono sea demasiado alto.

Advierto entonces que la seriedad del rostro de Efrén es forzada, que abajo de ella asoma una sonrisa, y, finalmente no puede evitarlo, sonríe.

—Calma, no grites, no estamos en combate.

—Es la tensión —me disculpo.

—Es la conciencia —me responde, y antes de que me dé tiempo de ponerlo en su lugar, pregunta—: ¿Por qué has hecho tantos desatinos?

—¿Desatinos? —grito—. ¿Yo?

—Tú y nadie más. ¿Cómo se te ocurre retar a golpes a Lorenzo?... Como si fueran niños de primaria, con el agravante de que uno de los colegiales está paralítico, ¡por Dios, Marco Tulio!

—¡Son falsos!

—No lo son. Es la pura verdad. Has hecho el ridículo más grande de tu vida, y frente a todos los invitados.

—¿Qué invitados?

—Estaban en un bautizo.

—Yo no sabía, pasé de casualidad, ¡no me invitaron!

—¿Y no viste a la gente?

—Vi a muchos desconocidos, me pareció natural... Lo de siempre.

—Ahora dime: ¿qué necesidad tenías de herir a Sara?

—¡Herir yo a Sara! ¡Esto es un complot, Efrén! ¡Y tú estás en el bando enemigo! ¿Herir yo a Sara?... ¡Permíteme que me ría! ¡Con Sara incluso el cáncer ha fracasado! Es tan fuerte que tú y yo moriremos, y ella seguirá tan campante como si nada. ¿Herir yo...?

—¿Por qué la enteraste de las infidelidades de Atenor?

(La vergüenza y la ignominia caen sobre mí. De eso no me acordaba. Pero me suena a verdad, me suena...)

—¿Lo hice? —pregunto contrito—. ¡Pobre Atenor! Con razón sentí que algo le debía... No tuve la culpa, te lo juro, Sara me sacó de mis casillas... ¿Le hablé de la Delfina?

—Y de la Azucena.

—¡Pobre Chuchena!... La traicioné. Te repito que Sara es tremenda, ¡no me explico cómo me sonsacó!

—¡Inocente de ti! —exclama con sorna Efrén.

Lo veo a los ojos y no podemos evitarlo: estallamos en carcajadas. Efrén se calma primero y me reconviene, propone reconciliaciones, disculpas, y me da consejos a los que yo asiento de buena fe, pero sin dejar de reír. De pronto oigo que mi hermano pregunta:

—¿Y este retrato?

—¿No lo reconoces?

—¿El abuelo de Eunice? —inquiere con candor.

—¿Tú también... bruto? —y lo digo sin pensar en la famosa cita, pero Efrén está en culto, o en ido, y no se ofende.

—¿Quién es?

—¡El tío Quintín!

—El tío Quintín —repite parsimoniosamente.

—¿Te acuerdas de él?

—No... tal vez... —lo veo hacer esfuerzos— ...Casi nada. ¿De dónde lo sacaste?

—Lo heredé —respondo dignamente.

—¿Como la vajilla de tu tía la baronesa?

—Bueno... tú y yo siempre supimos que eso era una broma, jamás pretendí.

—Sí pretendiste, pero no lo lograste.

—¡Bueno, una broma es una broma! Esto no. Encontré el retrato en una caja vieja, y es el tío Quintín.

—Y si estás seguro, ¿cuál es el problema?, ¿por qué te ofuscas?

—Es que... tengo mis dudas... —(Tampoco cito a Poe.)

—¡Ay, Marco Tulio! —y sacude compasivamente la cabeza.



IV

Estoy desolado. Ayer comprobé, sin la menor posibilidad de duda o error, la existencia del tío Quintín. Me siento como si la Gran Muralla China, íntegra, me hubiera caído encima. Ya rompí el retrato; conservo el marco porque es Art Nouveau; pieza digna de museo. Y fue precisamente Horacio quien aclaró el asunto. Desde que me anunció mi esposa Eunice que vendría a visitarme me eché a temblar, ya estoy cansado de altercados. Pero sucedió algo muy distinto.

He aquí la escena.

Después de un saludo —para mi gusto excedido de afecto— me dijo de sopetón:

—Sé que estás indagando sobre el tío Quintín.

Como la andanada era directa me puse en pie de guerra.

—¡Sí, invento parientes!

—No, Marco Tulio —reprochó conciliador, cariñoso—, eres el de mejor memoria.

—¿Cómo? —presentí una emboscada—. ¿No te unes a las hordas para negar su existencia?

—Quisiera... pero no tiene objeto. Tú y yo podemos arreglar esto solos. Y no seas tan quisquilloso, no te ofendas con la familia; debe ser verdad que recuerden muy poco... o nada.

—¿Tú lo recuerdas?

—Sí; bastante, y siempre estuve convencido de que sólo Rocío y yo nos acordábamos de él...

—¿Te acuerdas del año en que vino a vivir con nosotros?

Me mira azorado.

—Pero... ¡qué memoria! Por aquel entonces tú tendrías dos o tres años cuando más.

—¿Y no volvió otra vez?

—No... —y añade, entre solemne y desconcertado— Nunca... Él... se enamoró de mamá.

En ese momento me cayó encima la primera piedra de la Muralla...

Sucede en las mejores familias —me he repetido mil veces, pero no me consuela—. Después de todo... la madre de uno... Es como para morirse: ojalá me diera una tromboangeítis obliterante y fulminante en este mismo instante. ¡Ay!... Quisiera tener la limpieza de alma que hace a Horacio estar seguro de que el asunto no llegó a mayores. Quisiera tener igual certeza. Pero mi imaginación no olvida ese fistol a punto de caer al suelo, esa corbata fuera de lugar... ¡Ay nanita!

¡Ay, mamacita!


México, junio de 1985