Apuntes de balística


No niego que los falsificadores de Capadocia saben hacer bien su trabajo, pero basta un mínimo de pericia para reconocer un auténtico Hutchinson-Van Neuvel entre los numerosos ejemplares piratas que han invadido los ejércitos europeos en los últimos cinco años. Para comenzar, la culata del Hutchinson, tallada casi siempre en roble rojo de las islas Fidji, pesa exactamente tres libras con veinticinco onzas, y mide quince punto cuatro pulgadas desde el detonador hasta la hombrera. Es verdad que en ocasiones dicha longitud puede dilatarse un poco, pero eso depende de las condiciones atmosféricas del combate, que no así de la factura del Hutchinson. El peso del arma, por otro lado, se mantiene siempre con matemática precisión, y es ahí donde en verdad radica una de sus mayores cualidades: si bien es cierto que la culata de una falsificación se expande mucho menos con las variantes de temperatura, la madera turca es mucho más porosa, por lo que la culata absorbe enormes cantidades de agua que aumentan su peso con efectos perniciosos no sólo en la precisión del disparo, sino también en el cuerpo y la resistencia del tirador. En reiteradas ocasiones se ha podido comprobar que si un occidental medio, armado con un auténtico Hutchinson-Van Neuvel, disparase durante tres horas a razón de quince proyectiles por minuto, el área de piel sobre su hombro acabaría por presentar un hematoma del tamaño de un limón maduro, mientras que en el caso de una falsificación, especialmente en ediciones turcas del catorce o aun en las japonesas del diecisiete, los disparos de un soldado en idénticas circunstancias terminarían por fracturarle la clavícula. Todo ello sin considerar que sólo un veinte por ciento de sus disparos habría dado en el blanco.

Pensemos en un tirador hipotético que debiese permanecer un tiempo considerablemente largo acuclillado con un flamante Hutchinson al hombro: está claro que, aun cuando este hombre no disparase una sola vez, el tiempo transcurrido y la ausencia de su cuerpo de una adecuada irrigación sanguínea multiplicaría exponencialmente el peso del arma hasta causarle en el hombro un dolor insoportable. Desconocemos hasta hoy cuánto tiempo toleraría el soldado promedio tal dolor según portase un Hutchinson falso o uno auténtico, pero se especula que el margen temporal de tolerancia al peso entre una y otra armas podría traducirse sin problemas en meses e incluso en años.

Evidentemente, ningún hombre ordinario conseguiría jamás mantenerse tanto tiempo en posición vigilante, pero no está de más imaginarlo para comprender, en éste y muchos otros sentidos, cuán distintas pueden llegar a ser dos armas en apariencia idénticas como son el Hutchinson y sus imitaciones. Pensemos que existe, pues, un soldado lo bastante leal y bien entrenado como para mantenerse años en posición de tiro sobre una torreta de vigía, imaginemos que ha olvidado al fin sus necesidades más elementales y que ahora él mismo se ha transformado en un arma tan exacta y duradera como su Hutchinson. Este soldado hipotético es ahora una máquina resistente a todo, capaz de sobrevivir no sólo a la intemperie, sino a la duración promedio de nuestras guerras más recientes. Tal vez este hombre ha llegado a fundirse con su propia arma, o las detonaciones le han dejado tan sordo que no ha podido escuchar el toque de retirada y se encuentra tan atento a un blanco preciso de las trincheras enemigas que ni siquiera ha percibido el fin de la batalla al pie de su torreta. En tal caso, la especulación en tomo al Hutchinson no se limitaría a cuestiones de peso, sino a muchas otras de sus características.

Cabe aclarar aquí, por ejemplo, que la mirilla telescópica de los Hutchinson, tanto falsos como auténticos, comprende un radio extremadamente estrecho si se los compara con armas de explosión más sofisticadas. Dicha limitación, sin embargo, no se debe una vez más a imperfecciones de fábrica, sino al hecho de que la precisión de una mira telescópica es siempre inversamente proporcional a la amplitud del terreno que comprende. Bastaría por eso que nuestro soldado-máquina tuviese en la mira a otro tirador apostado en el campo enemigo para que el resto del paisaje desapareciese por completo de su campo de visión. En este orden de ideas, no resulta entonces inverosímil que un vigía sordo y acuclillado en una torreta a tres metros de altura perciba exclusivamente el objetivo de sus disparos. El mundo se ha reducido para él a unos cuantos metros, su mente sólo piensa en superficies mínimas, y ni siquiera el cuerpo del enemigo aparece ante sus ojos como una totalidad, sino sólo como distancias milimétricas entre el casco y las pupilas, entre una ceja y otra, allí donde su disparo debiera herir al contrario para hacerle caer de su torreta y dejarlo exánime en el fango. En rigor, la precisión de la mira telescópica de un Hutchinson sería en tales circunstancias suficiente para que nuestro hombre destrozara al enemigo con un solo disparo, siempre y cuando dicho objetivo se encontrase situado a una distancia no mayor de ochocientas yardas, en el caso de un Hutchinson auténtico, o setecientas ochenta, para una falsificación turca o japonesa.

