Don Gabino Barreda
y las ideas contemporáneas*


Mejor que referirme a la obra social de don Gabino Barreda, ya ampliamente discutida y elogiada, procuraré recordarlo como adepto de una filosofía, rindiéndole un tributo que quizá para él hubiera sido el más amable; tributo que consiste en señalar cuáles de sus enseñanzas han tenido valor procreativo, bastante a encaminarnos por la senda en que se logran las visiones elevadas del mundo y de nuestro ser.

La doctrina que solamente crea sectarios y convencidos mata la espontaneidad y como que anula otras vidas. Es una alta gloria la del maestro que deja tras de sí, más bien que fervientes adoraciones, revivir de esperanzas. Y me imagino que si los maestros de hombres pudiesen mirar las generaciones que les suceden, habrían de mostrar predilección orgullosa por los que llevan su doctrina más allá de los límites originales o sinceramente la reniegan, si algo nuevo los exalta más. Porque al fin lo que ellos amaron es el ideal misterioso, y la obra se continúa mejor haciéndolo fructificar vario y juvenil, que gastando en repeticiones su virtud.

Por eso a la memoria de Barreda, que supo pensar su tiempo, ofrezco nuestras ideas modernas, filial y devotamente.

Diríase que la fuerza sustentadora de lo noble del universo sufre alternativas, que a veces, excediéndose, derrama tanta virtud, elabora tan magníficamente idealidades prodigiosas, que le sobreviene la fatiga, se relaja temporalmente, y entonces los espíritus, abandonados del impulso fecundo, interrumpen la procreación de novedades y se conforman tristemente con repetir y comentar la profusión inmensurable del momento anterior. Épocas de crítica en que los espíritus sabios aquilatan la obra de la generación precedente, conservando lo valioso, defendiéndolo del olvido; llenas, sin embargo, del desaliento de lo estéril.

La emoción de vivir en el mismo tiempo, en el mismo ambiente en que el ideal de formas inagotables se está revelando y haciendo en el espíritu de nuestros contemporáneos, presta energía, dignifica nuestras vidas. Al contrario, la repetición de un viejo pensar nos pone en incertidumbre, en inquietud y como nostálgicos; porque no importa cuán grandes sean las expresiones del ministerio insondable, la humanidad vuelve a sentir, periódicamente, la necesidad de preguntar otra vez, de escuchar por sí misma, de interpretar por su cuenta, todas las manifestaciones, todas las revelaciones, de la vida renovada, de la vida enriquecida por el pasado, dueña de un campo sin límites que se ensancha aún más con cada nueva visión y con cada nueva virtud.

Y nos ha tocado en suerte, a los hombres de la actual generación, vivir en un tiempo en que, lejos de comentar sin fruto el pasado, los espíritus ahondan con impulso propio el ministerio fecundo; edifican la novedad que ha de ser nuestra expresión, y de esta manera el ideal se realiza, obra en las almas y esclarece el exterior, donde, no obstante cierta disolución aparente, predomina un sentimiento de confianza, propio de los periodos exaltados en que los dolores se olvidan y las dudas se iluminan, de los instantes de claridad y de mensaje en que el sentir profético anuncia el advenimiento y la elaboración de los credos que guían generaciones.

Mas tanto se dice y se piensa con vaguedad desconcertante, tanto se duda del ideal moderno, que no basta que lo afirmemos, es preciso trasmitirlo a los incrédulos, mostrarlo a los que lo ignoran, trabajar la fórmula en que definitivamente cristalice. ¿Estamos seguros de haber excedido nuestro momento anterior? ¿Seremos realmente de los que asisten a las épocas gloriosas en que los valores se rehacen?, ¿o es sólo un vigor de juventud el que nos hace amar nuestro presente y nos lo hace aparecer más fecundo que el pasado?

Reflexiones desapasionadamente, consultemos unos con otros, purifiquemos el significado de las palabras, pensemos, en cierto modo, sin el auxilio de las frases y sólo con ideas; de manera que no nos detengamos ni en el sonido ni en la contextura del lenguaje, sino que lo usemos como canal de transmisión entre cuyos bordes va el pensamiento y se manifiesta a las almas; de modo que el verbo y la escritura sean, para la mayor precisión del pensar, de un ritmo neutro, por donde pase el movimiento de la idea sin desvirtuarse, y se transmita, como se cambian a través del aire diáfano las imágenes, como penetran por el ojo las representaciones de los objetos, sin que nos demos cuenta del funcionamiento del órgano visual.

También a fin de precisar el estado intelectual contemporáneo, conviene referirlo a sus orígenes próximos, donde seguramente está el germen de lo que hoy pensamos y donde podemos encontrar, merced a la comparación justiciera, la medida de lo que hemos avanzado o cuando menos cambiado.

Por eso, durante mucho tiempo aún, habré que volver a don Gabino Barreda y recodar que él implantó entre nosotros los fundamentos de un sistema de pensar distinto del que había prevalecido en los siglos de dominación española y de catolicismo. Relacionándolas con el pensamiento libre de Europa, puso generaciones enteras en aptitud, no sólo para ser asimiladoras de la cultura europea, sino para que sobre el asiento firme que proporciona una educación de disciplina sólida, desarrollasen las propias virtualidades especulativas y morales. Si su enseñanza puede merecer la acusación de incompleta en el sentido superior, la bondad de su método fructificó a pesar de algunos excesos disculpables en el discípulo convencido que impone las doctrinas de maestros un poco limitados. ¿Quién es el gran creador de sistemas que, sintiendo la infinitud del ideal, no piensa al reflexionar sobre su obra ya concluida, que quizá la haría mejor si la emprendiese de nuevo, que aún quedaron sin expresión y sin recuerdo muchas visiones misteriosas? Mas aquel que no elabora conceptos geniales del mundo, fácilmente se refugia en una concepción que juzga definitiva y de buena fe trata de imponerla a los demás.

A fin de salvar la responsabilidad tremenda del que propaga sistemas que quizá omiten nociones fundamentales, uno de los maestros más sinceros y más altos, el trágico Zaratustra, enunció su inmortal arenga que es hoy el credo pedagógico del filósofo: “Amigos míos, es indigno de mi enseñanza quien acata servilmente una doctrina; soy un libertador de corazones; mi razón no puede ser vuestra razón: aprended de mí el vuelo de águila.”

Mas aún Nietzsche, el apóstol de la grandeza, no era traducido del alemán y en México se substituía el fanatismo de la religión por otro más de acuerdo con los tiempos y que significó un progreso: el de la ciencia interpretada positivamente.

Recordemos brevemente las teorías del positivismo acerca de los cuatro grandes problemas que, según enseña Hoffding, deben ocupar a toda filosofía completa: el problema del conocimiento; el problema cosmológico; el problema de los valores y el problema psicológico de las relaciones del alma con el cuerpo.

* Tomado del libro Conferencias del Ateneo de la Juventud. Prólogo, notas y recopilación de apéndices de Juan Hernández Luna. México, UNAM, Nueva Biblioteca Mexicana, 1962, 214 páginas.