Tudor Arghezi
Breve antología



Presentación, selección
y versión
de Darie Novacèanu



VERSIÓN PDF

 


Presentación
 
 
La vida y la palabra de Tudor Arghezi


La vida de los poetas significa mucho más que la página escrita; algo más de lo que se conserva en los documentos y testimonios directos. De algún modo la vida de los poetas no es la palabra, sino el silencio de sus letras, el espacio blanco entre ellas, es decir, lo intangible sobre lo cual la imaginación y la sensibilidad trabajan continuamente, buscando el símbolo y el significado.

Presencia singular dentro de la poesía universal del siglo XX, Tudor Arghezi es, sin duda alguna, el que mejor ilustra este juicio: nacido el 21 de mayo de 1880, publicará su primer libro de poemas —Cuvinte potrivite (Palabras adecuadas)— en el año 1927, es decir, a los 47 años de edad, cuando por lo general todos los grandes nombres que hay en la historia de la lírica han dicho todo lo que tenían que decir.

Eso no quiere decir que no haya escrito poemas desde muy joven. Tampoco que no haya publicado de vez en cuando, en una que otra revista rumana, sus producciones. Pero el respeto a la palabra, lo único que le ha preocupado en toda su vida, le ha impedido precipitarse hacia una gloria ruidosa y perecedera, obligándole a demorarse para conocer muy a fondo lo que es la verdadera poesía y el espíritu poético de su pueblo, la vida misma, tal como empezaba a vivirse en aquel entonces.

Es así que toda su vida anterior a los 47 años está llena de experiencias y datos sorprendentes: a los 12 años, para vivir, ya que se había separado de sus padres, enseñaba álgebra; a los 14, era aprendiz de tallador en piedra y escribía sus primeros versos; dos años más tarde, era custodio de una galería de arte, publicaba poemas en la revista Liga ortodoxa y recibía los elogios de Alexandru Machedonski, que ha sido el gran mentor de todos los poetas rumanos de este siglo. A la misma edad, se apartaba del maestro con la sensación de que éste le corregía los versos, dejaba de publicar y trabajar como químico en el laboratorio de una planta azucarera. Nada daba la impresión de sacarle de su andar doméstico y, sin embargo, a los 19 años, "por vocación", era novicio en el monasterio de Cernica y un año después ya diácono, decía misa en la Iglesia Stavropoleus, estaba nombrado "conferenciante de historia comparada de las religiones" y trabajaba como traductor de un texto sobre la vida del Redentor.

Algunos poemas vertidos del francés y publicados en la revista Linia dreapta dan testimonio de que no había renunciado al quehacer literario. Tenía en aquel entonces veinticuatro 24 años y a los 25, con la ayuda de los círculos eclesiásticos, partía hacia Suiza, donde aparece como estudiante de la Universidad Católica de Friburgo. Por poco tiempo, porque desde allí viajará a París para vivir como vendedor de periódicos en Montmartre. Regresará a Suiza unos años después y trabajará en Ginebra como relojero y orfebre.

Al cruzar los 30 años, con una experiencia de vida bastante rica y diversa, Tudor Arghezi volverá a su tierra natal y alzará con sus propias manos una bella casa dentro de un jardín lleno de cerezos, casa que no abandonará hasta su muerte y ni siquiera en esta fecha (14 de julio de 1967), puesto que su tumba y la de su compañera de toda la vida están en ese mismo jardín, convertido hoy en lugar de peregrinaje y meditación.

Desde allí, desde el umbral de esta casa, rodeado de perros vagabundos, gatos, cabras y pájaros, Tudor Arghezi enviará a las imprentas sus poemas, sus espléndidas narraciones y novelas, su crítica de arte y sus panfletos contra la sociedad corrompida. Panfletos tan duros que en un cierto momento nadie se atrevería a publicarlos, obligándole a comprarse una pequeña imprenta, casi artesanal, fundando sus propios periódicos y revistas, siendo él mismo linotipista, corrector de pruebas, director y autor.