Pero, ¿qué pasaría si el enemigo fuese un tirador en principio idéntico al nuestro, algo así como una falsificación especular de nuestro hipotético vigía, también inmóvil, también acuclillado sobre una torreta y también armado con un Hutchinson-Van Neuvel? Es sin duda en este tipo de especulaciones donde la balística pierde su habitual concreción y tiene que echar mano de la psicología y aun de la metafísica para conseguir una visión completa de las circunstancias.

El primer dilema al que tendría que enfrentarse un tirador imaginario que tuviese a otro hombre en apariencia idéntico enfilado en la mirilla, es la conciencia de que su enemigo lo tiene asimismo en la mira y que, por tanto, ambos desempeñan el doble papel de potenciales víctimas y victimarios. Desde una perspectiva humanista, al reconocer de esta forma su propia condición a través del arma, el soldado acabaría por traicionarse y se abstendría de disparar contra su imagen en el espejo. Hemos dicho, sin embargo, que la sola mirilla del Hutchinson fragmenta y objetiva a los tiradores hasta convertirlos en meras máquinas de destrucción. Su humanidad sufre un notable menoscabo y su único objetivo pasa a ser la anulación del contrario al menor costo posible. En una palabra, el tirador ideal sería aquel que hubiese conseguido apartar de sí todo rasgo emotivo: sus sueños de volver a casa, el rostro de quienes aguardan su retorno, e incluso su deber para con la patria. Ciertamente, resulta inevitable considerar que, en una conciencia de tal forma mecanizada, existe también la irónica certeza de que, si el vigía pretendiese abandonar el puesto o accionar siquiera el gatillo, provocaría de inmediato el disparo de su tirador-espejo, el cual aguarda como él el más ligero movimiento de su contrario para disparar. En este caso, nuestro vigía hipotético parecería condenado a ponderar eterna y mentalmente su probabilidad de matar o ser muerto, asunto este último de difícil consideración, por cuanto va más allá de su voluntad de sobrevivir y nos devuelve irremisiblemente a las propiedades físicas del Hutchinson-Van Neuvel.

Pensemos, por decir algo, en términos de distancia. Si el enemigo se encontrase exactamente a ochocientas yardas de nuestro vigía y estuviese armado como él con un Hutchinson auténtico, entonces los disparos de ambos, en tanto que emitidos al unísono, se estrellarían en el aire. Bastaría, no obstante, que sólo uno de los contrincantes estuviese armado con un Hutchinson de fabricación turca para que el portador del auténtico rifle se levantase con la victoria.

De más está repetir que nuestros soldados saben calcular mejor que nadie la distancia que media entre ellos y sus blancos, pero saben, por otra parte que un cincuenta por ciento de nuestros Hutchinson son turcos, mientras que sólo un veinte por ciento de los rifles del enemigo provienen de Capadocia u Oki Nawa. En principio, esto último se presenta como una franca desventaja para nuestras tropas y, concretamente, para nuestro vigía imaginario, quien conoce sin duda la estadística pero es incapaz de distinguir entre un rifle auténtico y una falsificación. Este hombre sabe que sus probabilidades de dar en el blanco son matemáticamente menores que las de su oponente, y comprende que, si disparase su arma incitando el disparo del otro, sus temores de morir sin matar debieran ser mayores que los del enemigo. Afortunadamente, sabemos por otro lado que los soldados del ejército contrario son menos diestros a la hora de calcular distancias de tiro, además de que desconocen la estadística antedicha y creen a pie juntillas que somos nosotros quienes contamos con un mucho mayor porcentaje de auténticos Hutchinson. Por esta razón aun cuando la realidad va en contra nuestra, las dudas de ambos vigías respecto de la autenticidad de sus armas los sitúan, por decirlo de algún modo, en un mismo nivel de incertidumbre y, por ende, de vulnerabilidad. En tales circunstancias los tiradores, si idénticos tanto en destreza como en incertidumbre respecto del alcance y precisión de sus armas, tendrían que enfrentarse a tres alternativas: aniquilar al contrario y sobrevivir indemnes al disparo de éste, morir y fracasar en el propio disparo de su falso Hutchinson enfrentado al auténtico rifle del enemigo, o presenciar la colisión de dos balas idénticas sobre un punto cualquiera del campo de batalla.

Pero existe en este ejercicio especulativo una cuarta posibilidad, la más aberrante y perniciosa para el arte de la guerra: que ambos soldados idénticos e hipotéticos permanezcan indefinidamente en su puesto esperando que el otro emprenda la fuga o dispare. Si recordamos que nuestro vigía se ha convertido en una máquina capaz de tal portento, esto seguramente provocaría que nuestras tropas, volviendo a las trincheras para combatir en una nueva guerra, se encontrasen con el desmoralizador espectáculo de dos vigías inmóviles o, en el peor de los casos, con los fragmentos dispersos de dos combatientes tan viejos que sus cuerpos extenuados no habrían resistido el reculón de sus armas al disparar tras muchos años de titubeo. Esta especie de suicidio parece ajeno ya al dilema que nos ocupa, pero sigue estando en íntima relación con las dudas que habrían llevado a ambos hombres a esperar por tanto tiempo el disparo fetal. De aquí la importancia de proveer a nuestras tropas con auténticos Hutchinson-Van Neuvel, o de al menos adiestrarlos para distinguirlos de una falsificación.


De Las antípodas y el siglo,
Espasa Calpe, México, 2001.