¿Arte popular o artesanías?


Durante los primeros años de la década de los veinte, un grupo de intelectuales mexicanos se dio a la tarea de poner por primera vez ante los ojos del mundo, las artes de México —la literatura, la música, la pintura, el grabado, la escultura y, principalmente, las artesanías—, como parte del proceso de integración de nuestra identidad nacional surgido después de la Revolución de 1910. En realidad, esos primeros años marcaron el inicio de la revaloración de nuestra cultura y el reconocimiento de que el arte en México tenía manifestaciones importantes, y que una de éstas era precisamente la de las artesanías populares, representada por múltiples objetos hechos con los más variados materiales y técnicas.1

En aquel tiempo se empleaban indistintamente los términos “arte indígena” y “arte popular”,2 para referirse a las artesanías, y desde entonces se ha establecido una polémica en torno de estos conceptos porque no están bien definidos los límites entre ellos, y a veces resulta difícil precisar dónde terminan las fronteras de las artesanías y dónde empiezan las del arte popular. Esto se debe a que, en la práctica, encontramos muchos objetos que no embonan dentro de la definición clásica del arte popular, ya sea porque en su manufactura no existe una intención artística, porque han cambiado sus características tradicionales o bien porque han surgido espontáneamente con formas nuevas en el seno de los propios núcleos artesanales.

Nosotros quisiéramos analizar aquí esta situación y aportar nuestros puntos de vista, con el propósito de coadyuvar a su esclarecimiento, porque de ello depende, en buena medida, la conservación, promoción y rescate de una de las ramas más importantes de la cultura del pueblo mexicano.

Para empezar, conviene decir que las artesanías que actualmente se producen en México no son exclusivamente indígenas, ni por su origen ni por los individuos que se dedican a su manufactura. Lo primero, porque si bien es cierto que algunas artesanías, como la alfarería de una cochura, el tejido de fibras vegetales, los textiles y las lacas, sí tienen antecedentes genuinamente autóctonos, porque existían ya en la época prehispánica, no es menos cierto también que tales artesanías nativas fueron influidas y enriquecidas con diseños, técnicas, herramientas, formas y materiales aportados por los europeos o gente que llegó después de éstos. Por ejemplo, la alfarería adquirió la técnica del vidriado y adoptó el uso del torno, además de una multitud de formas nuevas, adecuadas para satisfacer los requerimientos de la población; la industria textil se vio favorecida con la introducción del telar de pedales y de lanzadera; las lacas adoptaron ciertos diseños asiáticos que hoy se reconocen todavía. Por el contrario, otras artesanías no nativas, como la talabartería, la herrería y el vidrio, que no se conocían en México, introducidas por los europeos, tomaron carta de naturalización en el país cuando la mano de obra local las adaptó a su necesidad, su gusto y su sensibilidad. Finalmente, las artesanías que no tuvieron cabida en las nuevas formas de vida impuestas por los españoles, como el arte plumario, de tanta trascendencia en la antigua vida indígena, simplemente tendieron a desaparecer.

Y en cuanto a lo segundo, porque aunque buena parte de los productores de artesanías son indígenas —de hecho la mayor parte de la producción artesanal procede de las zonas indígenas o se concentra en los lugares en donde antiguamente florecieron las grandes culturas indígenas—, hay también muchos objetos importantes que son elaborados por los mestizos de las zonas rurales y de las grandes ciudades. Por ejemplo, la talavera poblana, el vidrio de Guadalajara, el cobre de Santa Clara o la cartonería de Celaya y México. Inclusive, hay algunas artesanías que fueron netamente indígenas, cuya manufactura se ha desplazado de las manos de los indios a las de la población mestiza. Tal es el caso de las lacas de Olinalá y Pátzcuaro y de la cerámica de Tonalá, lugares en donde la población indígena ha desaparecido al asimilarse al mestizaje.

En consecuencia, podemos concluir que ni todas las artesanías mexicanas son indígenas ni tampoco son totalmente importadas. Son, en realidad, el resultado de las diversas influencias artísticas y culturales que México ha recibido a lo largo de su historia; es decir, son una síntesis de los variados elementos que han confluido en la formación del pueblo mexicano y, por eso, en ellas se patentiza el mismo mestizaje étnico y cultural que diera forma a este pueblo.

