Creo que nuestra generación tiene derecho de afirmar que debe a sí misma casi todo su adelanto; no es en la escuela donde hemos podido cultivar lo más alto de nuestro espíritu. No es allí, donde aún se enseña la moral positivista, donde podríamos recibir las inspiraciones luminosas, el rumor de música honda, el misterio con voz, que llena de vitalidad renovadora y profusa el sentimiento contemporáneo. El nuevo sentir nos lo trajo nuestra propia desesperación; el dolor callado de contemplar la vida sin nobleza ni esperanza. Cuando abandonábamos la sociedad para refugiarnos en la meditación, un irónico maestro, encontrado al azar en los escaparates de librería, se hizo nuestro aliado, dio voz a nuestro dolor y energía a nuestra protesta. Desde entonces nuestro desdén fue razonado y se hizo noble. Cierto que nos mostró abismos, potencias sombrías que se devoran renegando de sí propias, y a pesar de eso, su doctrina tuvo virtud para salvarnos, porque ¿quién es el que no desea vivir aunque sea solamente para contemplar el espectáculo de la voluntad negándose a sí misma?, ¿quién es el que no desea la “eternidad del momento”—en que el maestro deja la voluntad libre en un desierto donde no encuentra fin a qué aplicarse y se contempla poderosa y sin objeto?

“El mundo es mi voluntad y mi representación.” Este enunciado contiene el germen de toda la edad moderna. Durante mucho tiempo las filosofías se habían ocupado casi exclusivamente de la representación; en lo adelante, la cosa en sí iba también a ser interpretada por el filósofo, con datos universales, con el auxilio de las religiones, de las literaturas, del arte, de la práctica de la vida. Al mismo tiempo, la música alemana, el otro nervio del sentir moderno, lograba en la obra de Wagner ese significado que representa, ya no las ideas puras en armonía platónica, sino el clamor de lo que deviene sin cesar, en la uniformidad aparente de las cosas; el ser en vida potencial, inquieto por la elección de fórmulas en que expresarse, adoptando como por ensayo la vida momentánea del sonido.

El antiintelectualismo de Schopenhauer y la música de Wagner, dos expresiones de lo ininteligible, son las fuentes de la riqueza que ostenta el espíritu moderno, de su libertad sabia, bien lejana del romanticismo o de cualquier otro desarrollo anterior.
El problema del conocimiento, insoluble dentro de los límites de la razón, se contesta afirmando que la solución debe buscarse mediante el empleo de otras facultades; el criterio antiintelectualista y el pragmático se desenvuelven.

La representación comprende el mundo de la experiencia y el mundo de las ideas; depende siempre de la imagen o de su recuerdo. La cosa en sí, lo que no pueden penetrar las ideas, es la acción, algo análogo al movimiento, una tendencia, un querer ser. Mas debe reflexionarse en que toda tendencia va hacia algo y que, logrado ese propósito, puede emprender otro o estacionarse; si permanece estacionario, deja de ser voluntad, porque deja de querer ser; si continuamente sigue moviéndose en busca de nuevos propósitos, resultará que la voluntad es un movimiento sin término; mas el movimiento no se explica sino con relación a la estabilidad; para imaginar el movimiento es preciso suponer un punto inmóvil. Todo movimiento se hace con relación a un punto de referencia menos móvil. Si el punto de referencia también se mueve, describirá alguna especie de curva con relación a otro punto todavía menos móvil, y así sucesivamente, llegaremos al punto absolutamente fijo, que es una necesidad teórica y mecánica. De manera que la idea de movimiento implicada en el concepto de la voluntad, no es una idea simple, sino que contiene la correlativa de estabilidad. En cambio, esta última tiene un carácter fundamental, tanto positivo como negativo, porque se entiende el reposo como la ausencia absoluta de variación de un ser y también como una nada perenne.

Aparte del tiempo cambiante y transitorio en que el móvil recorre una trayectoria indefinida, hay un momento en expectación, un momento que es lo que vendrá, lo que se aguarda, al fin de un tiempo corto o de un tiempo infinito: la llegada del móvil, instante definitivo en que el movimiento termina para no volver a comenzar, para que nunca se reproduzca el angustioso recorrido de las fuerzas a sus centros obligados, sino que el poder del movimiento “se liberta transformándose en difusión total.

