I

 

Con frecuencia con la palabra "extraño" hacemos referencia a quien no pertenece al grupo, familia, nación —a quien es un extranjero, un exiliado, un intruso—, o señalamos que se está ante algo diferente de lo normal: frente a lo que perturba y causa aversión o, al menos, ante lo que es inesperado. También acudimos a la palabra "extrañar" en ese último sentido, como cuando con sorpresa exclamamos: "¡Me extraña que tengas todavía fuerza para empezar de nuevo!" Previsiblemente, a menudo el efecto de un extraño, o de un suceso que extraña, es obligarnos a ejercer el arte de interrumpirnos en nuestros deseos, creencias, emociones más habituales, y quedar boquiabiertos ante lo desconocido: atónitos. O, si se prefiere una palabra que soporta un prestigioso linaje en reflexiones como ésta: nos colma el asombro.

Entonces, ¿poseen muchos problemas y argumentos filosóficos vínculos directos con el arte de interrumpirse? Porque trabaja con asombros, quien se enfrenta a tales problemas, ¿se aboca a indagar asumiendo la perspectiva de la extrañeza? Por eso, ¿se acusa a muchos problemas y argumentos filosóficos de importunar con una perspectiva a partir de la cual se plantean problemas anormales que molestan y enredan y, como consecuencia, desorganizan los otros discursos, experiencias y prácticas?

Sin embargo, ¿qué sería eso: un problema anormal? Además, ¿en qué sentido se podría calificar a un argumento de anormal?, ¿acaso en cuanto respuesta a problemas no menos anormales? Se predican palabras como "anormal" en contraste con lo que es parte de lo acostumbrado: situaciones y personas que nos son familiares, lo que es habitual que confrontemos. Sin embargo, respecto de problemas y argumentos, ¿de qué manera se describiría un horizonte de normalidad?, ¿cómo se caracterizarían los problemas y argumentos normales?

Nadie se alborote. Recordemos que no sólo somos animales herederos sino animales conflictivamente herederos. La alternativa que quizá con vano dramatismo he esbozado entre problemas y argumentos normales y problemas y argumentos anormales producto de alguna perspectiva de la extrañeza, con conceptualizaciones y valores en conflicto se encuentra presente en muchas herencias culturales. Variaciones diferentes pero características de ese contraste son la demarcación que establece Aristóteles entre disputas analíticas y dialécticas, el modo en que Kant contrapone las tareas del entendimiento y las de la razón, la manera en que Carnap distingue entre problemas y pseudoproblemas y, correlativamente, entre argumentaciones internas y externas.

Con el propósito de volver a rodear una vez más ("¡otra vez!", tal vez se censure con aspereza) ese laberinto de anormalidades que al parecer caracteriza a muchos problemas y argumentos filosóficos y los puebla de asombros —la presunta perspectiva de la extrañeza—, procuro aclarar qué entiendo por problemas normales y anormales y, también, por argumentos normales y anormales. Después observo cómo a menudo se intenta malamente normalizar los problemas y argumentos anormales. Hacia el final de la reflexión buscando comprender ese desvivirse por consolidar malas normalizaciones contrasto los conceptos de razón arrogante y razón porosa. Pero no corramos demasiado.