Ignacio Padilla


Nota introductoria de Pedro Ángel Palou


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Nota introductoria


Contar para vivirla, la cuentística de Nacho Padilla

Creo que a Nacho no le desagradaría la torsión de la frase con la que su admirado García Márquez titulaba sus memorias. En el caso de Padilla la imaginación —la ficción pura, si se quiere— era lo que posibilitaba e incluso creaba la vida. No es que la narración le otorgara un sentido a las cosas de la vida. Es que la vida sólo cobra existencia para él porque es susceptible de ser narrada. En esa fórmula se condensa la poética de nuestro autor para quien —tampoco es gratuito— el cuento fuera, de los géneros de la ficción, su predilecto. El cuento en Padilla es, siempre, obsesión formal que no formalista. Es un ideal, una especie de absoluto platónico al que el gran narrador debe aspirar. Y sólo puede hacerlo, es claro, ensayando la forma una y otra vez. Ese proyecto cuentístico por excelencia Ignacio Padilla —nuestro Nacho— pensaba titularlo cuando completo, Micropedia. Una enciclopedia, entonces, de lo pequeño, de lo mínimo, de lo nanoficcional, otra metáfora que le hubiese gustado. Él que urdía las más increíbles metáforas.

El cuento condensa, de allí que le parezca también privilegiada forma para que el universo sea visto, entero, en la palma de la mano. En el excepcional relato con el que ganó el Premio Juan Rulfo de Cuento en París, “Los anacrónicos”, Padilla se atreve a condensar la historia latinoamericana, discutir con la fundación de lo real maravilloso en Carpentier y Gabo y por si fuera poco convertir a esa Historia con mayúsculas en el relato fracasado de un amor homosexual: la mancha necesaria en una historia que se creía inmaculada. Esa es la función de la cuentística de Padilla: mostrar las manchas necesarias, sin las cuales no existe la realidad, en la apariencia prístina e inmaculada de las cosas.

Esa dualidad que le gustaba recalcar —todo héroe es un monstruo, toda mujer tiene algo de ángel y demonio— está presente en los libros de cuentos de Nacho. Libros, porque también le gustaba repetir, eran esas unidades literarias —no el cuento aislado—, los que lo trastornaban como lector y escritor. Las antípodas y el siglo, El androide y las quimeras, Los reflejos y la escarcha iban sumándose paulatinamente a uno de los proyectos literarios más personales y ambiciosos de la literatura en español. Su temprana muerte, su dolorosa partida, nos cercena la posibilidad de ver cómo iba evolucionando esa poética. Su obra publicada es suficiente prueba de maestría y búsqueda, de obsesión, neurosis y soberbia ejecución. Este pequeño homenaje en Material de Lectura de la UNAM seguramente sería para él satisfactorio porque lo acerca aún más a los jóvenes lectores —él que tanto escribió para los aún más jóvenes, los niños—. Y nos lo muestra en toda su complejidad y madurez. La palabra legado me repele, pero he de admitir que la herencia literaria de Ignacio Padilla al cuento mexicano va a ser realmente importante en los años venideros. Su obra irá creciendo en lectores, en profundidad de miradas críticas y se verá lo que siempre dijimos: era un laborioso orfebre de las palabras, un hombre de desbordada imaginación y de concentrada minucia.

Ojalá esta pequeña muestra sea una invitación para continuar visitándolo también como ensayista y novelista e incluso dramaturgo. Ignacio Padilla estará siempre en presente. Y el cuento, a quien él llamaba el rey secreto de la narrativa, será su indeleble contribución a la literatura mexicana.

 

Pedro Ángel Palou

 


Las furias de Menlo Park



El primer cargamento se perdió en el Atlántico a mediados de octubre. Seiscientas niñas de cerámica se ahogaron a escasas millas de Rotterdam sin que hubiera dios ni ayuda para impedir esa zozobra de encajes, piernas, brazos y ojos de vidrio que miraron sin mirar a los peces que no podrían devorarlas. Ahí seguirán ahora: sonrientes, mudas, hacinadas entre algas como en la fosa abierta en el jardín de un pederasta, estrafalario sueño de fotógrafos marinos y coleccionistas de juguetes que estiman el valor de cada muñeca en poco más de mil trescientos marcos alemanes.

Frente a esa cifra desmedida, se vuelve difícil creer que Edison pagó por ellas poco menos de dos dólares, cantidad que aun entonces se diría irrisoria. En una carta fechada en vísperas del naufragio, el inventor felicita encarecidamente a Bernard Dick, su adelantado en Europa, por el éxito de sus negociaciones con los fabricantes de Nuremberg, y llega incluso a anticipar que, si las muñecas resultan efectivamente adecuadas para su proyecto, las ganancias de esa primera entrega le permitirán muy pronto abrir en Nueva Jersey una fábrica que les ahorre la importación de ejemplares europeos.

Mucho menos efusivo es el telegrama que Thomas Edison dirige a su socio en cuanto tiene noticia del desastre. El monto de la pérdida le parece ahora estratosférico, casi un crimen si se añade a la factura el costo de los numerosos avatares que se vienen presentando en su camino desde que entró en la carrera por crear un juguete parlante. No sólo han transcurrido ya siete largos meses desde que Dick inició su onerosa búsqueda de la consorte ideal para el fonógrafo de Edison, sino que sus competidores de la empresa sureña Toys and Gadgets amenazan con lanzar al mercado un ingenioso artefacto que, en palabras del propio inventor, hará parecer a sus criaturas meros fósiles sonoros.

