La arquitectura religiosa

 

Dentro de la transformación cultural que se opera como consecuencia de la Conquista, la evangelización es un hecho capital que tuvo como consecuencia una fiebre constructiva que tal vez no tenga otro paralelo que lo acontecido en Europa en los años iniciales de la época románica, y que se debe a las órdenes mendicantes: franciscanos, dominicos y agustinos.

Dos años después de la Conquista, en 1523, llegaron a la Nueva España dos frailes y un lego franciscanos, este último Fray Pedro de Gante, que iniciaron la conversión de los indios al Evangelio. Ante la insistencia de Cortés, un año más tarde desembarcaron en Veracruz doce franciscanos más, encabezados por Fray Martín de Valencia, entre los cuales figuraba el ilustre Motolinía. A partir de este momento, no sólo la religión sino también la cultura adquirieron relieve, pues estos frailes y los que llegaron posteriormente, alternaron la predicación con la investigación de la cultura indígena; disemináronse por todo el territorio conquistado, levantando monasterios y recopilando el conocimiento antiguo, lo que dio resultados de valor extraordinario como la Historia de las cosas de la Nueva España, escrita por Fray Bernardino de Sahagún en Tepeapulco.

Los dominicos llegaron en 1526 encabezados por otro fraile ilustre, Domingo de Bentazos. Eran también doce, pero cinco murieron y cuatro enfermaron y regresaron a España, lo cual retardó en un principio su actividad evangelizadora, que posteriormente desarrollaron en aquellas regiones en que no predicaban aún los franciscanos.

Por último, los agustinos, siete, llegaron en 1533 y comenzaron a estudiar de inmediato en lugares a los que la labor misionera de franciscanos y dominicos no había llegado.

Antes de entrar de lleno en el análisis de la arquitectura, conviene referirse, siquiera brevemente, a la expansión de las órdenes mendicantes por el territorio de la Nueva España.

Los franciscanos, como primeros en llegar, encontraron un campo totalmente virgen; establecieron monasterios en los principales núcleos de población y canalizaron sus fundaciones hacia los actuales estados de Tlaxcala y Puebla, abarcando también partes de Hidalgo y Morelos, además de otros lugares con monasterios más aislados, y Yucatán, que les perteneció totalmente. Los dominicos extendieron su influencia por el sureste del Valle de México, y por Morelos y Puebla hasta la Mixteca y más lejos. Chiapas, perteneciente entonces a la Capitanía de Guatemala. Los agustinos inician sus fundaciones en Morelos y se expanden principalmente hacia la parte baja de Michoacán y en la zona otomí. Por otra parte, por el noreste, buscan el camino a la Huasteca.

En los pueblos de indios de importancia se fundaban conventos, de cada uno de los cuales dependían varias visitas, consistentes en iglesias de menor dimensión, anexa a cada una de las cuales se levantaba una pequeña casa, destinada a albergar a los frailes que hacían la visita. En algunos casos también se levantaban capillas en los barrios indígenas dependientes del pueblo principal. De esta manera se establecía una red de fundaciones que permitía la mejor atención posible a la gran población indígena, dado el escaso número de frailes de que se disponía.

Por lo anterior vemos que el edificio fundamental para la evangelización era el convento, el cual no solamente servía de residencia a los frailes sino que también hacía el papel de escuela, hospital, hospedería, etcétera, por lo que constituía un verdadero centro de servicio social. Su composición era la misma que desde la época carolingia se había impuesto en Europa, pero con las modificaciones indispensables para adecuarla a una serie de necesidades muy peculiares como las de la evangelización y a las cuales se adaptaron admirablemente los mendicantes, buscando la mayor armonía posible con las tradiciones indígenas, a fin de facilitar la labor misionera.

Las partes fundamentales de la composición de un monasterio mexicano del siglo XVI son la iglesia, el atrio y el convento. La primera presentaba diversas soluciones que más adelante consideraremos. El atrio alcanzaba enormes superficies y se extendía generalmente fuera de la iglesia prolongando su eje, y en él se situaban la capilla abierta, las posas y una cruz. El convento con sus múltiples funciones, se levantaba al costado sur de la iglesia, aunque, en ocasiones, como puede verse en Tepoztlán y en algunos monasterios yucatecos, estaba al norte del templo. El conjunto se complementaba con la huerta, en la parte posterior del convento.

Se construyeron tres tipos de iglesias en la Nueva España en el siglo XVI: de una nave, de una nave con capillas hornacinas, y de tres naves, siendo, el primer tipo el más abundante. La iglesia de una nave, por regla general, carecía de crucero, y su ábside era poligonal, aunque también las hay con ábside semicircular, en Yanhuitlán y Yuriria; o plano, como en Tepeji del Río. Sus dimensiones eran considerables, ya que debían albergar gran cantidad de fieles, y no es raro encontrarlas de más de cincuenta metros de largo.

