Nota introductoria


Los espacios azules


Homero Aridjis no sólo es ampliamente considerado uno de los mejores poetas mexicanos actuales, sino uno de los mejores poetas menores de cuarenta años que escriben en español. Pocos poetas demuestran, como él, de un modo más claro el desarrollo de un estilo internacional, y la reducción y síntesis de los grandes escritores de la edad heroica de la poesía moderna hacia un lenguaje universal comprensible. Cazadores de influencias pueden hallar huellas de San Juan de la Cruz, Góngora y Eluard en la poesía de Aridjis, y detrás de ellos, los cantos místicos de los sacerdotes aztecas, así como de las canciones contemporáneas de iniciación de algunos indios. Los críticos también pueden encontrar a Laura Riding, Gunnar Eklund o a Kathleen Raine, a quienes él probablemente nunca ha leído. Esto no significa que es un hato de influencias; al contrario: quiere decir que él es un poeta visionario de beatitud lírica, concentraciones cristalinas y espacios infinitos. Quiere decir que su visión es la misma que la de un joven sueco en Estocolmo o la de una muchacha inglesa en el Lake Country. Lo que ha tenido lugar desde los días de la revolución de la palabra es consolidación. Un poeta como Aridjis se mueve confiadamente en un universo de discurso alcanzado por Robert Desnos, por instancia, sólo en la iluminación punzante de sus dos últimos poemas. Yo no puedo pensar en otro poeta de la generación de Aridjis en Latinoamérica que se sienta tan a sus anchas en los espacios azules de la iluminación —la iluminación del amor trascendente. Estas son palabras para una nueva Flauta Mágica.



Kenneth Rexroth
(Blue Spaces, 1974)