No hay registro de la carta o telegrama con que Bernard Dick habría respondido al rapapolvo de su socio, pero es verosímil pensar que prefirió mandarlo todo al diablo para volver enseguida a su natal Chicago, donde se sabe que murió tres años después, hidrópico y asediado por una legión de acreedores entre los que no faltaron los siempre temibles abogados del despacho de Menlo Park.

El sucesor de Bernard Dick en la aventura de las muñecas parlantes supo paliar su juventud con un sentido de la previsión y un encanto personal que haría las delicias de Edison durante casi veinte años. Consciente de que el malhadado Dick había hecho sin embargo la elección correcta en Alemania, Charles Nervez se las ingenió para convencer a su jefe de que adquiriese otras mil muñecas y se ocupó de enviarlas en tres barcos distintos oportunamente asegurados. Él mismo regresó de Europa con el último cargamento en mitad de una borrasca que estuvo cerca de enviarle a compartir la suerte de las muñecas de Bernard Dick. El barco, con todo, amarró finalmente en Nueva York la nublada tarde del 6 de octubre de 1885. El propio Edison, que había viajado desde West Orange para recibirle, le esperaba ya en el muelle, cruzado el rostro por una sonrisa en la que aún se percibía su temor a un nuevo naufragio. Exhausto, lívido, inepto todavía para creerse en tierra firme, Nervez apenas pudo delegar a un asistente el desembarco de las muñecas y se dejó llevar del brazo de su jefe con un ánimo que conjugaba la satisfacción del deber cumplido y cierta inexplicable tristeza.

Entrevistado décadas más tarde por el editor del Times, Charles Nervez recordaría con un estremecimiento su vuelta delirante a la fábrica de Thomas Edison en Nueva Jersey: un suplicio, señor mío, dos interminables horas en automóvil donde tuve además que soportar la inusitada locuacidad del inventor explicándome cada fase del proceso, cada argucia fabril, cada una de las imprecaciones que pronunciarían esos imbéciles de Toys and Gadgets cuando supiesen que al fin habíamos conjurado la maldición de las muñecas parlantes. E invocaría también, como quien narra sin desearlo un mal sueño, su entrada en el recinto amurallado de West Orange: el enorme edificio de ladrillo rojo, los portones carcelarios al abrigo de la noche, aquel galerón inmenso donde máquinas dentadas y fonógrafos minúsculos aguardaban como larvas hambrientas la llegada de sus novias alemanas. Por espacio de un segundo, el joven empresario se sintió engullido por un escualo inmenso, una bestia durmiente cuya entraña suspiró de pronto con las notas de una canción de cuna. Incrédulo, Nervez buscó en la sombra el origen de esa música improbable. Caminó a tientas entre planchas de concreto y poleas, tropezó con un cajón repleto de muñecas desmembradas y juró por sus ancestros que no volvería a viajar en barco. Finalmente dio con una puerta que al abrirse le mostró una ristra de cabinas de madera donde una veintena de mujeres entonaban sin tregua la primera estrofa de Jack and Jill ante boquillas doradas que enseguida le hicieron pensar en una serpiente enhiesta e insaciable.

Lo que Nervez no dice en la entrevista es que fue ahí y entonces cuando vio por primera vez a la desdichada Claudette Rouault. No afirma ni recuerda que detuvo en ella la mirada y le sorprendió que una mujer tan joven pareciera no obstante tan agraviada por los años, tan maternalmente triste. De inmediato comprendió que las otras mujeres no diferían mucho de aquella, pero fue sin duda Claudette, pálida y transida por su infinita canción, quien se clavó en su delirio como una flecha envenenada. Quizá esa misma noche, tiritando de fiebre en un lujoso hotel de la calle Reviere, Nervez abrió incontables veces la misma puerta y soñó con los labios de la muchacha repitiendo su canción cien, doscientas, mil veces al día. Y acaso fue también entonces cuando intuyó que el proyecto de Thomas Edison estaba irremisiblemente condenado al fracaso. Al principio tuvo que ser sólo eso: un presagio, una vaga asociación de ideas en las que él mismo no alcanzaba a comprender sus dudas sobre el asunto de las muñecas ni el vínculo que éstas pudieran tener con su visión de la muchacha. Acaso esa noche, en la alta mar del sudor y la fatiga, el recuerdo de Claudette fue para él uno de esos signos soterrados del desastre que sólo salen a flote cuando es demasiado tarde. Sin duda el tiempo terminaría por dar consistencia a sus temores, pero lo hizo de manera tan enigmática, que Nervez tardó aún muchos años en reconocer que su delirio de esa noche había encerrado la consistencia atroz de una profecía.

No quisieron la suerte o la ansiedad de Nervez que la fiebre le durase demasiado, escasas dos noches si se cuenta la de su llegada a West Orange. El tercer día estaba ya de vuelta en la fábrica, no curado, no entero todavía, pero ya dispuesto a comprender los pormenores de la empresa que su socio le había recitado en el trayecto a Nueva Jersey. Esa mañana, Edison le recibió de mal talante, casi ofendido por su convalecencia. Sin apenas saludarle, le exigió un informe detallado de sus gastos en Europa y poco faltó para que estallase cuando su joven socio ensayó al aire un inocente comentario sobre las muchachas que darían voz a las muñecas. Horas más tarde, un oficinista incontinente le confesó que también Bernard Dick había expresado en su momento ciertas dudas sobre las condiciones en que trabajaban aquellas muchachas, no por filantropía, sino porque era a todas luces osado esperar dulzura en las voces de quienes pasaban hasta doce horas recitando una misma tonada a cambio de un salario de hambre. No desconocía Nervez la triste fama de su socio en lo que hacía al trato con sus empleados, pero aun así no dejó de extrañarle que se mostrase tan poco dispuesto a atender un consejo en el que se jugaba tanto su prestigio de empresario como buena parte del éxito comercial de su ya atribulada empresa.

