VII

 

Conviene echar una mirada al camino recorrido por esta reflexión. Retomando varias herencias culturales, como primer paso propuse distinguir entre

—problemas y argumentos normales,

—problemas y argumentos anormales de primer grado o anómalos,

—problemas y argumentos anormales de segundo grado o extraños.

El segundo paso consistió en atender cómo respecto del segundo y tercer tipo de problemas y argumentos, los problemas y argumentos anormales, con frecuencia y hasta con furia —¿explicable?—, encontramos empeños de normalización en direcciones incluso opuestas. Indiqué que en relación con estas normalizaciones estábamos ante malas normalizaciones. ¿Por qué? De diferente manera son programas o vicios que intentan acabar con la perspectiva de la extrañeza.

Sus consecuencias: nos negamos a considerar que puede haber situaciones y problemas que nos deben asombrar. Sí, ciertos problemas una y otra vez no deberían dejar de asombrarnos y, según la ocasión, hacernos reflexionar o escandalizarnos o conmovernos. Porque si ello no sucede y viciosamente se vuelven normales los más diversos deseos, creencias, emociones, argumentos, me condeno a no salir de la propia caverna. Mas todavía, quien en su vida no deja lugar para la duradera perplejidad y tiene explicaciones para todo, de seguro pronto acaba satisfecho con explicaciones que no son más que pseudoexplicaciones, cuando no meramente excusas y mentiras. Por eso, dignifica tanto asumir la perspectiva de la extrañeza. De ahí que tal vez haya más vínculos de los que nos gustaría aceptar entre los empeños de mala normalización epistémica y ciertos vicios coloniales: al menos en unos y en otros la ambición de acabar con la perspectiva de la extrañeza a menudo resulta del miedo a dejar de sentirse arropados por el miedo a ser refutados y, así, tener que recobrar el coraje de estar dispuestos a modificar deseos, creencias, emociones.

En cambio, el tercer paso de esta reflexión se aventuró con una arriesgada conjetura: detrás de muchos empeños de normalizar mal la perspectiva de la extrañeza operan usos arrogantes de la razón. En tales vértigos simplificadores se encuentra en obra, pues, la razón arrogante y sus procedimientos de ansiosamente adherirse, de apoyarse desdeñando, de blindarse. Quizá con excesiva premura —como si los atractivos de la razón arrogante fuesen casi irresistibles y hubiese que combatirlos de inmediato— se opusieron estos usos de la razón a sus usos porosos. Pero a menudo la premura sólo agrega mal al mal. Por eso, casi diría, por desgracia, urge todavía discutir un problema.