Ahora bien, a lo largo de los años, las artesanías extranjeras y las autóctonas que lograron sobrevivir durante el tiempo de la Colonia y del México independiente, estuvieron sometidas a un paulatino proceso de depuración de su estilo, a través del filtro de la inspiración, la imaginación, la circunstancia, el ingenio y la habilidad manual de sucesivas generaciones de artesanos que se transmitieron las técnicas de su manufactura, las formas y los decorados, dando pie a un auténtico proceso de sedimentación de cultura, hasta conformar finalmente un estilo auténticamente mexicano, cuyo vigor admiramos en las artesanías de la actualidad, las cuales denotan la combinación de los diversos elementos indígenas, castizos y orientales que dieran a México su personalidad artística. Muchos de los objetos de barro, de laca, de vidrio, de cobre y de tantos otros materiales con los que se fabrican los productos del ingenio popular, son actualmente los más claros exponentes de dichas influencias, de la síntesis cultural que operó durante tres siglos y que floreció a partir de la época en que México se hizo independiente, y de la tradición artística conservada a lo largo de varios siglos.

Éstas son, entonces, las artesanías que es preciso conservar y cultivar, las artesanías populares tradicionales, porque son éstas una expresión de lo mexicano, son parte de nuestra historia y de nuestra memoria como pueblo. Son, en suma, un reflejo de nuestra idiosincrasia y de nuestra cultura.

Por otra parte, conviene analizar también el término “arte popular”, empleado, como queda dicho, desde el tiempo en que las manufacturas populares comenzaron a ser redescubiertas por los propios mexicanos. En aquel entonces, todas las artesanías que se producían poseían un denominador común: tenían un valor eminentemente utilitario; es decir, estaban destinadas al uso diario de la gente. No obstante, en la mayoría de los casos, el gusto innato y la habilidad manual de los productores, ya fueran indios o mestizos, hacía que esos objetos ostentaran un sello de originalidad que los caracterizaba de un valor propiamente artístico, y como estaban hechos por la gente a la que en aquella época se englobaba dentro del concepto de pueblo —los indios de las zonas rurales y la gente de las barriadas en las ciudades—, recibían entonces la denominación de objetos de arte popular. Ese sello de originalidad no siempre era el mismo, pues algunas veces el objeto podía tener, pongamos por caso, una línea simple y fina o bien podía ser complicado y burdo; asimismo, la decoración podía ser sobria pero también compleja. Esto es, las características que hacían de un objeto artesanal un objeto de arte popular no estaban necesariamente definidas, ni eran tampoco siempre las mismas. Por el contrario, eran muy variadas e iban más en función de la apreciación de quien compraba el objeto que de la intención del que lo había producido.

Aparte de lo anterior, se registraban en aquellos años otros factores que permitían hablar de la existencia de un arte popular. Por ejemplo, la incomunicación de las pequeñas villas y pueblos y la falta de transporte adecuado, eran situaciones que hacían muy difícil la salida de los artesanos hacia los centros de consumo, determinando que los productos tuviesen un consumo local o cuando mucho regional, y simultáneamente, imposibilitaban el arribo a aquellos lugares de los comerciantes y del escaso turismo que recorría el país en ese tiempo. Asimismo, el aislamiento conservaba el anonimato de los productores y mantenía intactas las características físicas tradicionales de las artesanías, pues éstas se mantenían ajenas a contactos externos sensibles. Es por esto que, entonces, un artesano podía dedicar no horas sino días y quizás hasta semanas enteras para terminar un objeto o un lote de objetos, consciente de que debía esperar el día de mercado, el tianguis o la feria en donde los vendería personalmente. Es decir, los artesanos tenían tiempo de sobra para terminar sus productos, y esto los hacía llegar al preciosismo, pues no estaban presionados —como los de ahora—, por el tiempo, ese otro elemento indispensable para la manufactura del buen arte popular.

