Satura


Xenia II
La muerte de Dios
A un jesuita moderno
El Arno en Rovezzano
Vine al mundo


Xenia II

 

1.

La muerte no te importaba.
Ya habían muerto tus perros y el médico
de los locos, llamado el tío demente;
también tu madre y su "especialidad"
de arroz con ranas, triunfo milanés;
también tu padre que, en una miniatura,
día y noche me vigila desde el muro.
Sin embargo la muerte no te importaba.

Yo tenía que ir a los funerales
escondido en un taxi, manteniéndome lejos
para evitar fastidios y lágrimas. Tampoco
te importaba la vida y sus ferias
de vanidades y avideces, y mucho menos
la universal gangrena que transforma
en lobos a los hombres.

Una tabula rasa de no haber existido
un punto incomprensible para mí
y este punto te importaba.

2.

A menudo te acordabas (yo poco) del señor Cap.
"Lo vi en el autocar, en Ischia, sólo dos veces.
Es un abogado de Klagenfurt, el que manda felicitaciones.
Debía venir a visitarnos".

Vino por fin, le digo todo, queda compungido;
a él también le parece catastrófico. Guarda silencio,
farfulla, se alza rígido y se inclina. Asegura
que mandará felicitaciones.
Es extraño
que sólo te entendieran personas inverosímiles.
¡El abogado Cap! Qué nombrecito. ¿Y Celia?¿Qué pasa?

3.

Hemos extrañado mucho el calzador,
el cuernito de fierro enmohecido que siempre
estaba con nosotros. Parecía una indecencia
llevar tal horror entre los similores y chucherías.
Debe de haber sido en el Danieli que olvidé
guardarlo en la maleta o en la bolsa.
Seguramente Hedia, la camarera,
lo arrojó al Gran Canal. ¿Cómo habría podido
escribir para que buscaran aquel pedazo de fierro?
Había que salvar un prestigio (el nuestro)
y Hedia, la fiel, tuvo que hacerlo.

4.

Con astucia,
saliendo de las fauces de Mongibello
o de postizas dentaduras de nieve,
revelabas increíbles parentescos.

Mangano lo advirtió, el buen quirurgo,
quien, descubierto, había sido macanero
de las camisas negras. Y sonrió.

Así eras: dulzura y horror en una misma música
aun hallándote al borde del barranco.

5.

De tu brazo bajé por lo menos un millón de escaleras
y ahora que ya no estás hay un vacío en cada peldaño.
Aun así fue breve nuestro largo viaje.
El mío sigue todavía, pero ya no necesito
trasbordos ni reservaciones,
las trampas, los desaires de quien piensa
que lo visible es la realidad.

Dándote el brazo bajé un millón de escaleras
no porque con cuatro ojos tal vez se viera mejor.
Contigo las bajé porque sabía que, de ambos,
las verdaderas y únicas pupilas, aunque empañada,
eran las tuyas.

La muerte de Dios

 

Todas las religiones del Dios único
son lo mismo: varían los cocineros y las cocciones.
Así rumiaba, y me distraje cuando
vertiginosamente resbalaste
en la escalera de caracol de la Périgourdine
y al llegar abajo reíste a carcajadas.

Fue una buena velada con un solo instante
de espanto. Incluso el papa,
en Israel, dijo la misma cosa
pero se arrepintió cuando le informaron
que el sumo Marginado, si acaso existió,
había caducado.

A un jesuita moderno
 


Paleontólogo y cura, hombre de mundo
ad abundantiam, si quieres convencernos
de que un barrunto nuestro se desprende de la costra
de acá abajo, menos costra que papilla,
para luego alojarse en la noósfera
que envuelve a las otras esferas, o es un condominio
y está en el tiempo(!),
te diré que la piel se me eriza
cuando te escucho. El tiempo no concluye
porque ni siquiera ha comenzado.
Dios es también un recién nacido. Es cosa nuestra hacerlo
vivir o pasárnosla sin él; cosa nuestra matar
al tiempo, porque en él no es posible
la existencia.


El Arno en Rovezzano
 

Los grandes ríos son la imagen del tiempo
impersonal y cruel. Observados desde un puente
declaran su nulidad inexorable.
Sólo el recodo titubeante de algún pantanoso
carrizal, algún espejo
que reluzca entre tupidos rastrojales y musgos
puede revelar que el agua, como nosotros, piensa en sí
misma antes de convertirse en remolino y rapiña.
Tanto tiempo ha pasado, nada ha sucedido
desde que te cantaba en el teléfono "tú,
que te haces la dormida" con la triple carcajada.
Era un relámpago tu casa vista desde el tren, asomándose
al Arno como el árbol de Judas
que deseaba protegerla. Quizá exista todavía o
sólo sea una ruina. Toda llena,
me decías, de insectos, inhabitable.
Ahora tenemos otro comfort, otro
desconsuelo.

Vine al mundo
 

Vine al mundo en una época tranquila.
Muchas puertas se abrían, que hoy están cerradas.
Dormía el Alma Mater. ¿A quién se le ocurrió
despertarla?

Sin embargo
no fueron tan horrendos los huracanes del porvenir,
si aún era posible caminar, cogerse de la mano,
reconocerse.

Y si no era fácil moverse entre los héroes
de la guerra, del vicio, de la desdicha,
ellos tenían un rostro; ahora ni siquiera existe
el modo de evitar las trampas. Son demasiadas.

Las infinitas cerrazones y aperturas
pueden tener un sentido para quien está del único
lado que de verdad cuenta, el del titiritero.
Pero éste no demanda la colaboración
de quien ignora sus fines y su oficio.

¿Y quién está de ese lado? Si existe, creo
que se aburre más que nosotros. Con otros ojos
veremos a más de uno paseándose
entre nosotros con menos aburrimiento y más disgusto.