Renovador sin par del espíritu poético rumano, con una evolución insólita, cargada de silencios y largos regresos, desde esa casa construida al sur de la capital rumana, Tudor Arghezi ha dominado no solamente el verso rumano después de Eminescu, sino incluso una gran parte de la poesía europea de nuestro siglo, rivalizando con sus mayores personalidades, pero sin beneficiarse de igual renombre, puesto que la difusión de su obra se ha dado muy tarde y de modo esporádico.

Más de 14 lustros de vida creadora (longevidad que supera en la poesía europea incluso a la de Goethe), su inquietud ha oscilado entre dos mundos de densidades diferentes —tierra y cielo— mientras que los pájaros y los árboles han sido sus mensajeros más fieles, los que le han ayudado a realizar la más perfecta y frágil comunicación con el cosmos.

No es mi intención argumentar ahora y en estos apuntes la magnitud de la poesía argheziana. Para ello, haría falta mucho tiempo y mucha aplicación crítica. Haría falta detenernos en cada uno de los más de 30 títulos de su obra poética, analizando la infinitud de objetos que pueblan su verso, objetos que solamente nombrados crean por sí solos espacio y tiempo. Salvador Quasimodo y Rafael Alberti, nombres de tanta fama y traductores de la poesía argheziana, no han logrado descubrir el universo de esta lírica por no saber rumano, pero sí se han dado cuenta de su existencia y su valor particular.

Material de lectura, ese gran acierto de la Dirección General de Difusión Cultural de la UNAM, que me ha brindado anteriormente la oportunidad de revelar al lector mexicano la poesía de Lucian Blaga (número 6 de esta misma serie), me ofrece ahora la posibilidad de descubrirle otra dimensión de la lírica rumana contemporánea.

Convencido de que solamente por semejantes caminos se realiza e incrementa el mejor conocimiento mutuo entre los pueblos, dejo aquí el testimonio de mi más alto agradecimiento.


Darie Novacèanu
Ciudad de México, 28 de mayo de 1978.

 


 

Testamento
 

Cuando yo muera, hijo, no te dejaré más fortuna
que un nombre impreso en un libro.
En la rebelde noche que viene
desde mis antepasados hasta ti,
salvando barrancos y simas profundas
que mis abuelos cruzaron de rodillas
y que, joven, tendrás que remontar tú también,
mi libro, hijo, es sólo un escalón.

Fervoroso y fiel, mira al libro como cabecera de la estirpe.
Es vuestra primera ejecutoria,
siervos de sayal tosco, lleno
de las osamentas que llevo en mi alma.

Para poder trocar ahora, por primera vez,
la azada en pluma y el surco en tintero,
nuestros abuelos cosecharon, entre las blancas yuntas,
el sudor del trabajo a lo largo de muchísimos siglos.
De sus gritos arreando a las bestias
surgieron palabras justas, sutiles,
y cunas para los futuros descendientes.
Convertí las palabras, amasadas durante centurias,
en versos e imágenes.
De los harapos hice brotar guirnaldas de flores.
Cambié el acíbar en miel,
dejando íntegra su dulce fuerza.
Apresé el insulto e, hilándolo sin prisa,
alguna vez fue engaño, injuria otras veces.
Recogí del lar la ceniza de los muertos
e hice de ella un Dios de piedra,
alto confín, con dos mundos a sus pies,
velando en la cumbre de tu deber.

Encerré nuestro dolor más sordo y más amargo
en un solo violín,
y al escucharle, el amo tuvo que bailar
como un chivo degollado.
De las pústulas, del moho y del fango,
hice brotar hermosuras y nuevas virtudes.
El restallar del látigo en la carne se convierte en palabras
que saben vengar y castigar lentamente
el brote latente del crimen de todos.
Es la justicia del ramo oscuro
que surge del bosque a la luz plena
y lleva en su entraña, como un racimo,
el fruto del dolor de todos los siglos.

