Prólogo


Introducción a la arquitectura del siglo XVI


En el paisaje de México es frecuente encontrar pequeñas poblaciones, a veces cubiertas por las copas de los árboles, de entre las cuales sobresalen los volúmenes de las construcciones del siglo XVI. Destacan éstas por la sencillez de sus contornos y por la impresión de fortalezas que producen en el observador. Es notable el contraste entre esos edificios y las viviendas, los primeros emplazados casi siempre en lugar prominente y las segundas de poca altura, como cobijándose alrededor de aquéllos.

Ésta es la presencia de las iglesias y conventos del primer siglo de evangelización en Nueva España. Cuando fueron levantados señalaban el centro del poblado: dominaban la plaza y los edificios civiles y, con frecuencia, ocupaban también el centro de una extensa región geográfica. Por ello no se escatimaron esfuerzos en su trazo ni en el de las poblaciones mismas, ni en la realización de las obras necesarias para la subsistencia de las localidades, tales como caminos y acueductos. La enorme labor constructora de la época fue apoyo principal para la evangelización de los territorios. Por esta razón los ejemplos de arquitectura que han llegado hasta nosotros son en su mayor parte religiosos y los edificios civiles, excepcionales.

El tipo de iglesia más común que perduró durante toda esta etapa fue de una sola nave, conocida por los alarifes de aquel tiempo como de “nave rasa”, aunque también se emplearon las plantas basilicales durante los primeros años; en las postrimerías del siglo, se comenzó la edificación de iglesias parroquiales, de planta de cruz latina y cúpula en el crucero. Esto sin mencionar las grandes construcciones catedralicias que, aunque de importancia dentro de la historia de la arquitectura española y americana, por su magnitud fueron edificios excepcionales.

Con todo, la solución que resultó más práctica, por la celeridad con que se pretendía llevar a cabo la conversión de los indígenas y por la amplitud del territorio que había que abarcar, fue la de “capillas abiertas”. Como por norma de las órdenes religiosas sólo podía decirse misa cuando hubiese un lugar adecuado para ello y dado que los “pueblos de visita” que dependían de un convento podían ser muchísimos, las capillas abiertas aisladas ofrecieron la posibilidad de proporcionar servicio religioso a poblaciones numerosas sin que para ello fuese necesario levantar grandes edificios. Las capillas abiertas, con sacristía anexa, proliferaron, por lo tanto, en diversas regiones del país. Se tiene constancia de su existencia en torno de Cuernavaca, en el hoy estado de Morelos; en la zona aledaña a Amecameca, estado de México, y quedan aún varios ejemplares espléndidos en el estado de Hidalgo.

Muchas de estas construcciones desaparecieron al asentarse en su lugar nuevos edificios conventuales o parroquias, y muchas otras no han llegado hasta nosotros porque debieron de abandonarse los lugares en que se situaban.

Las necesidades litúrgicas que debían satisfacer los templos estaban resueltas de tiempo atrás en España y en el resto de Europa, pero las circunstancias de América fueron tan diferentes en conformación étnica, tradiciones religiosas, características geográficas, sistemas de edificación y en tantos otros aspectos, que impusieron programas arquitectónicos distintos, de los cuales derivaron necesariamente soluciones arquitectónicas, también distintas, como ésta que ejemplificamos en las capillas abiertas aisladas del siglo XVI.

Y tal es la tónica general de aquel tiempo, la cual señala una doble influencia cultural, de indios y españoles, y desemboca en una producción que, conjuntando características de los dos pueblos que la nutren, llega a realizarse en manifestaciones propias de marcada individualidad.

Creaciones arquitectónicas del siglo XVI, con estas características, son también las capillas posas y las cruces atriales, aunque en realidad, es difícil encontrar ejemplos en que pueda mencionarse un trasplante puro de los estilos españoles, o de aportaciones prehispánicas, sobre todo si consideramos el conjunto que es un edificio y no partes aisladas del mismo.

