La arquitectura del siglo XVI

 

Con la caída de Tenochtitlan en poder de Hernán Cortés, el 13 de agosto de 1521, se inicia una nueva etapa en la arquitectura, al sobreponerse al arte prehispánico la cultura renacentista y las tradiciones españolas. Esta mezcla da origen a una nueva expresión arquitectónica, en la que a las soluciones y los temas ornamentales europeos se agregan la sensibilidad y la interpretación indígena.

Durante casi tres siglos la Nueva España vio sucederse los mismos estilos que simultáneamente se producían en Europa: románico, gótico, renacentista, manierista, barroco y neoclásico; los correspondientes novohispanos, sin dejar de pertenecer en sus caracteres generales a los originales europeos, acusan sin embargo una personalidad perfectamente definida que refleja el sentimiento y las expresiones de un pueblo claramente individualizado. Por esto, en muchas ocasiones, la interpretación que se da a cada estilo es diferente a la europea, no sólo en cuanto a las soluciones que es fácil suponer fueran distintas por ser distintas también las necesidades, sino, asimismo y muy principalmente, en lo formal, a lo que se da una atención predominante, y que deriva tanto del sentimiento indígena que repetidamente había mostrado afición por lo decorativo, como puede verse en Uxmal, Kabah y otros centros prehispánicos, cuanto de la tradición española, formada a lo largo de la convivencia durante siglos de lo europeo y lo musulmán, que cristaliza en el arte mudéjar y que en América adquiere nuevas expresiones.

El arte llamado del siglo XVI se desarrolla, aproximadamente, a partir de la Conquista hasta la aparición del estilo barroco en el primer tercio del siglo XVII, momento en que la nacionalidad mexicana adquiere caracteres propios. Esta época abarca las expresiones estilísticas más diversas, que van del gótico final al renacimiento y el manierismo, bajo el común denominador del mudéjar, todo ello interpretado por el sentir indígena, que impone sus propias expresiones y su habilidad técnica a los estilos europeos.

Antes de entrar de lleno al estudio de la arquitectura, conviene hablar, siquiera someramente, del marco en el cual se desarrolla la ciudad.

Tras un sitio que duró tres meses y después del cual quedó totalmente destruida, cayó Tenochtitlan en poder de las tropas de Cortés. La reconstrucción se emprendió de inmediato, con el fin de establecer el gobierno en el mismo lugar en que había tenido asiento el poder azteca y, mientras se efectuaban los trabajos más urgentes, se estableció el Ayuntamiento en Coyoacán. Poco a poco, sobre las ruinas indígenas surgió la nueva ciudad, trazada por Alonso García Bravo, autor también de las trazas de Oaxaca y Veracruz.

García Bravo conservó algunos elementos fundamentales de Tenochtitlan, como la gran plaza central y las cuatro calzadas que unían a la ciudad prehispánica con la tierra firme, y sobre estas bases fue trazada la primera gran ciudad que se levantó en América bajo los principios del urbanismo renacentista. La similitud entre la composición de Tenochtitlan y las urbes grecorromanas, unas y otras distribuidas según los ejes determinados por las calles principales que se cruzan en el centro cívico, fue una coincidencia que facilitó el nuevo trazado a base de calles rectas que delimitaban manzanas rectangulares dirigidas de oriente a poniente. Los solares repartidos entre los conquistadores, con órdenes estrictas de edificarlos en un plazo no mayor de cuatro años, bajo pena de perder los derechos de propiedad, de no hacerlo así. El centro de la ciudad estaba ocupado por el gobierno civil y los edificios de abasto. Quedó la iglesia mayor frente a un atrio que formaba escuadra con la plaza. Esto es un fiel reflejo de la voluntad humanística de dar predominio al poder civil, al ayuntamiento de los vecinos para el gobierno de la ciudad.

La traza fue reservada a los españoles, los que tenían prohibido edificar fuera de ella, salvo a lo largo de la calzada de Tacuba, con propósitos defensivos, por ser esta calzada la más corta de las que unían con tierra firme. Sin embargo, no se amuralló la ciudad, que fue la primera levantada con un sentido moderno, sin encerrarla dentro de fuertes muros como era la tradición medieval. Los indios siguieron habitando en los alrededores, en forma totalmente aislada de la población española.

De la misma manera que la ciudad de México, fueron trazadas las ciudades de Puebla y Oaxaca, ya que así lo permitían los terrenos planos en que se asentaron, mientras que en los lugares montañosos se buscaba una sola calle como eje de composición a lo largo de la cual se unían las vías menores que se ajustaban a la topografía. Zacatecas, Guanajuato, Taxco y en general todas las poblaciones mineras siguieron este patrón.

Los pueblos de indios, que se diferenciaban claramente de los españoles, también fueron trazados de una manera semejante, pero teniendo como centro el convento, que reunía en sí tanto el poder religioso como el secular; se dividieron en barrios, cada uno de ellos dominado por su capilla; en algunos casos, como sucede en Tlayacapan, constituyen un interesante conjunto. En repetidas ocasiones, así el convento como las capillas de los barrios se levantaban sobre los mismos lugares del culto prehispánico: tales son los ejemplos de Tlatelolco, Cholula, Izamal y muchos otros sitios.

Complemento básico de este sentido urbanista era la plaza que, más que centro cívico, era tianguis, el lugar del intercambio comercial, a veces rodeada de arcadas, composición que es típica y que aún puede verse en multitud de poblados, como en Cholula, donde han logrado sobrevivir las arcadas erigidas en el siglo XVI.