Perezosamente tendida en su canapé,
la doncella sufre leyendo mi obra.
La palabra de fuego y la por mí forjada
se abrazan y se ayuntan en mi libro,
como el hierro rojo entre las tenazas.
El siervo la escribió; el señor la lee
sin percibir que en su trasfondo
yace el odio de todos mis antepasados.

 


 

Otoño tardío
 

En la soledad de noviembre,
y en cuanto alcanza la vista, el parque se hunde
envuelto en el sueño fúnebre
de los espejos humeantes.

Y es que entre los árboles, milenariamente enfermo,
oscuro en sus profundidades, se extiende un lago,
y la sangre de las viñas y los castaños
flota sobre la superficie cobriza del agua.

Por entre los árboles, mi tristeza mira el horizonte
como un cuadro que no entendiera:
¿Detiene el sendero en lo hondo la arboleda o la espera?
El silencio es el eco de las ramas peregrinas.

Hospital de la tristeza, del remordimiento,
donde lloras tu amor incumplido
y recuerdas, con nostalgia y sufrimiento,
su imagen jamás encontrada.

Algunos alerces se han reunido a lo lejos,
mientras el parque reza en un murmullo…
Se cierra el anochecer como un libro
y el alma queda en prenda entre sus hojas.

 


 

La ceniza de nuestros sueños
 


La ceniza de nuestros sueños
cae a montones sobre nosotros,
como caen en los búcaros
los pétalos azules,
atacados por un insecto oculto en las hojas.

Se agita el viento y gime.
La tierra se funde con el cielo,
las ciudades son bolos y ovillos,
hondas guitarras de blasfemias,
y el aire es frío como el hierro.

La tierra es un molino vacío
con larvas mendigando aposento,
moviéndose en el polvo muerto
que se está perdiendo en el caos…

la tierra de los sueños que han sido.

 


 

Morgenstimmung
 


Tu canción se ha insinuado en mis adentros
una tarde, cuando,
aun cerrada con cuidado, la ventana del alma
se había abierto al viento,
ignorante de que te oiría cantar.

Tu melodía ha impregnado toda la casa,
las cajas, los cofres, las alfombras,
con un perfume sonoro. He aquí
que han saltado los cerrojos
y el santuario ha quedado abierto.

Tal vez nada habría sucedido
si, a la vez que el canto,
no hubiera llegado a hurgar tu dedito
buscando mirlos en las teclas del piano,
ni hubiera tenido tu cuerpo tan cerca de mí.

Con el trueno, hasta las nubes se han derrumbado
dentro de la habitación del universo cerrado.
La tormenta ha traído a las grullas,
a las abejas, también las hojas… Son
muy frágiles las vigas, como pétalos de flor.

¿Por qué cantaste? ¿Por qué te escuché?
Te has fundido dentro de mí, transparente,
inseparables ya los dos en lo alto.
Yo venía desde arriba; tú llegabas desde abajo.
Tú venías de la vida; yo llegaba de la muerte.

 


 

Jamás el otoño...
 

Jamás el otoño ha sido más bello
para nuestra alma alegre con la muerte.
Pálida cama es el llano de seda
y las nubes tejen brocado para los árboles.

Las casas, agrupadas como cántaros
con vino añejo en sus vientres de barro,
quedan en la orilla azul del río del sol,
de cuyo fango he bebido oro.

Los pájaros negros suben hacia el ocaso
como la hoja enferma del hayarango oscuro,
que se deshoja sacudiendo en lo alto
las hojas hacia el cielo.

Quien quiera llorar, quien quiera plañir,
llegue para escuchar este impulso incomprensible,
y con la mirada en la llama celeste de los chopos,
deje su sombra en sus sombras, sobre la colina.

 


 

Evoluciones
 

La tierra antigua se ha civilizado.
Ya no hay ninfas, ni sirenas, ni náyades
meciéndose rítmica y voluptuosamente
en el ondulante lecho de las aguas.

Sobre el negro asfalto de los bulevares,
bajo la mirada de los guardias, en grupos,
los sobrinos de Orfeo van a la escuela
con sus pizarras de piedra y sus esponjas.

