Nota introductoria

Raúl Renán: Heterónimo de sí mismo

 

 

Poeta, escritor de cuentos breves e inusitados, minificciones y epigramas, editor, narrador, maestro, coordinador de talleres literarios y promotor de vastas generaciones de poetas y colecciones sui generis en el panorama de las letras mexicanas, Raúl Renán (Mérida, Yucatán, 1928), dispone al lector su excepcional oficio de la poesía. Hay una imagen recurrente, cuando de Renán se conversa, la del poeta yucateco con el lápiz en ristre, incendiario, pleno de texturas, al acecho de la palabra.

La obra poética renaniana trasluce experimentación como búsqueda y transformación de la materia prima: el ritmo, los acentos, la forma, la valía de las vocales y las consonantes, la disposición visual en la página, el albedrío del verso libre. Reconceptualiza los códigos del poema, atribuyéndole a este un diálogo particular entre el organismo de palabras y la interpretación que al lector se le revela.

En la poesía de Renán pulsa la semiótica experimental del poeta, donde las pericias visuales empleadas se corresponden con la estructura del poema. El poeta avista el gozo en el continente de la disposición gráfica y sonora de las palabras; desafía la estructura del soneto; zarandea el signo, lo dispersa y multiplica en espacios tridimensionales fonéticos y visuales, onomatopeyas y silencios: artificios que se truecan en actos violentos, frisos, dice el poeta, arriba de la página, en medio y al pie de página.


Conciencia vanguardista la de Raúl Renán, por ejemplo, en el "Canon del salmón", donde propone la lectura del poema de abajo hacia arriba; angustiosa travesía del salmón que nada corriente arriba a velocidad promedio de 6.5 km por hora. Esta convicción, transmitida a su obra, encuentra al poeta perpetuamente en contramarea, contrarío, contrario a la corriente, deshacedor de formas hasta la experimentación de lo nuevo. El poeta peninsular matiza el poema con los registros dúctiles de su cortejo verbal, hoguera de la línea. Habla el poeta: Poesía es una palabra que emociona. Experimentación es una palabra que modifica. Los dictados de su línea son las palabras, líneas del cuerpo de la escritura que nacen de su educado trazo. Anda aquí la cuadratura de Gilberto Owen, la línea de Booz y Ruth, Perseo y Andrómeda; allá la tradición emparentada con Safo, Catulo, Villon, Saint-John Perse, Williams Carlos Williams, Pound, Homero.


En el profundo interior de Raúl Renán, convertido en memoria, arbolece un Fernando Pessoa, "fingidor de sí mismo"; quimérico, con quien Renán se encuentra de sí mismo en éxtasis, por vez primera en el tradicional barrio del Chiado, en Lisboa. Heterónimo de sí mismo, Renán es un Pessoa que se despliega con un nombre distinto, verdadero, sigilosamente en cada línea. Sufre la transfiguración de su todo, como la línea, para permanecer. Renán es dueño de una energía poética susceptible de encarnar en algo más que una Idea hasta ser Palabra, Logos, lo Inefable.


Ronda, en estas páginas, el virtuosismo renaniano del hombre que a sus anchas nos ofrece su decir experimental desemejante y próvido. Lector del ardid justo, en cada gramo de su trazo halla la transparencia. Cuando Raúl Renán hecha de ver su Voz ésta revela del poeta: En mi voz me instalo / y mi rostro se oye. / El discurso de los astros / es un poema infinito. Efectivamente, transparentes y sencillas —como un niño— corren sus palabras como arroyo de montaña, afirma el poeta Rubén Bonifaz Nuño.


Los libros Catulinarias y Sáficas, Viajero en sí mismo, De las queridas cosas, Henos aquí, Los silencios de Homero, Parentescos, A/salto de río (Agonía del salmón), Educación de la línea, El cadáver exquisito de un pez, Emérita, Mi nombre en juego, Rostros de ese reino, entre otros, dan cuenta del frescor inacabable, entre la tradición y el asombro, que el poeta Raúl Renán dota al cuerpo de la poesía mexicana, situándolo, sin lugar a dudas, como uno de nuestros poetas mayores.

 

 

Daniel Téllez