Grupo 3: Objetos que requieren protección

 
 
Talavera poblana
Izúcar de Matamoros
Barrio de La Luz
Tonalá
Mayólica guanajuatense
 
He aquí algunas muestras de las artesanías que es preciso cultivar y proteger en la medida de lo posible para evitar que en un momento dado pudieran perder sus características tradicionales o dejar de producirse. Aunque continúan haciéndose, existe cierta precariedad de los factores que intervienen en su manufactura, por lo que sentimos que es necesario acudir en su apoyo con medidas adecuadas y eficaces, dado que todas ellas son genuinas artesanías tradicionales en las que confluyen los distintos elementos que conforman el arte popular de México.

Es de señalar que únicamente se apuntan los casos, sin dar soluciones, que están fuera del propósito de este ensayo por las particularidades de cada tipo.

Asimismo, dejamos apuntado que se han incluido en este grupo varias piezas de mayólica guanajuatense, más que por requerir protección, como un ejemplo de la forma en que se ha rescatado una artesanía que se consideraba perdida.

Talavera poblana
 
La cerámica más fina que se produce en México es la llamada talavera poblana, un tipo de loza vidriada de fondo blanco, que llegó al país con los europeos durante la época del Virreinato. Los primeros alfareros que la produjeron se establecieron en la ciudad de Puebla desde mediados del siglo XVI; y de ahí, la técnica de su elaboración se difundió hacia las ciudades de Guanajuato, Sayula, Aguascalientes, Atlixco, Pátzcuaro y Oaxaca. Hasta la fecha, además de Puebla, se produce en Guanajuato e intenta revivirse en Aguascalientes, pero es en Puebla en donde algunos alfareros mantienen las formas y los diseños tradicionales. Por el contrario, en Sayula y en Pátzcuaro desapareció completamente, y en Oaxaca y Atlixco lo que se hace ha sufrido tan grandes mutaciones que la loza corriente de fondo blanco muy delgado que ahora se produce es apenas un pálido reflejo de la que le dio origen.

La decoración de la loza poblana ha sufrido variaciones, no solamente por la particular interpretación de los decoradores, sino también debido a las influencias sufridas a lo largo de las distintas épocas. Estas influencias pueden determinarse fácilmente a través de los elementos decorativos, los cuales unas veces tienen un marcado origen oriental, de la época en que el comercio con Oriente fue intenso, principalmente durante el siglo XVIII. Otras veces, se aprecian elementos hispánicos, arábigos e italianos copiados de las piezas que se recibían de España. De influencia oriental proceden ciertas piezas que imitan la forma y decorado de tibores, a las que se colocaban tapaderas de hierro provistas de cerraduras de complicadas combinaciones y en las cuales solía guardarse el chocolate, la canela, la vainilla y otros productos olorosos. Puede decirse que esta época se caracterizó por el refinamiento y delicadeza en la fundición de los esmaltes y colores, especialmente los azules, aplicados y fundidos con la misma tersura que el esmalte blanco, con lo que se logró imitar, hasta confundirse, algunas piezas orientales de la mejor calidad.

Hasta mediados del siglo XVIII esta industria tuvo continuos florecimientos; luego sufrió un descenso que se acentuó durante los primeros años del siglo XIX. Desde principios del XX ha habido un cambio brusco en sus formas y desequilibrio en el decorado, del que se abusa con la combinación de colores. Hoy se ha llegado a una etapa casi de agotamiento, pues únicamente quedan dos alfares trabajando en una forma constante: el de Isauro Uriarte y el de La Trinidad.

Izúcar de Matamoros
 
Entre las cerámicas policromadas que se producen en México, destaca por la armonía de sus formas y por su colorido tan vivo, la de Izúcar de Matamoros.

Aunque hay varias familias que hacen cerámica policromada en este lugar, las piezas valiosas son las de Aurelio Flores y su hijo Francisco, que continúan produciendo sus piezas al estilo antiguo.

Como es una sola familia la que produce este tipo de cerámica tradicional, y como además el viejo Aurelio es ya un hombre que no trabaja, sus piezas pueden considerarse como objetos coleccionables.

Barrio de La Luz
 
Desde hace muchos años los barrios de La Luz y La Acocota, de la ciudad de Puebla, han producido dos clases de cerámica vidriada de tipo utilitario: una de ellas es la loza de fondo rojizo decorada con chorreaduras o anchas líneas de color negro trazadas al pincel; la otra es la loza negra que se usa principalmente durante las festividades de muertos del mes de noviembre. Ambos tipos se decoran también al pastillaje, con figuras de bulto hechas al molde, trabajo al que se da el nombre de "labrado". Estas figuras son, por regla general, personajes, flores y hojas. Ocasionalmente, se agregan leyendas incisas sobre la superficie lisa de las piezas.

En los talleres de ambos sitios se produjeron, hasta hace poco, ollas, jarras, anafres y cazuelas, algunas de éstas adornadas con tanta profusión en su interior que resultaba casi imposible cocinar en ellas; y candeleros e incensarios.

Algunas piezas se trabajan al torno, como los incensarios y los candeleros, pero las cazuelas y las ollas se hacen al molde, principalmente en el barrio de La Acocota. Por eso, éste se conoce como "el barrio de los mañeros", donde viven y trabajan los que hacen las cosas a mano.

