LIV


Nosotros queremos
sólo,
con esperanza
humilde,
la plenitud eterna
de la rosa,
una suprema eternidad
de flor.

Mientras las casas de la noche
se cierran, una a una,
y la oscuridad se adentra
hacia las veneras
del alba,
nuestros ojos aprenden
de los más sensibles dedos
de ciego
a mirar y saber,
a comprender
con lento amor.

Así hemos recorrido
los ríos y las montañas,
el árido altiplano y las ciudades,
y dormimos cada sueño
de sus hombres.
Hemos estado con el viento
en los campos, en los bosques,
en el rumor de las hojas y las fuentes,
y vamos escribiendo
en esta piel extendida,
en un corazón escondido e inmortal,
lentamente el nombre
de Sepharad.