Además, existía una abundante provisión de materias primas de buena calidad que influían benéficamente en el acabado de las piezas, pues era fácil encontrar buenos barros o magníficos pigmentos, estos últimos a veces hasta importados, para hacer o decorar los objetos. Y si no se podían adquirir algunos materiales, los propios artesanos los sustituían o los improvisaban con otros elementos de los que podían echar mano localmente. Tal es el caso de la leche de moras o de la goma de mezquite que alfareros de Tlaquepaque empleaban antaño como fijador de la pintura con la que decoraban sus esculturillas; o los tintes vegetales y animales que se usaban en otros sitios para teñir el material de los textiles; o el pegamento utilizado en Acatlán hecho a base de algodón macerado en leche.

Todos estos factores, aunados a la carencia de un mercado amplio y estable, determinaban el precio de los objetos, que generalmente eran muy baratos, de acuerdo con la situación económica del país en aquella época.

De aquí que, si fuese necesario definir los principales elementos que conformaban el esquema del arte popular de hace 60 años, podríamos señalar, en primer lugar, que los productores eran anónimos, pues no solamente eran desconocidos para los compradores, sino que ellos mismos ignoraban que estaban haciendo objetos de arte; también era factible adquirir estos hermosos objetos por unos cuantos centavos; y sobre todo, las piezas conservaban sus características tradicionales de forma, color, decorado y tamaño, ya que estaban hechas a la medida de las necesidades cotidianas pues, por regla general, tenían un fin utilitario. Es decir, eran auténticamente objetos hechos por el pueblo para uso familiar, para el trabajo, para ornato personal, para usos rituales y para sus juegos, fiestas y danzas, por lo que, ante todo, representaban un satisfactor de múltiples necesidades sociales a la vez que una fuente complementaria de trabajo para sus productores, ya que todos o casi todos se dedicaban a las labores del campo y hacían artesanías en las épocas en que la agricultura les dejaba tiempo libre. En una palabra, en aquel entonces funcionaba toda una estructura económica y social que, por un lado, permitía la existencia del artesanado y, por otro, hacía nítida la expresión “arte popular”.

Actualmente, esta estructura se ha derrumbado ante el acelerado crecimiento del país en todos los órdenes, trastocando radicalmente el universo artesanal. Con ello, los elementos que antaño caracterizaban al arte popular se han alterado también profundamente. La evolución se observa claramente en los aspectos básicos que constituyen y definen el arte popular, por ejemplo, sus características físicas de tamaño, forma y acabado, la técnica de manufactura, los materiales con que está hecho, su precio y hasta el uso al que originalmente estuvieron destinados los objetos, pues esta característica final se ha invertido. Ahora, al contrario de lo que ocurría hace 50 o 60 años, muchos de los objetos ya no se producen con fines utilitarios; esto es, para el uso cotidiano de la gente del campo, sino que se han convertido en objetos suntuarios de alto precio, fuera del alcance de esa gente. Es así como ya no vemos a las mujeres del Istmo de Tehuantepec, tal como las filmara Eisenstein, el gran cineasta ruso, llevando sobre la cabeza los enormes jicalpextles laqueados hechos en Chiapa de Corzo; ni las mujeres de la zona de la montaña de Guerrero reciben como regalo de boda los arcones de Olinalá. Ahora, estas piezas son demasiado caras como para que puedan adquirirlas sus antiguos usuarios. A este incremento en los precios han contribuido, de manera especial, aunque no única, la fuerte demanda del creciente turismo y la revaloración de estos objetos, por una parte, de la propia sociedad mexicana que, finalmente, también tomó conciencia de ellos.

Por otra parte, la existencia de una amplia red vial, que facilita el acceso hasta los lugares más recónditos, y el mejor conocimiento que se tiene sobre la identidad de los productores, hacen que éstos hayan perdido su anonimato, pues sus objetos han sido presentados en exposiciones dentro y fuera del país, y ellos mismos han sido sujetos de homenajes y de reconocimientos y han aparecido en diversas publicaciones, todo lo cual permite que los clientes los conozcan y lleguen hasta la puerta misma de sus talleres y de sus casas en demanda de sus productos.

Esta demanda, que evidentemente ha significado para algunos artesanos una época de auge desde el punto de vista económico, al grado de que en ciertos lugares ha aumentado considerablemente el número de personas dedicadas a las artesanías, se ha convertido también en un factor de cambio para éstas, pues ha originado una producción en mayor escala que poco a poco va perdiendo sus características tradicionales; debido principalmente a la introducción de ideas y motivos extraños entre los productores de esos objetos. Además, la urgencia de satisfacer sus propias necesidades apremiantes, obliga a los artesanos a producir en mayor cantidad y más rápidamente sus objetos, con lo cual cambia el aspecto físico de los mismos, pues el acabado final, en general, ha dejado de tener la finura que ostentaban los objetos de antes.

