Nota introductoria

Ésta quiere ser una invitación a leer la poesía de Vicente Quirarte, a buscarla en sus libros completos, subrayarla, plagiarla si nos dejan, colocarnos un verso en la memoria que nos abra las manos que queremos.

Vicente Quirarte nació —y lo sigue haciendo— en la ciudad de México;* pero todavía más: creció en el centro, en la zona silueta del círculo concéntrico.

Nuclearmente poeta, Quirarte se despliega sobre los más variados géneros de la literatura: la investigación amplia (en sus libros sobre Cernuda y sobre Owen), el ensayo (Peces del aire altísimo), las impresiones para sobrevivir (Enseres para sobrevivir en la ciudad), el cuento (El amor que destruye lo que inventa).

El manejo de la dimensión poética del lenguaje está presente para abarcar con él al pensamiento reflexivo de sus ensayos, a la parte cóncava de los personajes de sus cuentos, a la minuciosa mirada que habla de sus crónicas de cosas simples.

Son pocos los escritores en lengua española (como Celorio, Morábito o Hiriart, por poner tres ejemplos) a los que se les nota ese paladeo verbal que se nota en Quirarte, ese indeclinable gusto por las texturas y los nudos materiales del lenguaje, esa actitud constantemente renacentista de orfebrería verbal.

Quirarte es un enamorado de las cosas: la pluma es una fuente, el portafolio, el tequila a caballo, los libros y el olor de la tinta, el lápiz, los oficios y las dedicatorias, los diversos etcéteras con los que el mundo expande los big vaivenes de la creatividad humana.

Es un enamorado de las cosas el Quirarte; puede coleccionarlas, no sabe de temor, no tiene miedo a nada, ni siquiera a los vampiros o al rencor y no le tiene miedo a las corbatas, pero lo que sobre todo ama de las cosas es su contacto con ellas.

Su literatura, llena y limpia, parece refutar la existencia de la famosa “cosa en sí”, porque lo que más busca y logra de las cosas (incluido el amor) es entrelazarlas, formarlas en la fila india y mestiza de lo significativo, relacionar sus texturas y valores, sus capas internas con sus capacidades para ser expresadas, su peso con la exacta sentimentalidad que lo digiere y vuelve permanente. Denso, comunicable, reciclable por la sensualidad ajena.

Su gusto por la pluma fuente no le hace rechazar los deleites del delete de los teclados. Admirador de las ballenas y los niños, de su oxígeno azul más o menos grande, Quirarte es también un pensador de la muerte; de la concreta, la que encarna en alguien y lo va descarnando o descarna de golpe, inoportunamente, o dignamente. Cada elegía de Quirarte es matizada, es personal de alguien y no esquematizada y abstracta: por eso duele.

Pariente (poético) de Bonifaz Ñuño, y por ello y por otras cosas dueño de un oído complicado pero siempre seguro, Quirarte hace poemas que, notablemente, siempre caen de pie, como los perros que parecen gatos: el verso, in stricto sensu, como unidad visual de sentido y sonido, es la célula real de sus poemas, la clave urdimbre de su vitalidad.

Sibarita es el más amplio sentido del inicio y del término, la poesía de Vicente Quirarte es una de las más bellas armas que se han inventado para luchar por la vida. A su aleación concurre un elemento peculiar: la noción de combate. Fiel a la raza de los hombres del Renacimiento, que sabían combinar las tintas de la espada y la pluma, Quirarte aparece en sus textos como un guerrero, como alguien versado en las artes marciales que no matan, como un creador de unas épicas intimidades.

En los poemas de Vicente Quirarte siempre hay batallas, impaciencias sobre otra piel que sin cesar se tensa, atabales, corazas, estrategias, navíos.

Su belicosidad es la de lo interno y lo cercano, la de la más profunda piel de su lenguaje, la del héroe cotidiano que lleva sobre sus espaldas la responsabilidad de abrir las puertas de otro cuerpo.

De las nubes y nieves militares Quirarte toma la seguridad que se siente si se tiene estrategia: sensación potenciada porque el contexto de las (frías) estrategias, en Quirarte, es el imprevisible y cálido terreno del encuentro amoroso.

¿Qué más decir? Que su naturaleza pacífica es oceánica y, por eso, todo el tiempo combate y sus batallas, todas decisivas, serán interminables. Si el lector lo decide. Bienvenida a nosotros su armada poesía, para que sea de hunos y de otros salvajes.

Eduardo Casar

 * En 1954.