Nota introductoria


Uno es el ser humano que vive. Otro, el poeta que crea. Cuando ambos se fusionan en una sola criatura, cuando la persona es la máscara y la máscara adquiere más realidad que quien la porta, estamos en presencia de alguien que combate con éxito la frase de que el poeta es el ser más antipoético del mundo. Tal es el caso de Darío Jaramillo. Debajo de su poesía de aparente sencillez, palpita el deber moral y estético de quien se arriesga a titular a una recolección de sus textos Libros de poemas o atreve la peligrosa y difícil definición de Poemas de amor.

Conocimos a Darío Jaramillo en un encuentro de poesía en la Ciudad de México, en octubre de 1989. Un par de meses atrás había perdido una pierna a causa la violencia civil de su natal Colombia, elemento que hermana a nuestras dos naciones, devastadas por la violencia pero redimidas por la herencia de su historia, sus respectivas cadencias, sus criaturas de palabra, sus inverosímiles y admirables paisajes. Conocer y querer a Darío fueron dos verbos simultáneos. Acudo a la primera persona del plural porque varios éramos quienes en ese momento entramos en el conocimiento de su persona y estuvimos de acuerdo en esa emoción inmediata.

El nombre del hotel Casablanca, donde se alojaban los poetas invitados, era igualmente una coincidencia afortunada. Al final de ese auto sacramental que es la película Casablanca, Rick dice al policía francés que ha decidido ponerse de su lado: “Louie, creo que este es el principio de una hermosa amistad”. Con el paso del tiempo, Darío se ha convertido en el mejor, informal y auténtico embajador de las dos naciones. Elena Poniatowska lo definió en una metáfora impecable: “arcángel de los mexicanos”.

Su simpatía natural, su amistad exigente y generosa, creció a la par que su trabajo como novelista, poeta y ensayista. Darío Jaramillo Agudelo ha demostrado que la transparencia no es enemiga de la inteligencia, ni la popularidad de la forma que desemboca en su claridad sin concesiones. Sus poemas de amor, inscritos de manera casi inmediata en la imaginación colectiva han llegado a ser, lo que es aún más difícil, patrimonio espiritual de la lengua. De ahí la importancia de su labor como antólogo y lector de escrituras de otros, como lo demuestra su notable Antología de crónica latinoamericana actual o el tratado que lo pinta de cuerpo entero: Poesía en la canción popular latinoamericana.

El viaje propuesto en los poemas que integran esta antología es una exploración del mundo a partir del carácter sedentario de su autor. Observador de los gatos, Darío sabe, como Baudelaire, que quien no es capaz de poblar su propia soledad tampoco podrá estar solo en medio de la multitud. Otro gran solitario, Luis Cernuda, dijo que la soledad sólo podría ser poblada por ella misma. Esta aceptación por parte del poeta colombiano no entraña un alejamiento sino una entrada profunda en el oficio de vivir. Por esa razón, su poesía es contundente, elemental y enemiga de la retórica o de fuegos de artificio.

La presente antología es una muestra de las cartas de identidad de su autor: el amante, el gato, el mango, la piedra o la cama aparecen no en su elementalidad pura sino en su significación plena. Esta capacidad para hallar en la vida diaria los elementos de su poética hacen de la aventura verbal de Jaramillo una de las más honestas y por esa razón convincentes de las letras actuales.

“¿Para qué las palabras si es posible el silencio?”. Alguien que formula semejante declaración de fe tiene la obligación de afinar las palabras en el esmeril siempre renovado del mundo. Que den todo de sí para volver a su origen. De ahí que en los poemas de este libro no haya una sola palabra ociosa y los adjetivos esenciales actúen como puntos de apoyo para afianzarse en la realidad y llegar a la cima.

Oriundo de Santa Rosa de Osos, también lugar de nacimiento del poeta Porfirio Barba Jacob, otro intenso y gran amigo de México, Darío es un antioqueño puro, sobrio animal de costumbres. Cuando alguien que no lo conocía lo interrogaba sobre su labor cotidiana, respondía sin titubear: “Trabajo en un banco”, lo cual era rigurosamente cierto, aunque no explicaba que era el subgerente cultural del Banco de la República y que bajo su responsabilidad estaban algunas de las entidades culturales más nobles y queridas de Colombia. Desde hace tiempo alejado de esos deberes, vive de su pluma, anima proyectos heroicos como la editorial Luna Libros y escribe su adictivo boletín Gozar leyendo, que cuenta con miles de seguidores en el espacio cibernético.

El año 2014, Ediciones Era dio a la luz una antología personal de la poesía de Darío Jaramillo Agudelo, bajo el título Basta cerrar los ojos. Es un orgullo para la UNAM que ahora sus palabras ingresen al catálogo de Material de Lectura y de tal modo puedan llegar a las manos y los ojos del lector que les dará nueva vida.

Cada uno de los poemas de este pequeño gran libro que el lector tiene en sus manos es una bomba contra el tiempo. La obtusa y permanente violencia humana no impedirá que las notas del poeta sigan sonando a través de los años. Me gusta imaginar estos poemas en su voz, con la limpia honestidad de su camisa de algodón blanco y disfrutando del lujo mayor de cada tarde cuando el crepúsculo entra a raudales por su ventana y tiñe de colores cambiantes las montañas frente a su departamento de Bogotá, donde da la bienvenida a la soledad para estar más intensamente con nosotros.

 

Vicente Quirarte