La arquitectura civil del siglo XVI nos muestra el espléndido Palacio de Cortés, de Cuernavaca, que sigue los patrones estilísticos de los palacios renacentistas italianos y españoles, semejantes al del Palacio de don Diego Colón en la República Dominicana. De menor importancia que el mencionado Palacio de Cortés, se conocen el de la Tercena en la Villa de Meztitlán y la Casa del Cacique, de Teposcolula en Oaxaca, además del Tecoan de Coixtlahuaca, Oaxaca, que está en ruinas. En realidad no hay un estudio que abarque un número considerable de edificios civiles de aquel tiempo.

Una característica fundamental de la arquitectura dieciseisena que no ha sido considerada con la relevancia que merece, es la presencia de pintura mural, realizada con técnicas hoy desconocidas puesto que se recogió la tradición prehispánica de preparación de enlucidos y de colorantes. La arquitectura de México se ha distinguido, desde los tiempos prehispánicos, por auxiliarse de aplanados o enlucidos, muchas veces pintados en el acabado de los edificios, y este gusto y costumbre por el color perdura, con la pintura directa, y con el empleo de yeserías y estucados, azulejos y ajaracas, en las diversas épocas de su desarrollo.

Buenos ejemplos de pintura mural del dieciséis son los frescos del claustro bajo de Malinalco, México, los del ex convento de los Santos Reyes de Meztitlán, Hidalgo; los de Atlihuetzía, Tlaxcala, y Uatlatlaucan, Puebla; que siguen de cerca los modelos que fueron descubiertos en la década de 1930.

Recientemente se “descubrieron” pinturas murales, a todo color, en la capilla abierta anexa al ex convento de Actopan y en la capilla que fuera abierta y aislada originalmente, del pueblo de Santa María Xoxoteco, ambas en el estado de Hidalgo. El género de pintura que ofrecen era desconocido y, particularmente en Xoxoteco, presenta una calidad extraordinaria por su temática y expresión estética.

Toda esta arquitectura del siglo XVI obedece a la corriente estilística del Renacimiento, aunque sus patrones no coincidan al pie de la letra con las obras contemporáneas españolas, y menos con las italianas. Las principales aportaciones que dichas obras reciben, vienen del arte hispano musulmán y del propiamente renacentista, que, como es sabido, en España aparece con personalidad que se distingue de las del resto del orbe.

Confirman la idea anterior diversos aspectos de los edificios, entre los cuales podemos mencionar su volumetría, el empleo de artesonados de madera, la correspondencia entre elementos arquitectónicos y pintura mural; el empleo de proporciones geométricas propias de aquel estilo, en la ordenación de las partes, como son el cuadrado y la sección áurea.

La aportación americana es más notable en cuanto a sistemas constructivos y acabados, y en muchas ocasiones aparecen, sobre todo en lo ornamental, elementos autóctonos junto a otros traídos de España. Ejemplo notable de esta situación son los frescos del claustro bajo de Malinalco, donde, junto a las flores prehispánicas y a un enorme nopal, se dibujan plantas de franca inspiración clásica y grutescos renacentistas.

En fin, como queda apuntado en los párrafos anteriores, es mucho lo que falta por investigar en este campo de la arquitectura de la Nueva España durante el siglo XVI, y las conclusiones que se obtengan conducirán a una revalorización de los conceptos vertidos en su historiografía tradicional.

Un peligro que amenaza a estos inmuebles y que es necesario señalar son las modificaciones que se efectúan con frecuencia en ellos, mutilándolos con el pretexto de “remodelaciones” o “revitalizaciones”, ya que los encargados de las decisiones o de las obras no conocen la arquitectura histórica ni las técnicas de restauración. Debido a que la arquitectura dieciseisena es en buena parte desconocida, nos enfrentamos a la posibilidad de no llegar a conocer nunca cómo era cuando se construyó, ya que la mayor parte de los inmuebles se han modificado. Únicamente una labor constante y acertada de investigación y restauración nos permitirá acercarnos a las verdaderas expresiones de la arquitectura del siglo XVI.

 
Juan Benito Artigas