En la actualidad, la alfarería ha decaído mucho en estos lugares debido a que, como los alfares están localizados muy cerca del centro de la ciudad, su permanencia ahí resulta ya anacrónica y la necesidad de proteger el ambiente del humo de los hornos, por una parte, y la plusvalía del suelo, por otra, han originado que las autoridades locales y los propietarios de los terrenos en donde se localizan las viviendas y los hornos de estos alfareros, traten de desalojar a éstos hacia la psans-seriferia, con lo cual, al abandonar su sitio, muchos han dejado de trabajar el barro. Otros, los menos, que han decidido conservar su oficio, emigran hacia localidades cercanas, como Amozoc, en donde continúan trabajando. Por esto, cada día es más reducida la producción en ambos barrios.

Tonalá
 
En el estado de Jalisco existen algunos centros alfareros. El más importante es Tonalá, que produce diversos tipos de cerámica tradicional: el bruñido o barro de olor, la cerámica vidriada de petatillo, el barro bandera, y una gran variedad de juguetes y alcancías policromados.

También se hace cerámica de alta temperatura, conjugando en ella los diseños tradicionales con técnicas y materiales modernos. Actualmente, funcionan varios talleres que producen cerámica de este tipo. La existencia de estos talleres, que ofrecen salarios fijos y ciertas prestaciones sociales, de las cuales carecen los artesanos independientes, ha limitado en alguna medida la expansión de los talleres familiares en los que se continúa produciendo la artesanía tradicional en cantidades cada vez menores. Sobre todo, peligra el llamado barro bandera.

Mayólica guanajuatense
 
Guanajuato tiene una antigua tradición alfarera. Actualmente funcionan todavía algunos lugares que en la Colonia y durante los primeros años de la Independencia eran centros alfareros de importancia. Entre ellos, la propia capital del estado y el pueblo de Dolores Hidalgo, en donde el cura Miguel Hidalgo y Costilla, el principal caudillo de la Independencia, fundó algunos talleres.

La cerámica que antaño se producía en ambos sitios era una mayólica muy fina, de fondo blanco, como la de Puebla, cuyas formas se hacían generalmente al torno y se decoraban al pincel con esmaltes de tonos verde, ocre, azul y amarillo, en motivos florales, generalmente.

Guanajuato se mantuvo fiel a sus formas y decorados tradicionales hasta principios del presente siglo, cuando los alfares de su famoso barrio de San Luisito apagaron sus hornos, perdiéndose con ello las hermosas piezas de tipo utilitario y decorativo que se hacían ahí. En la actualidad, sólo existen dos talleres dedicados a recuperar las formas y las técnicas antiguas de la mayólica de Guanajuato y habría que fomentar por ello la creación de otros talleres en San Luisito, para lograr que este esfuerzo individual fructifique.

Para terminar, se incluyen en este grupo algunas obras especiales de distintos artesanos: dos figuras de cartón con estructura interna; algunas calaveritas de alambre vestidas con papel de china y un arpista de alambre y papel, de Saulo Moreno. Todas, son muestras del ingenio de los mexicanos, que es necesario proteger hasta donde sea posible porque son piezas únicas, de artesanos que no han formado escuela. Otro tanto tendría que hacerse con la popotería, que era antaño una artesanía muy difundida, pero que, en la actualidad, es una de las artesanías condenadas irremisiblemente a la desaparición.

Como ya lo señalamos, a partir de los años veinte, los intelectuales mexicanos volvieron sus ojos hacia el arte popular, entre ellos, el Dr. Atl, Roberto Montenegro, Miguel Covarrubias, Diego Rivera, Jorge Enciso, Adolfo Best Maugard, Gabriel Fernández Ledezma y Alfonso Caso. Pero solamente este último tuvo la visión y la oportunidad de adoptar diversas medidas prácticas tendientes a proteger, conservar, fomentar y poner ante los ojos de los mexicanos los valores ancestrales de su propia cultura. Y sobre la senda que él trazó transitaron después muchos otros.

En efecto, los diversos artículos que escribió sobre el tema, han sido textos en los que todos hemos abrevado y han servido de base para mucho de lo que luego se escribiría sobre el arte popular.3 El Museo Nacional de Artes e Industrias Populares,4 creado a instancias suyas, abrió el primer mercado importante en la ciudad de México a los productos del arte popular de diversos lugares del país. La creación de museos regionales en varias zonas artesanales, permitió la formación de importantes colecciones de cerámica, laca, textiles y otros productos artesanales.5 El catálogo del arte popular de México aparecido en 1963, en la revista Artes de México,6 bajo el patrocinio del Instituto Nacional Indigenista, en las fechas en que Caso fue su director, no ha sido mejorado hasta la fecha. Y la primera bibliografía de las artes populares,7 que recopila más de 500 títulos relacionados con esta materia, son todos cauces abiertos al conocimiento de las artesanías populares tradicionales en México.


3 Alfonso Caso, La comunidad indígena, El arte popular, Colección SEP-SETENTAS, SEP, México, 1971, pp. 215-238.

4 Fundado el 22 de mayo de 1951, en el local que fue la iglesia del Convento de Corpus Christi, en la Av. Juárez 44 de esta ciudad de México, con el propósito de demostrar al público los productos del arte popular mexicano, difundir su conocimiento y utilización, mejorar las técnicas de producción, respetando la inspiración artística de los productores y procurando para éstos aumentar sus ingresos.

5 A instancias de Caso se crearon los siguientes museos regionales:
 
1. Museo Regional de la Cerámica, en Tlaquepaque, Jalisco.
2. Museo Regional de Arte Popular de La Huatapera, en Uruapan, Michoacán.
3. Museo de la Laca, en Chiapa de Corzo, Chiapas.
4. Taller de Rebocería, en Santa María del Río, San Luis Potosí.
6 Arte popular de México, Edición especial de la revista Artes de México, México, 1963.

7 Bibliografía de las artes pláticas de México, Ediciones del Instituto Nacional Indigenista, México, 1950.