Extrañeza y resplandor de la filosofía
de Carlos Pereda

 

En un mundo que nos tiene acostumbrados a la repetición y al tedio, de repente, inesperadamente, algunas situaciones, o mejor dicho, algunas preguntas sobre aquellas situaciones, nos dejan extrañados. Entonces, interrumpimos el paso. Nos hacemos a un lado y prestamos atención al enigma planteado. Una estrategia para retomar la ruta sin demora es "normalizar" esas preguntas, es decir, reformularlas de tal manera que por medio de ciertos métodos especializados podamos descartarlas o resolverlas. La verdadera actitud filosófica, sin embargo, consiste en aceptar la extrañeza de la pregunta e intentar responderla de manera frontal. En este ensayo, Carlos Pereda ofrece una exploración de la perspectiva de la extrañeza que acompaña a la reflexión filosófica desde sus inicios. En una variación del tema, Pereda aborda dos dificultades para hacer filosofía en América Latina: el fervor sucursalero y el afán de novedades. En ambos casos, encontramos, quizá, la negra sombra de la razón arrogante. Este ensayo es una defensa de una forma de pensar, preguntar e imaginar nuestra realidad natural y social. Frente a los enemigos de la perspectiva de la extrañeza, Pereda nos invita a que no perdamos la curiosidad y la perseverancia sin las cuales no podría cultivarse la filosofía.

El primer encuentro con un pensamiento original produce una sensación de extrañeza. Es como entrar a un país desconocido, en donde la gente habla otro idioma y las casas tienen otras formas. La filosofía de Carlos Pereda genera esa sensación. No se parece a lo que estamos acostumbrados, porque Pereda ha logrado desarrollar un método y un estilo propios. La íntima relación entre el método y el estilo en la prosa filosófica la distinguen de otras disciplinas. Como en el caso de otros filósofos de altura, el método filosófico de Pereda es inseparable del estilo de su escritura. No es el del artículo analítico (el llamado —de manera chocante— paper); tampoco el del clásico ensayo filosófico hispanoamericano (que tantas veces se extravía en sus florituras), y, sin embargo, tiene mucho de ambos. Digamos que es un estilo híbrido, aunque quizá sería mejor describirlo simplemente como "el estilo de Carlos Pereda" porque es único, irrepetible. ¿Qué caracteriza a este método-estilo? Doy unos cuantos ejemplos. Uno, es el uso frecuente y atinadísimo de los ejemplos, es decir, de las circunstancias, costumbres y formas de vida sobre las que a veces flotan y a veces se hunden los problemas filosóficos. Otro, muy ligado al anterior, es la atención al uso cotidiano de las palabras, a las maneras en las que los giros, a veces sutilísimos, de nuestro vocabulario producen destellos o fantasmas. Una característica del método de Pereda es la reiterada formulación de ciertas normas de la razón y de la acción. Estas normas —que a veces parecen consejos y, a veces, incluso, refranes— se insertan cual peldaños que nos permiten alcanzar niveles superiores de exploración, y, al mismo tiempo, como recursos para recordar y recapitular. Pero quizá lo que más caracteriza a la filosofía de Pereda es la extrema atención que se presta en ella al terreno movedizo de las razones, a la compleja trama de los argumentos. En la obra de Pereda se escuchan por todos lados las voces de mil y un debates. Es una filosofía dialógica en el sentido más rotundo de la palabra.

La obra filosófica de Carlos Pereda ocupa un lugar muy especial en el ámbito de la cultura hispanoamericana. El ensayo reproducido en este folleto es un excelente ejemplo de todos sus recursos, de todas sus virtudes y, también —y esto es un halago— de todas sus extrañezas.


Guillermo Hurtado