Presentación
 
 
La vida y la palabra de Tudor Arghezi


La vida de los poetas significa mucho más que la página escrita; algo más de lo que se conserva en los documentos y testimonios directos. De algún modo la vida de los poetas no es la palabra, sino el silencio de sus letras, el espacio blanco entre ellas, es decir, lo intangible sobre lo cual la imaginación y la sensibilidad trabajan continuamente, buscando el símbolo y el significado.

Presencia singular dentro de la poesía universal del siglo XX, Tudor Arghezi es, sin duda alguna, el que mejor ilustra este juicio: nacido el 21 de mayo de 1880, publicará su primer libro de poemas —Cuvinte potrivite (Palabras adecuadas)— en el año 1927, es decir, a los 47 años de edad, cuando por lo general todos los grandes nombres que hay en la historia de la lírica han dicho todo lo que tenían que decir.

Eso no quiere decir que no haya escrito poemas desde muy joven. Tampoco que no haya publicado de vez en cuando, en una que otra revista rumana, sus producciones. Pero el respeto a la palabra, lo único que le ha preocupado en toda su vida, le ha impedido precipitarse hacia una gloria ruidosa y perecedera, obligándole a demorarse para conocer muy a fondo lo que es la verdadera poesía y el espíritu poético de su pueblo, la vida misma, tal como empezaba a vivirse en aquel entonces.

Es así que toda su vida anterior a los 47 años está llena de experiencias y datos sorprendentes: a los 12 años, para vivir, ya que se había separado de sus padres, enseñaba álgebra; a los 14, era aprendiz de tallador en piedra y escribía sus primeros versos; dos años más tarde, era custodio de una galería de arte, publicaba poemas en la revista Liga ortodoxa y recibía los elogios de Alexandru Machedonski, que ha sido el gran mentor de todos los poetas rumanos de este siglo. A la misma edad, se apartaba del maestro con la sensación de que éste le corregía los versos, dejaba de publicar y trabajar como químico en el laboratorio de una planta azucarera. Nada daba la impresión de sacarle de su andar doméstico y, sin embargo, a los 19 años, "por vocación", era novicio en el monasterio de Cernica y un año después ya diácono, decía misa en la Iglesia Stavropoleus, estaba nombrado "conferenciante de historia comparada de las religiones" y trabajaba como traductor de un texto sobre la vida del Redentor.

Algunos poemas vertidos del francés y publicados en la revista Linia dreapta dan testimonio de que no había renunciado al quehacer literario. Tenía en aquel entonces veinticuatro 24 años y a los 25, con la ayuda de los círculos eclesiásticos, partía hacia Suiza, donde aparece como estudiante de la Universidad Católica de Friburgo. Por poco tiempo, porque desde allí viajará a París para vivir como vendedor de periódicos en Montmartre. Regresará a Suiza unos años después y trabajará en Ginebra como relojero y orfebre.

Al cruzar los 30 años, con una experiencia de vida bastante rica y diversa, Tudor Arghezi volverá a su tierra natal y alzará con sus propias manos una bella casa dentro de un jardín lleno de cerezos, casa que no abandonará hasta su muerte y ni siquiera en esta fecha (14 de julio de 1967), puesto que su tumba y la de su compañera de toda la vida están en ese mismo jardín, convertido hoy en lugar de peregrinaje y meditación.

Desde allí, desde el umbral de esta casa, rodeado de perros vagabundos, gatos, cabras y pájaros, Tudor Arghezi enviará a las imprentas sus poemas, sus espléndidas narraciones y novelas, su crítica de arte y sus panfletos contra la sociedad corrompida. Panfletos tan duros que en un cierto momento nadie se atrevería a publicarlos, obligándole a comprarse una pequeña imprenta, casi artesanal, fundando sus propios periódicos y revistas, siendo él mismo linotipista, corrector de pruebas, director y autor.

Renovador sin par del espíritu poético rumano, con una evolución insólita, cargada de silencios y largos regresos, desde esa casa construida al sur de la capital rumana, Tudor Arghezi ha dominado no solamente el verso rumano después de Eminescu, sino incluso una gran parte de la poesía europea de nuestro siglo, rivalizando con sus mayores personalidades, pero sin beneficiarse de igual renombre, puesto que la difusión de su obra se ha dado muy tarde y de modo esporádico.

Más de 14 lustros de vida creadora (longevidad que supera en la poesía europea incluso a la de Goethe), su inquietud ha oscilado entre dos mundos de densidades diferentes —tierra y cielo— mientras que los pájaros y los árboles han sido sus mensajeros más fieles, los que le han ayudado a realizar la más perfecta y frágil comunicación con el cosmos.

No es mi intención argumentar ahora y en estos apuntes la magnitud de la poesía argheziana. Para ello, haría falta mucho tiempo y mucha aplicación crítica. Haría falta detenernos en cada uno de los más de 30 títulos de su obra poética, analizando la infinitud de objetos que pueblan su verso, objetos que solamente nombrados crean por sí solos espacio y tiempo. Salvador Quasimodo y Rafael Alberti, nombres de tanta fama y traductores de la poesía argheziana, no han logrado descubrir el universo de esta lírica por no saber rumano, pero sí se han dado cuenta de su existencia y su valor particular.

Material de lectura, ese gran acierto de la Dirección General de Difusión Cultural de la UNAM, que me ha brindado anteriormente la oportunidad de revelar al lector mexicano la poesía de Lucian Blaga (número 6 de esta misma serie), me ofrece ahora la posibilidad de descubrirle otra dimensión de la lírica rumana contemporánea.

Convencido de que solamente por semejantes caminos se realiza e incrementa el mejor conocimiento mutuo entre los pueblos, dejo aquí el testimonio de mi más alto agradecimiento.


Darie Novacèanu
Ciudad de México, 28 de mayo de 1978.