Y tanto por un deber de sinceridad como para apreciar el valor de los principios en que necesariamente fundamos nuestras más trascendentales concepciones, agregaré algunas palabras acerca de la objeción experimental que ya se ha encontrado al principio de la degradación de la energía: me refiero al movimiento browniano. Una gota de agua observada sobre el porta-objeto del microscopio, muestra en el interior, en movimiento continuo, una multitud de partículas excesivamente tenues; detritus de materias minerales y orgánicas se agitan en todos sentidos sin llegar jamás al reposo; este movimiento es perfectamente distinguible del movimiento de los seres vivos microscópicos que existen en la gota de agua. El movimiento es más rápido a medida que las partículas son más pequeñas. Esto se explica porque las moléculas, a pesar de su apariencia de reposo, se mueven sin cesar, y una partícula de materia, apenas más gruesa que una molécula, participa del movimiento del medio molecular en que se encuentra. A medida que la partícula es más grande, ofrece mayor resistencia al movimiento molecular, lo que prueba, todavía más claramente, que el movimiento de las partículas en suspensión se debe a los choques y atracciones recíprocas de las moléculas. La evidencia experimental de este movimiento continuo parece demostrar la ley de conservación de la energía y desmentir el principio de Carnot. Pero esta explicación de una experiencia todavía imperfecta será suficiente motivo para que dudemos de la ley de degradación de la energía, no para hacernos volver a la hipótesis de su conservación, destruida con experiencias más evidentes y numerosas. Quiere decir que los principios científicos están sujetos a rectificación, que son meras hipótesis en vista de los resultados de la experiencia, y dependen de ella.

La materia es, como afirma Bergson, un movimiento de descenso, de caída; la vida es una reacción, un movimiento contrariante del descenso; impulso que tiende a desprenderse del dominio de las leyes materiales. La vida realiza actos como la función clorofílica y los reflejos nerviosos, por los cuales se almacena la energía solar y se retarda la disipación de la fuerza.

El impulso vital, que es contrariamente de la ley de la degradación de la energía, no puede ser material: es por definición misma inmaterial. La vida es entonces una corriente en crecimiento perpetuo, una creación que se persigue sin fin; pero precisa objetar: esa función contrariante, ¿no toma su propia energía de la misma energía destinada a degradarse, no es por esto mismo de igual naturaleza que aquélla?, porque ¿en qué momento se introduce la diferencia de naturaleza en la función clorofílica, en la función nerviosa?, ¿no hay en estas funciones simplemente un cambio de sentido que cuesta energía, una simple reversión que será imposible cuando la energía superior del universo se haya agotado, cuando el enfriamiento del sol haga imposible la transformación clorofílica y la irritabilidad celular? Por eso para fundamento de la vida es preciso buscar, no un fenómeno de energía, que ya hemos visto es perecedero; no un fenómeno intelectual, que no se explica sin su correlativo, el objeto pensado, que es, según el mismo Bergson, una simple adaptación de un organismo con el medio ambiente, sino un hecho que no dependa de ninguna de estas fatalidades, porque sólo ese hecho responderá al anhelo intuitivo que nos pide una firmeza, una certidumbre, un absoluto. Este hecho no lo da el acto creador, en que sólo puede verse el resultado imprevisto de la fuerza, inesperadamente orientada; puede darlo, quizás, el acto desinteresado, porque sólo se produce violando todas las leyes de lo material: es el único milagro del cosmos.