Todos han abdicado de su función divina,
han renunciado ya a las glorias eternas:
Apolo es profesor de mandolina,
Pan da lecciones de lenguas modernas.

Hércules es petrolero mecanógrafo,
y el propio Júpiter, boticario bueno,
despacha en cajitas, en su tienda,
comprimidos y jarabes.

Otrora llegaban a nuestros patios
y hablaban con nosotros, cantando,
pequeños ángeles de alas cortas
y cándidos santos de albas nuevas.

Y algunas veces, en el jardín, al anochecer
un serafín caía, agarrándose el dolorido pie,
herido en su vuelo
por el aguijón de una abeja.

¿Y cuántas veces, frenando nuestra prisa,
no nos hemos asomado a la ventana del establo
para mirar la luz de Cristo
y oír cómo nos hablaba su voz?

Pablo de Tarso es hoy un pobre usurero,
y Crisóstomo, chico de una tienda,
mientras que el Espíritu Santo, encerrado en su jaula,
se ha convertido en pollito de codorniz.

 


 

El príncipe Tepes*
 


Hay paz en el país, y fuera también;
los confines están tranquilos como nunca,
y hoy, en los protegidos campos,
los labradores cantan y surcan la tierra.

Al iniciarse la dulce primavera,
el pueblo recuerda las leyendas
y las hojas tiemblan en las ramas celestes,
y también, secretamente, tiemblan los boyardos.

Por supuesto, el Príncipe pensativo
está decidido a purificar el mundo.
Mete el palo hasta el cuello de los hombres
para que el culo encuentre la campanilla.

No hay piedad ni demoras
para quien se opone a la justicia.
Religioso, el Príncipe, a la vez que el palo,
prepara las velas y el pudding de trigo.

Respetuoso con las buenas costumbres,
para los grandes —sean paisanos o turcos—
tiene palos diferentes, horcas soberbias
para distinguir sus jerarquías.

Puede verse a los visires en sus alturas,
empalizados sobre majestuosos chopos,
y para los santos, los curas y los obispos
tiene madera santa y olorosa.

Y he aquí que las Cortes del país se reúnen
para agradecer al Príncipe la paz.
Él está en su trono. Silencioso.
El alma cubierta de adargas.

Y mientras amigos y cortesanos con armaduras
brindan y alzan las copas de vino
en honor de las hazañas de Su Majestad,
el Príncipe piensa en los palos que se merecen

 


* Vlad Tepes fue el príncipe rumano convertido por las leyendas en Drácula.

 

Restitución
 

No han quedado muchas cosas por vencer y conocer.
El camino se estrecha; los senderos se unen.
¿Observas cómo se aproximan más y más,
cual radios de rueda quebrados por la luz?

Nos acercamos. Es de noche, el aire huele a viejo;
con las antiguas luces brotan siempre flores antiguas.
Se extiende una débil niebla y un cielo lechoso
nace por entre los tallos, en el lejano horizonte.

¿Es una isla?, ¿una montaña?, ¿un río?, ¿un desierto?
¿Por qué terminaría en el desierto nuestro viaje?
Para llegar allá tal vez nos falta un cuarto
del camino andado, verde abajo, arriba azul.

¿Nos detendremos? Una canción nos llama desde la
[posada.
El vino es bueno, la cama tibia y tú eres dulce.
Y desearías, envuelta en tu cabello rubio,
que nuestra carne ardiese como brasa viva.

¡No! Sigue adelante; ¡clávale al tiempo la espuela
para que la eternidad llegue a nosotros cuanto antes!
Guarda tu beso, como las flores el veneno,
para restituírselo intacto a la tierra.

 


 

Salmo del misterio
 

¡Oh, tú, aquella de otro tiempo,
perdida en el camino del mundo!
Tú, la que apoyaste la frente sobre mi alma,
tomando así en ella el sitio de la madre;
mujer esparcida dentro de mí
como la fragancia entre la selva,
grabada en mi sueño como una palabra,
clavada en mi tronco: hacha.
Tú, la que me ataste la vida a la canción
con los brazos anudados al cuello,
y me llevaste a buscarla
en tus manos y en tus mejillas.

