II. Qué es la hermenéutica



Esta rama de la filosofía es la disciplina que se ocupa de la interpretación de textos. Interpretar es comprender en un sentido dinámico, según el cual se va profundizando cada vez más en el significado. Los textos pueden ser escritos, hablados y actuados. El texto supone un autor, que es quien lo ha producido, y un receptor o intérprete, que no siempre es el destinatario que el autor tenía en mente. Así, en el texto confluyen dos intencionalidades, a veces opuestas: la del autor y la del lector.2 La intencionalidad del autor es aquello que éste quiso expresar en su texto, y la del lector es lo que él interpreta en el texto. Como se ve, las dos intencionalidades no siempre coinciden; el lector en ocasiones no interpreta en el texto lo que el autor quiso que se interpretara. Algunos autores, como Umberto Eco, hablan de una intencionalidad del texto, de una suerte de vida propia que éste llega a adquirir, de un mensaje muy distinto que se produce según los múltiples lectores que lo interpretan.3 Aquí se origina un conflicto de intencionalidades y, si damos la preferencia al autor, estamos propiciando una hermenéutica objetivista, que cree que se puede rescatar la intención de éste de manera pura y exacta. No obstante, en vista de que esto casi nunca es alcanzable, si damos la preferencia al lector, estamos promoviendo una hermenéutica subjetivista, la cual llega a serlo a veces de manera excesiva; por eso, me parece que se requiere buscar una solución intermedia que no peque de simplismo a partir de una idea de término medio trivial e inútil, sino que sepa recoger ese ideal de los griegos de un término medio virtuoso, a la vez complejo y rico, difícil y fecundo, ya que es la virtud o areté, sobre todo la de prudencia o phrónesis,4 lo que nos guía en el fondo en la vida.

Para interpretar un texto, se busca el contexto en el que fue producido, pues interpretar es poner un texto en su contexto, lo cual requiere un trabajo arduo. Además de saber el idioma en el que el texto está escrito, es necesario investigar al autor, su época, su cultura, sus ideas, y demás elementos que nos puedan hablar de sus intenciones textuales. También hay que ponderar la relación que el texto tiene con nosotros, seamos o no los destinatarios que el autor imaginaba y, aun en el caso de no ser esos destinatarios, captar qué nos dice a nosotros el texto. Esto es, ubicarnos en contexto frente al texto, analizar nuestra recepción del mismo. Gadamer decía que toda interpretación es, al mismo tiempo, una autointerpretación. Al interpretar un texto, nos colocamos frente a él (y frente a su autor).

Al interpretar un texto, al ubicarnos frente a él, al sentirnos interpelados por él, planteamos una o varias preguntas: ¿qué dice el texto?, ¿qué quiso decir su autor?, ¿qué me dice a mí ahora?, y otras semejantes. Nos situamos frente al texto con la admiración que, según Aristóteles, nos hace investigar y, según Peirce, nos mueve a hacer una abducción o a lanzar una o varias hipótesis interpretativas, casi siempre más de una. Luego, nos damos a la tarea de eliminar las hipótesis improcedentes para quedarnos con las mejores o la mejor, y en ello las ponemos a prueba, es decir, las contrastamos con la información que logramos recabar acerca del texto, para ver si logramos rescatar la intencionalidad del autor, lo que éste quiso expresar. Al elegir una hipótesis como principal, al tratar de apoyarla argumentativamente (así sea con una argumentación sólo retórica o tópica, y no, por supuesto, apodíctica), hacemos una deliberación y la establecemos como tesis, como juicio interpretativo o como respuesta a la pregunta interpretativa del comienzo. Según se ve, allí se da la estructura de la prudencia o phrónesis, como quería Gadamer, pues preguntar acerca del texto, deliberar para proponer hipótesis y elegir las más viables, es el procedimiento de esta virtud. Y no sólo Gadamer sostenía eso; también Popper, el gran filósofo de la ciencia, llegó a decir que en el trabajo científico se elegía entre dos teorías rivales no tanto por argumentación lógica sino por phrónesis, aplicando esa deliberación prudencial que nos haría encontrar las más adecuadas y fructíferas para la investigación subsiguiente.5

He dicho que interpretar textos es lo que hacemos primordialmente en las ciencias humanas, sobre todo en la filosofía. Por eso la hermenéutica va siendo cada vez más aceptada como un instrumento cognoscitivo importante para este saber. De hecho, la hermenéutica se ha colocado como la disciplina más importante en la filosofía actual, llamada tardomoderna o posmoderna. La posmodernidad es típicamente hermenéutica, a veces con riesgo de exagerar su presencia y sus límites. Pero se ha abusado de una hermenéutica equívoca; por ello, sin caer en una hermenéutica unívoca contraria, es conveniente alcanzar una hermenéutica analógica.


2 Entiéndase que hablo aquí del lector por antonomasia y, como es usual, para abarcar no sólo al que lee un texto escrito, sino también al oyente que escucha un texto hablado o al que observa una acción significativa.
3 Umberto Eco, Los límites de la interpretación, Lumen, Barcelona, 1992, p. 29 y ss.
4 La idea de la phrónesis como el modelo de la hermenéutica, como el esquema o estructura del acto interpretativo, es una tesis principal de Hans-Georg Gadamer, uno de los más grandes hermeneutas de nuestra época. Cfr. Jean Grondin, Introducción a Gadamer, Herder, Barcelona, 2003, pp. 164-170.
5 El mismo Gadamer compara la falsación de teorías de Popper con la phrónesis o filosofía práctica de Aristóteles. Apunta: "También cabe señalar que la teoría del trial and error desarrollada por Popper no se limita en absoluto a la lógica de la investigación y que, a pesar de toda la reducción y estilización de este esquema, presenta un concepto de racionalidad lógica que se extiende mucho más allá del campo de la investigación científica y describe la estructura básica de toda racionalidad, también la de la «razón práctica». Naturalmente, no hay que entender la racionalidad de la razón práctica sólo como la racionalidad de los medios con respecto a los fines dados. Precisamente la formulación de nuestros fines, la formación de las finalidades comunes de nuestra existencia social, están sometidas a la racionalidad práctica, que se confirma en la apropiación crítica de las normas que nos guían en nuestro comportamiento social. De esta manera, también la posibilidad de disposición del mundo de los medios que elabora la ciencia tiene que adecuarse a la racionalidad práctica." Hans-Georg Gadamer, "¿Filosofía o teoría de la ciencia?", en La razón en la época de la ciencia, Alfa, Barcelona, 1981, pp. 107-108.