Nota introductoria


Prometeo en el laberinto


Cierto día Caín decidió dejar de huir y construyó la primera de las ciudades. Encerrado en la cárcel de la materia corporal —sensible ya así al goce como al dolor—, el fratricida se amuralló con los suyos para resguardarse de la Naturaleza, la cual había dejado de ser benévola para convertirse en la espada hiriente de una divinidad de súbito enardecida por el pecado mismo de sentir.

Así, la ciudad nació cárcel a la vez que refugio, y sus calles se volvieron infinitas, como sus nombres. Desde entonces poesía y ciudad celebran su matrimonio en los infiernos de lo fieramente humano: la ciudad emerge con la idea articulada al fin por el hombre que la habita; la civilización nace con la palabra. El bastión del hombre contra el encono divino surge con el habla como rebelión prometeica, se yergue soberbia como una torre de Babel destinada, sí, a la destrucción, pero no menos a la obcecada, heroica reconstrucción en manos de seres que esperan un día trascender la incomunicación a la que se les había condenado. Desde el origen del hombre como ser capaz de pensarse a sí mismo, logos y polis se aman y riñen, se acompañan, se alimentan porque son, cada uno a su modo, laberintos. Uno y otra son textos que exigen de nosotros un constante desciframiento: acaso cualquiera pueda entrar en el laberinto de la palabra o en el laberinto de la ciudad, pero no cualquiera podrá salir de él y vivir para contarlo. Sólo el poeta, ungido entre los hombres merced a su voluntad creadora, puede trascender los límites de la univocidad; sólo el domador de las palabras tiene la clarividencia para armarse con lo trascendente y combatir al monstruo mientras se descubre capaz de decir yo pienso y yo siento y yo existo. El poeta acoge la misión de derrotar al enredo citadino para salir fortalecido y abrazarse con Ariadna, amante y madre, que lo espera en un lugar donde la Naturaleza ha vuelto a ser amable; ella nos espera a todos en un horizonte más allá de la cárcel de la materia y de la mudez y de la insuficiencia aparente de la palabrería cotidiana o unívoca. Descifrado al fin por el poeta, el laberinto entonces habrá perdido su razón de ser: en seguida comenzará a desmoronarse hasta que sus ruinas queden a nuestras espaldas como queda atrás la piel de una serpiente en constante mutación.

Queda sin embargo una siniestra belleza en este laberinto derruido por el poeta: la debacle perpetua de la ciudad está ahí para recordar al hombre su aspiración al perdón y su posibilidad de volar por encima de los límites mismos de la palabra, que son también los de su cuerpo. Jerusalén en ruinas no es menos estremecedora que la Jerusalén Celeste: los profetas Jeremías y Juan se entretuvieron menos en la ciudad glorificada que en la ciudad devastada, enunciaron nuestro pasado y nuestro futuro con su visión compartida del laberinto en ruinas y la fortaleza divinizada. Escribió el primero que Dios le dijo: Haré de Jerusalén una ruina, la convertiré en cueva de chacales; arrasaré las ciudades de Judá, sin nadie que pueda habitarlas. Sobre esta ruina, llegado su turno, el solitario de Patmos vería descender la nueva Jerusalén, ataviada como una esposa para su marido. La lección de los profetas bíblicos es una y  la misma: así como la palabra atesora todo su poder y toda su belleza en su capacidad de trascender su sentido primero, la ciudad como texto descifrado por el profeta es siempre un punto más que una ciudad.

Con las caídas ejemplares de Babel, Jericó, Sodoma, Gomorra y Nínive, los escribas de la civilización occidental han perpetuado una rebelión luciferina contra el enigma y la prisión protectora de la materia. Al transformar asimismo en poesía las caídas de Troya, Cartago, Roma y Tenochtitlan, los hombres descifraron el espíritu de sus constructores y con ello destruyeron sus edificios como si desearan con ello crear yermos de sentido donde fuese posible construir nuevos, más fiables y más sólidos laberintos: épicas, crónicas, ensayos, todos ellos nuevas polis de palabras contra las que ya no pueda nada la divinidad, la cual después de todo no puede ni debe autoaniquilarse, pues ella misma es el Verbo.