Tú, llevada como pulsera
en el brazo del pensamiento,
junto a la que aspiré
mecer al hijo de la Humanidad.
Rosa pura, crucificada
sobre mi cruz con clavos de diamante,
que a cada movimiento
pierdes algún pétalo, alguna estrella.
Tú, hogar de mis deseos,
fuente para mi sed encarnizada.
Tierra prometida por los cielos,
con rebaños, sombras y cosechas.

Tú, que has trocado mi camino,
convirtiéndolo en agua de mar,
para llevar mi barca solitaria
desde una vorágine a otra,
mientras las orillas se agrandan,
como la noche alrededor de mí,
tanto como crecen las olas del sufrimiento,
¿dónde están tus manos para trazar otra vez
en el aire los caminos de la luz?
¿Dónde tus dedos para buscar
en mi corona las espinas?
¿Dónde tu cadera tendida en la hierba,
abrazada por los tallos de las flores
que escuchan dentro de tu seno el suspiro
del amor que, vencido, se está muriendo?

Tú, que cuando pasas por las colinas
haces estremecerse a los chopos
en toda su estatura,
y envuelves cuanto encuentras
en una red fresca y ardiente.
Tú, que ofreces tus senos
semidesnudos al beso
de fuego de mi boca
y a la avidez de mis manos,
y contemplas
el vacío del tiempo cruzado
por halcones de ceniza y arena,
a los que el viento presta
una apariencia sin rostro.

Tú te perdiste en el camino del mundo
como una flecha sin blanco,
y acaso tu hermosura fue creada
sólo para engañarme.

Mas, ¿cómo no pudiste domar
al destino que acechó tu vida
y no supiste extraer del camino
el odio para vencerlo?

Apresta tu oído desde la tierra
en esta hora en que te llamo,
para escuchar, ¡oh, jamás olvidada!
mi imperdonable maldición.

 


 

Maldiciones
 


A través de los surcos sembrados y los campos de cicuta,
los prófugos han llegado al desierto
a la hora en que la luna, envuelta
en velos de luto, muda,
embestía a los fantasmas cual toro con sus cuernos.
Mi pensamiento sabe cuál es el de estos hombres:

¡Que el rico huerto y el corral pobre
caigan
bajo el imperio de la sombra y el barro!
¡Que se hunda en el fango la fortaleza
custodiada por fosos y púas agudas!
¡Que el mar y las fuentes todas se sequen!
¡Que se apague el sol como una vela,
derritiéndose en el horizonte cual cernada!
¡Que lavas y cenizas cubran los caminos!
¡Que no llueva nunca más, y el viento
yazga encadenado por el suelo!
¡Que los topos y los gusanos paseen errantes
sobre las carroñas de todas las glorias!
¡En la púrpura paran a cientos los ratones!
¡Polillas e insectos desconocidos
hagan sus nidos en los tesoros
cuajados de oro y perlas!
¡Sobre los violines y las guitarras
tiendan las arañas cuerdas sordas!

Pero antes que la vida, por mucho tiempo enferma,
no acabe de una vez:
que el dolor la atenace lentamente,
que el aire asfixiante corroa como salmuera.
Que cabecee el día como barca agujereada;
que se prolongue la hora perdida en el tiempo;
infinito, el segundo
detenga en el alma su onda gigantesca.
¡Sobre el fino alambre de la eternidad,
incluso lo rumiado se deshaga en hilachas!
¡La garganta, hirviente de sed,
halle sólo saliva para saciarse,
y la lengua, hinchada entre los labios,
lama la luz y la luz la rechace.

Y mientras que el agua se agota en las colinas,
beba sangre encharcada, enlodada por pezuñas!
¡Que al morder los racimos de la vid,
solamente pus quede en la boca!
¡Que del cielo caigan tormentas de plomo!
¡Por los campos os persigan con látigos de estrellas!
¡Que estalle la piedra en menudos fragmentos
y os alcancen a todos, como un torbellino!
Cuando le pidáis descanso, que la tierra os martirice;
que aparezcan las serpientes, cuando os venza el sueño.