Demasiado pronto asumió Nervez que el tema de las muchachas era no sólo inabordable, sino francamente incomprensible. Aunque estaba claro que a Edison le inquietaba poco el bienestar de las muchachas, era también evidente que éstas provocaban en él una mezcla de despecho y fascinación rayana en la monomanía. Al esfuerzo del viejo por aparentar indiferencia en la proximidad de sus empleadas, Nervez fue añadiendo con el tiempo signos contradictorios que acabaron por parecerle inquietantes: un guiño involuntario, un bufido inopinado, la respiración acelerada de Edison cuando perdía un tiempo precioso reprendiendo a las muchachas menos como un patrón inconsecuente que como un padre exasperado que no acaba de entender por qué le ha dado Dios un hijo idiota. Alguna tarde Nervez tuvo que aguardar casi dos horas para arrancarle a su jefe la firma del contrato con sus distribuidores del Pacífico. Eran casi las once cuando un Edison sonrojado y esquivo le recibió en su laboratorio y rubricó el documento sin siquiera revisarlo. Cuando Nervez dejó la fábrica, le picaba aún en la memoria la congoja de haber percibido en aquel reino de espirales y probetas un indiscreto relente de jazmines mezclado con sudor y jabón barato.

La fabricación vertiginosa de la primera serie de muñecas se prolongó hasta mediados de invierno. Presa del frenesí que le invadía cuando estaba a punto de lanzar un nuevo invento, Edison iba de un lado a otro impartiendo órdenes, corrigiendo la posición del fonógrafo minúsculo en la espalda abierta de tal o cual muñeca, asegurándose de que cada ejemplar fuese cuidadosamente vestido, numerado y colocado en una caja colorida que tenía sin embargo un aire de ataúd navideño. También Nervez se dejó cegar por aquella actividad demencial, y es probable que hubiese olvidado para siempre sus más negros vaticinios de no ser porque, justo en esos días, Claudette Rouault decidió ahogarse en las aguas de un río embravecido. No es que la noticia le tomara por sorpresa, pero le dolió como si lo hubiera hecho. Cuando leyó en el diario la esquela que habían pagado a la muchacha sus antiguas compañeras de trabajo, se reprendió por no haber sabido detenerla y casi pudo ver la mancha de su ausencia en las cajas que en ese instante abandonaban la fábrica para iniciar su triunfal gira por las tiendas de Boston y Nueva York. Pensó en ella, recordó su cabeza reclinada ante la boquilla del fonógrafo, su cansancio tremebundo, el hueco que solía dejar para pasar largas horas en el laboratorio de Edison o el que dejó definitivamente cuando la despidieron por haber robado una de las muñecas traídas de ultramar. Una ráfaga de viento helado entró entonces por las puertas del galerón y quemó los ojos a Nervez mientras éste volvía a leer el nombre de la muchacha en el diario. Entonces el rostro añorado de Claudette se transformó en otros, y eran de repente las demás mujeres, sus colegas hasta hacía poco, quienes le hablaban desde aquellos días aciagos para pedirle que abogara por la pobre muchacha: dígaselo a Edison, señor Nervez, pregúntele cómo espera que esa niña pase el invierno, él sabe mejor que nadie que la muñeca que cogió le pertenece como si fuera su propia hija.

Pero a Nervez le había faltado el valor para escuchar tales ruegos, esas voces que empezaron siendo dóciles y terminaron maldiciendo por lo bajo al Mago de Menlo Park. Ahora lo sabía, e intuía asimismo que el fantasma amoratado de Claudette iba a cobrarle cara su negligencia. Sin decir palabra recortó la esquela, la guardó en su bolsillo y se encerró en su oficina anticipando el día de muchos años después en que un periodista del Times o un admirador cualquiera le extrajese sus memorias sobre Edison. Casi pudo ver sus manos de viejo sobre la mesa, su cuerpo ansiando una muerte apacible y su boca desdentada hablando sin convicción de una ahogada encinta en un río o del escándalo, oportunamente silenciado, de una segunda serie de muñecas parlantes que extrañamente terminaban su versión de Jack and Jill con cierta estrofa inesperada y macabra. Algo cantaban esas voces de rencor, algo sugerían aquellos versos sobre un mago, un embrujo y una princesa muerta. Mas no hay modo de saber exactamente qué decían: de esa segunda serie de muñecas parlantes se vendieron apenas treinta, y todas ellas fueron readquiridas por Edison para borrarse luego con sus hermanas de la faz de la tierra.


De El androide y las quimeras,
Páginas de Espuma, Madrid, 2008.