Incendiario, pues, el poeta se pasea por la ciudad, se ensaya en ella, se ensaña con ella. Le consta que el verbo ensayarse es obligadamente reflexivo, y que desde Montaigne significa sentir en las propias manos el peso de las cosas: decir yo paseo, yo siento, yo escribo, y así, otra vez, yo existo. Desde la experiencia íntima y natural, desde su cuna hasta su tumba, desde la primera persona singular, el ensayista percibe y escribe la ciudad con el fin de demolerla y después rehacerla más fuerte, más bella y más digna: Walter Benjamin en el París de Haussmann, Roland Barthes en el Tokio de Kawabata, Sebald en el Berlín de Döblin. Perdidos en el laberinto urbano, los escritores recorren la ciudad para decodificarla y regalárnosla desde la única perspectiva en la que podemos confiar para volver a la luz: la propia.

Todo poeta es a su manera un urbanita apocalíptico que sabe que debe reducir su ciudad a las cenizas. Gonzalo Celorio pertenece por pleno derecho y desde hace muchos años a esta estirpe de videntes que se han ensayado con la ciudad para hallarse en ella y para encontrar con ella la salida del laberinto de todos. También él ha descendido muchas veces a los infiernos urbanos en pos del secreto al que antes aspiró Ixca Cienfuegos, que es el mismo que buscó Zavalita en Lima. También para Celorio la ciudad es texto como el texto es ciudad, también para él todo edificio es catedral y todo ensayo es palimpsesto y paseo del Yo: el poeta abandona su intimidad casi bucólica, escarba en sus recuerdos, los usa para reamarse en el presente y levanta un edificio de palabras que habitaremos sus lectores. Celorio nos devuelve nuestra ciudad laberinto, nuestra ciudad intestino, nuestra ciudad danza y nuestra ciudad cerebro. El ensayista viajero, el Odiseo paseante, se deja devorar por el cetus inmenso de la urbe que es su ubre; y al volver victorioso describe la siniestra belleza de lo que ha visto en el Hades citadino.

Profano o sagrado, profano y sagrado, el espacio urbano en los textos de Celorio es sobre todo memoria de la persona y de la colectividad. No es un recuerdo: es memoria experimentada y reconstruida en palabras, es refugio cainita y luciferino vuelto a nacer en el parto de la inteligencia. Así, la catedral en manos del profeta viajero nunca termina de ser construida, aunque nunca acaba de caer. Babel no tocará jamás el cielo, pero el poeta habrá intentado que lo haga, aunque sea en sueños, aunque sea en palabras. La ciudad en los ensayos de Gonzalo Celorio se alzará sin remedio en forma de edificios nuevos. “El retablo es infinito porque es finita mi lectura”, ha escrito Gonzalo Celorio sobre el emblema catedralicio de la ciudad latinoamericana. En ese porque radica la misteriosa casuística del ensayo como paradójica, interminable interpretación del edificio de la razón civilizatoria. La ciudad —dice el autor—, merced a la propia destrucción de sus encrucijadas, mantiene a salvaguarda sus secretos, es decir su identidad. Su código es indescifrable porque la única norma que lo rige es la mutación. Sofisma bello, piadosa trampa poética: Celorio miente pues sólo finge la resignación de los hombres ante el laberinto urbano, simula que se aleja de modo que el monstruo baje la guardia para al fin aniquilarlo y, con su muerte, redimirnos. En realidad, al concluir cada uno de sus ensayos autor y lector, padre e hijo, Dédalo e Ícaro, quedamos listos una vez más para emprender un descenso a los infiernos. Ahora Celorio es ya Virgilio, listo para demostrar con la sabiduría del iniciado y la tenacidad del peregrino el nuevo y perpetuo desciframiento del dédalo urbanita, o del laberinto de las cosas, o el de la vida, que son uno y lo mismo.


Ignacio Padilla