A ti, carroña atrofiada de grasa,
te maldigo para que te pudras de pie:
¡Que se inflame tu médula, ancha y ricamente,
engordada en los sofás, y en camilla te veas!
¡Que no se sepa dónde está tu pie o dónde tu frente,
cual melón redondo o cántaro afilado!
¡Que los cartílagos invadan todas tus articulaciones
y sientas cómo te muerden una a una!
¡Que se te ciegue un ojo secándose lentamente,
parpadeando siempre de espalda al mundo,
y que el otro, desorbitado,
se te petrifique como en un mal sueño!
¡Cuando el odio te ahogue y perfore tus huesos
y anheles más de mil, puedas sólo hasta seis!
¡Que tu pena inmensa tenga voz enclenque;
que grites y no te oigas, que te convulsione el miedo!

¡Y tú, bestia-hembra de pensar delicado,
el culo tengas bajo mil tenazas!
¡Un clavo te taladre el hígado!
¡Te grite la oreja y la nariz te cante!
¡Que en la boca se te rompan las muelas,
y los dientes te salten como petardos!
¡Que te hieda el beso y el aliento te hieda,
tumba de lodazal putrefacto!
¡Cada semana una uña
se te haga pus en cada mano,
y en los días de fiesta
se infecte un dedo de tus pies!
¡Que el deseo consuma tu cara
y las pústulas te impidan mover el cuello!
¡Que te salga corcova,
tumores y bubas bajo la camisa!

¡El ombligo, podrido ya al nacer,
se te desangre bajo la cintura!
¡De los tobillos arrastres
pesadas bolas de cráneos aplastados
con muecas grotescas,
rechinando los dientes por no poder vengarse…
Matanzas, condenas, pecados…

 


 

Incertidumbre
 

Cuelga de mi ventana
la guirnalda azul del cielo,
y entre ella, en múltiples chispas,
titilan los luceros incesantemente.

Cual una esponja, el alma
se empapa de lágrimas lentas
de las estrellas que, una a una,
brillan blancas y trémulas.

El hilo de mis tristezas
se entrelaza con ellas en la noche,
y las pestañas del Padre Dios
caen sobre mi tintero.

Abro el libro: el libro gime.
Busco el tiempo: no hay tiempo.
Cantaría: no canto y soy,
creo que sería y ya no soy.

Mi pensamiento, ¿de quién es?
¿En qué idea, en qué cuento
podría recordar, tal vez,
que pertenecí a todo?

Estoy escribiendo aquí, sin recuerdos, vencido,
escuchando la voz extraña
del charco y del huerto,
y firmo:
Tudor Arghezi.

 


 

Inscripción sobre un retrato
 

Tú sabes que el sueño se diluye en el tiempo.
Has esperado al triste guerrero sobre su escudo
para que, hasta con coraza, entrase en tu cama,
como un ladrón, para abrazarte el cuerpo.

Y ahora, de pronto, te crees madreselva
suspendida entre el nacimiento y la nada,
y sospechas que has estado durmiendo
sobre una coraza manchada de aguardiente.

¡Tierna y mágica criatura!
No te impedí esperar y suspirar,
sino que te dejé enredar en espinas
tu copo hilado cual seda
en la rueca de la vida.

Dominé mi pasión idólatra
con voluntad firme y fría,
porque tu sueño no debía aplastar
las altas cimas pétreas de mi alma.

Nuestro sufrimiento da calor y bienestar
a los que viven de nuestro sacrificio.
De noche, yo escucho dentro de mí, cual si fuese un
[árbol,
cómo caen dulcemente en los nidos, piadosas, las hojas.

 


 

Inscripción sobre una puerta
 

Cuando partas, que la buena suerte te acompañe
como un anillo brillando en tu mano derecha.
No has de vacilar, ni dudar, ni entristecerte.
Anda rectamente y vence a la tempestad.