 


La balada del pollo sin cabeza


¿En qué mal punto el pollo de los hermanos Olsen dejó de ser un pollo para convertirse en otra cosa? Historias así sólo corroboran que en el tirabuzón del tiempo gobierna la casuística del huevo y la gallina, o en este caso, del pollo y su leyenda. Cuando ahora releo mis notas sobre la historia de Mike, el pollo sin cabeza, comprendo mejor que nunca por qué aseguran que la línea de lo narrado es siempre una aporía.

No puedo evitarlo: cada vez que me pregunto cómo acabó esta historia termino por hablar del día en que decapitaron al pollo. Y siempre, también, enmiendo el rumbo: puede ser que aquel día haya sido, en efecto, el día de la muerte del pollo tal cual era, digamos, su final en tanto pollo. Pero con esa muerte, de haber sido otro el orden de las cosas, ninguna historia digna de contarse habría arrancado: el pollo habría sido sólo un ave muerta y anónima, un pollo más o menos comestible, como cualquier otro pollo. Bien vista, la decapitación del ave esa mañana de julio es propiamente un comienzo. Un gran comienzo, hay que decirlo.

Y el final, ¿dónde cae? El auténtico final del pollo sin cabeza debe de estar en otra parte. Acaso sea mejor buscarlo en la noche en que el pollo murió, quiero decir: la noche en que de veras murió. El final podría comenzar así: Una noche Mike, el famoso pollo sin cabeza, se asfixió en un motel de Phoenix, y sus amos, que a costa del ave habían amasado una pasable fortuna, se derrumbaron. Acto seguido podría añadir a este final un epílogo que rezara así: en tiempos de Eisenhower, endeudados por su afición a la ruleta y por la muerte de su mítica mascota, Wilbur y Lloyd Olsen solicitaron mis servicios para disecar el cuerpo del pollo, pues pensaban venderlo al Museo Smithsonian. Desde luego, me rehusé: a esas alturas el cadáver de Mike carecía de lo indispensable para una taxidermia decorosa. Por otra parte, los Olsen me dieron siempre mala espina. Mis colegas en Tucson me habían contado que en otros tiempos, cuando el pollo aún vivía, los hermanos habían impuesto condiciones draconianas para que la ciencia estudiase la milagrosa supervivencia del pollo. Ahora el ave estaba muerta, y de ella sólo quedaban su recuerdo y el rencor que su portento había sembrado en la región. De nada sirvió a los Olsen presentarme a Mike en un frasco de formol: igual los expulsé de mi taller. Tengo entendido que esa misma noche los Olsen perdieron en apuestas sus últimas monedas y arrojaron el cuerpo de Mike a las aguas del Lago Ashuntah.

* * *


Noto con alarma que este epílogo lacustre no servirá para cerrar la leyenda del pollo sin cabeza. Se me ocurre que la historia podría terminar en otro momento, no ya con la extinción de Mike ni con la inmersión de su cadáver en el Lago Ashuntah ni con la petición taxidérmica de sus amos. Podría terminar, creo, con la muerte de los hermanos Olsen.

Hace meses visité por causalidad el pueblo de Fruita, Colorado, y supe que los Olsen murieron ahí hace veinte años, con escasa diferencia de días. Si bien vivieron en el mismo pueblo hasta el último momento, Wilbur y Lloyd Olsen habían dejado de hablarse. Se culpaban mutuamente de la muerte de Mike, y no es del todo improbable que murieran por las heridas que se infligieron una tarde en que la añoranza del pollo y el exceso de alcohol les resultaron tan opresivos que derivaron en violencia fratricida. Nada dicen hoy sobre esa riña los habitantes del pueblo, ni siquiera quienes conocieron a los Olsen y viven todavía para contarlo. A pregunta expresa, los testigos de tal pelea suelen irse por las ramas: miran el horizonte, mascan un tabaco casi siempre imaginario, suspiran y responden solamente que Mike era un pollo grande, así de gordo. Sí, matiza alguien más, Mike era un pollo gordo que no sabía que le faltaba la cabeza. Y ríe. Todos en ese pueblo ríen y mascan sin cesar tabaco imaginario.

En Fruita, Colorado, la gente habla del pollo sin cabeza con un morbo sazonado de compasión. Se diría que lo extrañan. Los más viejos se estremecen visiblemente cuando cuentan que, en los dos años que duró su gloria, Mike engordó hasta tres kilos alimentado a través de un canutillo que los Olsen le encajaban en el muñón del cuello. Agregan los viejos que con ese mismo muñón Mike se limpiaba las plumas y hasta creía picar alpiste.

En efecto, parece que Mike lo pasaba tan bien como podría pasarlo cualquier pollo. Ignoraba que le habían descabezado como ignoraba también que el mismo canutillo que lo mantenía vivo iba a ser su perdición y la de sus amos. Los habitantes de Fruita concuerdan en que era un buen bicho, ese Mike, si bien se le veía poco en el pueblo. Cuando los Olsen partían de gira, la gente de Fruita echaba de menos al buen pollo, y aprovechaba la ocasión para murmurar contra los hermanos, ese par de vivos que cobraban hasta veinticinco centavos por ver a nuestro querido Mike, el Inefable Pollo sin Cabeza.