Independientemente de lo anterior, existen otras circunstancias que afectan en forma directa a las artesanías populares tradicionales y que lentamente van haciendo que éstas se modifiquen o que desaparezcan. Entre ellas, podemos mencionar la escasez o carencia de determinadas materias primas, como el barro de buena calidad de Tonalá, Tlaquepaque e Izúcar, en donde los antiguos barrizales han sido cubiertos por las áreas urbanizadas, obligando a los artesanos a emplear otro material de inferior calidad que ha originado cambios en el peso, la textura y el grosor de las piezas; o como la escasez de madera de tejamanil, que ha determinado la desaparición de algunos juguetes en Santa Cruz de Juventino Rosas; como la cada vez más escasa grasa de gusano, llamada aje, que sirve de base a las lacas de Chiapas y de Michoacán; o como la desaparición de ciertos productos vegetales, como el tule, o algunos tintes animales, como la cochinilla y el caracol marino, entre ellos. Igualmente, la prohibición oficial para la importación de otros materiales, como cuentas de porcelana, bermellón para las lacas o pelo de conejo para los sombreros de charro poblanos, es otro factor indirecto, pero determinante de un cambio obligado en la calidad o apariencia de los objetos artesanales o de su desaparición.

También afecta a la producción artesanal tradicional la paulatina obsolescencia de ciertas formas antiguas que, al no adaptarse a las necesidades de la vida moderna, han sido desechadas y han debido ceder su lugar a otras más acordes con los nuevos requerimientos de la sociedad. Por eso, paralelamente a la producción de formas tradicionales o suplantando a éstas, surgen cada día nuevas creaciones de los artesanos, principalmente entre los alfareros, que buscan de este modo mantener su fuente de trabajo y mejorar sus ingresos. Esas piezas se alejan del consumo popular y se convierten en obras de alto precio para sectores económicamente privilegiados. Entre ellas, las piezas de cobre de Santa Clara; los candelabros de barro pulido o policromado de Acatlán; las piñas y torres de jarros de barro vidriado de Patamban y San José de Gracia; los árboles de la vida de Metepec; las nuevas figuras de Ocumicho; los alebrijes de cartón, etcétera. De esta manera, las formas tradicionales se van perdiendo poco a poco y las nuevas se producen cada vez en mayor número, pues el cambio es una tendencia natural del artesano en la actualidad, es su opción de supervivencia, a veces la única, y por ello no puede evitarse.

Lo anterior divide a los artesanos en dos grupos: los que han dado una orientación distinta a su producción, porque han adoptado una visión diferente de su actividad, dándole un sentido estrictamente comercial a sus nuevos productos, en función de las exigencias del mercado los que conservan sus formas tradicionales porque su producción no tiene posibilidad de cambio o porque aun forma parte de una economía de autoconsumo.

Los segundos afrontan un problema capital, representado por los bajos precios que tienen sus productos, los cuales apenas les permiten subsistir, pues, en la generalidad de los casos, los modestos ingresos que reciben por sus manufacturas son tan exiguos que estamos seguros de que están muy por abajo del precio que realmente deberían tener. Tal vez donde mejor se nota esto es en la alfarería, pues los artesanos que la producen son los más afectados por esta situación, pese al laborioso trabajo que desarrollan desde la recolección del barro hasta el momento de vender su loza. Si se visita cualquier mercado dominical, Huejutla, Chilapa, Acatlán, se verá a las mujeres alfareras, desde muy temprano, cuando el día clarea apenas, caminando sobre la carretera, solas o en compañía de sus esposos e hijos, con sus huacales o barcinas a cuestas o en el lomo de sus bestias, o en espera del autotransporte, para llevar su loza al mercado, donde la venderán a un precio que seguramente no les dejará utilidad, pues ninguna pueden obtener al vender sus objetos a precios tan bajos. Efectivamente, si se toma en cuenta el tiempo ocupado en la recolección del barro, en la manufactura de las piezas, en el secado y horneado, el costo del combustible, el del material para empaque, el del flete hasta el mercado, las horas de permanencia en éste para lograr la venta y finalmente "el piso" o impuesto que fijan las autoridades locales por extender la mercancía en el suelo, se comprenderá que estas alfareras únicamente obtienen un pequeño ingreso semanal en efectivo que les permite subsistir magramente durante el año.