Cuando regreses, camina ligero, sonríe y canta.
Deja olvidada toda tu pena en el umbral,
pues tu estirpe ha de serte querida siempre
y tu casa ha de serte siempre sagrada.

 


 

Flores de moho
 

Las dibujé en el enlucido con la uña,
sobre la pared de un nicho vacío,
en lo oscuro, a tientas, lejos del mundo,
con mis débiles fuerzas, sin recibir ayuda
ni del toro, ni del león, ni del águila,
que siempre han estado muy cerca
de Lucas, de Marcos y de Juan.
Son versos sin fecha,
versos sepulcrales
con sed de agua
y hambre de cenizas
estos versos de ahora.

Cuando se rompió mi uña angélica
quise dejarla crecer,
pero no creció más,
o yo no me di cuenta.

Era noche cerrada. La lluvia golpeaba lejos, fuera.
Me dolía la mano como si fuese una garra
que no pudiera cerrarse nunca.
Y me esforcé por escribir con las uñas de la mano
izquierda.

 


 

Juan
 


En el sótano de los muertos, Juan estaba hermoso,
tendido desnudo sobre la piedra, con frágil sonrisa.
Tres noches le han roído los ratones
y su boca chorrea una baba translúcida, como resina.

Cuando el sepulturero le carga en el hombro,
Juan parece tallado en piedra.
Si le colocara, podría quedarse en pie;
pero sus brazos cuelgan muy blandos.

En sus ojos abiertos, una luz
—la de la aldea en que nació,
la del campo en que pastaban sus cabritos—
brilla como una gema ignota.

Lejos de su casa, apresado por los boyardos,
lejos del dolor de su madre,
hasta los piojos se han muerto en bandadas
sobre su cuerpo manchado y peludo.

 


 

Candor
 


Confiesa ser cristiano ortodoxo.
Se santigua.
Es observante; reza el rosario.
Paga los himnos a la Santa Virgen,
la bendición del agua,
las misas y las oraciones para difuntos.
Llora a los pies del gran icono.
Sabe todas las reglas de memoria:
los días de Cuaresma, los de ayuno,
todos los libros de oración
y el Pentateuco.
Hace los solos en el coro
y canta el Kyrie Eleison.
Podría ser un abad
sin envidia
o un archimandrita
inmaculado;
pero sólo es un soldado más
de Nuestro Señor Jesucristo.

Interpreta las Sagradas Escrituras
en voz baja y temblando,
y es inocente cual una rosa
con hábitos de brocado…

Pero en los archivos de la cárcel
constan en su haber cuatro asaltos a mano armada,
nueve robos como carterista
y un imperdonable pecado:
un asesinato.

 


 

Canción sin palabras
 


Hasta la cama de mi vecino
bajó anoche el Padre Dios,
con cayado, con ángeles y santos.
Irradiaban de tal modo,
que el interior del hospital
se hizo tan confortable como el calor de una bufanda.

Tocaron una oración
con clarines y violín,
y bendijeron
los lados de la cama y las medicinas.

Dos ángeles portaban un libro
con los lacres rotos;
otros dos, un icono;
dos, una muleta, y dos una corona.

De las lejanas alturas
bajaban diáconos revestidos,
de cuyos talones fluía, purificador,
humo de mirra e incienso.

Las velas de cera
fingían cruces.
Los escalones de cristal
de la escalera del Paraíso
descendían hasta la enfermería,
al pie de su cama de delincuente.
Los presentes hablaban por señas con él,
devotamente.

Crecían por la baranda
chopos de hielo
y una luna grande como laúd de plata.
Le oí murmurar.
Toda la noche ha hablado con ellos
y con la imagen
de la Santa Virgen,
Madre de Nuestro Señor.

—"Dejadle; no puede escucharos
¿No advertís que hoy tiene muchas visitas,
señor escribano?"
Las rejas se colmaron de celestes panales
y de colgantes incensarios de estrellas.
Las ventanas cerradas
se adornaron con patenas y corporales,
y el cuarto, apestoso de humedad,
olió toda la noche a paraíso.