Mike estaba asegurado por la nada despreciable cantidad de diez mil dólares. Los Olsen jamás llegaron a cobrarlos, pues a la muerte del bicho la afianzadora argüyó que éste había muerto por negligencia de sus amos. Ellos lo mataron, certifican indignados los viejos de Fruita, afamados mascadores de tabaco imaginario. Cuando entran en confianza y se les van los tragos o la lengua, los viejos aún discuten sobre cuál de los dos hermanos tuvo la culpa de la muerte de Mike. La discusión es, desde luego, bizantina. En los setenta, sin embargo, la polémica alcanzó proporciones épicas. El pueblo de Fruita se escindió entre los que tomaban partido por uno u otro hermano en la responsabilidad de la muerte del pollo. Familias y generaciones completas entraron en pugna. La disputa trascendió muy pronto la memoria del buen pollo y escaló en campales batallas de orden político, religioso y hasta deportivo. En algún punto de la crisis las autoridades se vieron obligadas a intervenir, y no faltaron las manifestaciones y los porrazos, que sólo cesaron cuando irrumpió en la calle mayor de Fruita una tanqueta bien provista con mangueras antimotines. En recuerdo de esos años turbulentos, el tendero del pueblo conserva tres latas de gas lacrimógeno que está dispuesto a mostrar a los visitantes, previa donación de veinticinco centavos que, asegura, serán destinados a la construcción del Museo del Pollo sin Cabeza, ni más ni menos.

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Hoy en día da igual quién mató o dejó morir al pobre Mike. Ahora el pueblo de Fruita muestra por ambos hermanos pareja aversión. Piensan que el pollo pertenecía a todos, y que los Olsen son culpables en igual medida, pues no eran más que sus guardianes. El destino les había encomendado cuidar a Mike, y ellos no supieron estar a la altura de su insigne misión. Ningún derecho tenían ellos a lucrar con el maravilloso pollo, no digamos a matarlo. Que lo cuidaron bien por un tiempo, nadie puede negarlo. Pero podrían haberlo hecho mejor.

A los Olsen los cegó la hybris, claman los sabihondos de Fruita. Milagros como Mike se dan cada miles de años, dicen, y los hermanos Olsen no supieron verlo. ¿Cuántos pueblos en la historia han sido bendecidos con un ser de las características de Mike? Pocos, en verdad muy pocos. No por nada en vida de Mike hubo en Colorado una auténtica epidemia de decapitaciones de aves. Claro que esto, por sí mismo, no es novedad: siempre, en alguna parte del planeta, se está decapitando un pollo. Las estadísticas de Animal Watch señalan con escándalo que sólo en la Unión Americana muere un pollo cada cinco segundos. Pero Mike, se entiende, era distinto, como lo fueron también sus frustrados imitadores. Quienes se dieron a descabezar aves en esos tiempos lo hicieron con el claro propósito de reproducir la suerte formidable del pollo sin cabeza. Y fracasaron: los pollos decapitados con tal fin duraron entre los habituales diez segundos y, en casos contados, hasta dos días. Una mujer de Wichita anunció que había conseguido reproducir el portento de Mike, y pasó a exhibir en su granja a su propio pollo descabezado. La mujer fue encarcelada meses después, cuando trascendió que, si bien había encontrado el modo de mantener viva a un ave sin cabeza por espacio de una semana, guardaba en su granero una provisión de pollos idénticos al primero que esperaban cada lunes la muerte de su predecesor. El llamado Magno Fraude de Wichita sólo sirvió para acrecentar la fama de Mike.

En su mejor momento, el pollo sin cabeza llegó a acarrear a sus amos hasta cuatro mil quinientos dólares en un mes, libres de impuestos. En ese entonces la revista Scientific American publicó un extenso estudio que indagaba en los motivos posibles de la supervivencia de Mike, y concluía que el pollo sin cabeza sólo podía ser una estafa descomunal. Tal como había ocurrido con el desenmascaramiento de sus imitadores, la sentencia de los biólogos sólo hizo más popular al animal. Lo que había comenzado con una simple exhibición morbosa del ave en un granero de las afueras de Fruita derivó pronto en un elaborado ritual. Los visitantes pagaban su entrada al granero, pasaban en grupos de cinco a una improvisada estancia donde Wilbur Olsen los recibía sentado en un sofá rojo. La luz comenzaba por ser tenue y aumentaba en intensidad según progresaba el espectáculo. En la penumbra, con el pollo apaciguado en su regazo, Wilbur hacía gala de sus recién descubiertas dotes histriónicas. Había aprendido a imitar las inflexiones de Billy el Mago Jones, histórico comentarista de béisbol radiado, y con esa voz contaba cómo un día él o su hermano habían decidido desayunarse uno de sus pollos. Era una mañana gris y helada, recordaba Wilbur con la voz prestada del Mago Jones. El verdugo en turno, que había pasado una mala noche, se distrajo en su ejecución, de modo que el hacha dejó suficiente tronco encefálico para permitir que el animal siguiese vivo. Por supuesto, decía Wilbur Olsen, lo primero que pensaron fue en rematar al animal para acabar con su sufrimiento. Entonces pasó algo, anunciaba Wilbur. Un rapto, una iluminación, llamadlo como gustéis, señoras y señores. Lo que quiera que haya sido, lo cierto es que les impidió seguir adelante con la aniquilación de Mike. Fue acaso un titubeo, decía Wilbur, y luego eso: la epifanía. Los estertores del ave nos hipnotizaron, en cierta forma nos poseyeron, decía. Mike seguía vivo, tenía que seguir vivo. ¿Por qué, señoras y señores?, preguntaba Wilbur Olsen alzando la voz. Y rugía: Porque nuestro Mike es un pollo fuera de este mundo. Con esto las luces del granero se encendían del todo, y los visitantes extasiados podían ver a Mike. Pero aún no lo veían en su total magnificencia: veían un pollo ordinario, un pollo con cabeza en el regazo del elocuente Wilbur. La decepción inicial era enorme. Wilbur fingía sorpresa, luego vergüenza y finalmente indignación. Venía entonces su magistral vuelta de tuerca: cogía al pollo, lo zarandeaba, le apretaba el cuello y de un mordisco le arrancaba la cabeza con escándalo de los presentes, que aullaban al mirar cómo Mike caía al suelo y comenzaba a desplazarse por el granero como si en efecto buscara la cabeza que acababa de perder entre los dientes de su amo.