La disposición de las iglesias de una nave era constante. Sobre el eje longitudinal se situaba el acceso, enmarcado por una portada más o menos elaborada y en la cual encontramos el máximo de desarrollo de la forma ornamental. Se entraba al templo por debajo del coro, que ocupaba la parte alta del primer tramo de la iglesia; situándose los fieles en la nave, que contaba con una segunda puerta, lateral y llamada “de porciúncula”, también con importante ornamentación al exterior; remataba el eje en el altar único, colocado en el ábside y a mayor altura que el piso de la nave, para darle más dignidad y visibilidad.

Hay un caso en el que se agregó crucero a la nave única: Yuriria; pero esto es excepcional y posiblemente se debió a la gran importancia que se quiso dar a este monasterio, y otro en Oaxtepec, en que se agregan a la nave, en el tramo anterior al presbiterio, dos grandes capillas que le dan el aspecto de un falso crucero.

Las iglesias de tres naves no son comunes. Se distinguen de las anteriores en tener la nave flanqueada por las capillas, de mayor o menor profundidad, comprendidas entre los contrafuertes laterales. Los dominicos tuvieron predilección por esta solución, que fue la de las primitivas iglesias que levantaron en la ciudad de México, Puebla y Oaxaca, conservada esta última, donde podemos verla aún hoy en día; también queda un ejemplo de esta solución en Coixtlahuaca.

Las iglesias de una nave con capillas honacinas sólo se construyeron al principio de la evangelización, pero desaparecen desde 1540 y no volvieron a levantarse hasta 1575; las que se conservan datan casi todas de esta época y se cubrían con madera, las tres naves a la misma altura, por lo que la luz no penetraba sino por las laterales. Son franciscanas las de Tecali y Quecholac, en Puebla, y dominicas las de Coyoacán, deformada totalmente hace años, y Cuilapan.

Cualquiera que fuese la solución, siempre presentan las iglesias del siglo XVI caracteres comunes, como los confesionarios contenidos en el espesor de los gruesos muros, en los que entraba el penitente por el templo y el sacerdote por el convento, encontrándose a medio camino, donde se situaba una rejilla o celosía.

Las techumbres de las iglesias merecen también atención. Dada la época y las tradiciones españolas, la forma ideal de cubrirlas era con crucería; pero este procedimiento, caro y complicado, no siempre se pudo emplear y se sustituyó a menudo por otros más simples, como el artesonado de origen mudéjar, que permitía salvar claros de regular tamaño con economía y ligereza y dar un carácter unitario al espacio interior. Aunque desde el siglo XVI fueron frecuentes las cubiertas de artesón, cuyo uso se prolonga hasta el periodo barroco (tuvieron este tipo de cubierta entre otras, las iglesias de la Merced, San Agustín y Santo Domingo en la ciudad de México), apenas se han conservado unos cuantos ejemplares, el más notable de ellos es San Francisco de Tlaxcala, admirable muestra de este estilo. Las capillas pequeñas, o también las iglesias de dimensiones modestas, se cubrieron con techumbres de viguería colocadas sobre arcos transversales. En Calpulalpan (Tlaxcala) tenemos uno de estos techos.

Los agustinos emplearon el cañón corrido como techumbre de las naves de sus iglesias, reservando la crucería para el presbiterio y el tramo anterior. Esto da un carácter distintivo a sus templos, y marca claramente la diferencia entre el espacio de los fieles y el reservado al altar. Atlatlahuacan y Actopan, lo mismo que otros muchos monasterios, lo ejemplifican.
A pesar de la simplicidad y humildad de los franciscanos, que se refleja en su arquitectura, fueron ellos quienes hicieron mayor uso de las bóvedas de crucería en toda la iglesia, aunque a veces, como en Cuernavaca, tal tipo de cubierta aparece sólo en el sotacoro, mientras que la iglesia se cubre con cañón corrido; eso sí, pintando en él las nervaduras, para, por lo menos, sugerir el considerado como tipo ideal de techumbre.

Tula, Tochimilco, Tepeaca y Huejotzingo presentan este tipo de abovedamiento, el que conserva la tradición gótica pero sólo en la forma, ya que el espíritu varía radicalmente al ser las nervaduras, en la mayor parte de los casos, un elemento puramente decorativo y no estructural, y al adquirir los arcos formeros un perfil semicircular, en lugar del arco en ojiva típico de la arquitectura gótica.

