Material de Lectura

 

La luz suicida


A Manuel Andrade



La lectura de un poema de Luis Rosales es siempre la inmersión en una pregunta. Rosales no piensa en algo que va a resolverse al escribir el poema. Al contrario, son los violentos y sesgados trazos de esa duda los que van a aparecer en el poema, los que lo van a hacer aparecer. Rosales rompe su rigidez para penetrar en la carne viva de su alma, para sumergirse en la carne viva de las palabras, en esa perversión del lenguaje y de sí mismo a la que el poeta accede para que el poema pueda llegar a ser. La poesía es una culpa. No se puede buscar en ella una salida. Es como un laberinto en el que se va pasando cada vez a salas más y más enrarecidas, es fatigar la vida hasta tocar la sal azul y líquida del poema. Es un ardentia como dice Rosales a la que no siempre llegamos y a la que, como al amor, tan fácilmente confundimos. En ella, salir, terminar, resolver, son siempre distintos modos de encontrarse con el silencio. Hay poetas que luego de una luminosidad extrema desaparecen, otros hay que duran en una escritura tenaz y tenue, sin brillos y sin caídas; hay poetas a los que la sal del poema, difícil sal de la vida, los va reuniendo, los va forzando, los va sufriendo. No es gratuito, por eso, que en esta antología la mitad de los poemas pertenezcan al libro de Rosales, Diario de una resurrección. Es su mejor libro. Es esa llama que, después de haber encendido la casa, ilumina y calcina los cuerpos que se tocan, los cuerpos que se leen. Rosales es un poeta que no da salida. "Quien no sufre se quema", dice. Gracias al sufrimiento y a la lúcida conciencia de que la muerte es la fijación y el movimiento de esta vida ("los muertos crecen", dice en varios sitios) Rosales va afirmando y afinando cada vez más ese sonido de oboe que tiene su poesía. Es doloroso, es irónico, es duro. Nunca es fácil. La facilidad, al contrario de la impureza que puede ser su fermento, es la imposibilidad de la poesía. En Rosales, desde el principio sentimos esa imposibilidad a hacer concesiones, ese conocimiento de que la poesía, como el amor, como el mismo vivir, le exige todo. "Amor de labios apretados, sin dientes, todo arena de mar y disciplina oculta" dice en Abril, su primer libro, publicado en 1935. En Diario de una resurrección, el dos de agosto de 1976 escribe: "Tal vez sólo es posible que podamos amarnos mientras que dura un beso". Todo está al borde, toda esta poesía es un borde del cual muchas veces la única salida es despeñarse, desgajarse, desbaratarse para volver a seguir siendo únicamente posibilidad:

...hasta que al alba
vuelva a girar el cielo y ya no pueda
seguirse sosteniendo, y se le caigan
las manos, se le agrieten
las manos, se le abran
las manos temblorosas,
y al perder su sostén el cuerpo caiga
como agua desatándose,
y empiece
la música en sus alas.

Pienso en la poesía de Rosales y las palabras que me vienen son todas de destrucción ("Hay algo en el amor como una luz suicida" es un verso clave para entender no sólo el amor sino el sentido de la poesía en Rosales). De Abril a sus últimos poemas han pasado más de cuarenta años y la luz y la fuerza de ellos va creciendo, va destrozando, va arrasando y calcinando todo para hacerse. Hay en su poesía la conciencia, la necesidad de no tener nada para tenerlo todo. A través de la separación y el rompimiento que es el dolor, Rosales recupera el mundo, recupera la vida, ocupa de nuevo el amor y el poema. Sólo después de ahí, sólo desde ahí puede permitirse la paz, de ahí puede permitirse la paz, de ahí puede pasar al recuerdo, ese otro río de su poesía, el recuerdo que lo lleva, que lo regresa y lo adelanta, que lo sumerge y lo habita. Por el recuerdo ve, y ese ver nos permite a nosotros. Nos permite ser y nos permite ver también. En él está su familia, están las manos de su madre, la verdad que es un amigo, el amor que se va haciendo de despedazos, el deseo que no siempre nos ilumina. La única riqueza de un poema está en hacer posible, en ser siempre una posibilidad. Al entrar en la poesía de Rosales no somos nada, pero esa negación que nos deshace es la que nos hace posibles. Al iniciar la lectura nos encontramos de golpe en el vértigo de la derrota, en una serie de imágenes que lo primero que hacen (lo primero que se hacen también: la lectura es un espejo o un espejear) es quitarnos el piso:

Hoy me encuentro en el aire y en modo alguno quisiera detener esta caída en la que toco la verdad.

Cada poema es la misma ceniza de un mismo fuego vital gracias al cual se comienza a formar de nuevo el mundo. Un mundo, una poesía que necesitan y que saben que necesitan estar en vilo, siempre a punto de aparecer y desaparecer. Una poesía que, gracias a esa conciencia de que todo está a punto de acabarse, de que nada tiene por qué seguir continuando, de que la inercia no existe, no es, logra afirmar más profundamente, más íntima y certeramente su condición de vida, su condición de temporalidad. Cada poema de Rosales se siente —o así lo leo— como un literal desvivirse, como la imagen de un metal torturado, como el agua fuerte que queda luego que el ácido ha quemado las manos y el metal y que es, al mismo tiempo, la máxima concentración, la fijación y la luminosidad de esa vida.



Pedro Serrano