Aquella, claro está, era una cabeza artificial. La auténtica había sido devorada por un gato el mismo día en que Mike fue descabezado por primera vez. Como sea, la actuación de Wilbur Olsen era tan estruendosa como memorable. En suma, un éxito.

Con ese mismo libreto los Olsen recorrieron el país de costa a costa. En algún momento las autoridades amonestaron a aquel pequeño circo itinerante: el espectáculo, aducían, era morboso e impropio para niños. Los Olsen se defendieron argumentando que las decapitaciones de pollos eran cosa habitual y pública en el país, pero eso no bastó para que Mike fuese proscrito en los estados de California y Texas. En Arizona, empero, se permitió a los hermanos continuar con su periplo mientras pagasen impuestos y regulasen la edad de los asistentes a su espectáculo.

* * *


Los Olsen siguieron con su gira y con su dicha mientras se los permitió la suerte. Viajaron y escandalizaron, prodigaron sus ganancias en innúmeras tabernas, casinos y burdeles del suelo americano, y puede incluso que hayan pasado a Tijuana. Vivieron, en fin, a costillas de su pollo perpetuamente decapitado hasta que a éste le llegó la muerte, quiero decir, la verdadera muerte.

La anécdota de la extinción de Mike tiende a parecer sencilla y predecible. Una noche, mientras los hermanos descansan en un motel de Phoenix, el pollo comienza a asfixiarse. Sucede que uno de los Olsen, nunca sabremos cuál, ha olvidado en el lugar de la función el canuto que mantenía al ave con vida. Wilbur corre en busca del canuto mientras Lloyd desespera por salvar a Mike. Tampoco sabremos nunca qué hizo exactamente en esos minutos el atribulado hermano, o si lo que hizo fue pertinente. Lo cierto es que no fue efectivo ni suficiente: esa noche Mike, el pollo sin cabeza, acabó de encontrarse con la muerte que venía cercándolo desde hacía dos años. Era demasiado tarde cuando el sudoroso Wilbur volvió al motel con el canuto redentor: Mike yacía definitivamente exánime en la alfombra. Lloyd rabiaba.

El problema con las bendiciones del destino es que rara vez las juzgamos limitadas. No entendemos que nadie merece para siempre su buena estrella, y que la providencia es aliada del demonio, que sólo consiente nuestra gloria por un rato y siempre a cambio de algo. Casi nunca estamos preparados para pagar el precio que se nos pedirá por la gracia sólo aparente de haber sido elegidos por los hados. Eso mismo, o algo semejante, sucedió con los Olsen: no estaban listos para la muerte de Mike, y pagaron haber pensado que su ave viviría eternamente. Tras la muerte del pollo los Olsen se negaron a diseccionarlo, le guardaron con honores en su frasco de formol y se entregaron a la consunción. Cuando volvieron a Fruita no hubo quien los recibiera como sentían que merecían ser recibidos. Hallaron las ventanas y las puertas cerradas, algunas adornadas con crespones que lloraban menos a Mike que a los muchachos que por entonces se desangraban en Normandía o en Guadalcanal. Por entonces volvieron del frente algunos jóvenes mutilados, y es posible que sus presencias acentuasen la nostalgia del pollo mítico, así como las desavenencias entre los hermanos Olsen. Cuando alguien mencionaba a Mike, el pueblo entero miraba los muñones de sus hijos y añoraba al ave como si con ella hubiera muerto la esperanza de un mundo mejor, más completo y más dulce. En sus campañas de reivindicación, también los veteranos de Corea adoptarían la consigna de Todos somos Mike, y no faltó quien entonces presentase en los juzgados una demanda contra los Olsen por daños a la nación.

En la década de los ochenta, un renombrado antropólogo de origen croata consagró varias páginas a las connotaciones semióticas y colectivamente fratricidas de esta historia. Su disquisición es ciertamente lúcida, y pretexta el caso de Mike para hacer notables aportaciones a la teoría de la mimesis y el ritual victimario. El filósofo, con todo, no alcanza a iluminar el encono de la sociedad de Fruita contra los amos de Mike, ni los resortes que habrían conducido a éstos hacia la mutua destrucción. Extraña todavía que no hubiese pasado un año de la muerte de Mike cuando los hermanos se declararon en bancarrota e intentaron vender el cuerpo disecado de su ilustre pollo al Museo Smithsonian. Poco después se perdieron juntos en una borrachera campal que acabó en un lío de recriminaciones y navajazos que dio con ambos en el hospital, y más tarde en la tumba. Quizás los Olsen se han reunido ya con su añorado Mike, que tan buena fortuna llegó a significarles y que tanta falta terminó por hacerles. Por desgracia los hermanos no alcanzaron a saber que el tiempo les resarciría indiscretamente sus cuidados del insólito animal, pues ahora, cada mayo desde 1999, el pueblo de Fruita, Colorado, capital mundial de los mascadores de tabaco, conmemora con desfiles y pantagruélicos concursos de comida el Día del Pollo Sin Cabeza.


