En segundo lugar, la síntesis no debe infringir las leyes formales de la lógica, reglas imprescindibles del pensar mientras nuestra organización biológica sea lo que es y ha sido hasta hoy. La inteligencia nos servirá de guía y de instrumento de comprobación indispensable.

Finalmente, las consecuencias morales del sistema son, al mismo tiempo que una concreción del intuir vago, una comprobación de su vitalidad.

Estas tres normas, que no serán límite, sino cauce director de la meditación intuitiva, llevarán al filósofo al descubrimiento de la verdad.

Cualquier sistema, cualquier teoría que no acreciente el valor de estos criterios, debe rechazarse como engaño que obscurece la luz verdadera a los ojos de los hombres.

En nombre de estos criterios supremos, aceptamos la nueva filosofía francesa, digna de figurar junto con las más altas especulaciones de todos los tiempos.

Fundados en ellos mismos, rechazamos el pragmatismo americano, en gran parte, fruto de empirismos arbitrarios, interesante como escuela crítica, mas por desgracia prostituido en autores que lo acercan al ocultismo y espiritismo y tantos otros absurdos que si algunas veces cuentan en su apoyo con siglos de tradición espuria y desintegrada, no han prestado ningún servicio a la civilización, ni en punto a progresos materiales, haciendo avanzar la ciencia en su parte teórica o práctica, ni en adelanto intelectual, ofreciendo a los hombres ideas elevadas y congruentes, ni en moral noble y ejemplar, materia esta última son copistas serviles de los preceptos elaborados por las filosofías y las religiones.

Solamente la filosofía cuenta con una tradición de pensamiento selecto; sólo el pensamiento filosófico que abarca a la vez los tres problemas —la sensibilidad, el intelecto y la moral— ha podido subsistir sin interrupciones de importancia, a través de los siglos, renovándose constantemente en escuelas y en sistemas siempre fecundos, en concepciones atrevidas, en orientaciones inmensurables, en acciones y virtudes sin ejemplo, y todavía, comprobación material importantísima, ricos en consecuencias prácticas para el adelanto en la ciencia de la naturaleza y de la vida.

Alguien que pensase sin la meditación suficiente podría creer que en el orden moral, la filosofía ha tenido un rival serio en las religiones. Pero debe observarse que la intuición religiosa, cuando es clara y alta, se confunde con la filosófica, y si llega después a adquirir un significado menos puro, es porque la fe pretende extenderse más allá de sus límites legítimos, quiere deducir el mundo de sí misma en vez de modificarse y progresar, sirviéndose de las experiencias del mundo. Sin duda que el deseo laudable de conservar intacta una intuición fundamental, justifica hasta cierto punto el rigor de los dogmas, mas también hay que contar con la novedad posible de lo que aún no ha sido revelado. Menos teólogos que envilezcan la fe y más videntes que la multipliquen y santos que la comprueben, harían de las religiones fuente perenne de adoración y beatitud.

Con la prudencia que las normas anteriormente estudiadas aconsejan, hemos procurado recibir las nuevas ideas. El positivismo de Comte y de Spencer nunca pudo contener nuestras aspiraciones; hoy que, por estar en desacuerdo con los datos de la ciencia misma, se halla sin vitalidad y sin razón, parece que nos libertamos de un peso en la conciencia y que la vida se ha ampliado. El anhelo renovador que nos llena ha comenzado ya a vaciar su indeterminada potencia en los espacios sin confín, donde todo aparece como posible. ¡El mundo que una filosofía bien intencionada, pero estrecha, quiso cerrar, está abierto, pensadores! Dispuestos estamos para acoger toda grande novedad; mas habituémonos a ser severos, en nombre de la seriedad del ideal.

Al proclamar la libertad es urgente prevenirnos contra las alucinaciones y perversiones de la especulación. La certidumbre absoluta de la verdad, todos la hemos sentido, alguna vez, algún instante en nuestras vidas, instante de claridad que puede volver, que puede producirse de nuevo, quizá muy pronto, ahora mismo, en la meditación del momento próximo; mas también con frecuencia la vida nos absorbe demasiado, nos mantiene en ceguedad y en olvido. Solicitados y oprimidos por el ideal que está siempre, como un ambiente, alrededor nuestro, no lo entendemos, no lo advertimos, y andamos vacilantes, como pompas de jabón que flotan en el aire inciertas y vacías hasta que la presión las revienta y las agranda en su universalidad etérea.

Pero ciegos o iluminados, no nos falta la fortaleza que desdeña los tropiezos. ¡Camina erguido, hombre de ideal! Lleva tu corazón como lago que derrame por todos sus bordes agua pura; ahoga tu violento egoísmo en desinterés más poderoso. Un alto desdén matará el ansia de goce; una firme indiferencia, el temor, y cuando no te interesen tu deseo y tu ambición, tu amor y tu alegría, serás inquebrantable: un fulgor de grandeza serena, sobre las cosas que pasan y van… no importa a dónde.

Abiertos y misteriosos son los grandes sistemas, inacabados siempre, porque aún los más rigurosos desde el punto de vista dialéctico terminan en un estado de ánimo inaprehensible y por eso abierto a meditación sin fin. Puede considerarse que este final mutismo revela un fracaso, mas ¿por qué se muestra tanto temor por ese accidente? ¿El fracaso no es la prolongación de la vida, el aplazamiento de nuestro triunfo, el golpe que nos vence, pero que es incapaz de matar el impulso? Cuando el propósito no se cumple, la fuerza, si perdura, conserva un potencial que la hará volver una y más veces a intentar la acción: así cada derrota hace más larga una lucha tenaz. Otros intentarán lo que no logramos y nuestro querer revivirá. Es una anticipación de la inmortalidad imaginar que otro y otros repetirán nuestra acción en el remoto porvenir. En cambio, el éxito es estéril y mediocre, se acomoda con el instante, muere con él, no suscita ni anhelos ni virtudes. Lo que se trunca por alzarse demasiado, conserva vigor en las raíces para recomendar el asalto de la altura. La columna rota es símbolo de un esfuerzo que aguarda otro mañana para volver a bregar. Obras sin concluir llaman a las generaciones futuras, nos hacen pensar en que la labor inconclusa se completará con los datos que aún no nos vienen, que guarda el destino. Y en el extraño dolor de la espera, un vislumbre del porvenir, rápido y trágico, muestra lo que nos falta inaprehensible y lejano: sentimos la inutilidad de nuestro individuo y lo sacrificamos en el deseo de lo futuro, con esa emoción de catástrofe que acompaña a toda grandeza.

José Vasconcelos