Éste es, ciertamente, uno de los problemas difíciles de solucionar por la enorme cantidad de artesanías que se producen y por el gran número de artesanos que trabajan por todos los rumbos. El problema ha sido atendido en nivel nacional mediante la adquisición de los productos artesanales por conducto de diferentes entidades gubernamentales, tanto federales como estatales. Pero, la realidad es que la ayuda que en esta forma se hace llegar a los núcleos artesanales a la postre resulta insuficiente, porque nunca podrá el gobierno disponer de los recursos económicos bastantes y oportunos para absorber toda la producción artesanal del país, ni siquiera la de los artesanos más renombrados, como ahora ocurre, para tener la posibilidad de controlar la calidad y pagar precios más justos, cosa que, además, no ocurre, ya que siempre los artesanos se quejan de los bajos precios pagados por las entidades oficiales.

Además, la compra masiva por parte del gobierno resulta contraproducente, como ha podido observarse a menudo en el funcionamiento de las agencias oficiales, porque cuando éstas han pretendido promover determinada artesanía o cuando adquieren cuotas fijas periódicas de la producción de algunos centros artesanales, se ha originado una baja en la calidad de los artículos y algunas veces una producción difícil de controlar y de colocar en el mercado. Entonces, se frena la compra o se suspende, y los artesanos que así se beneficiaban tienen que buscar quién les compre, al igual que hacen los artesanos a quienes los organismos oficiales no hacen compras. Por todo esto, y pese a los muchos recursos que se destinan a la compra y a la promoción de las artesanías, la inmensa mayoría de los artesanos populares continúan viviendo en condiciones lamentables de pobreza e insalubridad. Sólo unos cuantos cobran muy caras sus piezas: Herón Martínez, Dámaso Ayala, los Linares, entre otros, porque ellos han rebasado la categoría de artesanos populares y porque sus productos, que han sabido modificar, se han convertido en artículos suntuarios con aceptación en los mercados. La mayoría de los artesanos, por el contrario, sigue recibiendo raquíticos ingresos que los obliga a terminar sus piezas rápida y modestamente. Esto se nota en el acabado de las piezas que se producen actualmente. Se observa, asimismo, en el abandono de la producción de algunos objetos y en la renuencia de los jóvenes para dedicarse a las actividades artesanales y continuar así el oficio de sus mayores. En ese sentido, es un hecho real que las mejores oportunidades de estudio que existen ahora determinan un abandono temprano de la actividad artesanal por parte de los jóvenes.

También ocurre que, con la progresiva industrialización del país en ciertas áreas, se van perdiendo determinadas artesanías, porque la mano de obra ocupada o subocupada en ellas se transfiere de inmediato hacia las fábricas o industrias. Tal es el caso de los tejedores de Palma de Santa Ana Tlapaltitlán y de los cazueleros de Metepec, muchos de los cuales trabajan ahora en las fábricas establecidas en el Corredor Industrial Lerma-Toluca; o el caso de los alfareros de Santa Cruz de Arriba, que han abandonado sus alfares para alistarse como obreros en las fábricas de Texcoco. Como resultado, en los centros artesanales van quedado únicamente los viejos, que no tienen ya cabida en el trabajo asalariado.

Lo anterior nos confirma que muchos mexicanos hacen artesanías y viven de la venta de éstas, como complemento de sus labores en el campo o porque carecen de otras fuentes de trabajo, sobre todo en las zonas rurales. Un ejemplo clásico de esto son las diversas poblaciones de Guerrero que en los últimos años han adoptado la pintura en papel de amate. Cuando se recorren las principales calles de la capital o de las poblaciones de importancia turística, se ve la enorme cantidad de personas que comercian con este y otros productos artesanales. Por eso, nosotros hemos señalado en alguna ocasión, y lo reiteramos aquí, que las artesanías no sólo son un reflejo de la cultura nacional, sino también un resultado del subdesarrollo de este país, que no ha podido crear fuentes de trabajo suficientes para absorber su mano de obra potencialmente activa. Esta carencia y la precariedad del mercado artesanal, tan aleatorio del turismo, de la disponibilidad de fondos en las entidades oficiales encargadas de las compras, y de otros factores que hemos citado, obliga a muchos artesanos a abandonar su actividad para engrosar las filas de los emigrantes a la ciudad de México o al extranjero.

