IV. El acto de interpretación analógico


Recogiendo lo que hemos dicho y tratando de ejemplificar un poco, veamos cómo puede llevarse a cabo el acto de interpretación que se da en una hermenéutica analógica. En primer lugar, recordemos que la analogía es proporción, por lo que el acto interpretativo analógico buscará en un texto la proporción que toca al autor, al lector y al mismo texto en cuanto al significado. Así, hay un significado del autor y un significado del lector que, sintetizados, configuran el significado del texto. En una interpretación analógica, que trata de evitar la univocidad del sentido literal, la cual es inalcanzable, esto es, comprender qué dijo verdaderamente el autor, y dado que en la analogía predomina la diferencia sobre la identidad, se dará preponderancia al significado del lector, sin que esto redunde en desprecio del significado del hablante o autor. No se trata de dejar de lado el significado o intencionalidad del autor, sino de reconocer y tomar conciencia de que éste es imposible de alcanzar y que siempre va a predominar nuestra subjetividad. Sin embargo, también se debe advertir que no por eso hemos de resbalar hacia el equivocismo del mero sentido alegórico, según el cual prácticamente nada se puede recuperar de la intencionalidad del autor y todo se reduce a una producción de sentido que, a la postre, nos hunde en el mar del relativismo y hasta de la incomprensión.

Para lograr esa proporción, esa proporcionalidad entre las intencionalidades del autor y del lector, la interpretación analógica tiene como instrumento la distinción. Distinguir los significados de un texto lleva a evitar el equívoco, así como a rechazar la pretensión unívoca de la claridad total. Consiste en darse cuenta de que la posibilidad del múltiple significado, de la polisemia o multivocidad, puede encontrarse dondequiera, pero también de que siempre acecha la equivocidad, y que se tiene que acudir a la analogía para espantarla. De hecho, la multivocidad es doble: equívoca o análoga. La primera es irreductible, la segunda, manejable. Por eso la analogía ahuyenta al fantasma de la equivocidad total, del que ya no hay salida.

El genial lógico y pragmatista Charles Sanders Peirce apuntaba que la distinción supera el dilema, el argumento dilemático, esa situación en la que nos encontramos sin salida. En el ámbito de la hermenéutica, nos hallamos frente a dos interpretaciones igualmente insostenibles, o igualmente sostenibles, pero que no conducen a la comprensión. Según Peirce, el dilema se produce por una enumeración insuficiente, por no contar con todas las posibilidades o hipótesis, lo que se logra distinguiendo. Si se nos presentan sólo dos interpretaciones problemáticas, hay que saber encontrar y postular una tercera, o introducir una cuarta. Para ello se requiere sutileza, la cual, significativamente, era la virtud que se atribuía a los buenos intérpretes. Hacer distinciones relevantes e interesantes, es decir, fructíferas, ayuda a encontrar nuevas interpretaciones, a lanzar buenas hipótesis hermenéuticas, que ayuden no sólo a salir de las situaciones difíciles, de las interpretaciones rivales insuficientes o igualmente cuestionables, sino a encontrar interpretaciones más adecuadas al texto y más ricas y fecundas para nosotros.

Y es que, en efecto, para llevar al límite el símil, podemos comparar la situación hermenéutica o el acontecimiento interpretativo con un caso dilemático, incluso paradójico, en el que nos encontramos, en un extremo, con dos interpretaciones rivales, cada una de las cuales nos lleva a una contradicción o a una consecuencia indeseable, como ocurre precisamente en el dilema, en el que cada una de las opciones lleva al absurdo. El dilema era llamado —según algunos, por San Jerónimo— silogismo cornuto ya que sus dos extremos a daban la impresión de ser los cuernos de un toro que embestía, ante el que, por evitar un cuerno, se caía mortalmente en el otro.20 Pero se hablaba jocosamente de romper los cuernos del dilema, y esto se hacía introduciendo la distinción, como haciendo acrobacias con el toro, para burlarlo. La sutileza, la distinción, es algo eminentemente analógico; era usada por los lógicos antiguos para evitar los dos cuernos de la univocidad y de la equivocidad. El propio Peirce, excelente lógico, hablaba de la analogía como capacidad de distinción,21 como posibilidad de encontrar matices, diferencias, diversos sentidos que hicieran escapar de la simplificación univocista y del enredo equivocista. 

También hay que decir que la hermenéutica analógica es una experiencia. Jugando con la distinción kantiana entre lo empírico y lo trascendental, Johannes Lotz intituló uno de sus libros sobre el tema La experiencia trascendental, dando a entender que sólo acercando lo trascendental a lo empírico —a pesar de que Kant los separaba demasiado— se podía acceder a la propuesta epistemológica que allí se desarrollaba. A mí me gustaría también jugar con los términos y hablar de una experiencia hermenéutico-analógica, dado que la hermenéutica y la analogía no están tan alejadas de lo empírico ni tampoco de lo trascendental. Se ha de llegar a la conformación de una virtud hermenéutico-analógica, es decir, una virtus interpretativa que asimile y haga propia la experiencia de la analogía, que ponga en práctica lo que hace que una interpretación sea analógica, lo que nos permite hablar de una hermenéutica basada en la analogía.


20 Cfr. Mauricio Beuchot, Introducción a la lógica, UNAM, México, 2004, pp. 97-98.
21 Charles S. Peirce, "La crítica de los argumentos", en op. cit., p. 202.