Le he encontrado
hecho un ovillo;
ahora yace en la cama.
¿Dónde está su alma? No sé. Se había ido.

 


 

Aldea
 


La aldehuela se ha ido trasladando lentamente
en el horizonte
hacia su cementerio, mayor que ella.
Todo lo nacido, a su vez está enterrado,
y las cruces —mudos violines de madera
de ademán petrificado—
han llegado hasta las calles,
y, desbordándose,
se han esparcido lejos de la aldea,
dejándole muertos los caminos.

Ten cuidado cuando atravieses
las encrucijadas
de los antiguos senderos.
Aléjate de los cardos:
bajo ellos, igual que antes en la aldea,
los muertos son vecinos.

Bajo la lluvia
y arrastrado por las pesadas botas,
el caminante puede equivocarse de noche
y, al levantar el picaporte de una puerta,
pedir hospedaje a los muertos.

 


 

Gloria
 

La ciudad es un inmenso montón de murallas truncadas;
hasta la sombra huyó de sus calles,
y se ignora cuántos hombres, vivos aún,
agonizan bajo las vigas y los escombros.
Alguna vez se sabrá,
cuando su muerte, ya olvidada,
sea una cifra en el registro frío.
Ocurrió una vez, algún día desde luego;
pero hasta eso pasará
como pasan tantas cosas y pasarán siempre,
sin saber qué muertos y qué muertes yacen debajo.
Al menos, los muertos pueden tener un consuelo:
la historia hace justicia a los mártires.
Pero la historia está escrita con pluma,
con tinta y con palabras,
y la mitad de ella es muda y la otra mitad falsa;
queriéndolo o no, por piedad o por deber
hará de plañidera, y un burro tonto les recordará con
palabras altisonantes,
mientras ellos, esperando la limosna de la eternidad,
mendigos, se quedarán a las puertas del recuerdo.

 


 

Transfiguración
 
Aunque le había dicho que no quería tomarla,
mientras dormía me ha dado a beber
oscuridad, y yo apuré todo el cáliz.
¿Qué irá a suceder ahora?

¿Cómo adivinar que en su dulce jugo
azulado había veneno?
¿Estoy borracho?... ¿Muerto?
Dejadme dormir… He vuelto a mi niñez.

¿Quién llama? No estoy en casa.
¿Quién pregunta? Dejadme…
¿Para quién podría salir a la calle
con el alma que me anima ahora?

 


 

Lluvia
 

Se me antoja que hacía mucho que no la oía…
Ahora la estoy escuchando.
El sudor de la noche se desliza por los cristales.
Llueve entre el vacío que dejan las ramas.

Quisiera hallar una semblanza.
Y en los ruidos y en los murmullos,
en violines, flautas y guitarras
acecho el eco incierto y turbador.

La noche se ha desvanecido en otras noches
y una tras otra, en su urdimbre,
van cerniendo la lluvia y la arena menuda
como si fueran cedazos.

Agotado el pensamiento en su llama de lluvia tardía,
empalidece y se consume como una vela.
La ventana está enlutada por una haya
de la cual pende entera la noche, como una bandera.

No es el chirrido de las espadas que se afilan;
tampoco el del sable que encuentra la coraza.
No es el latir del corazón. No es
la torre
ni su reloj sonoro,
tejedor inmutable del tiempo.

Parece que es el alma
de todos los ejércitos vencidos.

 


 

Inscripción de varón
 

Cumple con tu deber y cumple bien.
Deberes son, incluso, el fin y la cruz,
tanto si consuelas al hombre como si defiendes al país.
Y espera tu última hora. ¡Vendrá!

No tengas miedo; no hay otro destino,
aunque trates de eludirlo, cobarde y sabio.
Enfréntate violentamente con los indignos;
llevas dentro de ti toda la humanidad.

Has soportado en tus hombros muchas cargas. Era tu
[deber.
Aún queda una más. Es muy pesada; pero no importa.
Tus hombros están avezados; aguanta un peso más
y espera el fin con la frente alta:
¡Vendrá!