Otro cambio importante en las artesanías deriva directa e inconscientemente de los propios productores. Ellos, sobre todo si son jóvenes, son muy receptivos y abiertos a los cambios y expresan en sus productos los diseños que ven o que les son sugeridos por visitantes y compradores. Esto es imposible de evitar, porque no puede aislarse a los artesanos de estas influencias favorecidas por el contacto permanente entre ellos y sus clientes. De esta manera, las influencias y, en general, toda acción que se emprende sobre el arte popular, aunque provenga de la gente mejor intencionada, produce, a la larga, como ya lo hemos visto en México, cambios irreversibles en los objetos y hasta su decadencia o desaparición.

Además de todo esto, la pérdida de muchos objetos se debe a la ineluctable desaparición de las viejas generaciones de maestros artesanos que, al morir, se llevan consigo alguna forma de su exclusiva producción, un estilo de decoración, algún motivo decorativo especial, una técnica de su invención, la preparación de algún ingrediente. Y no solamente eso; al desaparecer los viejos artesanos se pierde con ellos una parte de la tradición, un estilo de vida, la estructura social y económica que mencionábamos antes y que permitía la existencia de este tipo de gente y de sus artesanías; es decir, se pierde con ellos una parte minúscula, pero insustituible, de la cultura del país y de la civilización del artesano. Con lo anterior, no queremos decir que las artesanías van a desaparecer en México; esto no puede ser, porque en un país en donde existe tal variedad de artesanías la tradición hace imposible su extinción. Pero lo que sí afirmamos es que cada día son menos los objetos tradicionales que podemos contar dentro del inventario artesanal. Y también que tal vez hoy estemos contemplando, sin darnos cuenta exacta, la última o una de las últimas generaciones de auténticos artesanos. Por eso mismo, cada día vemos con ojos más escépticos la conservación de ciertas artesanías y somos conscientes de que, hagamos lo que hagamos, los objetos tradicionales irán desapareciendo irremediablemente. Seguramente otros surgirán en el futuro, como ya está ocurriendo, pero los que un día fascinaron a propios y extraños por los distintos elementos que confluyen en su manufactura, por la ingenuidad o la belleza de sus formas, por el encanto, la sencillez o la prolijidad de su decorado, por la brillantez de sus colores o por la ingeniosidad de sus mecanismos, ésos, van desapareciendo para siempre entre las brumas del tiempo.

A la luz de lo que queda expuesto, cabe decir que, en el momento presente, podemos clasificar como arte popular a todos aquellos objetos manufacturados con sencillos procedimientos técnicos, en los que los artesanos del campo y las ciudades expresan, consciente o inconscientemente, su ingenio y su talento creador, sin apartarse de la herencia estética y cultural que les legaran sus mayores y que los convierte en custodios de las más puras tradiciones de su grupo, su comunidad y su país. Esto son las artesanías populares tradicionales y las que de ellas se derivan.

Por tanto, sostenemos que, hoy día, podemos aplicar el calificativo de arte popular a todas las artesanías populares tradicionales y a las derivaciones que de ellas producen los propios artesanos, y afirmamos que éstas son, precisamente, las que tenemos que proteger, conservar y fomentar por todos los medios a nuestro alcance, a fin de asegurar hasta donde sea posible su supervivencia. Para esto, se requiere levantar el inventario artesanal del país, elaborar un catálogo de la producción, describir las técnicas de elaboración de los objetos, dejar constancia gráfica de sus autores, de sus formas, de sus colores y de los materiales empleados en su manufactura, a fin de que sirvan de testimonio, inspiración y guía a las nuevas generaciones de mexicanos.
 


1 Alfonso Caso, La comunidad indígena. El arte popular,SEP-SETENTAS, SEP, México, 1971.

2 Dr. Atl, Las artes populares en méxico, Librería México, Cultura, 1921.