También los dominicos tuvieron preferencia por las crucerías. Lo mismo en Oaxtepec que en Yanhuitlán y Coixtlahuaca, las bóvedas de nervadura dan gran prestancia a sus iglesias. En todos los casos se emplean los tipos comunes en España en la época de los Reyes Católicos, con gran número de ligaduras y terceletes que transformaron la simplicidad de las bóvedas del siglo XIII en una riqueza decorativa que muchas veces hace desaparecer la funcionalidad de la estructura.

Exteriormente, los empujes de las bóvedas se contrarrestaban por medio de contrafuertes en forma de prisma cuadrangular. Los franciscanos solían colocarlos dispuestos con toda regularidad (Cholula), mientras que los agustinos prestaban poca atención al ritmo creado por estos elementos en el exterior de sus iglesias (Acolman). En ocasiones, el fuerte empuje de algunas bóvedas obligó a colocar arbotantes de gran pesantez, que como sucede en Tlayacapan, Yanhuitlán y Cuernavaca, más parecen contrafuertes perforados que los esbeltos elementos de contrarresto típicos de la arquitectura gótica.

Es frecuente que las iglesias del siglo XVI tengan un aspecto militar por lo sobrio de sus volúmenes y por el uso que se hace, en los remates de pretiles, de almenas y garitones (Huejotzingo, Atlatlahuacan) y aun por el empleo de pasos de ronda como sucede en Tepeaca, fronteriza entonces con tribus no dominadas, donde era indispensable alguna previsión defensiva. La mayor parte de las veces todos estos aparatosos elementos no son sino decoraciones, ya que su situación o su tamaño los hacen inútiles para la defensa.

Las torres constituyen otro elemento al que hay que hacer referencia. No fueron muy usadas en la arquitectura del siglo XVI, ya que se daba preferencia a las espadañas para colocar las campanas, procedimiento predilecto de los agustinos (Meztitlán), pero en ocasiones, como sucede en Actopan, Atlatlahuacan, Ixmiquilpan y Yuriria, destacan sus masas importantes contrastando con la horizontalidad de las iglesias. Su forma, generalmente, es una nueva expresión de mudejarismo en sus envolventes cúbicas y simples que recuerdan las de los minaretes musulmanes del sur de Francia y el norte de África.

Por último, dentro de este breve análisis de las iglesias, es preciso hacer mención de las portadas, los elementos más ricamente expresivos, dada su función de reflejar por fuera la importancia del santuario e invitar a los fieles a penetrar al interior. En ellas quedaron plasmadas todas las modalidades estilísticas que llegan a México con los conquistadores y las que se desarrollan durante el siglo XVI como reflejo de lo que acontecía en la Metrópoli. En un principio, las portadas expresan todavía un sentir gótico, semejante al preferido en España a fines del siglo XV, y en cuya factura se encuentra, a veces, la mano de obra indígena, principalmente en el tratamiento del relieve. En ocasiones también los elementos de tendencia clásica, primer brote del Renacimiento, empiezan a aparecer, aunque sin proporción ni perfiles correctos. La portada de Huejotzingo y el rosetón de Yecapixtla son ejemplares de este estilo, y dentro de la mano de obra indígena pueden citarse las fachadas de Otumba y Tulpetlac.

Un poco más tarde, domina el renacimiento bajo la interpretación española: el plateresco, cuyo nombre deriva del preciosismo de su ejecución, que más parece trabajada en plata que en piedra. También aquí encontramos ejemplos de una gran pureza en Yecapixtla, Cuitzeo y, sobre todo, Acolman, la cumbre de este estilo, que llega a tener gran influencia en otras portadas agustinas, como Meztitlán y Yuriria, esta última interpretada por los indígenas, que multiplican los ornamentos en su típico horror al vacío.

Por último, llega el manierismo a influir en la composición de las portadas. Basado en una interpretación muy exacta de los ejemplos de la antigüedad clásica, crea obras de una gran pureza. Primero con timidez (Cholula), después con mayor conciencia de lo clásico y, por último, totalmente apegado a los textos de los tratadistas de esta época. Cuilapan ofrece la muestra de un desarrollo que abarca todas las etapas del estilo.

Paralelamente a las tendencias medieval, plateresca y manierista, aparece con gran fuerza el mudejarismo, que, al igual que en España, constituye una constante en el siglo XVI, interpretando en sus formas los distintos estilos y aun la expresión indígena. Las portadas de Santa Cruz Atoyac, Chimalhuacán, Chalco y Acámbaro son fundamentales dentro de lo mudéjar; pero es común que sus elementos, principalmente el alfiz, aparezcan en multitud de casos.