De Los silencios de Homero (1998)

 

 

Cantos de musas
Gloria gozosa
Muerte por diluvio
Artes de la tentación



Cantos de musas


Los cantos que entonaban las Musas con timbres de todas las gargantas, iban alados hacia los héroes que blandían las espadas en defensa de su tierra. La cítara de Apolo no auxiliaba en modo alguno a las voces, porque su música la inventaba para las mujeres que desde sus aposentos tejían los dedos con muslos apretados. En el campo de batalla los combatientes sentían concentradas sus fuerzas en el ángulo de las piernas, e inspirados arremetían contra el enemigo.

 

 

 


 

Gloria gozosa


Criseida proclamó que daría gloria gozosa a Agamenón y no odio sangriento, por lo cual la prefirió abandonando a su legítima esposa; era superior en belleza, talento y habilidad. Clitemnestra entendió que se refería al ejercicio del lecho; ofendida se refugió en la poesía trágica de Esquilo donde fue más radiante su fama y perversa su venganza.

 

 


 

Muerte por diluvio


Una ninfa tenía esculpido en un brazo un eclipse de luna, y en el otro uno total de sol. Tierra recibió el mensaje como propio, quejándose de ver menguadas las sombras de sus días y la luz de sus noches. Este relato, similar a los que inventara Hipnos, lo escuchó Aquiles de quien le enseñó el arte de la profecía: una encantadora mujer que no ocultaba su virtud de hermosura ni sus labios de palabras redondas. El discípulo tenía que mirar los signos para interpretar el alba destinal. Aquiles se acercó a su mentora, le dijo en un oído una mentira oscura, y en el otro una verdad. Ella argumentó tener el cuerpo adornado con las tierras infinitas y los océanos embravecidos de la luna devorada. Aquiles aceptó el engaño y tomó el cuerpo dispuesto a morir ahogado en un diluvio.

 

 


 

Artes de la tentación

 

Junto con sus grandes pupilas manchadas de humedad, encantó a Júpiter para distraerlo de las artes tentadoras de diosas que le mandaban visiones desnudas y lúbricas. Liberado se acostó con ella, pero el sueño hermano de la muerte se apoderó de su vigilia, metiendo debajo de sus pestañas una vivencia imaginada con las dos mortales más bellas: a Briseida la ciñó con sus piernas y a Helena la incrustó en su costado. Júpiter dormido emitía risitas femeninas que sin tregua transformaban su rostro de una mujer morena a una rubia.