El concepto hondo, el concepto dionisíaco de que una corriente de infinitas potencialidades recorre lo íntimo de nuestras vidas, las hace poderosas y las lleva por inmensidades sin término, trueca el misterio en tesoro donde siempre encontramos nuevas virtualidades, nuevas esperanzas, nuevos estremecimientos, y nos lleva a estimar en el más alto grado la originalidad personal, el propósito de escudriñar dentro de nosotros y modelarnos según la tendencia más honda y persistente que la reflexión nos descubre. De allí, como la voz misma de ese ser que en la música tomaba las formas más inquietantes, nació el sé tú mismo de Ibsen, ese afán de no ser reflejos de otra vida o de otras acciones, sino de saber lo que significa un verdadero nacimiento entre la multiplicidad y la riqueza del mundo. Este anhelo implicaba la necesidad de ser sincero, a fin de conocer cuándo realmente hemos alcanzado la nota personal, la única, la que no volverá a sonar igual en la existencia, porque uniéndose después al concierto del universo y enriquecida con las creaciones posteriores, irá siempre modificándose, mientras la evolución de las cosas hacia el querer, la no forma y la atelesis se completa. La sinceridad con nosotros mismos, la aceptación franca de los hechos, han adquirido de esta manera una importancia capital en nuestra ética contemporánea. Estas cualidades viriles y la fe en un mejoramiento indefinido, son los rasgos predominantes del ideal moral de nuestros tiempos, y asentada en esta actitud de lucha y de confianza, surge en nosotros la certidumbre creciente de un ideal en que ha triunfado el espíritu. Mas ya no queremos conformarnos con las vaguedades de la intuición personal, sino que necesitamos hechos demostrativos de la legitimidad de nuestras esperanzas. Siento que es criminal ofrecer palabras gastadas en su sentido, cuando los hombres esperan dones efectivos, sustancia de ideal: por eso precisa fundar en hechos nuestras esperanzas de vida superior. ¿Por qué, si la corriente vital es capaz de producir todos los fenómenos de que tenemos conciencia, el poder ideal habrá de ser incapaz de la más leve manifestación? Si brevemente reflexionamos en los actos de los hombres, vemos que así como los fenómenos materiales obedecen a una ley rigurosa de economía de esfuerzo, la ley correspondiente en el orden biológico es el egoísmo con su extensión de la misma índole, el altruismo y la caridad en nombre de un Dios que premia nuestras acciones. Todo, absolutamente todo, en intención y en obra, tiende al aumento del bienestar y el poder del individuo; mas en esta ley circular en que todo, partiendo del centro, va a la periferia para volver al centro, en este movimiento fatalmente centrípeto, hay una excepción: el acto propio y sinceramente desinteresado, sin amor y sin piedad, heroico sin propósito, difundido sin término.

El ideal reclama fundamento absoluto, el noúmeno, palabra que recibe en sí todos los sentidos, todas las significaciones, pide voz y expresión. Kant no pudo definirle, mas sintió su presencia tan real, que hubo de enmudecer. Schopenhauer ahondó más y logró una intuición de lo que no es fenómeno, la voluntad. ¿Qué consistencia tiene esta intuición? Es una naturaleza que por su propio carácter no nos satisface; es una preparación, un medio para alcanzar otra cosa, lo que se requiere. ¿Qué quiere el ser en lo más íntimo de sí mismo?, ¿el poder?, mas también ¿qué hará con su poder?... El ser anhela persistir. Y en el mundo de los fenómenos, nada responde a este querer fundamental; mas en el espíritu, ¿rige la misma ley de desenvolvimiento fatal?, ¿hay algo irreducible al determinismo y al perecer? Cuando se piensa como sin ideas, fuera de toda norma, en un vagar que se basta a sí propio, ¿corre acaso el tiempo, y puede el fenómeno alterar el estado del ánimo, una vez que ya se produjo? Cuando se percibe con indiferencia del placer y del dolor, como sentimiento, sin emoción en que se afirma una esencia libre, alcanza hasta allí la ley biológica? Cuando se obra con absoluto desinterés, ¿no se menosprecian las leyes naturales? ¿No habla aquí el misterio? Sobre la realidad y el significado del absoluto desinterés ha de fundarse la moderna quimera de la divinidad; pero es este un proceso en formación que aún necesita del porvenir para cristalizarse.