De Los reflejos y la escarcha,
Páginas de Espuma, Madrid, 2013.

 


Apuntes de balística


No niego que los falsificadores de Capadocia saben hacer bien su trabajo, pero basta un mínimo de pericia para reconocer un auténtico Hutchinson-Van Neuvel entre los numerosos ejemplares piratas que han invadido los ejércitos europeos en los últimos cinco años. Para comenzar, la culata del Hutchinson, tallada casi siempre en roble rojo de las islas Fidji, pesa exactamente tres libras con veinticinco onzas, y mide quince punto cuatro pulgadas desde el detonador hasta la hombrera. Es verdad que en ocasiones dicha longitud puede dilatarse un poco, pero eso depende de las condiciones atmosféricas del combate, que no así de la factura del Hutchinson. El peso del arma, por otro lado, se mantiene siempre con matemática precisión, y es ahí donde en verdad radica una de sus mayores cualidades: si bien es cierto que la culata de una falsificación se expande mucho menos con las variantes de temperatura, la madera turca es mucho más porosa, por lo que la culata absorbe enormes cantidades de agua que aumentan su peso con efectos perniciosos no sólo en la precisión del disparo, sino también en el cuerpo y la resistencia del tirador. En reiteradas ocasiones se ha podido comprobar que si un occidental medio, armado con un auténtico Hutchinson-Van Neuvel, disparase durante tres horas a razón de quince proyectiles por minuto, el área de piel sobre su hombro acabaría por presentar un hematoma del tamaño de un limón maduro, mientras que en el caso de una falsificación, especialmente en ediciones turcas del catorce o aun en las japonesas del diecisiete, los disparos de un soldado en idénticas circunstancias terminarían por fracturarle la clavícula. Todo ello sin considerar que sólo un veinte por ciento de sus disparos habría dado en el blanco.

Pensemos en un tirador hipotético que debiese permanecer un tiempo considerablemente largo acuclillado con un flamante Hutchinson al hombro: está claro que, aun cuando este hombre no disparase una sola vez, el tiempo transcurrido y la ausencia de su cuerpo de una adecuada irrigación sanguínea multiplicaría exponencialmente el peso del arma hasta causarle en el hombro un dolor insoportable. Desconocemos hasta hoy cuánto tiempo toleraría el soldado promedio tal dolor según portase un Hutchinson falso o uno auténtico, pero se especula que el margen temporal de tolerancia al peso entre una y otra armas podría traducirse sin problemas en meses e incluso en años.

Evidentemente, ningún hombre ordinario conseguiría jamás mantenerse tanto tiempo en posición vigilante, pero no está de más imaginarlo para comprender, en éste y muchos otros sentidos, cuán distintas pueden llegar a ser dos armas en apariencia idénticas como son el Hutchinson y sus imitaciones. Pensemos que existe, pues, un soldado lo bastante leal y bien entrenado como para mantenerse años en posición de tiro sobre una torreta de vigía, imaginemos que ha olvidado al fin sus necesidades más elementales y que ahora él mismo se ha transformado en un arma tan exacta y duradera como su Hutchinson. Este soldado hipotético es ahora una máquina resistente a todo, capaz de sobrevivir no sólo a la intemperie, sino a la duración promedio de nuestras guerras más recientes. Tal vez este hombre ha llegado a fundirse con su propia arma, o las detonaciones le han dejado tan sordo que no ha podido escuchar el toque de retirada y se encuentra tan atento a un blanco preciso de las trincheras enemigas que ni siquiera ha percibido el fin de la batalla al pie de su torreta. En tal caso, la especulación en tomo al Hutchinson no se limitaría a cuestiones de peso, sino a muchas otras de sus características.

Cabe aclarar aquí, por ejemplo, que la mirilla telescópica de los Hutchinson, tanto falsos como auténticos, comprende un radio extremadamente estrecho si se los compara con armas de explosión más sofisticadas. Dicha limitación, sin embargo, no se debe una vez más a imperfecciones de fábrica, sino al hecho de que la precisión de una mira telescópica es siempre inversamente proporcional a la amplitud del terreno que comprende. Bastaría por eso que nuestro soldado-máquina tuviese en la mira a otro tirador apostado en el campo enemigo para que el resto del paisaje desapareciese por completo de su campo de visión. En este orden de ideas, no resulta entonces inverosímil que un vigía sordo y acuclillado en una torreta a tres metros de altura perciba exclusivamente el objetivo de sus disparos. El mundo se ha reducido para él a unos cuantos metros, su mente sólo piensa en superficies mínimas, y ni siquiera el cuerpo del enemigo aparece ante sus ojos como una totalidad, sino sólo como distancias milimétricas entre el casco y las pupilas, entre una ceja y otra, allí donde su disparo debiera herir al contrario para hacerle caer de su torreta y dejarlo exánime en el fango. En rigor, la precisión de la mira telescópica de un Hutchinson sería en tales circunstancias suficiente para que nuestro hombre destrozara al enemigo con un solo disparo, siempre y cuando dicho objetivo se encontrase situado a una distancia no mayor de ochocientas yardas, en el caso de un Hutchinson auténtico, o setecientas ochenta, para una falsificación turca o japonesa.

