Los fenómenos se producen, según el testimonio indudable de los sentidos, en un orden determinado. El azar y el desorden son apariencia engañosa debida a que atribuimos a la naturaleza los caprichos de nuestra imaginación, a que desconocemos los antecedentes necesarios de los fenómenos, y, procediendo por rudimentaria analogía, los explicamos comparándolo a nuestros procedimientos de acción, antropomórficamente. Así el movimiento de un cuerpo, de la corriente de agua en el río, han de ser obra de un Dios, un hombre más poderoso que los otros, capaz de tomar en sus brazos un lago y derramarlo sobre la llanura entre las cuencas del río. Sólo concebimos nuestras propias actitudes reflejadas en el universo. Ésta es la edad poética o teológica del espíritu. Mas no reflexionó el positivismo en que el sentido poético es una manera de interpretación que no corresponde a un periodo determinado, sino a la naturaleza misma del entendimiento, que usa la analogía en sus investigaciones frecuentemente con más eficacia que cualquiera otra forma de raciocinio, y con ella desarrolla especialmente el arte, poder transformador que perfecciona y exalta la representación.

También en el terreno puramente científico, la crítica moderna reivindica los derechos del raciocinio por analogía, no sólo en la inferencia de particular a particular, sino en la solución de los difíciles problemas de la conciencia, sondeados y esclarecidos, merced a analogías intuitivas que descubren cierto género de identidad entre las cosas más diversas.

“En el orden puramente científico —dice Poincaré—, en la matemática y en la física, para reducir una ley de la experiencia, se necesita generalizar; mas un hecho de experiencia puede ser entendido de una infinidad de maneras, y entre estas mil posibilidades que se ofrecen a nuestra investigación es preciso elegir, y no es sino por analogía como procedemos en esta elección. Las analogías verdaderas, profundas, las que los ojos no ven y la razón adivina, nos las da el espíritu matemático que nos enseña a desdeñar las apariencias demasiado objetivas, a fin de poder notar otras, más radicales, más escondidas; mas para que estas adivinaciones se produzcan, es necesario cultivar el análisis sin preocupación inmediata de utilidad, es preciso que el matemático trabaje como artista.” El sentido poético, el que Comte llamó teológico —lo demuestra la cita que antecede—, sigue prestando servicios utilísimos al desenvolvimiento de la civilización en lo más positivo y fundamental de su desarrollo.

No es, por eso, un progreso, sino el empleo de un método diverso, el advenimiento del llamado periodo metafísico, en el cual se explica el universo por las ideas abstractas, por medio de principios o fuerzas en conflicto. El sistema metafísico reduce a unidad estas oposiciones y engranajes de los principios, pero sin lograr nunca, ni abarcar todos los fenómenos, ni explicar las contradicciones de sus propios postulados.

En el periodo positivo, los sentidos dan la única regla invariable de verdad, la observación de los hechos, la anotación de sus relaciones constantes. Cierto que por este medio no alcanzaremos la solución de los problemas que más nos preocupan, pero debemos conformarnos con esta ciencia, la única posible y la única verdadera. Lo exterior en transformación, ejerciendo su influencia sobre la mente humana, le imprime sus necesidades, sus tendencias y leyes de cambio. Lo que pasa en nuestro interior es una correspondencia, inmediata o lejana, de los fenómenos externos que han modelado nuestra conciencia. Ya Kant, meditando esta tesis, había observado que el dato intuitivo, la percepción inmediata, la recibe el organismo con intervención del raciocinio y el mismo raciocinio constriñe la percepción dentro de sus moldes, anteriores a toda experiencia, constituidos en forma que no puede provenir de la suma indefinida de las experiencias.

Desde el punto de vista cosmológico, el mundo aparece en el positivismo como fenomenalidad que se desenvuelve siguiendo una marcha que va de lo particular a lo general, de lo simple a lo complejo. Dentro de esta tendencia común, los fenómenos se clasifican en órdenes irreducibles unos a otros, las diversas ciencias, ligadas por el lazo subjetivo de la relación de lo particular a lo general. El porqué de esa ley y no la contraria, sus resultados probables, fueron problemas vedados, en el fundador, con la afirmación rotunda de nuestra incapacidad para resolverlos; en Spencer, por el dogma de la impenetrabilidad de lo desconocido.

Por lo que toca a la moral, don Gabino Barreda importó tres ideas fundamentales en el sistema de su maestro Comte: la solidaridad, virtud emanada del instinto de sociabilidad, permite la vida colectiva en que la civilización se desarrolla. El altruismo, inclinación social a obrar en beneficio de los demás por el provecho que con ello nos resulta; y como premio de los más altos servicios, la inmortalidad que se alcanza en la memoria de las generaciones venideras.

La más fecunda de estas nociones es la que recomienda la solidaridad entre los hombres. Predicándola en México, Barreda llenó una exigencia en aquel tiempo más importante que otra cualquiera. El altruismo es una vieja virtud, limitada a sus consecuencias sociales; el sacrificio no lo premia Dios alguno, pero lo aprovechan el individuo y la sociedad; el beneficio no se extiende más allá de nuestra propia vida y de la vida de los demás hombres, pero es un beneficio positivo.

La inmortalidad en la memoria de las generaciones por venir, premio de las más altas acciones, se reglamenta en la religión de la humanidad, destinada al culto del recuerdo y la gratitud; mas como hay quienes en nada estiman la memoria de sus acciones, ni desean la gratitud, la religión de la humanidad, conformista y modesta, significa poco como estímulo y nada como esperanza.

Por lo que se refiere al problema psicológico, baste recordar que el positivismo creyó en una subordinación radical de lo psíquico a lo biológico, de lo mental a lo orgánico; que el albedrío se explicó como condicionado a sus antecedentes de una manera fatal, tanto como lo es la caída de los cuerpos según la ley de la atracción, sólo que misterioso en apariencia, porque desconocemos las razones múltiples del querer, los motivos que operan en lo que hoy se llamaría la subconsciencia.

Tales fueron, sumariamente, las ideas con que Barreda reconstruyó el espíritu nacional, orientándolo definitivamente en dirección del pensamiento moderno. Dichas enseñanzas no sólo capacitaron a la civilización mexicana para las conquistas prácticas del orden económico e industrial, adiestrando generaciones en la aplicación de conocimientos científicos útiles, sino que también, en el orden mental, nos legaron una disciplina insustituible cuando se trata de orientar las esperanzas sobre el destino y el progreso de los acontecimientos.

Gracias a esta educación demostrativa y sincera, hemos podido evitar reacciones interiores que pudieron llevarnos a viejos conceptos que ya no tienen verdadero poder de exaltación; y de esta manera, si Barreda y el positivismo no nos dieron cuanto anhelábamos, sí impidieron que retrocediésemos en el camino del mejoramiento; y sin sospecharlo, en virtud de sus propios postulados limitativos del dominio de la especulación, nos obligaron a explorar otras virtualidades de nuestro ser, para ellos cerradas en su ensimismamiento cientificista, para muchos otros abiertas y fecundas en el mismo tiempo en que ellos vivían, ricas hoy, más aún, en sugestiones ilimitadas.

Sin embargo, entre las ideas de entonces y las de hoy, media un abismo. ¿En qué consiste, qué es, ese elemento moderno que nos hace sentirnos otros hombres, no obstante que aún no transcurre medio siglo cabal desde la propagación de aquellas enseñanzas? ¿Cómo, si apenas ayer era Spencer el filósofo oficial entre nosotros, nos hallamos a tan gran distancia del sistematizador del evolucionismo?