La cosa en sí no es, en consecuencia, un movimiento, ni un devenir, porque estas nociones son propias de lo incompleto en lucha de progresión; no es la cosa en sí ni un acto ni un querer, es un ser, mas para penetrarla, todas las analogías son sospechosas porque todas las tomamos de la representación, la cual, hemos dicho, es distinta del ser. ¿Habremos entonces de caer en las vaguedades de una mística subjetiva cuyos resultados intransmisibles jamás podrán servir de norma a los hombres? ¿No es preferible, más bien, buscar en el universo alguna potencialidad irreductible a las leyes de la representación? ¿Algo contradictorio de la ley misma del fenómeno, cuya existencia revela otro orden de posibilidades? La ley del fenómeno es, en lo orgánico, la equivalencia teórica de la energía, en lo biológico, la adaptación y equivalencia de todo esfuerzo a un fin. ¿Si aparece un acto que no revele ninguna finalidad, ni cumpla ningún determinismo, libre y atélico, es decir, desinteresado, no será ésta ya la obra del espíritu?

El concepto cosmológico del universo también ha sufrido profundas modificaciones desde los tiempos en que don Gabino Barreda fundara la Escuela Preparatoria. El principio de conservación de las masas de Lavoisier, y el de conservación de la energía, justificaban cierta creencia en la inmutabilidad de las leyes naturales; sin embargo, ya por entonces Carnot había enunciado su célebre principio que tan mal se concilia con la hipótesis de la conservación de la energía y de la reversibilidad teóricamente absoluta de todas las variaciones dinámicas. Por ejemplo, un móvil que recorre una trayectoria puede con el mismo gasto de energía, hacer la trayectoria inversa, mas Carnot observó que hay casos en que esta reversibilidad no rige. El calor puede transmitirse de un cuerpo cálido a un cuerpo frío y es imposible en seguida hacerlo volver del cuerpo frío al cuerpo cálido a través de los estados primitivos de temperatura. En todos los fenómenos mecánicos se desarrolla calor, pero el calor por sí solo, el calor de desperdicio que no procede de una fuente química o eléctrica, es incapaz de producir trabajo. Observaciones de este género lo llevaron a considerar que son de diferente calidad la energía totalmente o casi totalmente reversible, útil para los fenómenos mecánicos y vitales, capaz de realizar trabajo, y la energía calorífica inferior e irreversible que disuelve lo heterogéneo en una homogeneidad de la que no es posible salir. Las experiencias y los cálculos indican que esta forma de energía superior, la motriz, la utilizable, tiende a desaparecer, a disiparse en la otra. La cantidad total de energía se conserva, pero la calidad se modifica en mengua precisamente de la forma superior, de manera que, según el enunciado de Clausius, “la entropía (el desgaste) del universo va siempre en aumento”; la energía no vuelve a las formas en que puede ser utilizada como potencia motriz, sino que contrariamente a lo que expresa la fórmula spenceriana del tránsito de lo homogéneo a lo heterogéneo, lo heterogéneo incensantemente se empobrece en beneficio de lo homogéneo. Con más reserva aunque con la misma energía, el gran químico inglés Lord Kelvin, Thompson, declara que “hay actualmente en el universo una tendencia a la disipación de la energía mecánica”. “El planeta debe haber sido impropio para la vida humana en una época muy lejana de la nuestra, y en el porvenir, en una época también muy lejana, volverá a ser impropio para la vida, a menos que ocurran transformaciones que son imposibles bajo el imperio de las leyes del mundo material.” Tal es el sentido en que el principio de conservación de la energía debe considerarse esencialmente modificado, y así es como nadie puede afirmar legítimamente que en la naturaleza nada se pierde, porque si hay algo uniforme que se mantiene igual, la calidad útil para nuestras vidas, el sentido fenomenal que nos interesa, se disipa y desvanece. Nada definitivo podemos esperar de la materia. Ella es, al contrario, el tipo de lo perecedero. Los que soñaron la perpetua renovación de los mundos en el universo y los que creyeron en el retorno eterno de los fenómenos, se han equivocado, porque nada vuelve a su primitivo estado, sino que, en cada momento, lo más importante de la energía se pierde en el silencio, en la quietud inerte.