Pero, ¿qué pasaría si el enemigo fuese un tirador en principio idéntico al nuestro, algo así como una falsificación especular de nuestro hipotético vigía, también inmóvil, también acuclillado sobre una torreta y también armado con un Hutchinson-Van Neuvel? Es sin duda en este tipo de especulaciones donde la balística pierde su habitual concreción y tiene que echar mano de la psicología y aun de la metafísica para conseguir una visión completa de las circunstancias.

El primer dilema al que tendría que enfrentarse un tirador imaginario que tuviese a otro hombre en apariencia idéntico enfilado en la mirilla, es la conciencia de que su enemigo lo tiene asimismo en la mira y que, por tanto, ambos desempeñan el doble papel de potenciales víctimas y victimarios. Desde una perspectiva humanista, al reconocer de esta forma su propia condición a través del arma, el soldado acabaría por traicionarse y se abstendría de disparar contra su imagen en el espejo. Hemos dicho, sin embargo, que la sola mirilla del Hutchinson fragmenta y objetiva a los tiradores hasta convertirlos en meras máquinas de destrucción. Su humanidad sufre un notable menoscabo y su único objetivo pasa a ser la anulación del contrario al menor costo posible. En una palabra, el tirador ideal sería aquel que hubiese conseguido apartar de sí todo rasgo emotivo: sus sueños de volver a casa, el rostro de quienes aguardan su retorno, e incluso su deber para con la patria. Ciertamente, resulta inevitable considerar que, en una conciencia de tal forma mecanizada, existe también la irónica certeza de que, si el vigía pretendiese abandonar el puesto o accionar siquiera el gatillo, provocaría de inmediato el disparo de su tirador-espejo, el cual aguarda como él el más ligero movimiento de su contrario para disparar. En este caso, nuestro vigía hipotético parecería condenado a ponderar eterna y mentalmente su probabilidad de matar o ser muerto, asunto este último de difícil consideración, por cuanto va más allá de su voluntad de sobrevivir y nos devuelve irremisiblemente a las propiedades físicas del Hutchinson-Van Neuvel.

Pensemos, por decir algo, en términos de distancia. Si el enemigo se encontrase exactamente a ochocientas yardas de nuestro vigía y estuviese armado como él con un Hutchinson auténtico, entonces los disparos de ambos, en tanto que emitidos al unísono, se estrellarían en el aire. Bastaría, no obstante, que sólo uno de los contrincantes estuviese armado con un Hutchinson de fabricación turca para que el portador del auténtico rifle se levantase con la victoria.

De más está repetir que nuestros soldados saben calcular mejor que nadie la distancia que media entre ellos y sus blancos, pero saben, por otra parte que un cincuenta por ciento de nuestros Hutchinson son turcos, mientras que sólo un veinte por ciento de los rifles del enemigo provienen de Capadocia u Oki Nawa. En principio, esto último se presenta como una franca desventaja para nuestras tropas y, concretamente, para nuestro vigía imaginario, quien conoce sin duda la estadística pero es incapaz de distinguir entre un rifle auténtico y una falsificación. Este hombre sabe que sus probabilidades de dar en el blanco son matemáticamente menores que las de su oponente, y comprende que, si disparase su arma incitando el disparo del otro, sus temores de morir sin matar debieran ser mayores que los del enemigo. Afortunadamente, sabemos por otro lado que los soldados del ejército contrario son menos diestros a la hora de calcular distancias de tiro, además de que desconocen la estadística antedicha y creen a pie juntillas que somos nosotros quienes contamos con un mucho mayor porcentaje de auténticos Hutchinson. Por esta razón aun cuando la realidad va en contra nuestra, las dudas de ambos vigías respecto de la autenticidad de sus armas los sitúan, por decirlo de algún modo, en un mismo nivel de incertidumbre y, por ende, de vulnerabilidad. En tales circunstancias los tiradores, si idénticos tanto en destreza como en incertidumbre respecto del alcance y precisión de sus armas, tendrían que enfrentarse a tres alternativas: aniquilar al contrario y sobrevivir indemnes al disparo de éste, morir y fracasar en el propio disparo de su falso Hutchinson enfrentado al auténtico rifle del enemigo, o presenciar la colisión de dos balas idénticas sobre un punto cualquiera del campo de batalla.

Pero existe en este ejercicio especulativo una cuarta posibilidad, la más aberrante y perniciosa para el arte de la guerra: que ambos soldados idénticos e hipotéticos permanezcan indefinidamente en su puesto esperando que el otro emprenda la fuga o dispare. Si recordamos que nuestro vigía se ha convertido en una máquina capaz de tal portento, esto seguramente provocaría que nuestras tropas, volviendo a las trincheras para combatir en una nueva guerra, se encontrasen con el desmoralizador espectáculo de dos vigías inmóviles o, en el peor de los casos, con los fragmentos dispersos de dos combatientes tan viejos que sus cuerpos extenuados no habrían resistido el reculón de sus armas al disparar tras muchos años de titubeo. Esta especie de suicidio parece ajeno ya al dilema que nos ocupa, pero sigue estando en íntima relación con las dudas que habrían llevado a ambos hombres a esperar por tanto tiempo el disparo fetal. De aquí la importancia de proveer a nuestras tropas con auténticos Hutchinson-Van Neuvel, o de al menos adiestrarlos para distinguirlos de una falsificación.


De Las antípodas y el siglo,
Espasa Calpe, México, 2001.