Como quiera que sea, nuestra edad vive como si imaginase en acción en el universo un poder cuyas leyes son distintas de las fenomenales, y los hombres, a poco que mediten, encuentran dentro de sí mismos el brote de esa potencia indestructible, en sus propias conciencias, capaces de abnegación y por esto más poderosas que todo lo demás del universo, erguidas ante las leyes de la destrucción con una rebeldía creadora del mundo persistente. El acto generoso en medio de la mezquindad del universo, es la contradicción más extraña de los hechos, y sin embargo, no ha sido lo bastante meditada.

Cada hipótesis cosmológica suscita una nueva metafísica. Hemos recordado ya el concepto de la vida referido por Bergson a la nueva forma de la ley de la energía. El espíritu, al cambiar el aspecto mental de lo exterior, modifica su posición relativa, procura una relación de armonía y continúa su vida misteriosa y silenciosa. De esta manera, según la nueva psicología de Bergson: “nuestro cuerpo es un elemento de acción que se interpone entre el espíritu y la materia, sirviendo a ambos de intermediario. Percibir consiste en separar del conjunto de los objetos aquellos sobre los cuales mi cuerpo puede ejercitar una acción. La facultad de elegir la percepción que nos conviene entre la multitud de las imágenes, es efecto de un discernimiento que enuncia ya el espíritu. La operación selectiva se auxilia de la memoria, construye con ella el presente enriquecido con el recuerdo y se sustrae a la ley de necesidad. Pasando de la percepción pura a la memoria, abandonamos definitivamente la materia por el espíritu.”

El recuerdo no es una percepción debilitada que se reproduce por asociación, como enseñó la escuela positivista: “es una operación por medio de la cual nos colocamos de golpe en el pasado; por ella el pasado progresa al presente; el recuerdo es un potencial que actualiza el pasado, cuando la sensación presente le da vitalidad. El espíritu toma de la materia las percepciones y las devuelve en forma de movimiento, en el que ha impreso su libertad”.

Como veis, la nueva psicología afirma sin vacilaciones la libertad como fundamento del espíritu. Mas una metafísica no puede conformarse con este concepto de transición; es preciso que esa libertad se ejercite; revele su tendencia, diga a dónde nos lleva. Cuando se es libre, interesa más conocer los potenciales últimos. La libertad que ha venido apartándonos gradualmente del dominio de las leyes fenomenales, tenderá a llevarnos cada vez más lejos, al orden antitético, a la ausencia total de finalidad, se hará desinterés.

Hemos hablado del espíritu, y esto exige una explicación. Las conciencias independientes se han habituado a escuchar con desconfianza ésta y otras palabras que la ciencia había creído desterrar… ¿No obstante la autoridad mundial de Bergson, va a tomarse nuestra filosofía por quimera de teorizantes, sin asiento en la realidad, sin eficacia en la acción, apartada de los hechos, fruto tardío de aberraciones que el positivismo creyó matar? ¿Somos hijos legítimos de una tradición verdaderamente científica, o desventurados que sueñan desesperando de la verdad?... Estas dudas, hoy como siempre, imponen la necesidad de meditar los criterios del método.

La circunstancia de que cada uno de los millones de seres humanos que pueblan el planeta tenga aparente derecho para vivir sus propias convicciones y considerar verdaderas sus propias explicaciones y fantasías sobre el universo y el fin de sí mismo y de los hombres y las cosas, tiene que ser motivo de confusión para las gentes poco reflexivas. Yo confieso que sufro incertidumbre y tristeza, si considero la diversidad de teorías, necesariamente falsas, necesariamente limitadas, que merced a la absoluta libertad del pensamiento, se propagan y prosperan…

A la pregunta aparentemente desconcertante, ¿qué pensador entre tantos tiene razón?, o todavía, bajando mucho, ¿cómo es el universo: como lo entiendo yo, como lo entiende mi vecino a quien quizás he interrogado, como lo entiende el funcionario de mi pueblo, o como se lo representa el que nada entiende? Porque bien pudiera suceder que careciese de todo sentido.

Cuestión dificilísima para quien está convencido, como todo pensador sincero quizá lo está siempre, de que el concepto absoluto del mundo no se ha alcanzado. Mas hay en cada época, cierto conjunto de datos, de experiencias, de razones, que la intuición, cuando menos la intuición filosófica, no tiene derecho de desatender. Conoceremos si el pensador es un extravagante, un equivocado, un falso profeta, o si pertenece a la evolución filosófica seria y mira el mundo como corresponde verlo de acuerdo con los conocimientos de su tiempo y con su intuición más o menos personal, observando las relaciones que guarda su sistema o su genialidad con aquellas normas del saber humano que en todo tiempo han permitido distinguir la filosofía de la sofística, la intuición fecunda del iluminismo pueril. Estos instrumentos de comprobación y de purificación de la síntesis filosófica, son la ciencia, la lógica, y la moral tradicional.

La intuición fundamental del sistema filosófico no debe jamás estar en desacuerdo con las leyes científicas tal como se entienden en la época en que el sistema se produce, a menos que dicho sistema comprenda la modificación o transformación de esas leyes en un sentido nuevo, pero sin olvidar que un cambio importante en el significado de las leyes naturales, sólo puede apoyarse en una experiencia científica. Generalmente los postulados y aserciones del sistema filosófico, no sólo se apoyan en la ciencia del tiempo en que se producen, sino que la hacen avanzar, según su propio espíritu racional. Para conocer cuál sea la ciencia verdadera, bastará atenerse a su acuerdo con los hechos y a los servicios positivos que los hombres deriven de sus afirmaciones y de sus hipótesis.