La arquitectura civil

 

Casi nada ha llegado hasta nosotros de cuanto se construyó en el siglo XVI, si exceptuamos los edificios religiosos, que se conservan en su mayoría. De la arquitectura civil, salvo ejemplos aislados y muchas veces incompletos, todo lo que se conserva pertenece al periodo barroco, en que el auge económico provocó una reconstrucción casi total en todas las ciudades de importancia. Sin embargo, con respecto a la ciudad de México, se cuenta con suficientes referencias para conocer la arquitectura del primer siglo del Virreinato.

Las necesidades de la vida del siglo XVI, más diversificadas que las prehispánicas, requieren de un mayor número de géneros de edificios. Si antes de la conquista los tipos básicos eran los templos y las habitaciones, ahora se encuentran también escuelas, hospitales, edificios de gobierno, fuentes, etcétera, que nos hablan de una vida más compleja, y de las cuales queda en nuestra capital un importante ejemplo en el Hospital de la Limpia Concepción, llamado después de Jesús, cuyos patios y principalmente la escalera, aparte de un magnífico artesonado en lo que es hoy la Dirección, constituye un testimonio de la arquitectura de esta época.

La disposición de los palacios urbanos no la conocemos sino mediante las descripciones o representaciones en pianos de la época, salvo el caso del Palacio de Cortés, en Cuernavaca, el cual, aunque profundamente modificado, conserva aún la doble galería de las arcadas con vista hacia la ciudad y al Tepozteco, alejándose del concepto defensivo predominante de los edificios en la capital, cuyos exteriores recuerdan las fachadas medievales, que aíslan totalmente el interior de los peligros de la calle. Sólo en las portadas, que, por ser los elementos más ricamente decorados, se salvaron en ocasiones de los cambios posteriores, podemos ver el grado de inventiva de los artífices de estas obras. La Casa de Montejo en Mérida, la de Andrés de la Tobilla en San Cristóbal de las Casas y la “del que mató al animal” o Casa del Deán en Puebla, pueden citarse como ejemplos de distintas interpretaciones de la arquitectura plateresca en las portadas, desde la máxima pureza estilística en la de Mérida, hasta la influencia indígena en la de Puebla.

En Tlaxcala, aunque también bastante modificado, se conserva el Ayuntamiento, cuyas arcadas, que acusan de manera evidente la mano de obra indígena, son el principal resto de edificios gubernamentales levantados en el siglo XVI.

Atención especial merecen obras utilitarias como las de conducción de agua potable, que en la ciudad de México se hicieron aprovechando los restos de los acueductos que la traían desde Chapultepec; pero en este capítulo resalta la importancia del acueducto de Zempoala a Otumba, obra de la intuición de Fray Francisco de Tembleque, quien logró, sin conocimientos especializados, levantar una arquería cuyo tramo principal es más elevado que el de Segovia en su mayor altura.

En relación también con el abastecimiento del agua están las fuentes, por desgracia desaparecidas casi todas las de la época de que tratamos, pero de las cuales afortunadamente se conserva la de mayor importancia, la construida por Fray Rodrigo de León, en Chiapa de Corzo y que constituye el ejemplar más acabado de fuente mudéjar, sin paralelo en España. Está cubierta por una cúpula octagonal, nervada, sobre ocho pilares de ladrillo, contrarrestado el empuje por arbotantes del mismo material, en el que se labraron igualmente las puntas de diamante que constituyen la única ornamentación.

Citaremos, para terminar con la exposición de la arquitectura civil, los rollos monumentales en que se leían y ejecutaban las sentencias de la justicia, y que casi siempre son una simple columna, pero en algunos casos llegan a proporciones verdaderamente excepcionales, como sucede en el de Tepeaca. Este rollo es una torre de planta octagonal, con ventanas en forma de ajimez, caracteres ambos que constituyen una prueba más del mudejarismo, denominador común en la arquitectura del primer siglo posterior a la Conquista.