De Puerta del verano

 
 

[Una mujer y un hombre...]
Tres poemas de Carrara


 

*

Una mujer y un hombre pueden, por ejemplo,
entrar en un hotel (ese templo escondido
que de ser invocado se aparece)
y amarse a plena luz del día.

Pero una mujer y un hombre deben antes
entrar en un cine, aunque jamás se enteren
de lo que pasa en la pantalla
y él mire la pelusa de durazno en su mejilla
y ella le oprima el muslo cuando sienta miedo.

O una mujer y un hombre pueden
salir a caminar y que la mano de él parezca
prolongación de la cintura de ella
y que entonces sea mayor la cadencia
del caminar de la mujer,
pues a eso sólo se parece
un barco bogando en altamar
en el umbral de la primavera.

O pagar el café ya frío cuando los ojos
y las manos han dicho sí mil veces.
Y ya sin tocarse, hacerse o decir nada,
una mujer y un hombre pueden, finalmente,
entrar en un hotel y darse el cuerpo,
dejar abierta la ventana para que pasen
la brisa caliente de los parques,
el rumor de los que salen del cine,
las campanas golpeando contra tazas,
la débil voz que va diciendo “así”.

*

Tú no sabes
que al partir te pareces a la lluvia,
a su terco perfume que no olvida
los pliegues más ocultos de la tierra.
Si tú te vas no sabes que me dejas
la luz de aquella tarde
que en tu nuca encontró mejor respuesta,
tu violenta hermosura entre las manos,
el peso de tu aliento en esta boca
que siempre ha de querer decir tu nombre.
Hermana de los trenes del verano,
dejas en mi oído
tu herida más blanca,
y esa música sólo semejante
a estrella sobre los tejados
o nubes de huilotas
que llegan al ciruelo cuando cae la tarde.
Si te vas, si te fueras,
me dejarías a todas las mujeres,
porque en todas te encuentro y porque en todas
habré de probar la misma agua
que una tarde probé bajo tu sombra.

*

(Posdata para Filippo Lippi)

Escúchame bien, maestro,
mientras contemplo tu madona
y su perfil por el que nace el día:
la que vive en estos versos
no inspiró el soneto más diamante de Petrarca
y si caminó por las calles de Florencia
fue cobijada por alas de Alitalia
o por las del ángel de nuestra Independencia.
Ella ama, suda, come y duerme, como todas,
y ocupa, como todas,
un solo lugar en el espacio.
Pero ella, como Lucrezia Buti,
que ahora veo y no veo en ese perfil
por el que navegan los peces en el cielo,
al despertar se mira en el espejo
y otorga a las paredes voz de plata.
A esa hora cantan los pájaros
desde los Indios Verdes al Ajusco
y salgo feliz, seguro como tú, Filippo Lippi,
de tener por el mango la lanza de Amadís.

Tres poemas de Carrara 
 

I (Presagio)

La luz, descendiendo por pinares,
iba en pos de bahías en qué anegarse.
Antes que las gaviotas
te anunciaba el incendio del verano
en la llama más verde de Toscana.
Hacías arder el aire en sus azules
y de tanta luz el orbe estremecías.
Los bloques de mármol bajo el mediodía
eran la promesa de la estatua
y tu cuerpo el futuro de mi mano.
La sonrisa mojada que se abría
en toda tu cara como los batientes
se abren para dejar que entre
el aire recién llovido de la calle
te hacían aparecer por vez primera,
como si nadie, antes que yo, te hubiera visto.
Carrara flotaba por el cielo
y el resuello del joven Miguel Ángel
inflamaba tu oreja y mis te quiero,
mientras la luz —absorta— se colmaba
y el tren iba a su encuentro en la distancia.

II (Mediodía)

Primero es una sed de labios hacia afuera,
un abrir de párpados henchidos
por toda la arena del mar y el sol en alto
Hay un conjuro de espuma estremecida,
un lejano cantar de niño ahogado,
de mármol que espera ser herido.

Llevo entre los días
el memorial de tu epidermis,
cuaderno de bitácora a deshoras,
sin marino capaz de terminarlo,
sin isla en qué apagar la sed de navegantes
hartos de fatigar sus besos
sobre la piel azul del mar y su mentira.

Frente al Tirreno bebimos vino blanco
y la arena y el sol y aquel deseo
contenido y sereno como el mármol
donde late una sangre más eterna.

La violencia empezó con tus palabras:
“No uso nada debajo del vestido”.

El roce de tu cuerpo con el mío,
la madrugada, el frío, te quiero tanto,
son historias por otros ya contadas.

III (Amanecer)

La piel tiene un lenguaje y su memoria
alza banderas blancas por el cielo.
Me hablo de una piel ya conocida,
de una piel sumergida y recobrada
que vuelve a amanecer como una aldea
donde todos los ritmos se conjuran
cuando el sol dora, lento, la mañana.
No hay ventana ni lecho, no hay futuro.
La única certeza es el saberme
hecho de una piel que reconozco
en otra que me anuncia desde el sueño
con la fatiga y la fuerza de la yegua
que bebe quietamente en el arroyo
después de haber corrido
toda la noche bajo las estrellas.